Paloma de contrabando

(textos escritos en las cárceles de Buenos Aires)


Torres Agüero Editor


Buenos Aires, 1988

ISBN 950-549-162-X

Paloma de contrabando

Este libro es el resultado de tres años de trabajo en las cárceles de la Ciudad de Buenos Aires.

Los textos son de las presas y los presos que, por razones obvias, no quisieron dar a conocer sus nombres.

El armado del libro fue colectivo con un prólogo de Diana Bellessi cuyo nombre figura en tapa en calidad de compiladora de los textos.

Portada: fotocomposición de Alicia D' Amico

La experiencia -inédita en el país- que Diana Bellessi ofrece en este libro prueba que de tanta oscuridad, la de la cárcel, una de las realmente últimas que en vida son posibles, puede surgir tanta luz. Es decir: demuestra que en todo ser humano, de cualquier suerte o condición, laten resplandores que sólo una voz humana sabe convocar: rara sabiduría es ésa y aún más rara la revuelta hermosura que hace florecer. Contra la prisión de adentro y la de afuera, el dolor crea formas que lo amuran tal vez a la belleza. La muerte diaria ceñida al cuerpo de las presas y los presos anónimos cuyos textos la poeta Bellessi ha suscripto acuña gritos solidarios de la vida, abre las jaulas donde la sociedad encierra a los suaves animales del misterio.

Juan Gelman (Texto de la contratapa)

Ustedes allí. Nosotros acá.
¡No somos nada!, pero todo
somos todo.

Esta es: la tumba de los vivos
la cuna de los muertos

Un título que invita a pensar:

La paloma es el medio del cual se valen los internos cuando, estando en pabellones o celdas cercanas, se quieren comunicar o pedir algo. Con hilos, tiras de sábanas o elementos similares, se arrojan mensajes y el mismo hilo se utiliza para recibir la respuesta. Es el pedido de un necesitado a otro. Es un puente solidario. Pero toda paloma es furtiva y está siempre expuesta a ser sancionada, castigada. Esta quiere hacer llegar su mensaje. Hay dolor, angustias. Pero también alegrías y esperanzas. Véanos, estos somos nosotros: gente que sufre, vive y ama como todos los demás. Simplemente equivocamos el camino. Ayúdenos a reencontrarlo. Tienda su mano y tome esta paloma que hoy echamos a volar.

Una cita de Michel Foucault como acápite

 Hay en la justicia moderna y en aquellos que la administran una vergüenza de castigar que no siempre excluye el celo, crece sin cesar: sobre esta herida, el psicólogo pulula así como el modesto funcionario de la ortopedia moral.
Si ya no es el cuerpo el objeto de la penalidad en sus formas más severas, ¿sobre qué establece su presa? A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las disposiciones.
¿Puede extrañar que la prisión celular con sus cronologías ritmadas, su trabajo obligatorio, sus instancias de vigilancia y de notación, con sus maestros de normalidad, que revelan y multiplican las funciones del juez, se haya convertido en el instrumento moderno de la penalidad? ¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales e asemejan a las prisiones?  

