"A los que me llevaron con su pasión y a los que me dieron

 reposo en el borde de las carreteras de América"

Diana Bellessi

Crucero ecuatorial

Ediciones Sirirí

Buenos Aires, mayo de 1983
2da. edición
Dibujos y diagramación de la autora, clisés de la tortuguita y el sirirí de tapa y contratapa, realizados por Gabriel Martínez Dalmasso  
La primera edición se terminó de armar a principios de 1980 y constaba de 150 ejemplares numerados y coloreados por la autora.

 3ra. edición: Crucero Ecuatorial fue editado en 1994 junto con Tributo del mudo en un solo tomo por la editorial Libros de Tierra Firme.

Crucero Ecuatorial

Selección de Poemas

I

Paso por un pueblo borrado de arena.
Un resplandor fogoso lo detiene.
Entro a un café desierto
con las ventanas levemente entornadas
y una mosca zumbando frente a los espejos.
La cerveza está helada y amarga.
Una mujer vestida de negro cruzó la calle,
la memoria,
como un relámpago oscuro su tarde de verano.

VII

Comimos pescado
y un racimo de mangos dulces, anaranjados.
Después apareció el muchacho esbelto
parecido a un novio que tuve a los diecisiete años.
Esa noche hicimos el amor,
mientras me hablaba de los calamares lentos
rosados
que nadan juntos
en la profundidad dorada del mar Caribe.
Allí nos hicimos el amor.
Era biólogo marino y temía,
me parece, perder dignidad, estatus.
Se escabulló del dormitorio temprano
y estaba frío después del desayuno. No quiso
fumar mariguana con nuestro amigo negro
que venía de Tanzania. Lo perdí alegremente,
sin nostalgias. Cuando cruzamos las salinas
yendo a Santa Marta desde Río Hacha,
y vi las espaldas, las cabezas envueltas
de los peones guajiros paleando sal a media mañana,
se me hizo un nudo en el pecho,
y en él guardé, como quien lo hace en un pañuelo,
la camiseta colorada del gigante negro,
los calamares flotando en la oscuridad dorada.

VIII

Nunca olvidaré a la Antonia
parada en medio del camino,
con su manta guajira negra
su silencio y aquella forma
en que me miraba.
En el pueblo de Uribia
con todos hablé, menos con ella,
a quien más deseaba.
Antes de partir hacia Cabo de la Vela
me dio por saludo, a mí,
pequeña vagabunda americana,
estas palabras:
                        —Yo no me saco mi manta.
No te la sacás Antonia,
me repetía, entre los barquinazos del camión,
las latas de gasolina, las cabras;
no te la sacás,
no te vas de tu tierra, ni de tu raza.

IX

Cuando me quedé sin plata y sin amigos
deambulando por la ciudad de Lima
fui a parar a un hotel de citas.
Esos con fachadas mugrientas
y piecitas oscuras
que parecen flotar en neblinas
de orín y diarios arrastrados por el viento.
Había gritos a veces, y jadeos.
Una tarde abrí la puerta
sobre un largo, angosto corredor,
y encontré colgando del picaporte
la bombachita raída
que alguna joven prostituta
abandonara.
La recuerdo,
vívidamente, como una cara.

XIII

Me acuerdo de los vecinos
en el barrio de Cerrillos
y aquella enorme perrada
que nos siguió una noche
a la casa donde nos dejara
el muchacho del Mir.


Ese que conocimos a través
de un curita
en una plaza de Santiago.
¿Estarán todos muertos?
¿Floridos estarán
los duraznos
jugosos, colorados
que llevábamos en una bolsa
de papel manila
y comíamos
mirando a los albañiles de Santiago?

XVI

Tuvimos la mala idea
de sentarnos a tomar café
en un jardincito detrás
del Banco Francés de Barranquillas.
Creyéndonos turistas norteamericanas
una pandilla de muchachos
nos asaltó a navaja.
Ahí nomás les explicamos
que a mal monte vas por leña,
y que ni plata ni esmeraldas.
Uno me miraba
el anillito de oro
desgastado en el índice
de mi mano derecha.
Le conté una historia de familia.
Le hablé de mi mamá,
costurera en un pueblito del sur
que se llamaba Zaballa,
y de mi viejo
sol a sol en los potreros.
Era febrero.


Me dijo que el carnaval curaba
de necesidad, de amores, de deseo, ¿pero
cómo gozarlo sin un peso?
Nos tomamos el café y el agua
y comimos los daditos de azúcar.
Al final nos invitaron
a hacer la “zafra” con ellos.
Lo que sacáramos iba a medias,
nosotras para seguir viaje,
ellos para chuparse
y bailar en los carnavales.

Les dijimos que no
y se despidieron mansos,
con un beso.

