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Toda la poesía de Diana Bellessi se tensa en su
propia donación; afirmada en la inmediatez de la mirada hacia el
esplendor de las formas, incluye el ideal de una oralidad de lazos
comunitarios. Articula asimismo un pensamiento crítico de enorme
coherencia con una marcada impronta social de un modo completamente
novedoso. No es la ilusión referencial ni documental lo que la anima,
sino la capacidad lírica de ver el mundo en el arrebato de una gracia
del lenguaje. Cada libro indaga aspectos que el anterior había previsto
pero no agotado. Algo gime en estos poemas, algo de cristal herido, de
sangre seca, de boca del cieno. Esta pobreza herida es la materialidad
humana que recorre el libro. A la vez, su poesía es pacientemente dulce,
poblada de diminutivos, de resabios del habla, apócopes de la intimidad
popular en el seno de versos frágiles que esplenden, rítmicos, cantados,
donde esta riqueza ya no está vedada. Sus poemas siempre recuperan una
circunstancia, por ínfima que sea, y ese gesto constante que tendrá
varias veces su apoteosis, vuelve a hacerse presente en su último libro,
Tener que se tiene. En el paisaje, la autora ejerce otro destronamiento
del egotismo. Si en su poética hallamos una utopía del habla, también
percibimos una ética de la mirada: el ojo de Bellessi no ve las cosas
como objetos sino como rostros vueltos hacia su atención, y esto produce
un tipo de saneamiento de la visión, una “regeneración” del vínculo del
sujeto con lo real. Allí habita y condensa su hábito: mirar, hablar lo
mirado en el poema ser mirada y hablada en el lenguaje desde esa
condición mortal que le da, a la poeta y a todas las criaturas, su lugar
en el mundo.
Jorge Monteleone
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