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Estudio Preliminar
LA UTOPÍA DEL HABLA
I. Hay en la poesía de Diana Bellessi una exploración del
habla. No porque sus tonos sean necesariamente coloquiales —al contrario, su
sintaxis y su elaboración léxica tienden a alejarla de los efectos inmediatos de
la oralidad—, sino porque el habla es el núcleo que alienta una búsqueda
cultural. Esta elección tiene un enorme alcance: al centrarse en el habla, la
poesía de Diana Bellessi indaga los vínculos de lo individual con lo social.
Transforma la radical subjetividad de lo lírico en un escenario cambiante donde
las voces colectivas lanzan ecos y reverberaciones sonoras.
II. El habla en la poesía de Diana Bellessi es algo así como
su utopía, su proyección imaginaria. De su materialidad, lo que realmente se
reconoce es la respiración. La poesía de Diana Bellessi no es una poesía
coloquial, pero sí respirada. Un complejo trabajo con el espacio —el uso de los
blancos y la disposición en la página—, no sólo estructura las repeticiones
lingüísticas, sino también pauta los ritmos del aliento. Aspiración: blanco/
expiración: palabra. Esa presencia del habla en el hálito podría reconocerse en
la compleja y variada estructuración del espacio. La carga informacional de los
blancos potencia esa pluralidad de voces que la palabra exhalada de Diana
Bellessi convoca. El trabajo rítmico con una musicalidad que provenga de
patrones métricos tradicionales, insinuado en los últimos poemas, no es más que
una estancia de esta aventura.
III. Al explorar un habla, la poesía de Diana Bellessi
procura descubrir una enunciación: otra enunciación. “Bajo cada épica escrita,
pulsa y susurra su contratexto: el habla y la escritura de las mujeres —advierte
Diana Bellessi en un ensayo de 1988—. Reconocerla, desenmudecerla, integrarla
luego a la voz altisonante que restalla en la superficie social, fundará una
nueva escritura y probablemente un mundo nuevo. Exige el descenso a una misma,
con un discurso prestado: el del productor. La revisión de la propia vida,
frente al espejo de las vidas de todas las mujeres de la historia.”
IV. Susurro contra voz altisonante. La
malicia masculina, en la menesterosa confidencia de las peluquerías o de los
cafés, alude al “cotorreo” de las mujeres cuando se reúnen y parecen hablar al
mismo tiempo. La estética de las voces superpuestas es la límpida lección que se
opone a esa injuria. En
Buena travesía, buena ventura pequeña Uli,
fechado en 1974 pero publicado en 1991, no hay una voz dominante, sino un coro
virtual, cifrado en nombres y hechos y dramas y amores de mujeres que. sucesiva
o simultáneamente, irisan la escritura continua, donde los signos de puntuación
desaparecen. En esos blancos, en esas pausas va eslabonándose, como una azarosa
memoria, el habla femenina. Un nombre, como una invocación, la apela: Uli.
Imanta las miríadas de imágenes que pueblan el poema y que van cubriendo, con
regueros de palabras, la distancia entre los textos y el paisaje exterior del
mundo. Uli: figura de figuras imaginarias. Dibuja “el dibujito”, ese otro
paisaje tembloroso e infantil donde las líneas convergen y divergen en numerosos
recuerdos. Pero a la vez un nombre de mujer está tatuado en el corazón de Uli,
Nadia. Y, en fin, las vidas femeninas, como ‘huellas de infinitas historias de
desgracias”, están tatuadas en el cuerpo de Una. Entrelazadas en la línea del
tatuaje, una escribe en la otra, una dice a la otra. Uli, Nadia, Una; tres
nombres, tres voces que se atraviesan mutuamente y que vuelven el poema una
espesura de ecos. Una canta, Una es el cuerpo del poema que recorre Uli, en cuyo
corazón está y no está Nadia. Uli: reserva de todas las imágenes; Nadia: lugar
vacío de la persona poética; Una: voz de la transformación. Estos sujetos
vinculad en la escritura producen tina dicción que no puede atribuirse a nadie
en particular, pero sí a todas las voces. Entre la multiplicidad asertiva de la
imaginación que representa Uli y el vacío vivido de la memoria amorosa que
representa Nadia, se pronuncia la voz plural del canto de Una, de cada una, al
proponerse contar “las vidas de todas las mujeres de la historia”.
V. Esta búsqueda del habla plural no es estática, sino más
bien dinámica: deriva hacia lo que podríamos llamar un nomadismo del habla. Es
decir, una cierta dinamia de la voz que crea sus espacios, sus realezas
eufónicas y busca desplegarse en un escenario o en un relato, Una doble
condición reúne en la voz esa ilusión de un principio: la voz crea o funda,
decide con el nombre una estirpe de objetos en el mundo. o bien se vuelve un
eco, una repetición y un doble en el desfiladero de la diferencia, por la cual
se multiplica indefinidamente. Pero también el habla se inscribe como deseo
fantasmal de una escritura poética, a la cual conduce en una continua inflexión
del espacio de la página. En ello no sólo se manifiestan las mencionadas
aperturas espaciales del poema de Bellessi, su “movilidad” tipográfica, sino
también la apelación a vocablos cuya extrañeza se vuelve familiar al imantar con
su residuo mágico el conjunto lingüístico: Waganagaedzi.
