¿QUIÉN LE TEME A HORACIO GONZÁLEZ?

 

Entrevista de Ingrid Proietto

Asomarse al balcón para espiar las ruinas de la Biblioteca Nacional es el doloroso paseo por un edificio abandonado con un número exagerado de empleados igualmente abandonados que deambulan entre libros que a nadie le importan. Una reproducción a escala de la Argentina: poco presupuesto, reminiscencias de tiempos lejanos que fueron mejores, robos, incoherencias y gremialistas de distintas ramas que entorpecen el funcionamiento, fuerzan renuncias y establecen delicados niveles de tensión, a veces inabordables. A esta Biblioteca laberíntica, casi imposible, llegó Horacio González como subdirector, secundando a Elvio Vitali.

 

— ¿Por qué aceptaste, Horacio?

— ¿Viste lo que se dice en estos casos?, bueno, ya lo dije todo: fue fácil convencerme, estaba en un momento de debilidad, tenía la moral mal custodiada, es un interesante desafío…

— Más que interesante, el desafío parece imposible.

— ¿Me preguntás si es difícil?: sí, es difícil. Esta es una institución problemática que no se ha repuesto de sus crisis sucesivas. ¿Por qué aceptar? Yo era profesor universitario y la universidad, salvo las clases que son un momento único, es un lugar en donde el Estado aparece de una manera más lejana, volátil. Está esfumado y por lo tanto uno no es considerado funcionario sino profesor. El profesor, en el fondo, es la ilusión de la crítica al funcionario porque está más cerca del militante que del funcionario. El docente permanece en el medio, es como un péndulo.

— ¿Y por qué no te quedaste pendulando?

—El profesor universitario contemporáneo ocupa buena parte de su tiempo pidiendo subsidios, becas, reclamos salariales (todos justos y en general mal atendidos); vive llenando planillas, trabaja con modelos de investigación que le llegan configurados; recibe, aunque no ha sido mi caso, un conjunto de estímulos salariales llamados incentivos... Entonces la actividad del profesor, que imaginariamente está más cerca del militante social, en los hechos se acerca a la del funcionario. Además, desde el punto de vista del conocimiento, el lenguaje universitario se parece cada vez en mayor medida al ministerial. Todo esto no es una fuente de satisfacción para los que estamos en la universidad. Buena parte de lo que se habla, de lo que se dispone en términos de conversación o de conocimiento, tiene un fuerte compromiso con gente de la cultura, vale decir con cosas ya dichas, cimientos profundos y recalcados que están ahí como un basamento de granito. No hay por qué ignorarlos, ni dejar de usarlos, pero la tarea del profesor se convirtió en un anexo de cierto despotismo informático: la universidad de masas, el conjunto de las evaluaciones, las calificaciones y las categorizaciones pasadas al lenguaje informático generan una forma de poder no tradicional, pero no por eso interesante.

— Cambiaste radicalmente la perspectiva, te cruzaste de vereda…

— Teniendo en cuenta todo lo que expliqué, dije sí rápidamente. Sabía que al aceptar me convertía en funcionario: ya todos los amigos me llaman así y supongo que será una broma. Acepté ser una cosa sin dejar de ser la otra y percibí que la dimensión del funcionario puede pensarse en términos más libertarios.

— No recuerdo experiencias de funcionarios libertarios exitosas en la Argentina.

— Los intentos han fracasado porque en general se basaron en aspectos teatrales, una especie de coreografía diferente al lenguaje administrativo. En ese sentido respeté todo: las chicas me pidieron que me hiciera un sellito, me resistí tres semanas, pero lo hice. Y bueno… tres semanas libertario fui.

 

Horacio se ríe de sus propias dificultades para aceptar hasta los rituales más ingenuos que vienen incorporados con su interesante desafío. Cuando quiere referirse a sus secretarias dice “las chicas” como si así dejaran de ser secretarias, desde el conmutador le pasan las llamadas directamente a él, la disposición de las cosas en su despacho evidencian que prefiere reunirse en lugares menos oficiales. Su escritorio permite adivinar que nunca se sentó del lado del subdirector: “La verdad es que no, me da miedo ese lugar. De todas maneras creo que Elvio sí debe usarlo, es necesario dar una imagen de creencia en esta institución tan desvalida”.

