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La Penumbra que mira el oroSelección, prólogo y entrevista de Claudia Prado Neuquén, Limón, 2006 (colección Unicornio) ISBN 987-22056-8-X |
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¿Cómo surgió tu vocación por la poesía? ¿Y cómo se
fue dando la elección del oficio?
La elección es más tardía, pero la
vocación, o el recordarme escribiendo versos es muy temprana. Debo haber tenido
cinco o seis años y recuerdo haber sentido una emoción tan fuerte en el patio de
la chacra que tenía que expresarla de alguna manera. Era el atardecer y pasaba
un trencito en la lejanía, y entonces, con una pinturita color naranja escribí
algo sobre la madera de una chata de maíz. Me parece que fue mi primer verso. O
sea que el amor por el ritmo y las palabras llegó muy temprano, aunque
conscientemente me acerqué a la poesía en los grados superiores de la escuela
primaria, cuando de verdad empecé a leerla. Hacia los doce años ya me titulaba
poeta y escribía mucho en verso.
¿Vos recordás el momento en que escribiste algo y
dijiste “esto es un poema”?
No recuerdo exactamente cuando lo nominé así, pero hacia los
trece años tenía cuadernitos muy armados y cierto roce con la lectura de poesía;
ya me decía a mí misma que escribía poemas.
¿Solamente escribías poesía o también otros géneros?
Algunos cuentos en la adolescencia y apuntes de reflexión que
anhelaban rozar el ensayo. Pequeñas tentativas siempre escasas. Me centré en el
poema desde el comienzo, y nunca pensé seriamente en escribir otra cosa que no
fuera poesía.
¿Y la decisión más relacionada con el oficio, como
elección de vida, cuándo llegó?
En la adolescencia temprana. Si bien exploré otros lenguajes,
a veces con entusiasmo, como la música o el teatro, y hasta un poquito de cine,
nunca pensé que el timón central de mi vida podía ser otra cosa que no fuera la
poesía.
Pensaba que al teatro le habías dedicado más tiempo.
A la música y al teatro les dediqué más
tiempo; e incluso volví a la música cuando era más grande, pero con la certeza
de que si existe eso que puede llamarse el don, o alguna capacidad personal que
viene con uno, en mí era el verso. Sin embargo esas prácticas retornaron en
redes imprevisibles a la escritura del poema. En todas partes aprendo mucho para
la poesía.
Y habiendo tenido esa
vocación tan clara y tan temprana, ¿alguna vez te preguntás por qué escribir?
¿Es una pregunta que para vos tiene sentido?
No. Rebelión y obediencia componen un solo gesto en el arte. No se anda preguntando por qué se escribe, se trabaja para escribir lo mejor que uno pueda. Si tiene o no sentido escribir, es casi como preguntarse si lo tiene o no hacer cualquier otra cosa. Puedo hacerme otras preguntas, autocriticarme fieramente observando mi propia escritura, pero no si tiene sentido escribir. Igual podría responderte que sí lo tiene, aunque no con un razonamiento argumentativo, porque me parece una tontería.
¿Se podría decir entonces que dedicarte a la
escritura es un gesto de obediencia a la vocación, o al don?
Exactamente, a eso que de manera
misteriosa empezaste a hacer algún día, que nunca pudiste ni quisiste abandonar;
lo único que podés hacer es cuidarlo, hacerlo crecer. En el sentido de
Oboedire que significa ante
todo prestar oído, escuchar.
Por otro lado, si algunos de los momentos maravillosos de
la vida se han experimentado al leer grandes poemas, ¿cómo habría de
cuestionarse si tiene o no sentido escribir?
Flannery O´Connor, en un texto
sobre la narrativa, dice que el único motivo para escribir es que “se te de
bien”. Esa frase tiene la intención de disuadir a los que no tienen el don.
Lo que vos decís, en cambio, parece
una cara más amable de esa convicción.
