Danzante de doble máscara


Ediciones Ultimo Reino
Buenos Aires, 1985
ISBN 950-9418-09-9
 
Danzante de doble máscara es un excelente libro que opta por negar la poesía como discurso absoluto, como depositario de un tiempo absoluto (“El tiempo ha cesado/ de ser circular y eterno”), para concebirla como a un espacio abierto a otros discursos, a otras a formas, a la historia simplemente de eso se trata, como necesidad y materia.

Jorge Warley, El Porteño, octubre de 1985
 

Danzante de doble máscara


Selección de Poemas

(Coda)

Vasija funeral que duerme en el fondo de la Aldea. No quiero entender. Quiero entrar. Entera como el día en la noche de Baio, el hermano oscuro en cuyo brazo la lechuza despierta, solitaria y augural: la verdadera dueña. Un puñado de huesos pequeños y delicados, un humo apenas y la canción cantada en la testuz del sueño, con el niño a cuestas. Los espesos pantanos de seda. Las rebeliones sepultas envenenando el marasmo de los ríos, y una mano asida en la oscuridad, nudosa, viva, estertor traducido al lenguaje del cuerpo y el tacto. Baio: historia secreta, danzante de espantosa máscara, único territorio no colonizado.






Como se entra a un cuerpo. En lento descenso hacia el origen. Una voz nos llama hacia atrás y nos sostiene so-bre la orilla fugitiva del presente. Viñetas en el álbum de la Aldea. Alma que abraza los océanos y se queda colgando sobre la nada. Hay agua bajo mis pies. La herrumbre de un arado y el polvo leve que marca el sitio, del pan, la escoba y la leche. Faenas invisibles que ninguna arqueología rescata. Lo que pertenece al cuerpo vuelve al cuerpo: muerte, alimento y rito. Vasija de arcilla americana.

 
 

Detrás de los fragmentos


De pagarés en blanco eran tus manos
José Pedroni
(María de Alcorta)

Con la voz en bandolera
mi padre cuenta:

ellos inventaron un país sin saberlo

Inventaron:

la manera de alzar los ojos,
el puño, el techo

1
No hubo guerreros
en mi familia
ni doctores ni poetas.

No tengo saga que contar
ni epopeya
sostenida con la espada
en el anca briosa de una yegua.
Sólo un puñado de historias
que ni registra siquiera
el nombre de los árboles
del río

o de los pájaros que amanecían
los días campesinos
en un pueblito de Italia
perdido con la muerte
y la memoria de mis abuelos.
Tengo por herencia
un resplandor del Adriático
y un enorme azadón
que puebla todas las cosechas.


2
El padre de mi madre
tuvo como cuna
los aperos de un buey
que tiraba del arado.
Clavaron las horquillas
una cama de bronce
y extensas glicinas
al sur de Santa Fe.
Levantaban la cosecha propia
y después
enfilaban el buey
hacia La Pampa
a levantar la cosecha ajena.
Sin conquistas
de indios ni desiertos.
Amparados por el rezo
la voluntad y el lucero.
Hubo, eso sí,

un pariente que tocaba el acordeón
en mi familia
y amistad con peones guitarreros
que venían
vaya a saber de dónde
sino de esta tierra
buena para cruzar
el precio del olvido
y la pobreza.


3
En tiempo de langostas
o sequía
en tiempo de mentira
cuando los cerealistas
se lanzaban
a quiebras fraudulentas
nube negra
pájaro de rapiña
o era alto el arancel
llegado el momento
de cambiar por vacas
al gringo
y todo su esfuerzo
mis abuelas cambiaron
el percal de sus vestidos
por las ásperas bolsas
que sobraban

del maíz
o del trigo
En tiempo de langostas
o sequía
en tiempo de mentira


4
La tía Asunta asaba las castañas:
un revoloteo de faldas y pañuelos
negros en la negra
garganta del horno chacarero
La tía Asunta contaba cuentos
La Biblia era su arsenal
pasado por el tamiz
de las cocinas y establos de Italia
La tía Asunta contaba
la fábula de la mula
que se volvió estéril por no querer
cargar al niño y a su madre
huyendo de Herodes, de la matanza
Estéril por no creer
en la certera realidad de los milagros
El poder de la imaginación, digamos,
o la imaginación al poder
También contaba
la historia del anciano
que plantara una vid
aunque esta vid