Y la nota introductoria de Diana Bellessi

Una teoría contemporánea dice que el universo crece de la nada, que el vacío autogenera la materia, la materia avanza ocupando el vacío, como si el universo naciera de una trasgresión del propio vacío, signando el destino de la materia y por ende también el de la cultura. El lenguaje crece entre la instalación del límite y su rebasamiento. Sitio del texto.
Frente a la puesta en escena pública del castigo —teatro de los tormentos— Foucault nos dice que el siglo XVIII y fundamentalmente el XIX, elaboran por una parte la “humanización” del mismo; y por otra su ocultamiento. Cárceles y neuropsiquiátricos son una clara muestra de este fenómeno. Se separan las instituciones y los personajes que castigan, del castigo mismo; escisión que mantiene limpias y puras a las leyes y a quienes las representan. Ya no se quiere castigar sino “corregir”.
Qué pasa entonces con los productores de texto a quienes les toca vivir esta situación especifica.*
Existe el lenguaje codificado que pertenece a un determinado statu quo social, lo cual no quita que sea a veces refinado, rico, aunque tenga intensificada cierta característica servil como diría Barthes, y existen otras lenguas potenciadas por las diferentes pulsiones prohibidas. La lengua de la cárcel es una de ellas. Potente y enmudecida. Enmudecida en su faz oral y mucho más aún en sus posibilidades de ser escrita. Los que se han mantenido, bien o mal, en diferentes estados de rebeldía a frente a determinadas formaciones sociales, a menudo han mantenido también su habla en estado de rebeldía. Esto se percibe en esa lengua hablada en las cárceles y cribada por la furia, la pena, la soledad. Por el deseo de hablar y el enmudecimiento (“hablar con las manos, con gestos, para que Seguridad no oiga”); la prohibición de hablar y la exploración del habla. Habla intrínsecamente ligada con la articulación del pensamiento: hay poca fractura entre el pensamiento que tantea e intenta observar el mundo, observarse a sí mismo, y la voz que habla; no hay una gran escisión como se encuentra “afuera”, donde frecuentemente el concepto va por un lado y el discurso por otro. Aquí es balbuceante la reflexión y es balbuceante el habla. Balbuceante pero cargadísima de poder al mismo tiempo.
Primero aparece una actitud defensiva con el habla, que se puede presentar de doble manera: o no hablo o hablo como se espera que hable; pero cuando se ve que el coordinador compromete su habla dentro del grupo y en consecuencia, compromete sus pulsiones e intenta mantener un cierto equilibrio entre la necesidad y el limite que exige todo fenómeno de socialización, lo personal y lo político empiezan a entretejerse de una manera muy extraña. Se arriba así, al sitio de la escritura.
Claridad y oscuridad van juntas dentro de estos textos, conciliadas. Yo no diría que son textos transparentes. Hay una transparencia que permite adentrarse pero hay una suficiente revuelta de la sintaxis que está indicando la pelea interna para que aquello que quiere decirse, sea dicho. La prohibición está instalada dentro de la cabeza de cada uno, no sólo afuera, la pelea se lleva a cabo simultáneamente en ambos rings. Se hace evidente la lucha entre aquello que la sintaxis prohíbe decir, por ser una organización de poder, y lo que aparece dicho. La transparencia deja de ser puramente discursiva, un discurso ya elaborado de antemano, para ser otro que horada dentro del sujeto y retorna, otorgando transparencia poética.
Entre el enorme potencial normativo internalizado y el volcán de la revuelta aparecen elementos riquísimos. Desde el “nada se puede hacer-todo se puede hacer” arribamos, ganado palmo a palmo, al verdadero sitio del texto. La reflexión temática y sintáctica en torno a lo escrito genera solidaridades inéditas a través del discurso. Hay una particular manera de manejar las enumeraciones, las repeticiones, el ritmo; manejos rítmicos que producen fenómenos sinestésicos raramente vistos. El universo lingüístico no es vasto, pero la articulación de ese universo lo es. El lugar común es lanzado a otra parte.
Todos los textos aparecen anónimos —así lo solicitaron los internos— pero hay discursos plurales que claramente pertenecen a identidades distintas. Este libro tiene un valor testimonial, el de haber sido escrito en prisión, pero además riqueza textual, escritural; no son solamente los temas sino la forma de decirlos. Aquí hay mucho para aprender.

