La rebelión del instante



Adriana Hidalgo Editora

Buenos Aires, 2005

ISBN 987-1156-33-2
La rebelión del instante

Un regalo

 Sobre La rebelión del instante, de Diana Bellessi

Desde su título, este nuevo libro de Diana Bellessi expone un vaivén entre la contemplación de lo natural y la mirada que participa en los actos humanos. Así el instante de una porción de naturaleza, un árbol digamos, no se admira sólo como revelación sino que también se percibe como irrupción, surgimiento sorpresivo. De alguna manera, el pequeño álamo que en algún poema exhibe su brillo plateado es visto con los mismos atributos de esos seres vivos, hablantes, que buscan un atisbo de indepedencia en la vida cotidiana. Y sin embargo, estoy hablando de los temas de este libro – ya sea el instante que se revela con “v” corta en la naturaleza o bien el instante en que alguien se rebela con “b” larga contra aquello que un orden social hace pasar por destino – cuando debería hablar de sus ritmos. Diana Bellessi no deja de producir ritmos; con versos largos o cortos, cada poema insiste en una extensión y en un fraseo, a veces en grupos estróficos, donde el avance parece generar ese pensamiento del instante en la naturaleza y de lo instantáneo en los otros, los que pueden escuchar, leer, hablar. En algunos casos, impulsado por la eliminación de signos de puntuación, el poema se despliega como una sola frase plena de ramificaciones, como una arborescencia natural de la lengua, y entonces la poesía de Bellessi logra algo que está más allá de toda mímesis, porque no describe lo que ve, ni transcribe lo que escucha, sino que hace una réplica móvil de los organismos en el interior de nuestro idioma. Escuchen este final de un poema que no interrumpe ningún signo, ningún punto ni coma, y que surge de la atención sensible y el ritmo buscado:

Se va el sol y viene la luna búhos
diminutos brrrpopop hacen eco
de un misterio que se pierde a lo lejos
confiando en otro y otro a traerlo
así la memoria humana reedita
en la cadena lo mismo que estas flores
abriéndose allí donde el limón
también reposa de oro y jugo
azucarado por el invierno ya
en retirada al alcance de mi mano
que quiebra el sortilegio y roba ayer
para mañana perdiéndose en el monte
orlada sombra que confía del instante

