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FONTANARROSA
“Una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpas:
“carajo”, que designa en otras latitudes el lugar en donde se coloca el
vigía en una embarcación, el nombre de un grupo de islas y una bebida
española a base de café y coñac. Hay quienes en el colmo del eufemismo, de
una hipocresía absoluta usan “caracho”.
También se lamentó por el papel
absurdo que juegan los puntos suspensivos que suceden a la “m” cuando no se
quiere escribir “mierda”, cuyo secreto de contextura física –reveló–recae en
la “r”. “Suena débil como lo dicen los cubanos: “melda”, suena a chino. El
problema de la revolución cubana fue la falta de posibilidad expresiva”,
concluyó.
“Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie.
Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No
había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros
hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y
cuatro mil años.
No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las
manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza,
la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias,
la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes
al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.
Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de
las manos para enumerar las metáforas del mundo.
La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y
nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo. La lengua nos permite
ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra
experiencia.
Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores,
exploradores y conquistadores que llegaron a las Costas de Cuba y Borinquen,
Venezuela la pequeña Venecia y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el
gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de
palabras, de pasado, de memoria.
La América Indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del
Caribe y del Golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos,
del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la
palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó
a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa,
España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.
Hoy que se propone la falaz teoría del choque
de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca,
protestante y angloparlante de los EE. UU. de América, conviene disipar dos
mitos.
El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural,
sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en
los orígenes, en seguida español de San Agustín en la Florida a San
Francisco en California, francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-trúa
(hoy Detroit) de los Illinois y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán
e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefardí junto con
el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la
migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras
de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas,
convirtiendo a otra ciudad hispánica –Nuestra Señora de los Ángeles de
Porciúncula– en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues
también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en
1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra
parte.
Que la lengua española ocupe el segundo lugar
entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una
oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece
al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas,
jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a
lengua receptiva, habla hospitalaria.
La predominancia del castellano desde Alaska –Puerto Valdés– hasta Patagonia
–Puerto Santa Cruz– no determinó el exterminio de las lenguas amerindias.
Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de
enigmas, figuras y alegorías –como lo llama el Libro de las Pruebas de
Yucatán– sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones
de seres humanos.
Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de
Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el
castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos
obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua
maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la
colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para
combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el
mundo mestizo y criollo.
Y todos nuestros mundos americanos –indígenas, criollos, mestizos– son desde
siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo
podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.
Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y
árabes de España.
Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la
Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en
vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las
leyes de Castilla.
Pero también llegó a nuestra América la
España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de
nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los
patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de
nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam
y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de
Traductores de Toledo.
Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida
pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de
pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista.
¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía
sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora,
las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y
cruz?
Las une la lengua.
Pero hay algo más.
Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve
distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas
y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí –para
amarse y procrearse, para armarse y rebelarse– adoptando y cambiando el
habla castellana con creatividad rítmica que anuncia la velocidad que corre
desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano
popular de las Américas, felizmente incorporado al diccionario de la Real
Academia.
El covoliche no es una macana ni un jabón, es
un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más
hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabar chorede el
alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su
propio lunfardo en Rayuela.
Pero no todo es celebración.
La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad
política y económica comparable.
Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre,
el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la
discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la
vida iberoamericana.
La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor
pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero
que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus
escritores porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación
contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación
desautorizados.
La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las
ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del
mundo hispano es democrática o no es.
Posiblemente el inglés sea más práctico que
el castellano.
El alemán, más profundo.
El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.
Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor
elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la
personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más
constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.
¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?
Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las
aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y
mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.
La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.
Nuestra literatura, la que celebramos en este
gran Congreso argentino, proclama que la libertad no puede ser ajena a la
creación de un mundo lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le
da accesibilidad, permanencia y actualidad.
El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el
escritor las devuelve a fin de otorgarle mayor pureza a las palabras de la
tribu.
No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas,
manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una
sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra
capacidad hispanoparlante para oponer al dogma la incertidumbre —¿son
molinos o son gigantes?— y la otra, el poder de llenar los vacíos de la
realidad con la realidad de la imaginación —sí, los molinos son gigantes—.
Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree
que la historia está completa y todas las palabras dichas.
Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible
dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.
Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen
Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia —el
fin de la historia— que quiero rechazar.
Descendemos del gran flujo del habla
castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros,
europeos.
Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se
oyen en castellano.
Los organizadores tampoco dan por terminado
el congreso. Hay que sacarle todo el jugo posible.
Esta es la encuesta que proponen a través de la página web oficial del
Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española.