XVII

A la isla de San Andrés
llegué sin un peso, ni equipaje, ni poema.
Todo se llevaron
de la casa del loco que decía: El latín
se dividió en tres ramas,
amor, pasión y desesperación.
Pero tuve una gorra blanca de marinero,
y el vestido bordado
que Patricia, la del palomar en la colina,
la que enhebraba collares de mostacillas,
me regalara.
La quise tánto. A ella
y al pintor
que señalaba el mismo islote,
el cayo redondito sobre las aguas,
en un cielo amarillo, y extenso, y naranja.

XX

      TIKAL

¿Sería un guerrero en desgracia,
exiliado entre los dioses
quien me hablara?
 
¿O sacerdotes del templo V
tras un humo leve
un rosario de hojas y de agua?
 
¿Sería la mujer,
atado de leña al hombro, murmurando:
—Yo soy tú,
en delicados jeroglifos ideográficos?
 
Lo que sé,
es que la ciudad hablaba.

XXI

En Costa Rica
había un viejísimo
y mísero flautista
que por su levedad
se deshacía en los umbrales.
Jamás hablaba
ni le hacía un gesto al mundo,
a nadie.
Un día le dije: Adiós  Maestro,
y me miró,
y se sonrió en la calle.
Esa noche
soñé con magníficos
misteriosos instrumentos musicales.

XXV

En un lugar de la sierra
antes de llegar a Puerto Angel, Oaxaca,
pernocté tres días
en una cabaña
para tomar los hongos, los niños santos de la tierra.
Con mielcita me los daban.
Y al final de aquello,
viendo trajinar lentamente
a la gente de la aldea,
un caserío asentado en el valle
entre la vigilia y el sueño,
supe,
se me abrieron todos los misterios:
 
Hombres y mujeres trabajando,
agarraditos del lugar
como un árbol,
en los tiempos de fortuna, y en los tiempos malos.
 
  
¿Fue en Honduras, en el Salvador
en Guatemala?
¿Dónde compré aquella guitarra?
Era en una plaza. El viejo las hacía
enteras.
Clavijero de madera y encordada con alambre;
cómo tocaba.
Vuelvo a sacarte, con un rasguido popular,
imperfecta, sensiblera, mi guitarra.


Tributo del Mudo

Ediciones Sirirí

Buenos Aires, 1982

2da. edición: este libro fue editado en 1994 junto con Crucero Ecuatorial en un solo tomo por la editorial Libros de Tierra Firme  

"El libro de poemas de Diana Bellessi puede ser leído en un marco de reencuentro con una naturaleza no idílica, pero que, lírica, afirma los planteos de una búsqueda de lenguaje que en este texto es más una concreción que una búsqueda."
Noemí Ulla

Tributo del Mudo 

Selección de Poemas

Nadie entra aquí con las palabras

En medio de la noche me despierta tu sueño,
el sueño donde estabas.
El cuerpo a medias entregado
lengua boca dedos
tienden los puentes
a la roca giratoria del deseo.
Tu abrazo en otro abrazo,
rosa de los senos donde mamo.
En medio de la noche
me despierto y repito sacro sacro
el pan ha sido devorado
la miel el vino y las cerezas.

Persecución del sueño

 El rumor de una voz
sobresaltó a la cazadora
 
Ojo veloz
y pie furtivo
Sombra
en los campos de caza
 
¿Son ambas
inseparable presa
en los mundos de agua?





Nave. Sólo veo la proa y la mitad de una vela blanca.
Un lugar entre el día y la noche el mar.
Un lugar inmóvil.
Cuando el este del cielo se enciende, su blancura
enceguece. Tórnase invisible. Navega la otra cara
del mar.
Pasan los años.
Una noche desato el bote amarrado tras los peñascos
de la bahía. Me hago a la mar.
No detiene al silencio
ni siquiera el cristal de los remos en el agua.
Estoy cerca. Ella se asoma sobre el puente
orlada de su propia oscuridad y la densa cabellera.
Me mira. La gárgola de la nave se desprende
en rasante vuelo. Viene a estrellarse contra mi pecho.




Cada noche persigo un sueño como a un ciervo
en la pradera. Como a él, apenas lo imagino;
o veo un ojo, el delicado filo de la cornamenta,
el flanco rojo que refulge y se pierde entre
los pastos del sudán.
Pero entonces apareció entero, sobre el muro de
arena que bordea la lagunas. La luna en el agua
lo volvía nítido contra el cielo.
Ella detrás, me miraba.
Empezó a cantar una canción. Rendida de
amor, y de terror, supe que su voz creaba
la mitad secreta del mundo.




De su regazo las pequeñas alimañas,
frutos y bestias mayores. Un bosque,
flores en el lago. Resplandece a través de la niebla
de una mañana. Reflejada en el agua
sólo ella aparece. Referida por entero
a sí misma, y a mí: su criatura.
Una brisa muy tenue sacude el círculo, el cristal
de cielo y agua. Yo le digo: Quiero que me cantes.