Esta es una experiencia pionera. Hablar y escribir, ambas fases en el uso de la palabra son liberadoras, porque hay cosas pequeñas que se resuelven a medida que se comprenden mejor y pueden comunicarse. La infraestructura de este proyecto incluía una visita mensual a cada unidad penitenciaria. Cada encuentro debía iniciarse y cerrarse en sí mismo, impidiendo verdadera continuidad del trabajo. Cuando cumplan sus condenas y salgan de la cárcel, quizá algunos mantengan vivo su interés. No solamente es difícil reinsertarse en la sociedad de una manera creativa después de una experiencia carcelaria, es difícil hacerlo aún no habiendo pasado por dicha experiencia. Para esta gente la dificultad es obvia, ya que los antecedentes penales conspiran contra la necesidad de obtener trabajo y un contexto afectivo estable. La estructura carcelaria puede, de hecho, mejorarse, y es una de las razones que originaron este programa. Personalmente creo que los fundamentos sobre los cuales se organiza hoy la institución carcelaria no genera posibilidades de crecimiento individual ni colectivo.
La pregunta “para qué”servía el taller y “por qué” se llevaba a cabo, apareció muchísimo en los primeros encuentros. Se cuestionaba permanentemente y fue charlado sin cesar. Más tarde dejaron de formularse estas preguntas, lo que me indicó que habían encontrado las respuestas. Estaban contenidas en la asistencia al taller.
Así como el cancionero popular muchas veces repite, parafrasea o glosa sobre textos de autoría conocida, este fenómeno se reproduce también en la producción carcelaria. En algunos casos desafiando el propio conocimiento de la coordinadora, quien elige incluirlos en este libro.
Cuando los internos envían una esquela, un mensaje de contrabando, llaman a esta cartita paloma. Este libro que reúne textos, cuentos, poemas de los internos de las distintas cárceles, es una paloma. Tendrá, espero, cierta circulación en la calle, pero lo que realmente importa es que ellos tengas oportunidad de leerse entre sí. Que los internos de una misma o diferente cárcel puedan leer este libro, reconocerse, contestarse entre sí.
Hay cierta fantasía y mitología popular que nace del desconocimiento, de suposiciones acerca de lo que es una cárcel y cómo son los presos. Creo que en parte el trabajo de estos talleres y la existencia de un libro colectivo, pueden servir para que los elementos más espurios y mentirosos de esas fantasías que provienen de la ignorancia, las series norteamericanas o las publicaciones sensacionalistas, se acaben. Y salgan a la luz aquellos aspectos que nos unen, para luchar juntos en la transformación de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Que los muros de la cárcel no sean una frontera donde la solidaridad humana se interrumpa.
De Nietzche a Platón, de Felisberto Hernández a Borges, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, la ópera, Freud, economía, política, literaturas indígenas americanas, el tango y el rocanrol, pasan por aquí, en una discepoliana que conmovería a Discépolo por su profundidad, su necesariedad; tras las rejas de la prisión.

Diana Bellessi

Buenos Aires, diciembre de 1987

Nota al pie

*En marzo de 1984, el Centro Cultural San Martín me invitó a formar parte de un proyecto que llevaría diferentes tipos de talleres creativos a las penitenciarías de Buenos Aires. Los mismos incluían talleres de plástica, música, teatro, mimo, danza, etc... Me hice cargo de la coordinación de un taller de escritura expresiva.
El proyecto abarcaba unidades de adultos varones y mujeres y unidades de menores, con un promedio estable de asistencia de alrededor de diez personas por grupo, aunque a veces podían ser menos u otras muchos más, como en ocasiones de trabajar con más de treinta personas arracimadas en la capilla de la cárcel de Devoto o Caseros.
Los textos reunidos en este libro son producto de de un trabajo de exploración durante dos años en las siete cárceles dependientes del Servicio Penitenciario de la Capital Federal.
Por circunstancias sociales e históricas que a nadie resultan desconocidas, muchos argentinos han vivido fenómenos de marginación fuera de la cárcel. Entrar a ella remite entonces a una zona de parentesco, de reconocimiento que produce en quien coordina un sentimiento de identificación: hay algo allí que no me es ajeno, aunque cada marginación tiene su sitio de especificidad, o sea que si uno no ha pasado un año en la cárcel no sabe en qué consiste esa especificidad. Son hombres y mujeres sabiendo algo que uno no sabe, de lo cual; sólo es posible enterarse si ellos lo cuentan, no a priori.
El núcleo operativo más notable ha sido hablar. Cada uno expresaba sus propias necesidades, a las que se sumaban mis propuestas. Sentados en círculo reflexionábamos colectivamente, lo que insumía a veces las dos o tres horas de mi visita y luego producía escritura individual, más tarde leída en voz alta. Esto realimentaba una ronda de reflexión sobre lo que se decía y cómo se decía. En ocasiones llevaba una propuesta concreta. Por ejemplo, conversar en torno de esa escritura anónima sobre las paredes de la ciudad o la puerta del baño público que es el graffiti. Se recordaban graffitis vistos por todos. Finalmente se escribía sobre el papel-pared con una leve motivación de mi parte. Les decía: qué escribirían sobre los muros de la cárcel que dan a la calle, o en la pared de cada pabellón, o en las paredes del Congreso, o en el cielo con uno de esos aviones que imprimen señales de “humo”. Qué escribirías en la pared de tu cuarto o en la pequeña nota amorosa que le dejarías a la persona que más quieras, sobre la mesa de luz, cuando salgas en libertad. Esto producía una escritura rápida, a veces explosiva, otras cargada de lirismo, leída y comentada con humor o con tan sentida pasión que todo el mundo callaba y escuchaba. El grupo se conmovía con la escritura del propio grupo, y yo también.
En la cárcel de mujeres hizo su aparición, desde el primer día, un lenguaje poco acartonado, en oleadas encantatorias y referidas al propio cuerpo e identidad. Se generó rápidamente un clima de goce solidario, poco competitivo, y un desliz inmediato hacia lo personal, elaborándose desde allí, una lectura de lo social.

