MarcelaSi el bello Hipólito consagrado por completo a la diosa estaba, y fundaba en ello su gozo y su orgullo sin límites, Marcela, la más hermosa, en cambio nos declara que la conversación honesta con las zagalas de su aldea y el cuidado de sus cabras la entretiene y le basta. “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”, afirma claramente, sin intención de entregarse a hombre, dios, o diosa alguna. Los árboles y las aguas son su compañía, y las montañas el límite de su deseo. Le gusta comparar su hermosura con el veneno de las víboras a quienes les fue dado por naturaleza. Una sor Juana tendría Marcela como par, y al igual que ella Cervantes hace uso de alguna treta, la proba honestidad de Marcela por ejemplo, para dar vuelta certera y directa al discurso, no del obispo, pero sí de los pastores que confirman la razón de aquél por las aldeas: pretendiendo acusarla por hermosa, no lograrán condenarla por honrada. Sólo a sí misma quiere entregarse Marcela, y ni siquiera a Don Quijote es concedido “ofrecerle todo lo que él podía en su servicio”, fracaso este que también realza la inteligencia y la grandeza de Cervantes. Revista Casa de América, Madrid, noviembre 2005 |
Un cordero de mi estilo, un caníbal de mi estilo¿Cómo escapar al embrujo de la guitarra que marca el paso acelerado del Negro Atila escapando como un ladrón al que nunca pueden atrapar, apretando en su bolsillo todo el metálico brillo sin temor? ¿Cómo escapar a esa letra viva pisando el ritmo de la guitarra con un brillo, directo o arremolinado, en la voz áspera del Indio que pintó como nadie a los ángeles del derrumbe, a los otros, a sí mismo, a los otros? En la furia –y maté, y maté, y- como en la pena –ángel de la soledad y de la desolación- y en la alegría sin par -preso de tu ilusión vas a bailar, a bailar, bailar- mientras los lobos aúllan y el blues se hace una endecha: lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir. Se hunde el corazón sin red ni salvación en la poética impecable que se sabe autónoma y se sabe parte de la música y de la interpretación, y de algo que sucede ahí afuera, tanto como adentro, en la cornisa de la canción que se abre a lo informe y vuelve a la forma que la sostiene en el genio sin repetición de Los redondos. La gran lady te acaricia y no besa, oh no, es un instante de belleza muy cruel, dice la voz alzándose de la agonía para estallar en una vulcan roja y luego en un riff: que el lobo estaba sordo, que no escuchaba más... El Indio desmiente todas las pavadas que se han dicho de la poesía, va directo, va de frente, va sutil o va enigmático, acentúa donde quiere y no es gratuito, va por más, por más sentido y los bárbaros lo entienden. Cruza mundos de lenguajes como la poesía lo ha hecho siempre, cuerpo a cuerpo y lo que resta va a la página, va a los discos. La jaula de la canción le viene bien al Indio, lo cierra, lo centra, no lo deja hablar de más. Casi todo lo que conozco y amo de Solari está en los Redondos, difícil hablar de él a solas y no de la banda que representó en su poética los años más crueles de casi toda una vida, la mueca siniestra de la dictadura y los campos de exterminio del liberalismo económico que la siguieron. Que ese ritmo, que esa melodía, que esa frase verbal lograra, de manera constante decir algo, convocando a una acción libertaria en medio del agujero ciego de nuestra historia, es ya cosa de no creer. Y que lo hiciera no perdiendo nunca el nombre de un sujeto cualquiera, sus héroes anónimos queriendo vivir como nosotros que nos reflejamos en el espejo, esa banda inconsolable de perros sin folleto, sí que parece tarea del arte; el intenso poder tan frágil de la poesía, una donación de aquellos a quienes se pretende tachar la voz, como si balaran o aullaran en el desierto. Centrada en este disco siento que me pierdo grandes momentos, de Octubre o de Luzbelito, sobre todo las banderas rojas, las banderas negras de lienzo blanco de tu corazón; pero lo hago recordando las palabras del Indio, recordando que somos mitá y mitad, todos nosotros pero algunos más porque tienen razones más urgentes para ello, mitad lobo y mitad cordero, y esa forma salvaje de la compasión cuando la criatura se presenta, tan tierna, tan atroz: Turquito tapame que hace frío, y dame un rico culito de poxi ran... Adn, la Nación, 2007 |