Navegábamos por un mar de arena.
El sol, espectralmente rojo teñía la aureola
de polvo que seguía a la nave. Un cielo de oro
sin una nube, sin un pájaro dándole vida.
Ella permanece erguida sobre el puente, su
sola voluntad nos impulsa en el desierto.
Hace crecer un árbol desnudo en verde
para mí. Sé que es un regalo,
una sombra clara que me recuerde
la mitad de mi origen. Después cruzamos
el umbral. El signo de su silencio
se hizo silencio: me devoró suavemente
el resplandor de lo oscuro.




La memoria:
            ¿territorio
            cuya migaja heredé?
—He perdido la memoria.
Una aurora boreal se expande
en la seda oscura.
Isla
Suenan los búhos
de copa en copa
vegetal derramados.
No existe el viento.
Duermo en un lecho de musgo
en un sueño
donde despliega
su quieta redondez
la Isla de humus y de arena.
Medallón verde.
Hojas transparentes
y árboles como naves
que flotan en el cielo.
Amanece
La niebla demora
el nacimiento del mundo.
Fragmentos. Formas inacabadas
cuyo fin es el comienzo
y su comienzo la cara
inmóvil del final.
Veladuras de esmalte.
Cortejo de niños y de sombras
que vuelven al agua inicial.
 
Rumor de dedos y de uñas.
De colas asaetadas que vibran
se despiertan
ante el sordo fervor de las estrellas
calientes del día.
 
Arenas blancas. Polvo de seda.

Insectos redondos
y pintados cuyas alas
en pequeños carapachos se repliegan.
 
Entro al mar inmóvil.
Boca y ojos abiertos.
Profundo. Profundo.
No soy extraña para ellos.
Poseo la cualidad del pez.
De pólipo o flor
suspendida en el gesto
de la vida que desciende
a su contemplación y su deseo.
 
 
Tortugas.
Un mundo que se desliza
y salta. Lagartos, camaleones
iguanas y salamandras.
Un collar de rocas
pequeñas y ardientes.
Un collar de rocío en la sombra.
 
El árbol de las frutas
crece con mi hambre
y se disuelve
en la saciedad.
Senos redondos de oro oscuro.
Chupo, huelo y muerdo.
Todos los jugos, la carne
la suave superficie del hueso
replegada y tensa
en el cenit del deseo.
 
Una reverberación de fuego
el aire.

Pequeños heraldos de piel
y de plumas
surcan la tarde.
¿Pájaros?
¿Bestiarios
de hermosura y silencio
que aparecen
cuando el sol declina?
 
En el medio hay un claro.
Un círculo vacío y extenso
con pastos del sudán.
Solsticio permanente. Danza.
Cruzan ráfagas de púrpura.
Los pies, la cabeza
las palmas de las manos
sostienen y se desplazan
en la tierra. El resto
del cuerpo sigue a la pelvis
en su arco, su ascenso.
Todo acaba. Todo empieza.
 
Entro al Otro Mundo
en otro mundo.
Follajes de agua dorada.
Terror del deseo
Embriaguez del deseo
Filigranas vivas que van del amarillo
al rojo, al naranja.
 
Por fin oscuro y lento.
Sin respuestas, sin palabras.
A proa de un bajel inmóvil,
Ánima: Señora del amor
y de la muerte

surcando el cielo.
 
¿Habitante o habitada?
Estuco y sangre.
Fuego alterado en la memoria
de la especie.
 
Isla. Umbral. De sueño el sueño
y la trama.


CRUCERO ECUATORIAL

TRIBUTO DEL MUDO


Libros de Tierra Firme


 Buenos Aires, 1994

Crucero Ecuatorial/ Tributo del Mudo

"Los dos poemarios ahora reeditados devuelven al lector al Inicio del trayecto. Con el breve trazo que la poesía admite como relato, Crucero ecuatorial es un libro de viajes que descarta la inmediatez episódica del presente y elige su pasado, el presente del recuerdo o aquella distancia de la que hablaba Wordsworth: “la emoción revivida en tranquilidad”. “Algo de aquel fuego quema todavía”, dice Bellessi y abre su crucero textual en un segundo momento de la emoción cuando ésta reaparece identificada con la originaria pero distinta. Emoción transformada por el rumor de olvido, por la melancólica melodía que “se hace humo, en el aire lento del mañana”. Emoción que prescinde de exactitud temporal o espacial: “Fue en Honduras, en El Salvador en Guatemala?” Simpleza del relato que encubre una cuidada elección de perspectiva y, también de acontecimientos. Libro fragmentario, hecho de momentos de encuentro, de suspensión, de pequeños grandes saltos sobre el recorrido lineal de la carretera: una ciudad que habla, los peces que tiemblan en las manos, las mujeres que formarán una galería de retratos como aquella que no depone su manta guajira. Libro impregnado del romanticismo de los viajes sin precisión de rumbo, libro que habla de un tiempo en que “los jóvenes se preparaban/ para el amor y la guerra” y carga las ráfagas violentas del después."  Alicia Genovese, Marcas de Agua