Quizás. Porque “se te da” –o porque uno lo cree así- se
dispone la propia vida para que ese darse sea posible. Es un largo darse, de
tareas y prácticas internas que duran toda la vida. Coincido con Flannery, en
una apelación que parece incluso antipática. Acabo de confesarte mi amor por la
música por ejemplo, y otras artes, puedo acercarme a ellas, pero no se me dan.
Soy una apasionada lectora de fantasy y ciencia ficción, pero jamás se me
ocurriría ponerme a escribir una novela. En cambio nunca dudé de ser llamada por
el verso.
En esta época en que hacer de todo un poco es una
gran tentación, vos elegís sin vacilaciones.
Cuando fui más joven, por supuesto, mi deseo era infinito.
Supongo que en la vida hay tiempo para el gran deseo, para la exploración del
mismo, y después hay tiempo para centrarse en un lugar que se siente propio y
entregarse en una dirección. Entregarse de manera dichosa a aquello a lo que
querés disponerle la mayor parte de tu vida.
Quisiera preguntarte
algunas cosas sobre el proceso de escritura. ¿Cómo comenzás un libro? ¿Tenés
desde el principio un proyecto y a partir de ahí trabajás?
Escribo una tanda de poemas y digo
“ah, estoy en otra parte, veremos qué sucede”. No siempre la transición es tan
nítida entre un libro que uno abandona y otro que empieza. Hay poemas que son
deudores del anterior y van a la deriva de no se sabe qué, pero llega un momento
donde se sienten con claridad algunas pequeñas diferencias radicales que hacen
que esos poemas ya no pertenezcan a ese allá, sino a este aquí. Y cuando uno se
ha dado cuenta
empiezan a pasar cosas raras, porque se progresa en esa
dirección aún cuando no sea un libro temático. La atención es indispensable,
porque el sentido busca su forma.
¿Cómo surge para vos un
poema? ¿Y después cómo se va haciendo?
Llega la melodía de la frase, con su ritmo, su sintaxis.
Llega acompañada por una percepción, un pensamiento o una anécdota, y en ese
tono que se imprime desde el comienzo, la melodía crece hasta que se cierra. Es
un acontecimiento simple y a la vez complejo, y lo que se hace es seguirlo, irle
detrás. En la medida en que le vas detrás también hay algo interno que te indica
cuando se agota, cuando se cierra. Después, en la necesaria traición de la
lectura, se puede trabajar el poema por dentro, casi siempre en la búsqueda de
su precisión. Los poemas más felices han sido siempre para mí aquellos que
parecen nacer enteros y libres de todo voluntarismo. Como si se escuchara en lo
hondo y no fuera mi voz, sino una astilla de la voz.
Ahora que hablás del ritmo, pensaba en algo que dice Jorge Monteleone en el
prólogo de La edad
dorada.
Él dice que ve una tensión entre lo rítmico y lo discursivo. ¿Qué percepción
tenés de eso? ¿es algo buscado?
La faceta más discursiva y conceptual, lo que llamo el
proceso de ideación que va creciendo junto con el poema, suele ser a la que
menos cariño le tengo. Suelo llamarlo el ruido del pensamiento, y cuanto más
disminuido está, cuando menos se advierte y cuanto más todo parece ser
simplemente música, es cuando estoy más contenta. No música gratuita, claro,
sino cuando el corazón parece abrirse y la voz susurra algo, cuando el ruido de
mi cabeza trabajando está mejor integrado y es leve, aligera su peso. No es que
esté peleada con el pensamiento, de hecho, algunos de los poetas que amo son
francamente conceptuales, pero navegan un saber común, no montan el brioso
caballo del ego personal.
Sí, incluso parece que en tu obra hay una apuesta en
ese lugar.
Lo que digo es que hay poemas donde el pensamiento camina a pie con la pequeña voz del mundo, y hay poemas donde el pensamiento se monta muy arriba del caballo. A veces es el pensamiento, a veces es la furia o la bronca o la ironía, aquello que uno siente que es necesario decir. Y esto no es malo, forma parte de la poesía, siempre que sea la pequeña voz que anda en pata por el desierto quien lleva adelante el poema, y si todo se dispone a acompañarla, va bien.