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Mistral, ... Mistral, heredera del modernismo de Martí, y exponente de la ruptura al mismo tiempo, es para mí, junto con Vallejo, una de las voces más altas del siglo xx. Es dueña de una lengua en su tradición, culta y popular, y en su transformación. El haberse convertido en una personalidad pública de tal envergadura -reforma- dora de la educación en México, embajadora, premio Nobel, etc.-, viniendo de donde venía: su clase social humilde en primer término, su condición subalterna como mujer, su filiación sexual puesta en duda, fue algo que nunca se le perdonó. No se lo perdonaron los burócratas de su país de origen ni muchos de los poetas que la sucedieron. Esta autora extraordinaria aún espera la lectura que se merece, para ser devuelta por sus propios pares a la turbulencia de la poesía, y así al corazón de la gente. Clarín, cultura, septiembre 2007 |
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Pajarito que llegás del cielo ¿Qué nos trajo la Feria? Nos trajo a Ramón Palomares. Cuando la voz personal se abre a las voces de las almas del mundo y no se pierde a sí misma porque es una más de ellas, o perdiéndose a veces, se recobra siempre en la dulzura de una verdad que nos cobija, nos da lugar en el tiempo y en la lengua. Nos trajo a este oidor que nos dice y que parece volver solito a lo más difícil, a casa, la antigua casa del poema, con sabia precisión y hondura, donde tienen cabida la gente y los yuyos, donde un pajarito le trina como la voz amada, y el dolor y la alegría, lo justo y lo injusto comparecen a su medida en un raspón de luz que renueva la belleza de manera continua y sin tregua. Agradecida estoy a quienes facilitaron su llegada, este palomo andino, este poeta venezolano que siendo tan de ahí, de su propio pago, es tan del mundo. Y con cosas como éstas hasta da gusto extraviarse un rato por el ruido y las luces y buscar ahí alguna joya perdida, como ese libro en el stand de Tucumán de tapas duras, editado en el año 1968, de aves sudamericanas, y llevárselo como se lo llevaría un niño, ¡vaya tesoro a casa! Porque antes el pájaro cantor, Palomares, hizo temblar al silencio, nos recordó el porqué de la poesía, nos devolvió la alegría en ceremonia tan humana que renovamos de nuevo, lejos ya de su voz y ante las páginas de un libro suyo que a todos recomendamos, Vuelta a casa, editado por la Biblioteca Ayacucho, donde la voz de la poesía, la frágil fortaleza de la voz humana, vuelve a reeditarse frente a nuestros ojos, y canta en el corazón. Bienvenida le doy a un grande, a don Ramón Palomares. Página 12, Cultura y espectáculo, mayo 2007 |
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113 vicios, la banda Di un taller de poesía en Comodoro y al final, como quien dice vamos a la esquina le dije a Cristian, me voy al Valle de las Manos, y él, te acompaño, dijo. Así atravesamos la Patagonia a lo ancho, y la vida en los campos petroleros fue nuestro tema central, acunados por el vaivén de las negras cigüeñas como en una pesadilla, también aparecían en la charla los poetas, las crónicas del mal, los guanaquitos y la larga resistencia. Cuando son muchos los kilómetros son muchos los silencios, y la música se convierte en sexto pasajero. Ya conocía a la 113 desde antes, y ahora estas canciones me llenaban el corazón. Dormimos en Bajo Caracoles y llegamos al Valle al fin. Los centenares de manos impresas en las rocas, manos a la izquierda me dije, el viento, la granizada del camino y esa herida voz a la intemperie, ese áspero bajo y las guitarras como una botella de grapa en la noche de la Patagonia; del sur hacia ninguna parte me dijeron, y fueron para mí, lo son todavía, una sola cosa. |
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Descreo de los resúmenes... Descreo de los resúmenes, y me parecen más confiables los recortes personales que observan un aspecto específico de algo que parece suceder o haber sucedido. En el ámbito de la publicación de poesía argentina quiero señalar un hecho poco frecuente: la reedición. Si bien las pequeñas editoriales –así como el esfuerzo de los propios autores- mantienen viva la circulación de poesía contemporánea, las reediciones resultan más difíciles, por lo cual rápidamente los libros se vuelven inconseguibles, y la lectura, fragmentaria, o posible sólo a través del préstamo y la fotocopia. Pero este año hemos visto la aparición de una antología del rosarino Héctor Píccoli, dando inicio a una nueva editorial, Serapis; así como de los primeros tres libros, presentados en un solo volumen, de Francisco Gandolfo, con el título de Versos para despejar la mente, reedición hecha por la Editorial Municipal de Rosario. La obra poética de Paco Urondo, llevada a cabo por Adriana Hidalgo; El árbol de palabras, obra reunida de Mirta Rosenberg, en