VI. La primen proyección del habla
utópica en el poema consiste en buscar un topos privilegiado. Un posible atajo
para hallarlo, se alcanza mediante la experiencia del viaje —una experiencia
vital que deja sus reconocibles marcas autobiográficas en el texto. En la poesía
de Bellessi este irse del habla hacia sus territorios de fundaciones y de Voces,
coincide con el hallazgo de Latinoamérica como zona privilegiada para oír la
resonancia del habla colectiva. Desde Crucero ecuatorial, de
1981, esta elección es evidente. Los poemas conforman, de algún modo, el diario
poético de un viaje evocado. Todo el texto oscila entre el pretérito evocativo
de sucesos ya ocurridos que se vuelven entrañables y un presente absoluto que
irrumpe en el instante del paisaje único y suele repetirse en los animales que
lo ignoran en su rápida eternidad. Todo el texto admite la referencia
circunstancial que lucha por ser olvidada y la aparición de personajes que
llevan todo el peso del recuerdo. De pronto, esa exposición de ansioso
descubrimiento, de tiempo saboreado de obsequio terrestre ganado a las horas
halla su crucial detención en el tiempo sin tiempo del mito: la Ciudad de Tikal
“habla”. Este encuentro fugaz justifica ese recodo temporal que alienta el
recorrido y que la modalidad narrativa favorece mediante una articulación de la
memoria con la lírica.
VII. La aparición de la memoria es crucial en el desarrollo
de la poética de Bellessi, ya que por ella, a través de ella, es posible
reconstruir en el canto las culturas latentes y sumergidas o bien establecer el
linde con lo no dicho y lo olvidado. El despliegue de la memoria en combinación
con la lírica produce un canto antropológico que Bellessi sostiene en toda su
poética. La noción de canto, por la cual el habla se vuelve memoriosa, asedia el
radical individualismo de la lírica con los rasgos del canto popular y, en
consecuencia, lleva consigo todos los contenidos de la memoria colectiva. El
canto es una práctica de memorización que corresponde a esas sociedades sin
escritura, donde la narración ocupa un lugar de preeminencia. Tales prácticas de
la memoria étnica desdeñan la memorización palabra por palabra que
correspondería más bien a la escritura, en favor de una reconstrucción cuya
fidelidad se basa en un sinnúmero de variaciones creativas. Esta capacidad de
transformación de la palabra, transmisible en el habla colectiva por vía del
canto y del relato, es el impulso originario que la poética de Bellessi elige en
la cultura latinoamericana: se trata de la fuerza reproductora y creadora que
imanta la palabra poética individual.
VIII. La dictadura argentina de 1976 trastornó el régimen de
la mirada y de la discursividad social, entre otros motivos, por su vocación
genocida: la desaparición forzosa de personas. Dicha acción represora se sostuvo
mediante un discurso ideológico desde el aparato estatal, con una lógica de
guerra, según la cual lo que se enunciaba corno subversión era lo no visible. El
que no se ve —el subversivo— no tiene bandera ni uniforme ni rostro, disimula y
se infiltra, actúa en las sombras: es, de algún modo, anónimo. Esa suspensión
del nombre para la sociedad —aunque no para los genocidas— correspondía a la
abolición de toda individualidad jurídica. El enunciado de culpabilidad que
reclamaba adecuarse a las tácticas del enemigo, establecía por anticipado que el
castigo sobre el cuerpo condenado no implicaba otra cosa que la desaparición. Si
el enemigo se infiltra y se oculta como no-visible sólo resta adecuarse a sus
tácticas y, en la clandestinidad, tornarlo in-visible. Es decir, hacerlo
desaparecer. El discurso de la dictadura tiene por objeto manifestarse como
poder en esa inicua legalidad paranoica que alcanzó todas las relaciones
discursivas y los vínculos entre enunciado y mirada. El nombrado culpable ya no
debía ser visto y lo que se veía no debía ser dicho. El lenguaje de la comunidad
no sale indemne de este proceso. Se halla comprometido en esta relación del
exterminio y del silencio, de modo que todos los hechos culturales de la época
habrán de ser leídos bajo esa condición, pues ella los contamina: no hay
lenguaje inocente. Se trata del habla de una lengua que se usa para justificar
el asesinato, que nombra para hacer desaparecer y que establece el silencio
ominoso sobre aquello que se niega. La poesía argentina escrita en los años
ochenta trabajó con esa lengua culpable y su modo de resistir consistió en la
reconstrucción de la mirada y de su capacidad enunciativa. Lo hizo hundiéndose
precisamente en su paradoja: la incapacidad por ver correspondía a la obligación
de callar. La mirada de esta poesía de época era una mirada corroída: la
percepción baldía de un ojo que se corrompe. De algún modo, de ese relato sobre
la incapacidad de ver se pasó lentamente al relato de ciertas formas de la
visión. Lo que llamaríamos cierta crítica de la mirada. La nueva poesía
argentina escrita bajo la dicta dura debió obrar con esta discursividad social.
Las poéticas derivadas de esos textos conformaron diversos modos de nombrar el
borramiento y la culpa, restañar la herida, recomponer un lenguaje descompuesto,
devolver al espacio público un aliento de verdad.