En
un poema de La edad dorada
te preguntás “¿Está mal? ¿es tarea equivocada/ bordar la página capturada
siempre/ por un detalle del monte o del jardín?”. ¿De dónde viene esa pregunta?
¿Por qué sería un error?
Bueno, uno siempre ama y teme sus insistencias. Las critica,
las acorrala, y si a pesar de todo siguen golpeando la puerta, uno las deja
entrar. A veces es tan furioso el ruido del mal del mundo que uno siente el
deber de representarlo, algo que parece advertirse con más intensidad en lo que
llamaría poéticas urbanas, un tanto ajenas a mi imaginario que se armó en otra
parte. Hay algo de ironía en el monólogo de ese poema que referís, frente a un
discurso despreciativo que he oído insistentemente en las corrientes modales más
fuertes de la poesía de los últimos años. He oído decir, por ejemplo: para qué
queremos “esas líricas” si ya tenemos canales de cable; a lo que podría
responderse: para qué queremos otras si seguimos teniendo canales de aire. Claro
que en ambos casos corrés el riesgo de estar conectado a Matrix.
Claro, se percibe la
ironía del poema, pero era interesante saber exactamente con qué dialogabas.
En el fondo siempre hay algo de esto: ¿estará mal honrar a
mis mayores?, ¿estará mal volver siempre a ese campito alquilado donde todos mis
parientes trabajaron?, ¿estará mal volver a mirar lo que miraban ellos y yo
miraba cuando era niña y vuelvo a mirar? Creo que es una pregunta que ni
siquiera busca respuesta.
Te
formaste dentro de esos lenguajes orales y también a través de la lectura de
poesía ¿no? Porque decías hace rato que leías poesía desde muy joven.
¿Vos decís de niña, por ejemplo?
Sí
Leía de todo, pero recuerdo cuando
encontré en la biblioteca de la escuela La divina
comedia, fue una llamarada en mi cabeza. Habrá sido
la traducción de Mitre, probablemente. Leí mucha ficción, toda la colección
Robin Hood... Cuando llegué a la escuela secundaria, a los trece años, descubrí
el monumento de la poesía, y el mundo se dio vuelta. A los catorce, iba a una
escuela estatal de doble escolaridad y los que éramos de afuera almorzábamos en
el comedorcito escolar. Los profesores, también. Un día, haciendo cola para
entrar al comedor, alguien me tocó el hombro y me di vuelta. Un señor me miraba
fijamente y me dijo: “así que vos escribís versos”, y yo dije “sí”. Era muy
tímida en esa época, todavía no era la mala, era la tímida, y entonces el señor
me dijo: “¿has leído a los románticos alemanes”. No, yo no había leído a los
románticos alemanes, ni siquiera sabía quiénes eran los románticos. Recuerdo que
le dije que no y él me ordenó: “leélos”. Salí del comedor rumbo a la biblioteca
de la escuela, y luego a todas las bibliotecas de la ciudad buscando a
los románticos alemanes, después a los ingleses, etc. Ese señor era Aldo Oliva,
al que yo considero mi primer maestro en la poesía. Seguí viéndolo y siguió
ilustrándome por muchos años. Allí empieza mi lectura más sistemática. Descubro
las joyas de la historia de la poesía, y en tantas lenguas además.
¿Y tus lecturas actuales cuáles son? ¿Cómo influyen
en el proceso de escritura de un libro?
Leo poesía, pero también ensayo, sobre todo del campo de la filosofía. Y muchas vertientes paraliterarias de todo tipo, de la ciencia, de aquí y de allá. Tal vez lo que se advierte como discurrir del pensamiento en mi escritura, tenga relación con estas lecturas. El último año disfruté La Saga de los Confines de Liliana Bodoc, y la obra completa de Arturo Fruttero; algunos escritores sufíes, y llevo un par de años armando mi bibliotequita de budismo...