el sello Bajo la luna. La misma editorial, en una nueva colección llamada “poesía en obra”, publicó El muchacho de los helados de Osvaldo Bossi, poeta imprescindible de la generación de los ochenta que permaneció casi inédito por muchos años, y que también acaba de ser editado por el sello Sigamos enamoradas en un libro que incluye la reedición de Tres, aparecido en los noventa. A fines de 2005, Gog y Magog reeditó Hacer sapito de Verónica Viola Fisher. Es decir que hablamos de poetas de diferentes generaciones, de textos imprescindibles puestos nuevamente en circulación, y no agoto la lista porque la extensión de la columna no me lo permite. Quizás algo comience a cambiar y los poetas dejen de ser autores cuyos libros tienen una sola y única oportunidad. Y ya no ocurra que haya obras extraordinarias, como la de Miguel Angel Bustos, por ejemplo, que permanece completamente en silencio desde la década del setenta por falta de reedición. Página 12, diciembre 2006 |
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Las poetas argentinas Precedidas por la grandeza subversiva de una Amelia Biagioni o de una Susana Thénon, que comienzan a publicar sus libros en los años 50 y 60, o en la dimensión romántica de las largas líneas versiculares de Olga Orozco, o en la construcción de un yo lírico crispado por las vanguardias en el caso de Alejandra Pizarnik, las poetas de mi generación que comienzan a publicar en la década de los 80, salen a escena después del agujero negro de la dictadura con una originalidad, una furia, una delicadeza, un saber formal, pocas veces visto en su conjunto en la poesía argentina. Ningún tema parece serles vedado, desde la sexualidad personal a la conciencia de su lugar subalterno en el espacio social; y las acompaña la precisión, la atención, el desparpajo. Son dueñas de la tradición y de la ruptura; hacen uso del lirismo más radical tanto como de la parodia más escandalosa. Y este torrente no disminuye con el paso de los años, ni en la producción de estas poetas a las que me refiero, como por ejemplo Mirta Rosenberg, Niní Bernardello, Irene Grus, Susana Villalba, María del Carmen Colombo, etc; ni en la de las más jóvenes que les suceden, como Andi Nachón, Verónica Viola Fisher, Sonia Scarabelli, Beatriz Vignoli, Paula Jiménez, en una larga lista difícil de enumerar. En síntesis, cualquier mujer de alguna manera sabe desde la niñez que, para intentar ser o hacer algo, para tener la fuerza que esto requiere y obtener el mínimo de aprobación que le permite seguir intentándolo, debe intensificar y duplicar su saber y su práctica en relación a lo exigido a cualquier varón. Si unimos esto a su ancestral capacidad de cuidar la vida administrando todas las miserias (económicas, políticas y vinculares) para que la vida permanezca y se reorganice creativamente (las madres de plaza de mayo son un ejemplo, o las obreras desocupadas), vemos en la poesía, un género literario fuera de las reglas editoriales del mercado, emerger a las poetas argentinas de las últimas décadas con lucidez y ferocidad, mirándose a sí mismas y mirando el mundo, portadoras de un oficio, una capacidad representativa que les permite ser diferentes y originales, y que les permite además, llegar al corazón de sus lectores. Entrevista en la radio, 10 de julio de 2007 |
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Príncipes y mendigos... Príncipes y mendigos al mismo tiempo, los artistas en general y particularmente los escritores, rara vez logran vivir de su trabajo. Son tomados en consideración cada vez que los espacios mediáticos y el poder los necesita, cada vez que llega el momento de “representar la cultura nacional”, pero nunca son considerados trabajadores, o tal vez sí, en su expoliación y en su constante condición de desocupados. Es de esperar que este proyecto llevado adelante por la SEA se convierta en la punta de lanza de un proceso de conciencia en la sociedad argentina, y también en el seno de la comunidad de escritores y de artistas de todo el país. Este es un gesto gremial, y como tal debemos apoyarlo, no se solicita una actitud de beneficencia al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, se exige un derecho básico, apenas el primero de una larga lista por la que habrá que movilizarse a lo largo y a lo ancho del país. Por la dignidad de los viejos y de los jóvenes, por la defensa de un trabajo independiente y libertario que no negocia ni se casa con nadie. Diana Bellessi Página 12, Cultura y espectáculo, 11 de septiembre 2008
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