IX. La poesía se propone a menudo como ojo: el poema “mira"
su objeto, con su opacidad elusiva, su contorno y su materialidad. El poema se
halla a punto de producir una ilusión: transformarse en su objeto. Ya que
siempre aspira a estar más allá de sí mismo, la forma de su objeto es la de su
deseo. La mirada siempre busca en otra parle, supone un desborde al explorar el
más allá de la apariencia. La mirada, toda vez que halla su objeto y comienza a
observar con insistencia. se vuelve sospecha. Por ello la mirada es excesiva,
atraviesa lo que se halla enfrente, ese aparente estar-ahí-delante del objeto.
No sería posible admitir que el poema es su objeto, no sería posible admitir
siquiera que el significado de lo visible se vuelve actual en el enunciado
poético, pero al menos podríamos conceder que esa mirada corresponde a una
subjetividad definida por sus elecciones objetivas. La mirada se establece en
ese espacio de inadecuación entre el discurso y lo visible, entre el sentido de
lo visto y su propio desborde, en el “fuera de campo” de la percepción. Esta
condición, que subyace al lenguaje y alienta lo imaginario, se trastorna cuando
la lengua propia de una comunidad se halla comprometida en el exterminio y
nomina en la desaparición. Allí el límite de lo visible es la muerte y el confín
de lo enunciable es la mudez. Todo más allá de la mirada poética era ominoso,
porque el horizonte del lenguaje comunitario se había borrado. Cuando la poesía
halla una corrupción de la mirada y una impotencia de lo enunciable, debe
elaborar con estos elementos, de un modo consciente o no, una poética de
regeneración y resistencia, a riesgo de desaparecer como arte toda vez que el
lenguaje es su fundamento. Bajo esta luz también pueden —deben— ser leídos los
libros que Diana Bellessi escribió durante la dictadura, especialmente Tributo
de Mudo, editado en 1982 y cuya lenta composición ocurrió entre 1975 y 1980.
X. ¿Cuál es el tributo del mudo sino la capacidad de
ensoñación de su mirada? En ese contexto antes descripto, la capacidad de
ensoñación imaginaria, que descubre en cada objeto su aura sagrada de presencia,
no es un ocio metafísico, sino una asunción política. Leemos: “Un pato biguá/
deja su estela de plata./ Ramón cruza a remo/ como oficiando misa en el agua./
Él es el símbolo, la clave./ De espuma que se borra,/ de espuma la canoa/ donde
el Mudo despliega su canción”. En este poema, que centraliza de algún modo el
sentido del libro, hallamos concentrados los elementos que se expanden y
reiteran en el resto de los poemas. El más notorio es el del paisaje natural
como campo de visión. Especialmente desde este libro, la poesía de Diana
Bellessi inicia su tarea de filigrana verbal, de puntillosa demora en lo
imperceptible, lo efímero, lo diminuto, lo latente, lo delicado que arrebata la
mirada hacia la naturaleza y que halla su apoteosis en El jardín y Sur. Como si
el ojo se lavara en una inocencia de aguas lustrales, la palabra comienza a
nombrar su ensoñación atenta. La palabra es estela, una marca fugaz que
desaparece en la otredad del mundo y que físicamente es inaudible para una
comunidad donde el habla está interdicta. Podemos entender ahora que lo que se
ha llamado una poética del detalle para los textos de Diana Bellessi tiene este
origen: el de una temprana restauración de la mirada como gracia contemplativa
en condiciones históricas de horror. No es casual, entonces, que la primera
parte del libro, “Jade”, evoque explícitamente la Poesía china —la cual, en un
mundo de ríos alfabéticos y de sauces mecidos, señala también la enorme
presencia de Juanele Ortiz— Por cierto, la apelación a la poesía china obra en
el campo de los supuestos que ella misma generó en la poesía occidental. Se
basan en su poder visual y en su capacidad de integrar las relaciones
estructurales de la naturaleza en el lenguaje poético mediante la figura del
poema que se “interna” en el paisaje. La evocación del modelo chino es un
recurso para renovar la mirada y sanar la lengua, en base a su propia iconicidad
Ese modelo, como piedra de toque de una inmersión en el paisaje, remite, por
ejemplo, al pensamiento de Fenollosa —releído por Pound— para quien la poesía
china se aproxima más que cualquier otra a la representación de los procesos
naturales gracias a la riqueza de su forma figurativa. Esta capacidad del
lenguaje escrito chino para absorber la sustancia poética de la naturaleza, y
construir con ella un segundo edificio metafórico a través de su propia
visibilidad como sugirió Fenollosa, es el modelo cultural que halla, en otro
espacio, la poesía de Diana Bellessi para validar su propia lengua poética. De
allí que otro elemento de importancia sea la canción del mudo. Esa canción
imposible deja, mientras se conduce la canoa como celebrando misa, una estela
que se borra. Ese valor de estela tiene el lenguaje que así se vuelve
imperceptible y virtual: deja de comunicar los hechos reales de este mundo o
deja de sentirse amordazado, para exaltarse con la elocuencia de lo irreal o,
mejor dicho, de lo sagrado —ya que sólo por una vía imaginaria lo sagrado
latente en el mundo natural retorna en el poema.
