Tiempo Argentino, el 2 de Marzo de 1985
 
DIANA BELLESSI, ENTRE LA POESÍA Y LA MOCHILA
 
Entrevista de Claudia Ojeda

Diana BellessiTiene cuatro libros publicados. “Destino y Propagaciones”, Ecuador, 1970 “Crucero ecuatorial”, un largo poema crónica que aparece en 1980 y se reedita en 1983; “Tributo del mudo” (1982), un volumen de poemas donde se advierte su amor por la poesía china y ‘Contéstame, baila mi danza”, una antología de poetas norteamericanas que Ultimo Reino publicó el año pasado. Allí, además de seleccionar el material Diana es responsable de la traducción. “Aprendí inglés leyendo poesía y trabajando en las fábricas metalúrgicas”, dirá en la entrevista que Tiempo mantuvo con ella raíz de una nueva publicación. Para marzo anuncia “Danzante de doble máscara”, libro que recopila su última experiencia con la poesía. Seis años de andanzas por América del Sur y del Norte, le ayudaron a descubrir que “ser mujer no implica para nada la muerte de la aventura”, y su trabajo en los talleres literarios de las penitenciarías de Buenos Aires le permitió encontrar a “algunas de las personas más apasionadas reflexivas y refinadas” que conoció en muchos años de su vida. De todo esto y de la labor desarrollada en el Centro Cultural San Martín, habla Diana Bel1essi, que se define como una intelectual, que escribe poesía “para entrar a un lugar ambiguo y misterioso” y que espera, citando a Rilke, ese día en que “hombres y mujeres seamos vecinos, compañeros, hermanos”.

— Es raro hablar con mujeres argentinas, intelectuales, que incluyan en su vida la experiencia del viaje. Sé que esa particularidad forma parte de la tuya; me gustaría, entonces, que hablaras de eso, de qué significó y cuáles fueron las transformaciones que resultaron de esos viajes.

—El viaje más largo duró del 69 a 75, después de haber hecho otros más cortos. Este fue como la escueta primaria para mí. Salí hacia Chile con una mochila un sueldo de maestra y, algunas intenciones no muy definidas. Cuando llegué decidí dar una vuelta por todo el continente y empecé a vagabundear por distintos países Hice de todo: trabajé en fábricas, en imprentas, fui contrabandista, pedí limosna en la calle. También hice periodismo y conocí a muchos intelectuales serios —a muchos poetas, sobre todo— gente que ya está un poco metida en la historia de la literatura latinoamericana. Como no podía cargar demasiadas cosas leía todo lo que podía en cada lugar que pasaba y, si bien absorbí el mundo inte1ectual, nunca me inserté demasiado en ellos.

— ¿Y en los Estados Unidos? ¿”Contéstame, baila mi danza”, tiene que ver con ese viaje?

— Allí estuve cerca de dos años viví: el sur del Bronx, como latina ilegal. Trabajé en una fábrica muy precaria y empecé el estudio sistemático del inglés, sola, leyendo a Denise Levertov, una poeta inglesa que reside en los Estados Unidos desde el año 48. Adquirí el idioma de esas dos formas: leyendo y trabajando. El libro, efectivamente trata de reflejar una realidad que me fue cercana, por medio de esas mujeres que escriben de manera admirable y que incorporan a su poesía los últimos años de historia norteamericana: las luchas del movimiento pacifista, de las minorías étnicas y del movimiento de liberación femenina. ¿Qué transformaciones experimenté? Me volví muy humilde, menos omnipotente. Me di cuenta—con alegría y con dolor— que había nacido en un país latinoamericano, que podía resistir muchas cosas y que ser mujer no implica para nada la muerte de la aventura, sólo hace falta ser un poco fuerte, ser honesta y seguir adelante. Y saber disponer de los centros motores con que uno siempre cuenta.

— ¿Cuáles fueron tus centros motores?

— Yo creo que conté con tres: la lectura y la escritura, y el compromiso de vida establecido con cada lugar a que llegaba y el espíritu de aventura. En las circunstancias más precarias había algo que me sostenía, siempre, que era la práctica de la escritura, que no abandoné en ningún momento. Y la integración y comprensión de los fenómenos sociales y culturales de donde me tocaba vivir. Leí y hablé mucho. Y encontré gente maravillosa. Hay una copla flamenca que me gusta mucho y que me repito cada vez que me siento frágil: “Fui piedra/ perdí mi centro/ me tiraron al mar. Pero al cabo de algún tiempo / mi centro volví a encontrar.” Ese gran centro es para mí, la práctica de la escritura.