no diera frutos en la vida
del anciano que la plantara
Y jugosas uvas cosechó el anciano
púrpura, ámbar, carmesí
entre las hojas verdes que reflejaban
los soles resecos de la vieja Italia,
como milagro para aquél
que sin importarle su propia muerte
a favor de la vida la plantará
La tía Asunta contaba cuentos
llenos de viejas maldiciones y milagros,
ligados al sudor, la justicia, el trabajo
Polvo enhebrado a las voces
de las cocinas y establos de Italia
Polvo, palabras,
recogidas por los niños
de su familia como herencia
de clase y sangre fragmentadas.


5
Hubo pacíficas revueltas
contra los dueños de la tierra.
Muchas deudas.
Un fonógrafo donde
cantaba Gardel.
Casamientos, bautismos
entierros
al final de las cosechas.
Yo me crié
en la pampa húmeda.
Verde farallón de sueños

y de chacras.
Peones y campesinos
fueron mi ascendencia.
Palabras italianas, guaraníes
quechuas
se mezclaron desde niña
en mi alfabeto.
No tengo saga que contar
ni epopeya
sostenida con la espada
en el anca briosa de una yegua.
Pero sí
un puñado
de historias que rescatar
donde se cuentan
para memoria de la Aldea
apariciones
desapariciones
en la noche cruenta
y un enorme azadón
que puebla todas las cosechas.
 
 
 
 

Waganagaedzi, el gran andante



El musgo al tacto como rodar sobre muslos mojados. Silencio. Las nutrias nadando bajo el agua fundidas con el sueño de un doble líquido y perpetuo. Martín pescador, movimiento puro, a lo largo del río que corta como un cuchillo, sin otra dirección que aquella impresa por el ojo, cerrado.
A esta perfecta entropía llegó Waganagaedzi. Y todo se trastocó.

Hilos invisibles que sostienen la parda asimetría de los árboles, la luz posada sobre sus copas derramándose. De pronto todo estalló. Un zumbido colosal cruzó el espacio, quebró las líneas de inmóvil armonía, desparramó el oro de la tarde y trajo necesidad, dolor, deseo. Desordena el mundo la danza de una abeja, y abre paso a Waganagaedzi, el de la larga cabellera trenzada, con flores de ligustro y plumas de tucán.

Lo que dormía, despierta. Todas las formas se confunden, todas desean el abrazo y el tajo que desune. el muchacho-niño se deleita en adquirir la forma del deseo: Piel y pluma, pico y zarpa, olor llamada fuego líquido y nube el cuerpo, el gesto. Waganagaedzi canta y derrumba el muro de los mundos, la parálisis de los que vueltos sobre sí soñaban.

Se deleita en su camino. Arde la luz y zumba un manganzá en el corazón abierto de las naranjas. Waganagaedzi ríe y se desata la larga cabellera trenzada. Aquella que cabalga en la grupa ciega de los vientos lo miró. Y por vez primera Waganagaedzi tuvo rostro, cuerpo, piernas, de muchacho humano el gran andante, cuando la Amazona lo miró.

Toda la tarde llovió. Waganagaedzi recibió la lluvia con labios entreabiertos, un sueño tras los párpados desplegados. Waganagaedzi galopaba. Crin al viento, sudoroso, mojado, cuatro cascos salvajes retumbando. Trueno y relámpago. Agua violenta. Los unía un grito sostenido, voraz, desbocado.

Cuando quema el aire, y un aguilucho corta la reverberación de los árboles, su parda asimetría casi derramándose. Y una nube cruza empujada por el norte cálido, habrá lluvia segura: Waganagaedzi enlaza los mundos distantes, busca el extravío y el júbilo del abrazo. Canta. Desata su cabellera.

Sueña en su verano la imposible permanencia del verano. La pasión aislada. Sin secuencia que flor en fruto vuelva. La pasión aislada. Waganagaedzi flota en las aguas del río y su cabello extendido como un abanico de algas enhebra pequños peces y pétalos que no mueve la corriente. La pasión aislada. No sometida al fugitivo campo de fuerza de efecto a causa. Un pájaro allí. Cazando al sol o cazado, a pleno corazón del cielo que alcanza su diástole y cae, por un segundo sobre los pedazos de la Amazona, por un segundo el deseo y la memoria del deseo, por un segundo, saciados.