XI. En la poesía de Diana Bellessi pueden señalarse dos modos
temporales: el primero es el de una ilusión de cronología, cuyo curso es lineal;
el segundo es el de una circularidad, que permite advertir el regreso de cierta
enunciación bajo otra forma.
Acaso el modo más adecuado esté en la combinación de ambas posibilidades. Es
decir, por un lado, la lectura cronológica de sus textos permite seguir un
derrotero significativo; por otro, el seguimiento de las repeticiones alienta
una afinación de lo interpretado. Incluso el doble hecho de la composición y de
la edición de los textos favorece estos modos complementarios. Por ello, se
vuelve sintomático leer Buena travesía..., como libro inicial que se publica,
sin modificaciones, veinte años después. Es decir, leer el texto como comienzo y
a la vez como retorno. Este modelo, que parece fortuito, corresponde sin embargo
a un modo de articular poemas, tonos, temas y obsesiones que responde, asimismo,
al conflicto de una temporalidad que nunca se asume en una dirección única. Una
temporalidad que en el presente se bifurca hacia un futuro lineal y, a la vez,
hacia una repetición Parte de este conflicto resulta del combate cultural que,
en la poesía de Bellessi, es tanto una aspiración como un resultado. De hecho,
subyace a las diferencias entre el tiempo mitológico y el tiempo histórico o
entre la dualidad de lo Mismo y lo Otro que hallará su relato en Danzante de
doble máscara y su erótica en Eroica, sin olvidar sus posibles cruces y
contaminaciones.
XII. La poesía de Diana Bellessi nunca
es deliberadamente unívoca en sus elecciones y juega su rol en el reino de lo
disímil. Siempre se percibe en ella, como finalidad o promesa una tensión de lo
antagónico y una solicitud de la alteridad. Es éste uno de los sentidos
evidentes en Danzante de doble máscara, de 1985. La estructura de este libro
—que no puede apreciarse en la antología— es compleja: sus secciones alcanzan la
armonía de un friso de motivos entrelazados y concurrentes. Consta de un breve
poema inicial, “Hierofanía”, donde hay una primera representación del mundo
mitológico. Sigue luego la sección “Danzante de doble máscara”, con dos poemas y
una coda. En ellos se contraponen dos personajes que encarnan el doble origen
del sujeto poético: la figura de la Amazona y la figura de la descendiente de
inmigrantes. Sigue el poema en prosa “Waganagaedzi, el gran andante”, que alude
a un personaje de la mitología toba, el joven de cabellera trenzada que recorre
el mundo acompañado de un sonido pluvial y una música de flautas. A este poema
le sigue “Ulrico”, texto para una ópera de cámara compuesto por una obertura y
nueve escenas. El poema, de variado registro y cierta extensión, tiene un
argumento que manifiesta, desde otro ámbito, el conflicto cultural entre América
y Europa. Al comienzo, Ulrico Schmidl narra en una aldea alemana los veinte años
pasados en América del Sur: el sitio a la expedición comandada por Don Pedro de
Mendoza, el hambre y la peste, la asunción del mando por el oscuro oficial Irala
que inicia su exploración hacia El Dorado. El texto confunde con deliberación
episodios históricos con otros, simbólicos, que los iluminan oblicuamente: al
encuentro feérico entre Irala y la Amazona sucede la fundación de Asunción y el
nombramiento de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Irala, personaje que representa al
aventurero liberal, exaltado por su deseo y su delirio, se opone al conquistador
Alvar Núñez, de pensamiento conservador, respetuoso y ejecutor implacable del
poder real. Asistimos al rito del Ava-Porú, por el cual la Amazona devora a su
adversario Irala en un rito de amor y muerte que deriva, al fagocitar
simbólicamente a Europa. en la recuperación de su voz. En la última escena la
Amazona se adueña del espacio y del lenguaje, mientras Ulrico pronuncia una
frase final: “Partí/ del puerto de Cádiz/ en el año 1534/ del Señor// Nunca
regresé”. Finalmente, la sección ‘Detrás de los fragmentos” retoma en cuatro
poemas aquello que se apuntaba en el poema “Dos” de la sección “Danzante de
doble máscara”: “Camino a través de los fragmentos…”. Fragmentos autobiográficos
de historias familiares, filiales, donde el sujeto adopta la primera persona
para cerrar el circuito en la búsqueda del Nuevo Mundo. El lector podrá
reencontrar, perfeccionados en un texto de compleja estructura y ambiciosa
ejecución, varios tópicos anteriores que ahora, literalmente, se encarnan. La
noción de memoria colectiva se vincula de un modo más completo con la utopía del
habla cuando el poema toma, por un lado, la forma de un relato mítico y, por
otro, la de una historización. El sujeto poético se ve así escindido en dos
tiempos y dos espacios, mientras vive el antagonismo de un doble origen: el
americano y el europeo.
Tributo del mudo fue un
testimonio y una purificación. Ahora el poema puede relatar y jugar roles en una
impostación doble: la de la memoria colectiva y la del poeta culto. Doble
máscara: repite no sólo la escisión del sujeto lírico en esa duplicidad de
origen, sino también la encrucijada del autor al resumir una tradición
bifurcada.