SELECCION DE TEXTOS

El grito pelado

No voy escribir nada de la clase de literatura, porque es una paradoja que la misma sociedad que me verduguea y mantiene preso venga después a darme el micrófono para que diga lo que pienso (¿o más bien cuánto me ha dolido?) Si hasta parece un juego algo sádico, algo cruel al esperar en cierta manera un cambio, una transformación en quien debe soportar que regulen al minuto su vida cotidiana, que corten sus relaciones con el mundo como quien corta el pan a la mañana para hacer tostadas, que conviertan los vínculos afectivos con sus seres queridos en una dosis semanal de gestos y palabras a través de un vidrio blindado. Y ahora ¡hable!, ¡hable y cuente sus miserias! Digo que a pesar de todo, las actividades culturales que se están realizando en las cárceles son una buena cosa, una buena terapia que ofrece el sistema para poder defenderse mejor del propio sistema, ¡qué dadivosos! Si estas actividades fueran buenas de verdad, seguramente acabarían ahogándolas. Si pudiera escribir en serio tendría que poner que la libertad condicional es un chantaje, una extorsión. Pero no puedo hacer eso. Aquí puedo decir que estoy obligado a trabajar gratis para conseguirlo, a ponerme la careta que más les guste, a ser otro; a ser algo así como una sombra de mi personalidad secreta y verdadera, de manera tal que al final de la condena no se sepa más quien sos, que yo mismo lo ignore, que el resultado no sea otro que la duplicidad (y la angustia de vivir en un mundo de mentira). Aunque pensándolo bien, es mejor así. Es mejor este sistema burdo de presiones a otro más complejo y difícil de eludir. Porque una personalidad secreta y prohibida tiene, necesariamente, que ser rebelde, fuera de molde, y por lo tanto reprimible, con lo que me ayudan a mantenerme despierto. Otra cosa: la mayoría de los presos aprende a chamuyar con la mano, como los mudos, ¿no es sugestivo? ¡Y si los cazan haciéndolo! Derecho al buzón de castigo hasta que una sed, hambre de no sé qué le aprieta el pecho y siente que en cualquier momento se va a poner a gritar como loco, o a desgarrar la camisa en varios jirones, unidos como un largo hilo al que se anuda la media en un extremo, y al arrojarla por la ventana ahí va, ahí vuela la paloma a los pabellones, a los compañeros que pondrán en ella: tres cigarrillos, cinco a seis fósforos y una inmensa alegría que se descubre al subirla y constatar que seguimos todos juntos. Así es, no quiero que ellos sepan que el plan tiene una falla, que se puede pensar en todo esto. No puedo hacer un escrito para la clase de literatura hablando justamente del juego que se juega, de que aunque mejoren sus planes y sus intenciones, y aunque eso sea bueno, por bueno que sea sólo pueden aspirar a hacerme vivir una vida ajena obligarme a ser otro. Otro, no yo, y no cualquier otro, sino un algo indefinido de anónima mediocridad. Ni alto ni bajo, el término medio, sin angustias ni abismos sin ser real ni vivir nada que me sobresalte sin estorbar sin ir a ese lugar ni ser ese lugar que está ahí. Monótono, amortiguado. Sin un solo grito. “Mire Ricardo —dice la linda psicóloga al ojear mis respuestas al test— su material parece bueno aunque también voy a decirle que lo noto como… trabado”.
— No, no lo creo —le respondo.
— Que se resista a creerlo es el mejor indicio de que es así. (Si digo que no, le doy la razón, si digo que sí, le doy la razón) Yo podría probarle que no estoy tan trabado —le añado.
— ¿Ah, sí? ¿A ver?