Y aun así, los finales de verso que quedan como indicaciones de pausas se suavizan con los encabalgamientos del sentido, y la cercanía del ritmo con el antiguo endecasílabo parece más un requerimiento de lo que se tiene que decir antes que una regularidad aceptada a priori. Esos buhítos que exclaman “brrrpopop”, ¿están hablando? Me recuerdan una de las onomatopeyas más viejas de Occidente, la de Aristófanes que hace repetir a sus ranas croando en los ríos de un infierno jovial: brekekekex coax coax. ¿Y qué otra cosa sería una onomatopeya sino una negación de la lengua dentro de sí misma, negación del sentido como concepto y afirmación de algo percibido por los sentidos? Como un cuerpo extraño incrustado en la frase que lo alberga, el sonido imaginado para el animal no es sin embargo algo hecho ni algo encontrado, sino un tono, un color que reaniman la materia verbal, la devuelven a su improbable origen de soplo sin mensaje. Además, la onomatopeya, como la enseñanza de una cigarra de fábula que leemos después en otro poema, parece resistirse a la facilidad de hacer frases dentro de un ritmo, como una señal de alto para detenerse a pensar más allá de las palabras, hacia lo que parecen indicar sin alcanzar nunca. Diana puede ver incluso entonces un regalo en el resplandor de un yuyo quieto en el campo, un yuyo que no sólo es visto sino que también mira a la persona que contempla. ¿Y qué puede decir un yuyo? Como una interrupción mínima, una rebelión instantánea de lo que es casi nada ante la naturaleza cuya misma unidad se quiebra en cada brizna, el yuyo habla de una hija, o es esa hija misma, que libera de la propia música de la poesía, “la epilepsia / musical, escribe Bellessi, que me agita con su martillo / blandida sobre la campana de plata”. Lo que interrumpe el ritmo, la cesura misma del verso sería una señal de lo que existe y está ahí, presente en su elocuencia silenciosa. Y aunque el freno puesto así por la atención al martilleo repetitivo del verso pareciera una discordancia, una nota desafinada, sin embargo para otros, atentos también, sonará dentro de un sistema mayor, no tanto porque se desee la comunicación sino más bien porque lo comunicado es un regalo y no un artefacto. El yuyo regala un pensamiento del instante que frena el verso al mismo tiempo que lo vuelve a lanzar hacia adelante, y el poema transmite el regalo para la meditación ajena en la lengua común.
Por otro lado, la comunidad también aparece en la frecuencia de un nosotros que junta al yo con los otros sea por obra del recuerdo, sea por medio de la interpelación, el llamado, sea porque los toma como objeto de cuidado, desvelo o atención. Y particularmente ese nosotros está unido a un lugar, una zona casi rural donde se puede mirar, saludar, hablar a veces con otros que comparten la misma estación, la misma observación de los cambios de clima, las mismas preocupaciones básicas. Aunque también ese nosotros puede estar integrado de diferencias, usos, perspectivas, como cuando alguien cría a un perrito atándolo para que sea más agresivo y quien escribe no puede dejar de lamentar cierto utilitarismo, cierto mal consistente en hacer sufrir a un ser que no puede saber nada de fines oscuros más allá de los medios impuestos. Quizás esa misma diferencia se instale en la duda sobre la posibilidad de un nosotros unido, fraternizado en lo real, porque quien escribe sabe que la escritura también separa, como un bien escasamente repartido en el mundo, e incluso escasamente deseado, y entonces exclama, reprobando su propia maestría rítmica: “ah el verso ornado / y tan cobarde / no encuentra sendas / de ser directo”. Porque a fin de cuentas el nosotros es una promesa que sólo por instantes parece cumplirse, cuando el verso desarma su propio cabalgar y diríamos que desensilla y frena para escuchar y mirar. Del mismo modo que los árboles, los animales sólo pueden ser interpelados y hasta percibidos cuando se olvida la barrera del lenguaje que los ubica allá, fuera del sujeto hablante. Sin embargo, ese olvido de sí, la comunidad imposible son las metas hacia donde tiende la carrera rítmica y reflexiva del poema, aun cuando en su mismo pensamiento nos diga y se diga que no va a llegar, puesto que la negación del hecho de estar hablando es apenas momentánea.
Sólo en este momento, este poema, esta humilde página no se ha dado lo imposible, pero al menos se lo ha señalado. Porque si el lenguaje y su conciencia separan al yo de lo que siente y dice, también lo unen a ese mundo y lo fundan como un deseo de reunión. A esa lejanía de los otros y de lo natural que se quiere incansablemente acercar podríamos llamarla belleza u objeto o insistencia exterior. Pero lo que importa en este libro es su incesante reflexión y a la vez revelación en torno a lo buscado, lo registrado y las formas en que se manifiesta la búsqueda. Hay como una dialéctica entre revelar el mundo, descubrir la belleza en cada cosa, cada actitud ajena, y por otro lado saber que la unidad simple con el mundo, con los otros a veces amados o entendidos o atendidos no se realiza en las palabras, aunque las palabras sean el suelo mismo donde se llega a imaginar esa unidad, donde se inventa la belleza perseguida, cuidada. Y acasó esté fallando en lo que leo, porque lo importante nunca es el objeto – dicen que es imposible hablar de lo que se ama – sino lo que nos mueve, el ritmo que encamina hacia lo amado. En el mejor de los casos, en la poesía como lugar de algo común, ese movimiento no quiere devolución y es un escándalo igual al de una palabra que no esperase ni siquiera ser escuchada, pura marca muda, incisión en el mundo cuyo testimonio no tendría que ser registrado. En lo que estoy diciendo se esconde una paradoja, que Bellessi no ignora: ¿cómo sería posible no esperar nada de vuelta y aun así hablar, escribir? La finitud, la muerte, la vida material nos condenan a esperar, según escribe Diana, “del perro que nos ame / del amante que sea fiel / y de todos algo”, cuando en verdad sólo existe el don, el regalo, la entrega. La recepción, la acumulación son imaginarias, por no decir ilusorias. La donación de palabras es la posibilidad, entrevista en un horizonte de líneas sinuosas, imperfecto y remoto, de “permanecer por siempre en lo que amamos”, según el verso final del poema “Desciframiento”, que intenta leer los funerales de un perro y el amor que persiste luego de su ausencia. Sin embargo, el deseo de permanencia no implica ninguna fe en nada eterno, sino el gesto de grabar inútilmente ese anhelo que insiste. Así el mismo poema compara la insistencia del deseo con el llamado de un pájaro que busca pareja. Inexplicablemente, la naturaleza se reproduce. Y no llamaríamos amor a la reproducción, sino a su carácter inexplicable, o en palabras de Bellessi: “tormenta febril en lo invisible”, o bien “relámpago de la vida y la muerte que no cesa”. Y ese misterio de seguir, de la misma analogía incesante entre el mundo, los otros, los animales y nosotros, horror y felicidad a veces, conduce a la posibilidad de pensar la poesía como restauración, como registro, aunque sólo se nombren estas operaciones en el poema. Pero lo que se nombra no deja de ser buscado: restauración de una unidad, una presencia sin condiciones en la comunidad de los que hablan y en la compasión ante el ritmo impiadoso de lo natural; o bien registro del dolor en los límites de cada vida y de la alegría en el instante que se rebela contra la mera repetición, el simple acatamiento de lo real.
Aunque acaso haya otra función menos reactiva, por así decir, menos reparadora en el libro de Diana, y es lo que antes llamé regalo, donación, que se resuelve en el último poema como gratitud. Se trata de un agradecimiento que obviamente no se dirige a nadie, tan sólo a la variedad de la existencia, al día que vendrá, y leo: “al próximo encantado de dicha o / de horror pero nuestro, día, al fin”. Felicidad y dolor como dos caras del encanto del día, el encanto del sueño, que de alguna manera reiteran la oscilación entre la alegría de decir, nombrándose en un nosotros, la unidad con seres particulares, incluso los que se asoman al lenguaje por un chirrido o ladrido, y la conciencia desdichada que frena aquel impulso y pone el instante del poema a pensar en la duración, en los límites del lenguaje que son los límites del yo. Sin embargo, contra las imposibilidades digamos que realistas, la última palabra es de agradecimiento, y digamos que de esperanza en las verdades del instante. Y si un regalo no se devuelve, seguro que se agradece.

Silvio Mattoni
Córdoba, septiembre de 2006