No lo sé. A veces lo advierto en perspectiva, pero no en la turbulencia del presente porque soy errática y heterodoxa en mi manera de leer. Hubo períodos en mi vida más disciplinados pero me parece que tuvo que ver con el largo período de apropiación de la cultura de la juventud, ahora soy más salvaje, privilegio mi tiempo libre para leer lo que se me da la gana. Y lo que se me da la gana pasa por tantos avatares... Algunas lecturas son opciones más permanentes y otros son pequeños entusiasmos del momento.
¿Cuál
de tus libros tendría que ver con ese otro tipo de lectura más organizada?
Cuando escribí La edad dorada, por ejemplo, hice una lectura de los padres de la iglesia, como Pablo y Agustín, y de los no padres, como Eckhart y compañía. Pero tampoco me di cuenta de que lo estaba haciendo. Visto en perspectiva me doy cuenta de ello, de cierta insistencia en ese lugar. O cuando escribí Mate cocido me parece que escuché bastante música popular, mucho cuarteto, por ejemplo.
En
Mate cocido,
en el poema Iniciación,
hablás de tu perra que persigue a un gato y te identificás con ella que salta
cercos detrás de algo. Vos, un cerco del lenguaje, según lo que parece. El poema
termina, supongo que también con ironía, diciendo “poeta era la de antes”. ¿Cuál
es ese cerco? ¿Y te parece que se trata de un cambio que se da a partir de
cierta época?
Los cambios ni
siquiera sabés cuándo empiezan. Si bien percibo en
Sur algo que se inicia y me acompaña todavía, ahora
que tengo perspectiva porque han pasado unos cuantos años, me parece que es en
Mate cocido
donde hago conciencia de ello. Cuando se viene de
una clase humilde y no se ha estado rodeada de
bibliotecas ni de gente letrada ni de tratos con la
literatura, hay que llevar a cabo un proceso de apropiación acelerado e
importante. Como Jack London, que tuvo que enseñarse solo, mucho y rápido. En
ese proceso se ensordece la voz que se articuló en el habla, aquello que se
escuchó en la niñez y en la adolescencia temprana.
La tradición de la lengua escrita –casi siempre
propiedad de las clases altas- que todo poeta debe adquirir, es adquirida de un
modo específico. Como príncipes mendigos saqueamos los tesoros y demostramos
luego que somos dueños de ellos. Si se tiene suerte, llega un momento en que ya
nada hay que demostrar y aquello mantenido en sordina adquiere un sonido
aumentativo, se empieza a escuchar más y más ese atrás filtrado por el presente.
Me parece que tengo más conciencia de esto en Mate
cocido, por eso comparo el salto atávico del
instinto en mi perra con el mío, y quizás por eso me digo con ironía “poeta era
la de antes”, es decir la que manejaba el gran discurso de la apropiación,
frente a esta otra que intenta volver al percal o los harapos, quitarse el traje
de encima, ablandar la voz personal y fundirse en el río de una voz mayor que
anhela y que ahora puede escuchar.
Me parece que de eso se habla en esos versitos.
En el ensayo
La pequeña voz del mundo
decís que la voz lírica es “impúdica por desatenta, por seguir su propio canon
cuando siente que ya ha pagado el peaje del entrenamiento y el saber, y le resta
un saber de desobedecerse” ¿También ahí te referís a este proceso?
Sí. Es el momento del des-saber, pero es un des-saber raro ¿no?, porque
previamente ha tenido que salir a “saber”. Es un des-saber que ya sabe pero que
no ha quedado atrapado dentro de ese campo apropiativo.
Entre
tus libros ¿hay alguno que prefieras?