— Ahora no. Te lo pruebo esta noche ¿sí, linda? (te lo estoy probando ahora). Porque: ¿cómo será ese lugar destrabado? Si soy estúpido haré estupideces, si soy negro haré cosas de negros, ¡qué joder! Pero no me pidan que me sustraiga de lo que soy para ser un pensamiento objetivo, de aséptica objetividad y límpida pureza. No me pidan eso porque no existe y porque además es lo que me traba, es lo que me obliga a preguntarme ¿qué es lo mejor, el amor o la ira?, ¿la concertación o la lucha de clases?, ¿las papas o las batatas? Cuando nada va a cambiar por saberlo, ni esas cosas existen porque alguien decida adherirse a ellas.
Al margen: pasan la película Nosotros los monos, de Valladares, en contra del boxeo, pero con escenas tan logradas que —al decir de los presentadores del programa— “todos los amantes del box disfrutarán con ella” (???).
Hay momentos en los que pareciera que puedo acceder a una comprensión más profunda de las cosas, en los que puedo elaborar un discurso con una lógica distinta, una lógica que entrelaza a los distintos fragmentos de ideas que aun mantengo dispersos y confusos, uniéndose así en una totalidad. Como el asunto de las dos presiones: Una que me señala la conveniencia de actuar en función de conseguir la libertad condicional. Otra que habla de eso como de una extorsión lastimosa y de la libertad como de una actitud que no pueden aherrojar con rejas o cadenas, que no pueden ejercitar aún en prisión, que no admite concesiones. El guardián me dice “Dios mío. Toda la mañana y no le dije nada, ahora colabore saliendo de voluntario a cortar el pasto” (Y hay una lógica en todo eso). —No —respondo—, si me dejó dormir o no, tiene que ver con su trabajo y es problema suyo (Y hay otra lógica en todo esto). (…) El escrito para literatura es un sin-sentido. Pensaba en una especie de “paloma a la calle” contando sobre las presiones, el chantaje y la imposición de una vida ajena pero eso no diría nada sobre mi vida propia, sobre cómo me enveneno escuchando la radio, mirando TV, o discutiendo con el gordo que todavía cree en las promesas del gobierno. Un escrito así sólo seria otro ensayo, otra teoría criminológica destinada a mejorar… ¡Que me importa eso! Lo único que me interesaría es, antes de morirme, haber pegado mi grito pelado, con mi propia voz, con mi propia desesperación, con mi propio miedo. Y no hacer como esa productora de televisión que piensa grabar un programa acerca de los ex presidiarios, parecido al que hizo con los paralíticos. Yo a un programa así le agregaría un bloque donde aparezca alguien de la TV haciendo el programa. O más aún, que ni figure ningún ex preso. Que sea sólo una indagación en los mitos que la sociedad tiene de ellos —medios de comunicación incluidos— porque es la sociedad la protagonista. Lo otro sería contar una historia para que sepan que ellos no son y que no están, que se habla de otros y no tienen nada que ver, cuando en este chiquero estamos todos cubiertos de barro hasta las bolas. No hay caso. Para mí hablar, siempre es hablar de la basura. Lo demás es como moverse en la frecuencia del delirio, del verso, del bluff. Ponga un televisor color en una pieza de conventillo y vamos a tener ahí juntitos el delirio y la basura, hermosas mujeres mostrando la cola junto a un pibe que mira sin pensar que tiene las zapatillas rotas. No se trata de la sordidez, sino de la duplicidad, de que hay tantos que se quedan en el mito, en la imagen creada a la manera de los afiches de publicidad, que pareciera que el conjunto de la vida social transcurre entre cartones pintados en vez de sucederse entre entes reales y humanos (…)

