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Clarín, suplemento Cultura y Nación, Buenos Aires, sábado 16 de Marzo de 1996 El lector como prójimoAunque no se trata de un material inédito, Bellessi temía lo que está sucediendo: su antología no llegará al paísPor Diana Bellessi El temor, el temblor y el
deseo están depositados para mí en el lector
regional, es decir de Argentina y de América
latina. La afectividad de la lengua en común
puede ampliarlo a España. Sin embargo cuando
llegaron las primeras ofertas para publicar en
España, mi malestar provino siempre de las dudas
que me generaba la posibilidad de que los libros
no fueran distribuidos aquí. |
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Pagina 12, Cultura, Buenos Aires, Lunes 13 de Marzo de 2006 El argentino del mundoPor Diana Bellessi Atravesando varias décadas de la poesía argentina Juan Gelman ha sido para muchos de nosotros una voz indomable y compañera, nunca la de un master, la de un prócer, sino una voz cercana y viva donde hay lugar para cualquier tema que tensa el corazón humano, que sorprende a la mirada y trastroca a las formas en su afán de decirlo. Sólo eso parece importarle a Gelman, mientras se mueve en la cuna de una tradición de la lengua y también en su ruptura. Camina allí, en la extraña cornisa de la poesía donde la herencia letrada y el habla liberta se encuentran de peculiar manera volviendo íntimo todo lo que toca, porque ésa es quizá, la verdadera acción revolucionaria de la poesía. Tengo muchas razones para honrar su obra, y lo hago sobre todo en su fidelidad hacia aquello que la convoca; quiero decir que Gelman va adonde es llamado, y no queda preso de su propia plusvalía, de lo que ya ha probado con éxito y el sabor del aplauso podría demandarle. No hay quien enjaule a Juan Gelman, repele las etiquetas con el torrente vivo de la lírica, y por eso siempre es nuevo y sorprendente. Un maestro que no da clases, un protagonista de su época a quien en los ochenta escuché decir, con voz queda: “tenemos que repensar lo que hemos hecho, y lo por venir”. Despojada, libre de todo gesto altisonante, su reflexión se me ofrecía de cara a la historia inmediata y sus luchas sociales, como esa práctica interna que debe ser, fundada en un compromiso ético, cuando se habla desde la pequeña voz del mundo que es la voz de la gente común y de la poesía. Gelman es de lo más argentino que conozco, siendo a la vez del mundo, si pensamos como argentino algo difícil de enunciar. En este caso me refiero a esa pertenencia al pago chico del idioma, en medio de los torrentes del castellano que se habla a lo largo de todo el continente. Los que hemos emigrado desde familias humildes hacia la ciudad letrada sabemos que llega un momento donde es difícil distinguir qué es aquello que oímos en la tierna infancia y qué se sumó después en el océano del oído, la dulzura sintáctica dispersa por las calles, anónima y lanzada al corazón de la vida que las hace y las rehace. De ello da cuenta la poesía de Gelman, creando esa ilusión, que el arte siempre intenta, de una voz que nos aúna. Sus poemas, que nunca tendrán la ventaja “de los poemas escritos en estado de frialdad”, como él mismo nos ha dicho, nos eligen cada vez, cuando eligen lo que está “en un canto bajito”, y así sus versos se sienten repicar en los lugares más impredecibles de nuestro país, unidos ya a las raíces de la voz de la gente que nunca dejará de cantar. |
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Diario El Ciudadano & la región - Rosario - Lunes 20 de
marzo de 200630 años del golpeUn día de otoño¿Recuerda qué estaba haciendo el 24 de marzo de 1976?Un grupo de intelectuales se anima a responder esa consigna y evoca aquella oscura jornada con ojos críticos Producción Pablo Makovsky y Fernanda Blasco /El CiudadanoDiana Bellessi/Poeta Acosada por la presencia del ejército que había cerrado el perímetro de las torres de Fuerte Apache, donde vivía por entonces como okupa, acababa de mudarme a una piecita del barrio de Constitución. Recuerdo ese día otoñal, el cielo color plomo que parecía achatarse sobre nuestras cabezas como la sombra del tiempo que vivíamos, del tiempo por venir. Tenía la certeza de que sería largo y fiero, y aún puedo revivir aquello como si fuera ayer. Es una marca física, el cuerpo lo recuerda. Veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis, un sello gótico, aunque la carnicería había empezado antes, hacía rato ya. Ese día quemé los últimos papeles posiblemente comprometedores en una cacerola, la misma donde hacíamos el arroz o la sopa, y mientras las hojas amarronadas de los árboles se desparramaban sobre el pastito de la avenida 9 de Julio, aún nos veo, es casi lo único que veo, como si un manto fúnebre se hubiera llevado todo, imágenes y sonido –salvo aquel ruido: los camiones del ejército y las sirenas–; nos veo, conversando en susurros bajo el cielo plomizo. Hoy la llamé por teléfono y ella recuerda lo mismo, mi amiga uruguaya, Graciela Crottogini, que me había dado amparo en su cuarto de pensión. “No va a durar mucho –decía mi amiga–, el aparato peronista reaccionará...”. Creo que lo inventó como una cábula contra el miedo. Ella había cruzado el río de la Plata corrida por el golpe de estado en Uruguay, y sin duda le otorgaba un poder imaginario a lo que quedaba del peronismo. Me parece haber sabido lo que estaba jugándose en los setenta, bien o mal se intentó cambiar el rumbo, se intentó detener un proyecto de vaciamiento del país que quedó tan claro en la década de los noventa, reabriendo los campos de exterminio por la desocupación y el hambre. Yo negaba con la cabeza y le decía: “No, Negra, esto va para largo y fiero”, y recuerdo que me dolía el cuerpo, de miedo más que del peso por haber trasladado, el día antes, unas cajas con libros al departamento de Mario Delgado Alparaín, que vivía cerca de la pensión y era uno de los pocos amigos que había logrado alquilar una casa, siempre menos peligrosa que un cuarto de hotel de mala muerte. Aquel gris ventoso sobre el pasto amarillento de la avenida, y dos mujercitas hablando bajo en cuclillas. Después, desde la ventana de la pieza se veían los carros del ejército pasar incesantemente; 9 de Julio y Humberto Primo, justo encima del negocio La casa de la novia; ni la novia durmió esa noche. Tenía 30 años. Había vivido el Rosariazo y la dictadura de Onganía, pero tuve la certeza de que estábamos atravesando algo que no se parecía a nada de lo ya conocido. Como si el mal tuviera una presencia física, mohosa, fría, así lo recuerdo. Habría que traducir al cuerpo. Lo que sé, es que se hizo de noche en mitad del día. |