Las hojas de los árboles se doblan y obedecen al pulso frenético de su llegada. Agua y viento lluvia, la Amazona ciega, Waganagaedzi canta. doblado sobre sí no se agota ni se sacia. Silba suave, primerizo, un zorzal haciendo eco. El empieza a caminar el gran andante, y cruza sin saberlo los límites del verano.

Cae. Cae en sí. Cae. En la irreconocible marea de la materia cae. El otro cuerpo, su cuerpo cae. Al otro profundo de sí cae, el canto de los búhos, timbales del monte nocturno, uno en otro, cae.

Nube de oro fragmentada Waganagaedzi avanza. Atraviesa la niebla sobre el musgo verde las charcas, tan lentamente que el sueño no lo sabe, si vive su noche o su mañana. Lleva en sí a la Amazona: replegándose lo lleva, niño-amante, vagabundo sin destino sobre las estaciones de la tierra. ¿Son los fresnos su cabello? ¿Los sauces casi líquidos vistiéndose de lluvia y de ceniza? El rumor de sus piernas cruza los totorales, el pie desnudo en la matriz del barro donde reeditan su pasión las diminutas alimañas. Comida, territorio y sexo. Letargo. Oscuro edén de los renacuajos.

Sin pertenecerse Waganagaedzi encarna las historias que sobre sí se narran. La historia de la piedra bajo el agua:

leve carne cerrada
al rápido fluir de los ríos, la sangre
en sudestada. viva. Sujeta a la rueda
de las moliendas como los amantes que
se separan
La historia de los árboles milenarios:
un pasaje de anillos
memoria abierta, malecón marino frente
al embate del tiempo
La historia que perece:
sostenida por el gesto de amor, el gesto
de poder contra la muerte, aguiluchos
en picada que hacen de la historia la
arena donde se narran, la vida de Juan,
la desventura, María con su frente, roja
en el cimbrón indestructible en marejada
las estrellas que estallan y los cristales
de humo formando nuevas galaxias.
Aguiluchos en picada donde el círculo
y la recta, el desorden final del
universo hace su entrada: cuna que se
mece en los hervideros del sueño. Universo
de historias y de átomos, de María
con su pecho embanderado, de amantes
en las ruedas de molienda y de
sangre en sudestada
Waganagaedzi no elige las historias. Las encarna. Atraviesa la bruma nocturna del otoño en bandolera y se disuelve, carcaj y cesto, un pecho en trugencia redonda de pantera y el sexo mecido entre los muslos tensos. Desata su cabellera. Danzante de doble cara hacia la desnudez del invierno.


¿En qué instante preciso cruza, el umbral inmenso del sueño? Se repliega el cuerpo e inicia, Waganagaedzi un acto sin fronteras. Lamento eterno del torcazal herido. Waganagaedzi duerme, suspendido en el lamento, ene le aire helado que adormece al cielo. Fina escarcha espectral cubre su pecho. Debajo: retumba el mundo. Debajo: sueña.
Se fractura el tiempo, la Isla
¿Todo es pérdida brutal
pico abierto devorando
la mísera pupila en los ojos
quemados?
Sudeste y lluvia fría
Una masa
leonada de agua
cubre rápido los frágiles terrenos
Matadero
(Montada en pelo
a un negro caballo negro
alma y carne
son una misma cosa
y yo no tengo miedo
no tengo miedo de vos
y del dolor que me causarás)
El tiempo ha cesado
de ser circular y eterno
Se ha quebrado y no hay paisaje
ni oro sutil que reverbera
Matadero
Cuerpo que aún no entiende
Espera
tatnea y cae
en el mísero consuelo del sueño
Matadero
La Loca
la historia pulsando
desde el fondo del cerebro
Matadero
Esta herida no tiene fondo ni fin
Hueco que ríe y pulsa
desde el fondo del cerebro
Que ríe y pulsa: -No tiene fin
La recuperación de la carne:
-No tiene fin
(No tengo miedo no
de la certeza del dolor
no tengo miedo de vos
acepto y no tengo miedo no):
-Galopar
sobre los negros cascos de la noche