|
Revista Hablar
de Poesía Nº5
Grupo Editor Latinoamericano
Buenos Aires, junio 2001
Diálogo con Diana Bellessi
Entrevista de
María Julia De Ruschi Crespo
El oro del otoño, asociado a una etapa de
armonía y plenitud de la vida, es un tema clásico de la literatura. La
lectura de tu reciente libro La edad dorada,
por estar enteramente estructurado entorno de ese tema, me trajo a la
memoria Las horas doradas de
Lugones: tanto él como vos son llevados por la mirada reflexiva de la
madurez a cantar el esplendor de los frutos de la reconciliación. Más
allá de la coincidencia temática, ¿reconocés alguna filiación entre su
obra y la tuya?, ¿o pensás con Juanele que el oro de Lugones es
demasiado pesado?
Sí, creo como Juan L. que el oro de Lugones es
demasiado pesado, prefiero el de Martí, o los tembladerales de oro de
Madariaga, o el oro delicado y efímero de las hojas y el aire que
saludan y se van en cada estación confiados en una renovación perpetua o
confiados en nada, porque sí nomás, sin saber siquiera que yo los veo
como si fueran un oro líquido y sutil cuya grandeza no es metálica, cuya
gracia es la transformación. Llamo arte menor a esa manera de pisar una
huella inscripta como central en la tradición letrada de las culturas, o
de las literaturas en este caso, pero siempre con la pata afuera,
pisando el monte más que la carretera. Ya sea que se la roce antes, como
descubrimiento propio de la gente que la letra aún no glorifica, o un
momento posterior, hurtando algo que tuvo sentido para llevarlo a otro
lugar, y así, en movimiento constante, con escasa atención a la
plusvalía. Algo que implica un gran esfuerzo personal pero que se sabe
existente sólo por la conjunción de muchos esfuerzos, se canta a solas y
sin embargo adentro de una voz que te rebasa por entero y nunca se fija.
Un oro más bien de alfarería, un oro que te reclama en el concierto del
oro y te recuerda que aún las vetas y las pepitas vienen y van hacia
otra parte, no se sabe cuál, pero ha de tener algún sentido, dada la
belleza, y cuando digo belleza quiero decir también sentimiento,
memoria, conciencia. Así, si de reconciliación hablamos se trataría de
desasirse para estar asida, integrarse a la voz más que a la lengua,
conservar por supuesto las verdades personales que están en
transformación permanente, pero erosionando su rotundez, su coraza que
no te deja escuchar, bienvenida al intento más que al logro, que se abre
a otro intento, ablandarse como el junco dice el refrán, y el roble
también lo hace a su manera, deponer la angostura personal, la
inmortalidad imposible del yo, si se avizora que se ensancha en el
abrazo con todo lo viviente. Esto no implica, por supuesto, la pérdida
del sí o del no. El no a la injusticia del orden humano diría que se
ahonda y refina, abandona su lastre retórico y se vuelve cosa personal
vivida día tras día. ¿Pero de qué estoy hablando? Supongo que del arte
de abandonar la juventud, el arte de perder y empezar de nuevo, de
conservar internamente lo más caro y dejar ir al resto, de escucharse en
medio de la propia resaca y el intento, igual de difícil, de escuchar al
vecino. Se nota su presencia en El jardín, más en Sur, y aún en La edad
dorada. Estoy terminando ahora un libro que se llama Mate cocido, y
sabés, lo que más me gusta de él es que hay tanta gente, conviviendo con
los yuyos y los bichos de los que siempre estuvieron llenos mis versos.
Por fin los veo con la misma nitidez que al resto de la corona de lo
viviente, y de cerca, no al pasar, algunos amasados en la memoria y
otros compartiendo con ellos el día a día. Me ha llevado mucho tiempo, y
jamás podría haberlo hecho si el hermano fresno, la hermana oruga y
tantos y todos no me hubieran empujado, acompañado, enseñándome con la
plenitud, no de su lengua, sino de su voz.
Varios poemas de Sur anticipan los de La edad
dorada, por ejemplo el que lleva ese mismo título, con la imagen central
del aromo que florece en invierno (“la edad / dorada regresa / en la
cascada / del aromo. Mientras haya detalles / que nos acompañen / habrá
edén / su memoria alumbra / nuestro lugar / en el mundo”). Tu poesía
pareciera decirnos que, más allá de los fracasos de la historia, no
estamos definitivamente exiliados del edén, que hay innumerables
detalles que nos recuerdan que aún nos movemos en la luz. Para acceder a
ese edén, La edad dorada señala varias vías: la compasión, dejarse ir,
saber ser parte... Por la índole de esas vías, tu visión del edén me
hace pensar más en la palabra esperanza que en la palabra utopía. ¿Es
así?