XIII. Sorprende en la poesía de Diana
Bellessi esa ambivalencia creada por el deseo sostenido de una inspiración que
se quiere primitiva, elemental y pura en la alborada de un mundo mítico y la
espléndida realización con los sofisticados recursos de una cultura macerada en
innúmeras mediaciones En
Danzante de doble máscara
el mito es la máscara que adopta la poesía de Bellessi para cumplir la
definición de Lezama Lima: “La máscara es la permanencia del orden sobrenatural
en los efímeros. Hay una dimensión en el hombre en que se exige el gigantismo,
el canto y la permanencia conjural del tiempo transfigurativo”.
XIV. Varios aspectos transforman “Waganagaedzi
en un mito fundante, no solo para la utopía cultural que sostiene Bellessi sino,
en un sentido transformador para su propia poesía. Uno de ellos corresponde a la
noción de movimiento De algún modo, la idea de canto se sublima en la de danza:
un canto virtual, un canto silencioso que se articula en el cuerpo. Waganagaedzi
no sólo es el que recorre un espacio natural sino también el que danza. Por
cierto, este personaje halla su homólogo en la silenciosa figura del Culebrero,
el bailarín que aparece en “Ulrico” y que en la escena final se vuelve uno con
la Amazona. El baile es la corporalidad del canto. Es abstracto, porque elimina
el aspecto nocional del lenguaje, y es concreto, porque la condición física,
material de un cuerpo en el espacio que halla sus ritmos es su fundamento. Estos
rasgos son recuperados en un poema Posterior de
Eroica, “Murga" donde el
ritmo sincopado del baile popular modela el acto de presencia físico del “pueblo
entero”, el cortejo de siluetas carnales sin palabras, de brillos casi sexuales
en una hondura de bombos. Un acto que el poema acerca al mimetizarse según su
propio esquema rítmico. Éste es otro aspecto del mito: el hallazgo de lo
corporal, al punto de que el paisaje mismo se vuelve cuerpo. Cuerpo amatorio y
amado “el musgo al tacto como rodar sobre muslos mojados” Esa corporalidad, que
idealmente vuelve táctil toda mirada, sexualiza el espacio. De hecho, la figura
de Waganagaedzi Ocupa el espacio con una energía amorosa juvenil y masculina que
trastoca lo dado: "canta y derrumba el muro de los mundos, la parálisis de los
que vueltos sobre sí soñaban”. El fragmento sugiere, al aludir otra v al canto,
que dicha energía corresponde a la palabra poética invasora, como la lluvia, del
mundo circundante. La palabra que no sólo aspira a integrar lo separado y
fusionar la alteridad en su deriva pasional, sino que, a la vez, mantiene el
antagonismo y la diferencia en un juego siempre tenso de fuerzas divergentes.
Riqueza de la alteridad tensionada, que se representa primero en el dinamismo
del gran andante y luego en la androginia, ya que Waganagaedzi llevará en sí
mismo a la Amazona. “Al otro profundo de sí cae’: caída y cadencia, ritmo dual
donde la realidad fuga hacia su horizonte mítico. El valor de esta incorporación
es homólogo al del episodio antropofágico de “Ulrico”, don de la Amazona
recupera su voz al devorar al Otro europeo, según el rito del Ava-Porú,
transfigurado ahora en un rito lingüístico que torna el tabú de la lengua
conquistadora en el tótem de la lengua propia. Las derivaciones culturales de
ese episodio guardan varios puntos de con tacto con la utopía antropofágica de
Oswald de Andrade. “Comida, territorio y sexo” son los tres puntos en los que el
habla se corporiza.
XV. Del nomadismo del habla hasta el danzante enmascarado, de
la busca terrestre de la zona latinoamericana hasta su efectiva re creación en
el mito, desde la pluralidad del habla femenina hasta su desdoblamiento
figurativo en la Amazona, la poesía de Diana Bellessi halla en el imperio de la
imagen una interiorización de la utopía proyectada en los libros iniciales. Con
ello sugiere que la eficacia poética del mito se basa en su poder
representativo. La imagen parece surgir en la naturaleza misma y, de ese modo,
la naturaleza se muta en un espacio donde los objetos alcanzan profundidad y
entran en una serie de transformaciones. Se asemeja a lo que en Sur se llamará
“naturaleza encantada”. Esta zona no es precisamente la meta de la percepción ni
tampoco la del sueño: es la zona intermedia de la vigilia por la cual el ojo,
vulnerado en el resplandor de la luz diurna, se cierra y, vuelto sobre sí,
fantasea en la herida del resplandor. Corresponde a lo imaginario, a lo irreal,
aquello que las palabras sueñan y que deja una marca fugaz en el mundo, como la
del martín pescador al inicio del poema: “movimiento puro, a lo largo del río,
que corta como un cuchillo, sin otra dirección que aquella impresa por el ojo,
cerrado”. El mito —personal— de Waganagaedzi es un principio poético que, a la
manera romántica, conlleva una utopía política. Se trata de la energía
imaginaria, transfiguradora, que no sólo percibe en el mundo natural una
latencia mágica sino que condiciona el ensueño expectante de una Tierra
inocente, una tierra sin mal: Ivimarae’i. Una tierra cuyo doble real se halla en
la América trágica de los conquistados, de los pobres y los muertos, de los
humillados y ofendidos. De hecho, la imagen del gran andante, capaz de encarnar
todas las historias que sobre sí se narran —en tal sentido, reitera de algún
modo la figura de Una— se contrapone al final del poema con el horror histórico
que la palabra purificada quiere enmendar. El afán mitologizante del poema halla
su límite en el error humano y el ensueño imaginario se desgarra en la pesadilla
de la historia. Precisamente en ello radica su razón de ser. Al mismo tiempo,
esa tierra sin conflictos de la profecía, la aldea igualitaria, es homologada a
la tierra soñada por los inmigrantes pobres que evoca el poema “Detrás de los
fragmentos”. Reunión cultural que, otra vez, no cierra el juego rico de las
diferencias y que une la historia personal, la anécdota menor de la familiaridad
íntima, a lo grandioso.