¿Qué fue lo mejor del III Congreso de la Lengua?
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Las ponencias y el debate acerca de la lengua
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La participación del público asistente
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El respaldo del pueblo rosarino
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El homenaje a Ernesto Sabato
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El discurso de apertura de Carlos Fuentes
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La presencia del premio Nobel José Saramago
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La organización general del Congreso
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La ponencia de Roberto Fontanarrosa
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¿Qué debate? No hubo debate
alguno y muy pocas las
ponencias que intentaron algo más que dar cátedra
en un Teatro de lujo.
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El público no participó: llenó asientos cuando los invitados
oficiales
(empresarios, auspiciantes, intelectuales, disertantes y acompañantes)
preferían pasear Rosario a hundir sus traseros en las recicladas butacas del
Teatro del Círculo, pocas veces se les dio la palabra y ninguna de las
posturas planteadas por quienes milagrosamente lograron expresarse fueron
tenidas en cuenta en las conclusiones. Una mujer logró preguntar por qué
había tan pocas participantes femeninas. Sin embargo, nadie le respondió.
Otra se animó a enfrentar al presidente de Telefónica, pero descartaron su
cuestionamiento por estar fuera del ámbito indicado.
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¿El pueblo rosarino respaldó o no
le quedó otra? Había
gente contenta, feliz de las fachadas recién
pintadas, la basura barrida debajo de la alfombra (la alfombra roja que piso
la reina), dichosa por centenares de turistas portando maletines azules que
consumieron café a toda hora y alfajores para el viaje. También vimos
comerciantes que debieron cerrar sus locales para dar paso a los reyes magos
que no parecían muy contentos que digamos. Los jóvenes o bien no son
considerados parte de Rosario o tienen una manera muy contradictoria de
manifestar su apoyo: fueron muchos los que participaron del contra congreso.
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Si el homenaje a Sábato figura como opción de las
posibilidades de lo que
se puede considerar más importante de un congreso que pretendía debatir
políticas globales para defender nuestro idioma, creo que estábamos mirando
otro canal o meando fuera del tarro, como quien dice.
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Las palabras del mexicano fueron interesantes y deslizaron
la ingenua
ilusión de que el congreso profundizaría sobre los temas que Fuentes
enunció. Si la enunciación se convierte en lo mejor, es que la cosa no
anduvo demasiado bien o no llegó ni siquiera al principio del fondo.
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La presencia de José Saramago fue impactante, parecía
que había llegado
Alejandro Sanz. Llenó teatros y estampó autógrafos a granel. Entregó premios
y homenajes. Concedió entrevistas y conferencia de prensa. Fue de los pocos
que se pusieron a disposición. Pero Saramago se llegó hasta Rosario para
decir unas palabras en honor de Ernesto Sábato… ¿Debe ser lo mejor del
congreso?
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La organización general del congreso no fue mala, si
vamos a la
organización particular dejó bastante que desear. Prensa no entregó material
digitalizado de las ponencias, ni supo conseguir más que dos conferencias
para periodistas (a Ernesto Cardenal y José Saramago), cuando la
fotocopiadora funcionaba entregaba alguna que otra ponencia, jamás estuvo a
disposición de los periodistas sino de los detalles que gobierno y
patrocinadores necesitaban detallar. Los congresistas no sabían cuál era su
rol, ni tuvieron micrófono (literal o metafórico) en ningún momento, la
puntualidad se pasó de rigurosa: jamás hubo tiempo para las preguntas.
Faltaron micrófonos en el Parque España, había uno cada siete disertantes
quienes debían pasarlo de mano en mano. Nada, de todas maneras, que no haya
sucedido en Zacatecas y Villadolil o que no vaya a pasar en el próximo
congreso. Los congresos son, por definición, desorganizados, no serían tales
si los micrófonos funcionaran y los participantes hablaran de lo que tienen
que hablar. Si los congresos sirvieran para algo, no se haría tanto congreso
en el mundo.
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La ponencia de Fontanarrosa, él mismo la pensó así, fue
hecha para
relajar, distender, provocar carcajadas y, de paso, difundir la imagen
simpática del negro por toda España, dónde en unos días presentará su obra.
Es insólito que se haya convertido en la ponencia más relevante del congreso
y que haya sido el elegido para reemplazar a Juan José Saer, ausente con
aviso, en la lección final. ¿Si gana la encuesta, cosa que la boca de urna
pareciera confirmar, hablaría bien del Tercer Congreso Internacional de la
Lengua? ¿Si es así no deberíamos ir convocando a Jorge Corona para la
próxima emisión?
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