¿La experiencia del arquitecto Levingston en el Centro Cultural Recoleta sería un buen ejemplo de lo que no querés como funcionario libertario?

— Claro, esta cosa del funcionario surrealista que para demostrar que sigue siendo la misma persona informal traslada esa informalidad a actos de gobierno. No estoy de acuerdo porque creo en la gravedad de la ceremonia que me parece un rasgo cultural muy fuerte.

— El Presidente, sin ir más lejos, suele quebrar protocolos y descreer de la importancia de rituales y ceremonias.

— Un poquito tiene el rasgo de mostrar lo que llamaremos “el lado humano”. Sin embargo, la fábula de la trasgresión durante el menemismo es un ejemplo mejor: bailar el tango por televisión, jugar al fútbol en Vélez Sarsfield, correr con una Ferrari… La trasgresión, que debe ser un valor renovador y dócil, durante el menemismo malbarató el nivel cultural del país, convirtiéndose en un pretexto para demoler valores. Entonces ahí también la descarto, como descarto la trasgresión tipo Nacha Guevara.

— Te referís a las declaraciones de Nacha en Clarín, según las cuales el Presidente les pidió que fueran transgresores, ella en su función al frente de El Fondo Nacional de las Artes, ustedes en la Biblioteca.

— Dijo Nacha que estaba con “otra gente de la cultura”: éramos cuatro en la mesa de la presidencia cuando aceptamos y efectivamente Kirchner pidió eso. No me pareció una expresión afortunada, creo que es una palabra que no recuerda lo mejor de la historia del uso del Estado para la innovación de la imaginación.

 

 

El funcionario en su laberinto

 

Horacio González jugó históricamente de la vereda de enfrente. Pensador lúcido, crítico agudo, acaso molesto para muchos, fue el alma de la revista cultural El ojo Mocho, con fuerte compromiso político, desde donde opuso sistemática resistencia al acontecer cultural y político digitado por los gobiernos de turno. ¿Puede un pensador piquetero convertirse de la noche a la mañana en un funcionario eficiente sin traicionar sus ideas? ¿Para qué sirve un libro que ocupa un lugar en el espacio si nadie sabe cuál es el espacio que ocupa y cuál es el contenido de ese libro? ¿Quién puede acercar a la gente a una biblioteca que le reclama dos horas de espera toda vez que quiera buscar un texto puntual? ¿Cómo se ordena un sistema en el que el poder gremial no reconoce atenuantes y para el que no hay presupuesto que repare sus reclamos? ¿Quién es capaz de impedir el robo de libros sin los sistemas de seguridad adecuados? Con semejante panorama no es exagerado pensar que González tiene bastante más para perder, puesto que la Biblioteca ya lo ha perdido –casi– todo. Sin embargo, el funcionario es optimista:

—Mirá en que lindo edificio trabajamos…

— ¿Te parece?

— Me gusta porque para Buenos Aires es todo un atrevimiento el proyecto arquitectónico de Clorindo Testa.

– ¿La Biblioteca no requiere una edificación más funcional que atrevida?

— Bueno, funcional no es, pero una vez que entrás a la sala de lectura se entiende que no es un lugar cualquiera, con una vista de Buenos Aires única.

— Subí cinco pisos por escalera porque el ascensor no funcionaba, logré encontrar a alguien que no estaba de mal humor porque le pagan poco, mal y nunca o porque a pesar de estar mal pago no perdió la buena voluntad y acertó con el contenido de las fichas; descifré el sistema y llegué a una cosa que se asemeja a la idea que tenía de un libro… Entonces sí, me hice amiga de la Biblioteca porque la vista es incomparable, pero ¿serán muchos los que llegan?

—Cuando llegás al quinto círculo del infierno te sentís recompensado, ahí están todos tus enemigos flotando en un mar espantoso… pero con una vista impresionante.

— ¿Por qué creés que el Presidente te llamó con tanta determinación?

— Me pareció que era una pequeña señal. Si el gobierno fuera débil no llamaría a una persona como yo.

— ¿No puede terminar en un gesto trasgresor del estilo K y nada más?

— No me cae mal el estilo presidencial, que el Presidente levante el teléfono —hace un tiempo llamó a casa para consultarme sobre un artículo mío— tiene sus bemoles. Que una figura presidencial, la máxima encarnación del poder en un país, llame por teléfono puede ser un gesto olímpico de Zeus o un gesto democrático de alguien que aparta las mediaciones para llegar al ciudadano común.