XVI. Ese momento de intimidad final en Danzante de doble
máscara se continúa con un repliegue en Eroica, de 1988. Ello no significa que
se acentúen los rasgos autobiográficos, ya que en verdad tienden a diluirse Pero
se profundizan, en cambio, ciertos rasgos cuyo grado de abstracción no elude una
deliberada atribución subjetiva centrada en la mirada, en la enunciación, en el
amor y en el deseo.
Eroica representa el momento crítico de la poesía de Bellessi, el momento en el
cual las creencias se suspenden para pensar en ellas. El poema se torna
autorreflexivo y con ello se agota cierta ingenuidad de la palabra arrojada en
la primacía de su fe: en este libro arrecian las preguntas. La forma tiende a
estallar en una ocupación del espacio de la página que no acierta con su centro.
El sujeto se vuelve inestable y móvil, ajeno ahora a las seguridades de la
anécdota y aventurado en el enigma de la imagen, que lo refleja y altera. El
lenguaje y el tacto se interceptan mutuamente, se buscan y se repelen en una
exigencia de aprehensión del mundo. A la vez, Eroica es un texto de apasionada
afirmación, que reitera el vínculo inexorable entre cuerpo, texto e imagen, así
como el lazo entre mirada deseo. Es un libro que vindica la trama universal del
amor, una épica del eros feminizado, como sugiere su titulo. La función unitiva
de la energía erótica que sostiene la alteridad en la semejanza, desde la
belleza incandescente del amor lésbico hasta la belleza aurática del mundo,
halla un cauce reproductivo en el poema. Reaparecen los aspectos centrales del
mito antes señala dos, pero ahora en la dispersión fragmentaria de una
conciencia poética profana. Eroica es, finalmente, el libro exploratorio de una
nueva subjetividad para la cual debe, otra vez, hallar su habla. Acaso la
importancia de este libro para las nuevas generaciones de poetas argentinas
radique en este punto crucial de hallazgos y vindicaciones.
XVII. En la poesía argentina escrita por mujeres se
plantearía la cuestión de una voz femenina, lo cual deriva de la búsqueda de un
sujeto poético nuevo. Es decir, al representar el yo imaginario del poema, lo
femenino se conforma como enunciación. Otra forma de la visión, otro deseo
soberano y otra historia donde todo recomienza. De allí la aparición de ciertas
búsquedas comunes que, por cierto, definen también la poesía de Diana Bellessi:
un redescubrimiento de la materia y una epifanía de lo concreto; una exploración
del pasado y la historia a partir de los vínculos familiares; una adhesión a la
lengua en la palabra maternal; una apelación a la memoria como fundación de la
especie y no como nostalgia; una experimentación verbal muchas veces
radicalizada, porque en ello va la autonomía de un decir. En este último punto
la poesía femenina se vuelve política. Porque no sólo debe postular una nueva
subjetividad, sino hacerlo con un lenguaje que durante siglos fijó un conjunto
de valores, comportamientos atribuciones y roles que definieron el estado
subalterno de la mujer. Voz femenina enunciada en el espacio neutral que
abandona el poder viril de la ley, en el sitio excéntrico de la verdad
entredicha pero no impuesta: lugar del decoro o de la distancia. Voz matricial,
que no excluye al hombre, sino propone una conciliación nueva, por la cual el
dualismo genérico se trascienda en la identidad de lo puramente humano. En este
contexto, la poesía de Bellessi es una referencia ineludible y Eroica en
particular alcanza el valor de un manifiesto por la eficaz resolución lírica de
sus planteos. No sólo se aventura en una zona poco frecuentada de la poesía
erótica latinoamericana, sino que, con ello, genera algo más complejo: un campo
enunciativo nuevo para constituir otra subjetividad. Como ha observado
Benveniste, el ser humano se constituye como sujeto “en y por el lenguaje”. Pero
el fundamento lingüístico de la subjetividad es dialéctico. No puede darse
aisladamente: no me constituyo como Yo, como persona, sino dirigiéndome en mi
alocución a un Tú. Al emplazar el dialogismo amoroso por vía del erotismo
lésbico, la poesía de Diana Bellessi explora esa constitución de subjetividad
femenina de un modo absoluto, radical y necesario: “Gesto/ de mutua
apropiación// instante/ donde no se sabe/ los límites del tú, del yo”. En parte
porque lo exige ese momento revolucionario de la poesía de Bellessi para fundar
la nueva subjetividad lírica —que tiene sus efectos simbólicos en lo social— y
en parte por que los patrones eróticos del discurso amoroso occidental, con la
mentada excepción de Safo de Lesbos, son masculinos. Precisamente porque esta
alocución a un Tú que constituye la subjetividad implica al prójimo, es decir, a
la sociedad, Bellessi puede vincular de inmediato, en un ademán único, la
borradura del habla femenina con el silenciamiento de la voz popular —el
rumoroso océano de la multitud postergada que irrumpe, como en una danza ritual,
con la imagen de la murga.