Las palabras se desgastan, por un tiempo, y luego a
menudo renacen con variaciones de significación. Si utopía señala en
ningún lugar, es decir no existe aún en ningún lugar, bueno es recordar
que existe en la imaginación de la gente, en su anhelo, y que éste es un
lugar. Sin embargo vuelvo a recordar aquella frase de la filósofa Nelly
Schnait cuando decía que la utopía no es un lugar a alcanzar sino un
motor a utilizar. Suena inteligente y duro ¿verdad?, quizás demasiado
moderno. Alzándonos desde las hilachas de la época, donde creo que buena
parte de nuestra tarea es “ablandarnos”, feminizarnos habríamos dicho,
volvernos más humildes y austeramente dulces, ser más del verso de la
lírica popular, la palabra esperanza me complace. Indica un anhelo y la
disposición, la voluntad de conseguirlo, pero a sabiendas de que no es
tan directo, tan efecto y causa, plegado a la voluntad y decisión de
unos cuantos o de muchos, sino más errático, complejo e imprevisible. Es
decir sorprendente siempre. La esperanza de un mundo mejor que nunca
será perfecto ni estático. La luz orlada por la sombra, sin la cual la
luz no se ve. Utopía y esperanza se implican entre sí. Lo que existe en
el sueño humano virtualmente posee existencia, lo sabemos porque la
historia nos muestra, desgraciadamente, cuántas veces la pesadilla se
vuelve realidad, y nuestros ojos prestan más atención allí, pero en la
balanza los platillos ceden de uno y otro lado.
En el poema de La edad
dorada que le dedicás a Robert Frost enumerás
elementos de su poesía que forman parte de tu imaginario
(peyorativamente formulado por la crítica como “emoción y yuyos en
demasía”), deplorando en él que Frost esté actualmente out of fashion,
out of canon. ¿Cuál sería ese canon del cual tanto Frost como vos están
excluidos? ¿Quiénes lo ponen en circulación y con qué objetivo?
¡Vaya a saber con quién se pelea una! Frecuentemente
con una misma. Yo vengo del campo pobre, de los gringos brutos sin
tierra, y por un esfuerzo de mis padres en los años efímeros de
mejoramiento económico del primer período peronista, fui impulsada a la
escuela, a la adquisición de cultura letrada y a la ciudad. Una
inmigrante interna, una cabecita rubia. Esto implicó la adquisición de
ciertos privilegios y también de heridas, cierta distorsión de clase,
culpa y resentimiento que rara vez se curan del todo. Y marcas hondas,
en la manera de sentir y de escribir que vienen de aquella infancia y a
veces parecen tan fuera de lugar y tan fuera de moda. Si yo hoy pudiera,
escribiría letras para la cumbia villera, o para la música cuartetera
mejor, pero me salen bagualitas o milonguitas a lo Yupanqui, sin su
grandeza por supuesto. Igual, intentando ser sincera, creo haber estado
peleándome con un exceso de parodia y bufonería urbana que parecía
ocupar toda la escena, y tachar, por improcedente y conservador, los
rasgos líricos a la usanza campesina que me son tan afines. Sin embargo
ambas instancias son primas hermanas y dialogan entre sí, si de poesía
hablamos, y al resto se lo lleva el viento, se desparrama por ahí y
desaparece o fecunda otras tierras, para el porvenir. En el poema
dedicado a Frost hay una clara alusión a Molinari y Juan L., y a todo lo
que mi padre me enseñó, como mi propio canon. Agregaría a Mistral, a
Padeletti y a Madariaga, y a la bienamada copla popular.
Tu aproximación a formas poéticas que suponen
cierta regularidad silábica y/o acentual ya puede detectarse en algunas
páginas de ; luego las retomás en Sur, donde
poemas como “Abril es oro” son esencialmente musicales. Aunque tu
escritura no llega a cuajar en formas totalmente cerradas, hay en La
edad dorada una evidente voluntad de acceder a la regularidad métrica y
a la simetría estrófica. ¿Tiene esto que ver con tu necesidad de tornar
palpable tu idea de que la luz es música (“Getsemaní”) En todo caso,
¿qué virtudes estéticas dirías que dimanan para la escritura poética de
la aproximación a las formas cerradas?
Diría que en la práctica de las formas cerradas de
versificación una se olvida más de una misma. Lo que hay detrás te
canta. O esto me ha sucedido a mí. A mí que vengo de la práctica inicial
y larga del llamado verso libre, que de libre no tiene tanto, y por eso
me enseñó mucho de las cárceles rítmicas donde se organiza un poema.
Sólo en prisión se canta, sólo desde allí a veces se alcanza un instante
de libertad. Pero no sé cómo ha sucedido. Puedo inventarlo: quizás desde
algunas lecturas, de la práctica de la traducción de poesía, del
reencuentro con el siglo de oro, y sobre todo, de la traza mnémica de la
copla popular, mi gran maestra a la que tanto he traicionado por salir
del raso, casi hasta perderla, y ahora aquí, la oveja negra vuelve a
casa, no es pródiga, casi se ha vuelto sorda, pero acepta la vara,
llegar hasta donde se pueda.
