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Oh madre,
sálvame
De la cháchara y el basurero sálvame
En tus brazos supe recorrer
la inabarcable
multiplicidad de lo vivo
abierto en la mañana de
septiembre: los nombres
del mundo que permiten
dejar tu cuerpo y regresar con ellos a la hora
en que la tierra tienta, con nuestro fin
una forma nueva
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"Un jardín, si se lo mira bien, puede ser un
espectáculo asombroso, un territorio donde la vida y la muerte llevan
adelante un juego infinito. Pero además el jardín es el lugar creado por
el civilizado animal humano para incorporar a su vida doméstica algo de
naturaleza, que no por eso deja de ser radicalmente ajena. De ese
estupor, de esa admiración y ese dolor está hecho El Jardín,
probablemente el libro de Diana Bellessi que más abiertamente asume la
atención hacia “o otro” propia de toda la obra de esta poeta argentina.
Daniel Freidemberg, Poemas desde el jardín,
Clarín, Cultura y Nación, 23 de septiembre de 1993.
(ver reseña)
"A la sombra de un epígrafe de Ernest Jünguer,
este admirable libro de poemas entreteje la naturaleza y la cultura"
(Página 12, diciembre de 1993)
(ver reseña)
"Diana Bellessi tiene un jardín. Tímido entre
los edificios, construido a base de domingos de poda y primaveras de
siembra selectiva, tiene un jardín en medio de Palermo Viejo."
Patricia Kolesnicov
(ver entrevista)
"El jardín, territorio caotizado por el reloj de
las estaciones, el tiempo cíclico donde constantemente se enfrentan vida
y muerte, comienzo y fin; ese jardín es transformado simbólicamente en
espacio erótico, en espejo infinito del vínculo amoroso en el que se
suceden deseo y extinción"
Alicia Genovese - La doble voz, Ed. Biblos, 1998
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He construido un jardín...
He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
alli, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos -dejarse ir- para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañia
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.
Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Solo digerible al ojo el terror
se la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.
Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.
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Son los gingo...
Son los gingo bilova
árboles muy antiguos
descubiertos en la China
a fines del último siglo
Fósiles los llaman
porque vienen de un tiempo
donde todo se ha perdido
¿Perdido? En el denso corazón
de la tierra duermen
marcas de las formas idas
Diseños impresos en las rocas
y rica la materia
orgánica donde duerme,
se disuelve lo que ha vivido
Los gingo, les decía
son árboles gigantes
que crecen lentos y coronan
de bellas hojas
vueltas de oro cuando al otoño
entran. Arbol de los mil escudos
le llamaron. Una raíz
pivotante entrando casi
al centro de la tierra
y el aspecto, de bebé, simple
como la frágil envergadura de un poroto
El gingo se multiplica en dos:
macho y hembra. Sólo la hembra
en su diadema de flores
genera frutos. Redondos y pequeños
un tinte anaranjado
e intenso
olor tienen los frutos. Su pepita adentro
acorazando, la semilla capaz
de atravesar las edades
Usted puede verlos:
hay dos especímenes
adultos en el Jardín
Botánico de Buenos Aires
Cuando declina el verano
la pulpa de los frutos amarillea
y después, caen sobre la tierra despidiendo
su olor intenso
Los gingos son ahora
reclamados por los dueños
de los parques, mas no la hembra
Sólo machos inoloros se demandan
Así, los viveros injertan una vara
macho
sobre todo bebé. Ingeniería
genética. Excluida la hembra al fin:
¿un fósil se hará de un árbol?
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