— ¿Realmente no desconfiás de las intenciones?

— No lo interpreté como el gesto olímpico, soberbio, del que desde arriba define destinos, no me vi a mí mismo como a alguien cuyo destino era redefinido axiomáticamente. Acepté porque estaba cansado de ver el mundo desde la universidad y quería ver a la universidad desde una parte del mundo que no es tan ajena: la Biblioteca. Analizar a la universidad desde un estrato más relevante y observar si desde la idea de funcionario se podía hacer una tarea que no fuera trasgresión a lo Nacha Guevara.

— ¿Cómo sería esa tarea?

— El uso de una cierta parte del juego estatal para la imaginación y la creación cultural es un desafío interesante, posible. A partir de ese concepto empecé a imaginar cosas.

— ¿Qué cosas? ¿Cuál es el proyecto de la nueva gestión?

— Todavía no hay en marcha nada, hace un mes que estoy acá y primero tengo que charlar, conocer la Biblioteca y empaparme del sistema laboral.

— Un sistema complejo.

— Estoy incorporando la noción de un mundo casi fabril, donde el trabajo es escaso. Hay una desmoralización muy grande, como en todo el Estado. Entonces el funcionario libertario debe crear motivos de destino, de interés en el trabajo.

— ¿Además de un cargo con su paquete de problemas qué te dio el gobierno?

— No te dan absolutamente nada, por eso temo. Hasta el momento yo era alguien que participaba en ciertos debates, tenía una voz social que temo perder. Todavía no me han reclamado en esos términos, pero soy conciente de que puedo pasar por oficialista. Asumí un riesgo muy fuerte.

— Fuerte e ingrato.

— Si esto fracasa, que no está alejado de las posibilidades reales de la Argentina, será el fracaso de un intento por dar otra versión de la Biblioteca Nacional, sería lamentable para nuestra situación cultural.

— ¿Cuál es esa nueva versión?

— Una mirada cultural interesada en la Biblioteca. Hasta ahora nos dedicamos a ordenar las líneas de trabajo y a tratar con profunda dedicación y sentido del equilibrio con los gremios, una fuente de tensiones permanente que, por distintas razones (todas comprensibles), el nivel salarial y la actividad propia de la vida sindical argentina (muy rica en significaciones), es una fuente de movimientos…

— ¡Sísmicos!

— Por el momento la escala de Ritcher dice que no es grave. Le tengo más miedo a la situación de inacción a la que te puede llevar el no saber tratar con sensibilidad la cuestión interna mas allá de que contemos con las ideas adecuadas.

— Por más ideas libertarias que traigan corren el riesgo de no poder hacer nada.

— Encontré el lugar para algo inspirado y aventuresco. Por el momento no veo lo contrario, aunque noto que lo que pensé que iba a surgir rápidamente no está surgiendo.

— ¿Con qué paso te sentirías recompensado en el riesgo que asumiste?

—Quiero poner en el centro de la Biblioteca las corrientes contemporáneas. Acá se hacen muchas presentaciones de libros y demás: me gustaría enhebrar eso en ámbitos de buenas conferencias. Los temas de la Biblioteca no tienen que resignar su lugar a los que se proponen desde afuera que son muchos y tienen buena acogida, aunque son propuestas eclécticas, propias de la actividad cultural de Buenos Aires.

Se hacen demasiadas reuniones de salida cultural que no dan con el perfil de lo que querés hacer.

—El Estado ofrece sus instalaciones. Bien o mal es un recurso que le da amplia aceptación. Nos gustaría lograr una coherencia que nos permita convivir. La cultura y la mirada de la BN responde al esquema de un país pensado con razonamiento intelectual: como memoria y legado cultural. La idea es sacar a la Biblioteca de ahí, de ese rasgo de una interpretación de la cultura dominante que es poner a la cultura en un lugar de prestigio, del Borges sacado del anaquel reluciente… Todas las gestiones tomaron a la cultura como un lugar de exposición, de intercambio y de embelezo del material ya constituido, no vieron que la Biblioteca debe tener un papel crítico. Hasta aquí ocupaba el lugar complaciente de una dependencia del Estado que presta las instalaciones, un lugar cómputo de las excelencias de una historia acumulativa donde cierta vez hubo un Groussac, otra vez hubo un Borges y después no mucho más.