XVIII ¿Por qué la voz femenina nombra
con mayor esplendor la materia, la materia maternal en la diversidad sostenida
de sus formas a través del tiempo? ¿Por qué cedida la palabra, mediada la
interpretación, acatadas las leyes, la voz femenina puede, acaso mejor que
otras, definir la inestable fascinación del poema en su vasta pronunciación del
mundo? En
El jardín, de 1992, leemos
una respuesta posible: “Qué quiere el poder. Ni siquiera/ al sujeto que lo
tiene/ Quiere/ ser el instante completo/ que abolió la duración/ y la
diferencia. Igual a sí/ autónomo, eterno. La madre en cambio/ desea/ caminar por
la pradera entre sus hijos/ Aceptar la muerte y poner/ su heredad en la
diferencia. Sueña/ y el sueño está hecho del detalle”. El conjunto de los poemas
de El jardín forma una serie, donde cada metáfora se continúa, analógicamente,
en el poema que sigue: en esa cadena el sentido se multiplica y, a la vez, se
retrae, como una superficie que se hundiera sobre sí hasta sutilizarse en
estratos de secreta comunicación. Libro-jardín: la forma mínima reproduce y
diversifica la unidad, ésta el tipo, ésta la especie, que penetra en las capas
superpuestas del humus hasta la oscuridad terrestre. Tal vez porque en él se
cruzan naturaleza y cultura, el jardín es morada y escena de la contemplación,
plano y sendero, extensión viva en la cual la propia mano puede intervenir,
injertar, sembrar, expandir, cortar: como el poema. El jardín es la imagen
central que da paso a todas las conexiones significativas.
Ya que el lector no podrá conocerlas en esta antología, conviene reseñar las
cuatro secciones del libro, donde sería posible leer una parábola
estético-vital. “Golpe de estado” es la primera. Suspensión de las garantías de
un derecho poético que desea y elige, percibe y memoriza, la muerte es la no
constitución de la forma, su desvanecimiento en el vacío. Allí el sujeto ejerce
su mirada poética y viste otra vez sus máscaras, sus disfraces, metaforiza y
canta. Entreteje lo contemplado con la gracia de la imagen nueva para olvidar la
nada que está: “Fasto perfumado de los ligustros/ lo que viene a solas/ o lo
puesto, ahora/ está despierto,/ se orquesta para gloria/ y una olvida, el horror
del vacío perfecto”. La segunda sección, ‘Estado de derecho”, corresponde a la
alianza de amor del poema en la diversidad de la belleza. La condición del vacío
es el decurso irremediable del tiempo, pero el tiempo es también la condición
misma de lo que se multiplica y crece en la diferencia. La imagen busca su
reflejo, busca la forma, busca detener el tiempo de la vida en un instante de
hermosura. Su movimiento es tembloroso, anhelante, inseguro, ya que trabaja con
la sombra misma, la corrosiva nada en la luz del pétalo: “He construido un
jardín para dialogar/ allí, codo a codo en la belleza, con la siempre/ muda pero
activa muerte trabajando el corazón”. ¿Dónde se teje ese “sueño de mutualidad”,
desde dónde ejercer el derecho a nombrar la diversidad del mundo? Desde el lugar
que la historia niega en su pompa y su dominio, la casa de la locura, el margen
de la muda, el hueco de la borradura femenina: “Leyenda”. “Tachada de la
historia soy/ leyenda, marca impresentable// mientras tú, fundas Roma”. Con el
lenguaje de los fundadores, el habla femenina aspira a la ruptura del orden
preexistente en el ensueño, a la necesidad de “tentar/ con las formas vivas un
concierto que exprese/ gratuidad: desde Leyenda”. Con la invocación de esa habla
marginada, el poema de “Leyenda” abre una espera, la paciencia de aguardar lo
que vendrá “Un día antes de la revolución’ —última sección del libro—, como una
inminencia de otro tiempo. Reaparece en El jardín la utopía del habla con ese
rasgo recurrente en la poesía de Bellessi: la lírica se vuelve política a
condición de ser metafísica. Al enunciar, por ejemplo, “Golpe de estado”, se
alude a la suspensión de las garantías individuales tanto en el ámbito de la
existencia como en el orden sociohistórico, ya que su finalidad última es el
vacío y el silencio de la vida. Esta lírica nunca ignora que tiempo y lenguaje
están atravesados de poder y de historia, que el poema es una critica de lo real
cuando en él se inaugura lo imaginario.