A cada uno lo prefiero por una razón diferente, porque en
cada uno siento que exploré algo, que encontré algo y que también algo no
encontré, o algo erré, y que me permitió escribir el próximo. Por lo tanto no sé
si quiero cometer la traición de decir a éste lo quiero más que a los otros,
porque a todos los quiero, pero me parece que hay un libro que está muy bien, y
es La edad dorada,
cronológicamente previo a Mate cocido;
creo que allí encontré algo y casi lo agoté, llegué hasta lo que más podía.
Yo tengo la sensación de que entre tus libros hay
algunos que exigen más que otros del lector. ¿Concordás con eso?
No sé. Uno quisiera siempre ir con el corazón en la mano y
depositarlo en la mano del que lee. Creo que la obra de un poeta tiene una
variedad de lectores, y que lo que le resulta difícil a uno le resulta fácil a
otro. No hablaría de libros, hablaría de poemas. Algunos parecen lograr un
equilibrio donde todo va, como te decía antes, detrás de la pequeña voz que
tiembla, y son los poemas que más posibilidades tienen de entrar en comunión con
el lector, de arribar a él. También es cierto que hay poemas que ofrecen un
campo anecdótico de mayor identificación, a veces en sincronía con hechos del
presente o de la historia cercana. Uno no sabe si esos poemas van a durar mucho
tiempo para el ojo satisfecho del lector, pero es cierto que pueden llegar a
producir una cercanía más fácil o más inmediata que otros.
No pensaba tanto en la
satisfacción del lector, sino en esos casos en los que puede parecer que el
lector necesita otra preparación. Igualmente creo que vos, en general, tendés a
desarmar la idea de que la lectura de poesía ofrece dificultades...
Creo sinceramente que el poema es una
creación mutua, entre el poeta y el lector, y que no es un fenómeno
comunicacional sino comunional. Hay poemas que parecen muy difíciles y logran
una entera comunión con ciertos lectores; nunca se puede apelar a todos los
lectores virtuales. Y hay otros poemas que a mí me parecen de tan sencilla
transparencia y no crean esa comunión. Es un hecho misterioso. De todas maneras
creo saber a lo que apuntás y quiero responderte: a mí me parece que se escribe
mucho y no son tantos los momentos en los que uno roza la poesía, pero es
necesario escribir mucho para tener esos momentos. Y todos los misterios con el
lector serán dados ahí. El momento más alto al que podés llegar es siempre de
una simpleza enorme, y al mismo tiempo de gran hondura. Parece que no pasa nada,
pero pasa de todo, como cuando escuchás una milonguita de Atahualpa Yupanqui o
una melodía de Mozart. Llegar ahí es difícil, un lugar complejo donde se casan
muchas instancias. Y también me parece que no vivimos en una sociedad preparada
para dialogar con la simpleza y la hondura.
En ese
sentido la oreja popular no urbana viene mucho mejor equipada. Por ejemplo, en
regiones donde la tradición de la copla ha estado tan presente en la vida
cotidiana, hay algo que se sabe del verso, del ritmo, de la economía, del cierre
y de la apertura de la poesía. Mucho más que otra gente que por ahí puede ser
bastante letradita, instruida, qué sé yo, pero que es sorda.
Por ejemplo
esas discusiones ridículas que pretenden enfrentar la parodia con otras
expresiones de la poesía, como si estuvieran peleadas. Son dos manos del mismo
cuerpo representando a su manera. No hay adversarios ahí, hay múltiples caras de
lo real intentando mostrarse, y siempre una habla de la otra, da cuenta de la
existencia de la otra.
Cuando el
habla no está domesticada, cuando no se está cuidando sino que sale a lo loco,
el habla loca, ya sea en el momento de la alegría o de la pena o de la furia,
cuando no está regimentada buscando una función específica, un efecto
específico, cuando es menos comunicativa y es mucho más primaria, goza de un
lugar común con el poema, a nada se parece tanto la poesía como a ella. Y no
estoy haciendo una defensa del coloquialismo, hablo de otra cosa.