—Una Biblioteca que ha vivido de famas prestadas, ceremonias y plaquetas.

—Con lo interesante que puede ser eso visto años después, el aspecto de cofre cerrado que tiene la Biblioteca debe ser revisado generando en su ámbito fuertes debates culturales. Hay que defender su espacio como un lugar de atracción de juventud, de investigadores, de gente que venga no sólo a usar su servicio, sino a pensarla como un hecho dramático de la cultura.

—Un lugar de ida y vuelta…

—Claro, donde hay libros que están, libros que se pierden, inesperadas apariciones de otros que parecían perdidos, incluso libros robados, un drama que hasta si se quiere tiene su interés, empezando por Roberto Arlt, El ladrón de libros. Me parece que vista así la Biblioteca adquiriría nueva vida. Simplemente hay que ordenar sus andamios, sus cimientos, las relaciones interpersonales quebradas.

— Pareciera que no alcanzan las próximas diez gestiones para acomodar tanto…

— La maquinaria estatal que veo acá está oxidada, desvencijada, llena de imposibilidades, generan altos y su propia imposibilidad permanentemente. Imagino que si todo el Estado fuera así, sería imposible gobernar.

— ¿Acaso no es todo el Estado así?

— ¿La Biblioteca como una metáfora del país decís? No soy ingenuo, no llegué sin saberlo, pero ahora lo sé sentado en estas sillas. Pensé que había más iniciativa del Estado, cierto impulso no tamizado con estos problemas, estas broncas, esta actividad casi tribal de los grupos gremiales. La Biblioteca es una combinación de presiones, un cumplimiento de axiomas… El expediente del Estado tiene que tener un lado libertario, sino lo que no termina en represión puede acabar en computar pensamientos sociales alternos y ese no es el rol del Estado. Así ves como me convertí en alguien que trata de salvar lo insalvable.

— Más o menos repetir tu paso por la universidad.

— La universidad también está comprometida. Es un lugar más politizado, dónde la política tiene mayor vida, sin dejar de estar esquematizada. Es una fábrica de pensamientos premoldeados (lo que los hegelianos llaman masticados), con una exposición cultural argentina subordinada a corrientes culturales y modelos intelectuales mejor sostenidos que los nuestros. Nuestra inferioridad intelectual desde el punto de vista del procedimiento de la cultura es muy grande, la misma universidad lo sufre adquiriendo modismos y flujos globalizados de la reproducción de las corrientes intelectuales más antiguas sin reparar en que se está perdiendo la iniciativa. Por eso creí que la Biblioteca era un lugar desde donde trabajar para hacer pensar y participar en la recuperación de la iniciativa cultural. Esta es una biblioteca que tiene mucho de biblioteca de barrio y así no sirve, hay que hacer una biblioteca nacional.

—Nacional, pública y funcional, dónde los libros lleguen de donde tienen que llegar, se atesoren donde se tienen que atesorar y se faciliten al lector cuando se tienen que facilitar…

—Es complicado el tema de las catalogaciones, hay que diferenciar distintos estratos de tiempo, diferentes temáticas. El modo en como fluyen los libros es muy heterogéneo, vienen por depósito oficial, por donaciones… No es tan fácil el itinerario que recorre un libro antes de alojarse en un lugar topográfico dentro de la biblioteca.

—Si una biblioteca se agota en la tarea de catalogar libros, estamos perdidos.

—Estamos como estamos. La Biblioteca es la de Mariano Moreno, la de los informáticos pertenece a los años 60, la digitalizada fue mal digitalizada por un sistema ya arcaico. Todavía está, y se puede consultar en la sala de lectura, el fichero de Paul Groussac, yo me quedo con ese método, incluso muchos de los libros sólo están fichados con la vieja tarjeta de cartulina y conservan las anotaciones de Groussac al margen.

—La pregunta es qué hicieron los que vinieron después de Groussac, Horacio. No hay dudas sobre el interés que pueden despertar las anotaciones de Groussac para vos, para intelectuales que frecuentan más las bibliotecas privadas, pero hay que pensar a quien visita esta biblioteca como alguien que busca un material que necesita y viene a la Biblioteca Nacional, no a su museo histórico, sin más pretensiones que la de consultar el texto específico que le apuntaron. Hablabas de propiciar la vuelta de los jóvenes a la Biblioteca: la mejor manera de que vuelvan es tratar de que el viaje hacia el libro no sea tan desalentador.