El calabozo

Indefenso y desnudo, lo que es decir más expuesto más frágil. El calabozo mojado y sucio no oculta que se trata de paredes nuevas, piso de baldosas y puerta hermética, lo que es decir más doloroso, como es más doloroso todo lo que ocurre en un lugar habitual y cotidiano que no se asocie al dolor. Escucho los gritos apagados de mi hermano. Comenzaron por él. Ahora lo arrastran a otro lado. Me duelen los golpes. ¿Qué importancia tiene? Ninguna entre tanto miedo. Tanto acoso. Tanto acoso no tiene que poder conmigo. Creo que siempre estuve esperando este momento, conocer el límite, saberlo. Tanta tortura no tiene que poder conmigo.

Poema

Tengo una canción para cantar tengo una canción para cada cosa una canción que habla del mar, del viento, del amor, del sol, de la luna y todo, tengo una canción que habla de las montañas y una que habla de los ríos, y de los pájaros que cantan en primavera y de las hojas que caen en otoño, pero de ti no tengo ninguna canción, mi única canción para ti es mi vida.

La pastilla

Estoy en el gimnasio, sentada junto a una estufa; a mi derecha un grupo del personal de la Unidad 27 mira hacia la puerta que da al patio; un grupo hace gimnasia, otras caminan perdidas en sus cosas con una mirada lejana. ¡Sabrá Dios dónde están mentalmente! En este momento se me acercó una de“ellas”, se paró al costado de la estufa y de a ratos me pregunta cosas, yo la miro y la carita que pone se asimila a la de una criaturita de pocos años. Ahora se me arrimó Nelly y la tengo sentada frente a mí, ojos brillosos cargados de pastillitas que la “mantienen” en un leve movimiento de caminata, cuando se agita vuelve a sentarse, me pide ayuda, me pide no más pastillas, me pide que “haga algo”, y siento impotencia por no poder hacer nada, la veo destruirse, o cómo la destruyen a pastillas, por supuesto, “faltaría más”, ¿cómo soportar a una persona de 21 años con un retroceso mental?, es la ley del más fuerte y Nelly fue débil y esta cárcel maldita la venció, la está comiendo y puedo decirlo porque la conocí normal, bien normal como comúnmente se dice, y de a poco la vi decaer como ahora que por caminar y dar un par de vueltas en el patio, se agita como una obesa después de correr media cuadra.

El sobrecito de azúcar

De un sobrecito de azúcar, lindo lleno le colores, tan olvidado, de años, sale inmediatamente una mesa de café, los pocillos, ese ambiente tan querido. De un sobrecito de azúcar sale esto que estamos haciendo, un ejercicio, algo que tiene que ver en algo con la literatura. Que por ahora tiene que ver con sensaciones, expresiones, búsqueda, experimento, algo nuevo. No sé qué puede tener que ver el azúcar, que ahora mismo está chocándose con la lapicera, debajo de la hoja, en la mesa, pero al fin estoy escribiendo, describiendo tan sólo este momento, y lo bueno tal vez de esto es que me gusta. Que es lindo usar un papel, una lapicera, y usar las palabras, a partir de cualquier cosa. El azúcar, que no me gusta, aún la siento en los labios,

La silla

Yo soy como una silla en la que se sienta mucha gente, pero nadie se queda. Estoy puesta dentro de un gran cuarto azul donde hay un ventanal que da a un parque muy grande con árboles, flores y chicos. Pero no hay puertas por donde entrar al cuarto y la gente quiere sentarse sobre mí. Y abren el ventanal, viene gente, se sienta y se va. Me quedo sola.

Mañana

Mañana me voy de aquí; saldré en libertad y mi interrogante es… ¿cómo estarán las flores que no regué todo este tiempo? Ahora lo importante para mí es saber que tengo aún mucha agua para reverdecer cualquier cosa.

Preso enamorado

Sé que cabe en estas manos todo el calor del mundo, que cabe en estas manos, que deben al mundo mil caricias. Sé también que corre por mis venas todo el fuego del volcán soñado y que esta piel como una cáscara puede caerse a pedazos, hasta dejarme al descubierto. Entonces tengo miedo, un miedo enorme de no salir con vos, a pasear el cadáver de la última tristeza. Muchacha mía, hace siglos que escucho latir tu corazón, como quien oye una fábula o una música de tambores. Y soy molido por la distancia, donde los caminos se aburren de espera y espera. Soy la música, que en el fondo de la guitarra se muere si no vienen tus maños a liberarla del sueño de la madera. El pájaro libre que aguarda que las puertas de la torpe jaula estén abiertas. Y me he convertido en guerrero para proteger tu cuerpo tibio de los ataques del hielo. ¡Mírame con tus ojos enormes! ¡Trépate por mis ramas! Desciende hasta las profundidades, donde mi sangre es licor de vida. Y me verás como un diablo de azúcar, empeñado en 1ograrte. Muchacha mía, sólo pretendo que mi voz te desvele, y que esta noche, antes de que desciendas a la pradera del sueño, recuerdes este poema letra por letra y sueñes que voy hasta tu almohada para recitarte mi amor al oído hasta dormirme enredado en tus cabellos.

Poema

yo no sé qué decir pero creo ser la noche o un sueño que no puedo despertar porque estoy acá porque creo estar en un cementerio atado en vida
siento muchas cosas que ya le voy a contar a medida que nos conozcamos porque a veces siento ser el diablo.