XIX
Sur es la inocencia, el
origen, la plenitud. El jardín se abre a un espacio de enorme vastedad que, sin
embargo, no es menos íntimo ni es menor su calidad de ensueño en lo real. El Sur
evoca el territorio de la múltiple belleza contemplada de América y de los
excluidos de su historia, reunidos aquí en un estado de gracia y bondad por la
memoria cultural que los unifica en un común origen sagrado. Cono el lector
advierte, esto no es nuevo en la poesía de Bellessi: lo nuevo es que el sujeto
poético ya no alude al habla en una dimensión que le es exterior, sino que, de
un modo definitivo, la representa y asume. Tenemos la sospecha de que el habla
buscada logra por fin un milagroso cumplimiento en la voz personal, que reconoce
en su enunciación poética el eco de los otros y el rumor de un mundo amado. Esa
dialéctica de lo propio y de lo ajeno transforma toda intimidad en comunión. El
poema se vuelve un signo que retorna a ese origen, al revelar mediante una
mirada casi virgen la perfección del espacio imaginario de la utopía
—recordemos, por ejemplo, el mito de la aldea sin mal: Ivimarae’i—: en el mundo
luminoso que descubre regresa la sombra fulgente del Edén. Como también
advertimos en El Jardín, esta mirada no olvida su desgraciado arraigo en el
tiempo y aún en la época, aunque en Sur toda negatividad tiende a disolverse en
el ademán de la creencia. Ese retorno al origen implica que no sólo hubo un
movimiento desde la perfección, ya realizada en un principio, sino también que
hay un desvío temporal que impide el definitivo retorno hacia ese espacio
alumbrado por el mito. El desvío corresponde al error, aún vivido en el presente
hostil: la historia de todos los sometimientos. Pero, a la vez, el presente
puede vivirse, en otra dimensión, como un enigma que debe descifrarse por
entero. Se accede así a un orden más perfecto que aparece progresivamente, como
transparentándose en la visibilidad de las cosas que integran ese mismo espacio,
descubiertos por la límpida mirada poética. Este desciframiento del enigma puede
darse, de hecho, en el poema, aunque penosamente dado su carácter falible,
arrastrado por las mareas del horror histórico. En el texto se postula una
correlación virtual entre el espacio de la página y el espacio de lo real así
como entre los objetos y las palabras, de modo tal que, en el proceso de
nominación, el mundo dado desaparece como vacío y reaparece como plenitud. Uno
de los medios para producir esta modificación cualitativa del espacio por vía
del lenguaje, es el uso productivo del ritmo y el moroso arraigo en la imagen
para precisar las formas percibidas con una conciencia misteriosamente lúcida.
Acaso porque, más que en cualquier otro libro de Diana Bellessi, en Sur se
revela un mundo de secretas correspondencias abundan los recursos analógicos.
Por ejemplo, la preferencia en evocar, sin desarrollarlos de un modo estricto
sino más bien oscilante: ciertos esquemas métricos y estróficos tradicionales.
La analogía también deriva en el sincretismo cultural, como ocurre con la figura
de la Annunziata: “¿Es la primavera la Virgen Annunziata/ que al sueño desciende
en el oro de otoño (...)?”.
XX. Es posible que el lector, en la silenciosa lectura de los
poemas de Diana Bellessi, tal vez distraído por un pasaje suficientemente oscuro
o suficientemente bello, comprenda, como en una ráfaga, ese abrirse de la poesía
hacia un horizonte primero que lo convoca y de inmediato lo despide otra vez a
su cotidiana ignorancia. De pronto, un sabor elemental, un canto prístino, una
amorosa reconciliación vagan en nuestra conciencia como espectros que apenas
retenemos y que el poema recibe de incógnito. Siquiera en el ápice fugaz de un
instante consagrado, el tiempo histórico se redime en el tiempo del corazón:
allí regresa la edad dorada.
Jorge Monteleone
Referencias bibliográficas
Oswald de ANDRADE, A utopia antropofágica, Säo Paulo, Globo,
1990.
Diana BELLENSI, “La diferencia viva”, en Diario de Poesía, 9, Buenos Aires,
invierno de 1988, p. 9.
Emile BENVENISTE, “De la subjetividad en el lenguaje”, en Problemas de
lingüística general, 1, México, Siglo XXI, 1991, pp. 179-187.
Ernest FENOLLOSA, “The Chinese Written Character as a Medium for Poetry”
(Utilizamos la traducción al portugués de Heloysa de Lima Dantas para: Haroldo
de Campos [organizador], Ideograma: Lógica, poesia, linguagem, São Paulo,
Cultrix, 1986, pp. 116-160.)
José LEZAMA LIMA, “Homenaje a René Portocarrero”, en La cantidad hechizada,
Madrid, Júcar, 1974, pp. 249-298.
Jacques LE GOFF, El orden de la memoria, Barcelona, Paidós, 1991.
Jorge MONTELEONE, ‘Una mirada corroída. Sobre la poesía argentina de los años
ochenta”, en Roland Spiller (Ed.), Culturas del Río de la Plata (1973-1995):
transgresión e intercambio, I.ateinamerika- Studien 36, Frankfurt am Main,
Vervuert, 1995, pp. 203-215.
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