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Tiempo Argentino, el 2 de Marzo de 1985
— Es raro hablar con mujeres argentinas, intelectuales, que incluyan en su vida la experiencia del viaje. Sé que esa particularidad forma parte de la tuya; me gustaría, entonces, que hablaras de eso, de qué significó y cuáles fueron las transformaciones que resultaron de esos viajes. —El viaje más largo duró del 69 a 75, después de haber hecho otros más cortos. Este fue como la escueta primaria para mí. Salí hacia Chile con una mochila un sueldo de maestra y, algunas intenciones no muy definidas. Cuando llegué decidí dar una vuelta por todo el continente y empecé a vagabundear por distintos países Hice de todo: trabajé en fábricas, en imprentas, fui contrabandista, pedí limosna en la calle. También hice periodismo y conocí a muchos intelectuales serios —a muchos poetas, sobre todo— gente que ya está un poco metida en la historia de la literatura latinoamericana. Como no podía cargar demasiadas cosas leía todo lo que podía en cada lugar que pasaba y, si bien absorbí el mundo inte1ectual, nunca me inserté demasiado en ellos. — ¿Y en los Estados Unidos? ¿”Contéstame, baila mi danza”, tiene que ver con ese viaje? — Allí estuve cerca de dos años viví: el sur del Bronx, como latina ilegal. Trabajé en una fábrica muy precaria y empecé el estudio sistemático del inglés, sola, leyendo a Denise Levertov, una poeta inglesa que reside en los Estados Unidos desde el año 48. Adquirí el idioma de esas dos formas: leyendo y trabajando. El libro, efectivamente trata de reflejar una realidad que me fue cercana, por medio de esas mujeres que escriben de manera admirable y que incorporan a su poesía los últimos años de historia norteamericana: las luchas del movimiento pacifista, de las minorías étnicas y del movimiento de liberación femenina. ¿Qué transformaciones experimenté? Me volví muy humilde, menos omnipotente. Me di cuenta—con alegría y con dolor— que había nacido en un país latinoamericano, que podía resistir muchas cosas y que ser mujer no implica para nada la muerte de la aventura, sólo hace falta ser un poco fuerte, ser honesta y seguir adelante. Y saber disponer de los centros motores con que uno siempre cuenta. — ¿Cuáles fueron tus centros motores? — Yo creo que conté con tres: la lectura y la escritura, y el compromiso de vida establecido con cada lugar a que llegaba y el espíritu de aventura. En las circunstancias más precarias había algo que me sostenía, siempre, que era la práctica de la escritura, que no abandoné en ningún momento. Y la integración y comprensión de los fenómenos sociales y culturales de donde me tocaba vivir. Leí y hablé mucho. Y encontré gente maravillosa. Hay una copla flamenca que me gusta mucho y que me repito cada vez que me siento frágil: “Fui piedra/ perdí mi centro/ me tiraron al mar. Pero al cabo de algún tiempo / mi centro volví a encontrar.” Ese gran centro es para mí, la práctica de la escritura. — Llama la atención cierta lejanía -para decirlo de algún modo- entre tus últimos dos libros publicados, la experiencia de tus viajes. En “Tributo…” se advierte un estilo que parafrasea a la poesía china y que acá tiene que ver con cierta elite literaria “Contéstame, baila mi danza”, por el contrario, es algo muy comprometido explícitamente con la realidad, uno de los centros motores con que contabas en tus viajes… —Bueno, se pueden rastrear dos
vertientes en mi poesía: una más coloquial y
otra que podrías llamar entre comillas, como vos
decís, culta. A esta altura las dos se entraman,
para no separarse más y se nota en lo que vengo
escribiendo en los últimos años. “Crucero
Ecuatorial”, es un poco el testimonio de esos
años de viaje, es un libro con una fuerte
impronta coloquial, que sin embargo no renuncia
a la imagen y a un largo trabajo en cuestiones
formales. “Tributo…”, en cambio, escrito en
extrema soledad -seis años en el Delta (ése es
el paisaje chino del libro)- además de ser un
homenaje a la poesía china a la que amo y veo
totalmente transparente, vehiculiza una cierta
ideología feminista ya que las poetas chinas no
han pasado a la historia con los poetas chinos.
— ¿Qué pasa en tu actual producción? — "Danzante de doble máscara”,
el libro que saldrá en marzo, está dividido en
tres zonas y es una especie de saga épica; en la
primera intento resimbolizar una voz
subterránea, previa a la conquista; luego tomo
las crónicas de Ulrico Schmidel como trampolín
para signar a la conquista —éstos son textos de
una ópera de cámara-. El libro termina con una
crónica de familia, la de los inmigrantes pobres
italianos que vinieron a “hacer la América”.
Ahora estoy escribiendo, un libro que se llama “Eroica”
–de Eros y heroísmo-. Yo digo que escribo para
entrar en un lugar, y éste lugar -la Eroica-
pareciera ser el de la recuperación de un yo que
es el mío A través de esa recuperación se
produce la aparición simultánea del yo del otro,
la otra, a quien finalmente es posible amar.
— ¿Cuál es tu idea sobre el feminismo? — Creo que la nueva oleada del feminismo -estoy hablando de los últimos veinte años- nace de una célula fundamental que es el grupo de conciencia. Ese lugar –sin lugar específico- donde se habla y se escucha; se piensa en voz alta, intentando desechar los axiomas, los restos de autoritarismos. “El diario colectivo” es un libro que surge, aquí en Buenos Aires, como resultado de un grupo de conciencia. Creo que es fundamental empezar a escucharnos unas a otras y también aprender a mitologizarnos como personas para poder amarnos. — ¿Qué sería mitologizarnos? — Contesto con palabras de un
señor llamado Lezama Lima: “Un mito es una
imagen participada y una imagen es un mito que
inicia su aventura”. ¿Se entiende? Agrego las
palabras de una filósofa argentina que vive en
Barcelona, Nelly Schnait: “La utopía no es un
lugar a alcanzar, sino un motor a utilizar”.
Estas frases son acápites que abren “Danzante de
doble máscara”, junto a un tercero que pertenece
a Eva Duarte: “Volveré y seré millones”. Las
mujeres, junto con todos los lectores marginados
de la sociedad, han iniciado la revisión /la
revulsión— de todas las áreas y fundamentos de
la cultura. — ¿Y los ciclos de poesía en el Centro Cultural? — Cuando fui invitada a
trabajar se me dijo que podía llevar a cabo con
libertad y autonomía los proyectos que
propusiese y fueran aceptados. Eso se cumplió.
Se trataba de administrar un espacio donde la
gente pudiera mostrar su trabajo, partiendo de
cierta dignidad en el mismo. Pero falta, sin
duda, mucho más. Llevarlo a cabo es tarea,
responsabilidad y fiesta de todos. |