–Estoy de acuerdo, pero la Biblioteca debe procurar que la consulta no termine en la pavada, en la consulta monotemática, en la consulta de un típico alumno que acude más al locutorio nocturno. La Biblioteca tiene que relacionarse con el ciber café sin caer en el fácil respaldo de un uso de la Internet acrítico. Hemos comenzado las conversaciones acerca de la necesidad de procurar una vía para el uso de la revolución tecnológica.

— ¿Se podrá apretar algo abarcando tanto?

—Es una pena no saber más de bibliotecas para ser expeditivo. Estamos aprendiendo en una especie de fábrica donde la división de trabajo es muy compleja, incluso excesiva: tiene la misma división que Microsoft, diría que el organigrama de ellos debe ser más simple.

— ¿Cuántos empleados hay?

—Unos 360. El cuerpo laboral no es, precisamente, el que describía Marx en El Capital: todos explotados pero trabajando.

—Más empleados que consultas, se me ocurre.

—El archivismo, la biblioteca, el atesoramiento de libros, el coleccionista como ser oscuro es algo que respeto sinceramente, pero tiene que tener un segundo movimiento que es restar eso en una trama laboral visible, pública y moderna. Ahí reside la esencia de nuestra tarea.

— ¡Hay que encontrarle lugar a 360 trabajadores!

—Ya aparecen pequeñas hebras por dónde tirar así que no te vayas desilusionada.

—Pensé que iba a encontrar un clima de mayor euforia.

—Lo que te dije eufórico no es, pero resulta esperanzador. Se respira un clima mejor y la nave está poniéndose en marcha.

— ¿Te arrepentiste de haber aceptado el cargo?

—No, no, no… Pero tampoco lo diría, di un paso fuerte, no está mal hacer una experiencia en un lugar de alta tensión.

—La Biblioteca te proporciona el desafío de superar altas tensiones para redimensionar la mirada cultural, vos que le das a la Biblioteca?

—Cierto impulso juvenil y alguna idea libertaria.

 

Horacio González se propone cambiar las acciones culturales de la Biblioteca Nacional, convertirla en un lugar con iniciativa para que deje de ser un organismo de Estado que cede su espacio a cualquiera a quien se le deba un favor. Sueña con despolitizar y bajar de los anaqueles a la cultura nacional. Si lo consigue, no será poca cosa. Después de ese paso fundamental, corajudo, encontrar un administrador de buena voluntad que le pase el plumero a los libros y distribuya el trabajo entre los 360 empleados será lo de menos.

 

 

 

 

 

Proyectos

 

Las primeras propuestas de González empiezan a caminar mientras intenta arreglar lo demás. Para arrancar está previsto el 40 aniversario de la muerte de Martínez Estrada y un ciclo de conferencias con personajes de trayectoria intelectual:  Josefina Luna, Beatriz Sarlo, León Rozitchner y Noé Jitrik, son algunos de los convocados. Entre los sueños de Horacio está el de ofrecerle sala y gran difusión a una posible conferencia de Oscar del Barco, uno de los mejores filósofos de la Argentina que no se mueve de Córdoba, pero espera persuadir: “Quiero poner a la filosofía en un lugar relevante, la historia en la misma nave e invitar a ciclos que tengan la relevancia de dar una visibilidad mejor”. En esta enunciación se define el proyecto González para la Biblioteca Nacional.

También están las dos revistas virtuales. Una es Abanico, heredada de la gestión de Horacio Salas. Pretende abarcar la literatura nacional desde González Tuñón a Santiago Dabove, un narrador de ciencia ficción olvidado y del que no se consigue material en librerías. La otra publicación se llama La Biblioteca y tienen pensado subir a la red a partir de Octubre desarrollando como único tema el documentalismo y el archivismo como parte de la cultura en la Argentina: “Es un tema con cierta reflexión filosófica porque teje ese tipo de piezas y recortes de realidad que llamamos documento y ahí encontramos algunos de los grandes momentos de nuestra cultura”, explica González.