— Llama la atención cierta lejanía -para decirlo de algún modo- entre tus últimos dos libros publicados, la experiencia de tus viajes. En “Tributo…” se advierte un estilo que parafrasea a la poesía china y que acá tiene que ver con cierta elite literaria “Contéstame, baila mi danza”, por el contrario, es algo muy comprometido explícitamente con la realidad, uno de los centros motores con que contabas en tus viajes…

—Bueno, se pueden rastrear dos vertientes en mi poesía: una más coloquial y otra que podrías llamar entre comillas, como vos decís, culta. A esta altura las dos se entraman, para no separarse más y se nota en lo que vengo escribiendo en los últimos años. “Crucero Ecuatorial”, es un poco el testimonio de esos años de viaje, es un libro con una fuerte impronta coloquial, que sin embargo no renuncia a la imagen y a un largo trabajo en cuestiones formales. “Tributo…”, en cambio, escrito en extrema soledad -seis años en el Delta (ése es el paisaje chino del libro)- además de ser un homenaje a la poesía china a la que amo y veo totalmente transparente, vehiculiza una cierta ideología feminista ya que las poetas chinas no han pasado a la historia con los poetas chinos.
En dos libros que escribí durante mi viaje, “Buena travesía, buena ventura pequeña Uli” (que publicará próximamente Tierra Firme) y Niña y mariposa”, pongo en funcionamiento ciertas experimentaciones formales en el primero, y una remisión a un yo casi melancólico en el segundo, a pesar de que estaba viviendo cosas muy fuertes: trabajaba en fábricas, dormía en cualquier lado, etcétera. A pesar de eso, la escritura apuntaba a ambos lugares.

— ¿Qué pasa en tu actual producción?

— "Danzante de doble máscara”, el libro que saldrá en marzo, está dividido en tres zonas y es una especie de saga épica; en la primera intento resimbolizar una voz subterránea, previa a la conquista; luego tomo las crónicas de Ulrico Schmidel como trampolín para signar a la conquista —éstos son textos de una ópera de cámara-. El libro termina con una crónica de familia, la de los inmigrantes pobres italianos que vinieron a “hacer la América”. Ahora estoy escribiendo, un libro que se llama “Eroica” –de Eros y heroísmo-. Yo digo que escribo para entrar en un lugar, y éste lugar -la Eroica- pareciera ser el de la recuperación de un yo que es el mío A través de esa recuperación se produce la aparición simultánea del yo del otro, la otra, a quien finalmente es posible amar.
Esta mañana tuve una experiencia conmovedora con mi curandera -mi analista- a través de una relectura del canto cuarto de la Eneida de Virgilio. Uno de los privilegios de hacer análisis con una mujer -en este caso una profesional audaz y refinada- es que surge en el seno del análisis cierta “camaradería itinerante”, de mujer a mujer, de paciente a terapeuta, que resigna el mundo, que socava los remanentes de autoritarismo y sometimiento subyacentes en todas nosotras. Con esto quiero decir que vida y literatura –o historia de la literatura-, se conjugan, confunden, conviven, en la práctica de la escritura, en el génesis y desarrollo del “texto vivo”.

— ¿Cuál es tu idea sobre el feminismo?

— Creo que la nueva oleada del feminismo -estoy hablando de los últimos veinte años- nace de una célula fundamental que es el grupo de conciencia. Ese lugar –sin lugar específico- donde se habla y se escucha; se piensa en voz alta, intentando desechar los axiomas, los restos de autoritarismos. “El diario colectivo” es un libro que surge, aquí en Buenos Aires, como resultado de un grupo de conciencia. Creo que es fundamental empezar a escucharnos unas a otras y también aprender a mitologizarnos como personas para poder amarnos.

— ¿Qué sería mitologizarnos?

— Contesto con palabras de un señor llamado Lezama Lima: “Un mito es una imagen participada y una imagen es un mito que inicia su aventura”. ¿Se entiende? Agrego las palabras de una filósofa argentina que vive en Barcelona, Nelly Schnait: “La utopía no es un lugar a alcanzar, sino un motor a utilizar”. Estas frases son acápites que abren “Danzante de doble máscara”, junto a un tercero que pertenece a Eva Duarte: “Volveré y seré millones”. Las mujeres, junto con todos los lectores marginados de la sociedad, han iniciado la revisión /la revulsión— de todas las áreas y fundamentos de la cultura.
Formo parte de un proyecto patrocinado por el Centro Cultural San Martin que incluye una serie de ta1leres en las cárceles de Buenos Aires. Yo estoy a cargo de los de escritura; allí se trabaja a partir de lo que cada uno escribe voluntariamente. Y esta escritura nos recuerda que la palabra tiene poder. He descubierto, a partir de esta experiencia, que la cárcel es uno de los lugares donde la palabra vibra con potencia, porque es una palabra interiorizada, autocrítica, totalmente apasionada, de almas que están, al mismo tiempo, en aislamiento y en solidaridad.

— ¿Y los ciclos de poesía en el Centro Cultural?

— Cuando fui invitada a trabajar se me dijo que podía llevar a cabo con libertad y autonomía los proyectos que propusiese y fueran aceptados. Eso se cumplió. Se trataba de administrar un espacio donde la gente pudiera mostrar su trabajo, partiendo de cierta dignidad en el mismo. Pero falta, sin duda, mucho más. Llevarlo a cabo es tarea, responsabilidad y fiesta de todos.