Sí, y seguirá
modificándose hasta el final de mis días. Lo que sucede en el espacio social, la
lectura de la historia y también de un presente casi inmediato, siempre estuvo
atado a mi escritura de una u otra manera. Y es una relación de la que siempre
tuve alguna conciencia. Pero no me imagino nunca la poesía al servicio de esta
lectura. Sin embargo he escrito algunos poemas emocionados y voluntaristas, que
suelen ser mis peores poemas, aunque les tengo cariño porque provienen del orden
del deber, del deber queriendo.
¿Y
cuáles son esas otras maneras que no son “al servicio”?
Lo que sucede en el espacio social se refleja
constantemente en cada gesto personal. ¿Cómo estaría ausente del gesto de
escribir? Uno puede advertirlo o no, puede sentir que hay una ligazón o que no
la hay, de hecho
alguien puede decirte “no, yo nunca”, y vos leés su
poesía y decís “cómo que nunca, pero mirá lo presente que está”; y yo te puedo
decir que “en mí estuvo siempre presente” y vos podés responderme “yo mucho no
lo veo”, o
“lo veo en algunos lugares y en otros no veo nada”. Me
parece que tiene que ver con la construcción de una ética, con la conciencia del
otro, con la constante autocrítica de la postura de uno frente al otro, con el
sueño permanente de un mundo más justo y, al mismo tiempo, con el espanto de ver
que no se consigue. Creo que si vos escribís un poema de amor estás escribiendo
un poema político, porque cómo vas a leer el amor sino desde un contexto social
e histórico, desde una cartografía de relaciones que emergen de pautas
culturales específicas a su vez enraizadas en factores económicos de poder y de
control. No hay nada que puedas tocar sin que eso esté presente. Todo es visto a
través de ese velo.
¿Y
cómo es en la actualidad tu relación con el feminismo? ¿te parece que está
presente en tu poesía?
El feminismo
ha sido una de las grandes revisiones históricas, dedicada a observar lo que
sucede con los derechos de la mitad de la humanidad, y ha puesto en duda todas
las verdades “naturales”. Construyó parte de mi mirada y siempre le seré
deudora. En mi caso nació trenzado con lo que llamaría una visión de la sociedad
de clases; las luchas del feminismo, centradas en reivindicaciones específicas,
son parte de la lucha de clases y del profundo anhelo de un mundo más justo, más
equilibrado y mejor. Supongo que como tal está y seguirá estando presente en mi
pensamiento, y por lo tanto en mi escritura.
Básicamente
se alimentan. Mientras uno conversa, sugiere, observa el poema de otro, está
aprendiendo y llevándose para sí muchas cosas. Hay algo que le das al poeta que
está trabajando con vos y hay algo que tomás de él. Es el mejor trabajo que
podría haber tenido en la vida. Por otro lado, lo
que más me gustaría sería gozar de más tiempo y menos trabajo, hasta de éste que
es el mejor para mí, desearía menos, es decir, quisiera privilegiar un espacio
mayor para la escritura.
La tarea de escribir parece no tener lugar en la sociedad que
conocemos. Creo que esto hace de los artistas algo trágico y ridículo al mismo
tiempo. Nos pensamos príncipes y mendigos, porque ocupamos un lugar paradójico
en el imaginario social, se nos otorga importancia y a la vez nadie nos tira una
migaja, no rendimos plusvalía.
También en el ensayo La pequeña
voz del mundo tratabas este tema.
Lo que decía en ese ensayo, más
específicamente, es que los que tenemos posibilidad de escribir somos
sobrevivientes de un sistema y no tenemos ni la más remota idea de lo que pasa
en los márgenes del mismo,
qué pasa en los campos de exterminio de la
desocupación, donde las subjetividades abusadas y maltratadas al máximo tienen
escasas posibilidades de sobrevivir y de crear. Escribimos sobre lo que sabemos,
por lo tanto el mundo va a dividirse en dos zonas irreconciliables, y una de
ellas probablemente quedará sin representación.