Diría que todo es música, nuestro pensamiento, tan separado, también se
esfuerza por serlo. No sólo dimana de la luz, también de la sombra donde
se resguardan las cosas que crecen, ya que en una espesura son una y la
misma. Cantan orden y caos con su propia música, la melodía de ser.
Nosotros, que parecemos desarrollar sobre todo el aspecto de lo
separado, o nos hemos extraviado allí, buscamos la senda en lo que
Levinas llama recortarnos del ser para ser, frente al rostro necesitado
del otro, humano. Un saber muy antiguo y arcaico, aparece con las
primeras señales que tenemos de la especie humana. En las variantes de
mi propia tradición cultural, el cristianismo lo enuncia como
universalización de la hermandad: somos todos hermanos, hijos del mismo
Dios. Universalización viva en el imaginario pero aún no encarnada. Esa
sea quizás la música que nos lleve de vuelta, o adelante, vaya a saber
en qué giro de la rueda; síncopas, hiatos, encabalgamientos, otorgan
diferencia y textura a la prístina melodía. Libre albedrío y aceptación
de algo que te rebasa.
“La edad dorada no es la edad de la razón”,
afirmás más de una vez en tu libro. Sin embargo, la fe, los sueños, se
acompañan en La edad dorada con un permanente contrapunto reflexivo. La
sabiduría del corazón no es irracional. ¿En qué sentido, entonces, “La
edad dorada no es la edad de la razón”?
Cuando la razón pretende que nada la rebase, salvo
ella misma. Es quizás mi contrapunto con el afán catalogador de la razón
iluminista o moderna.
En tu pensamiento coexisten dos vertientes:
una afín a lo Indígena y a lo oriental, sobre todo en tu forma de
relacionarte con la naturaleza, y otra, occidental y cristiana, que
tiende a enfatizar la diferencia entre lo natural y lo humano, entre lo
cíclico y lo histórico. Esta polaridad entre la contemplación y la
acción, más allá de la originalidad de tu planteo, es un fenómeno que se
diría profundamente argentino, por lo general vivido como antagonismo en
la dicotomía campo-ciudad. ¿Cómo hacés para trascender esta disyuntiva?
Ah María Julia, ¿quién dice que la trasciendo? A
veces, en instantes efímeros, todo está en paz. Cuando algo de eso va a
parar al verso, ya perdido o a punto de perderse, lo agradezco como un
regalo sin par, y lo arruino de inmediato. Pero es persistente sabés,
vuelve siempre. Lo que me hace suponer que algo ahí quiere hacerse, a
pesar de ser yo tan inepta, y si es así, está intentando hacerse en
muchos sitios, con mayor fortuna o desgracia. Porque en la poesía, donde
los sordos cantan, ha ocurrido así según parece: los seres humanos
intentamos decirnos algo. Creo que la acción se ha excedido, se ha
desmadrado de su cauce o ha tomado un cauce equivocado, lo cual tiene
como uno de sus efectos una hiperkinesia entrópica, destructiva y
autodestructiva, y como otro el poder de paralizarnos, de no dejarnos
llevar a cabo acciones amorosas e inteligentes para mejorar nuestra vida
personal y la vida en común, para mejorar el mundo y no para acabarlo.
Por eso creo que las voces antiguas hablan hoy tanto, la historia entera
de la humanidad está tratando de decirse por ahí no, paren la mano,
acumularon más poder que conciencia, hay que lavar el alma, recobrarla
en el silencio y en el concierto. Nada es menor, “lo hacemos no para los
que son iguales a nosotros, sino para los diferentes” dicen los pueblos
indígenas en sus rituales, “porque una sola alma somos como hay un solo
mundo”.
La cita de Simone Weil que sirve de epígrafe a
La edad dorada reza: Sólo se tienen deberes. Nuestro derecho es el deber
del otro”. Me sorprende que hayas suscripto a esta formulación tan
legalista de la relación con el prójimo, sobre todo teniendo en cuenta
que tu concepto del amor (tu comprensión de los desfallecimientos y los
límites de la persona) parece exceder el rigor, en cierto modo
autodestructivo, de una ética tan extremista. ¿Podrías explayarte sobre
el tema?
La cita de Simone Weil está tomada de algo más amplio
que ella dice en el libro Echar raíces. También hay un poema en
La edad dorada, llamado Conversando con Simone Weil,
que creo sería la respuesta más acertada a tu pregunta. Es su
radicalidad extrema la que me conmueve. Radicalidad de los enunciados y
los actos de su propia vida. Algo que rara vez se ve. Yo, que no podría,
escindida y no entera como fueron Clara o Francisco de Asís, también
traduciría ese acápite así: Dando se recibe, o, si tan sólo pudiéramos
dar, sólo recibiríamos.
Hablás a menudo del error, incluso de un
“error consumado del artista”. ¿Cuál sería ese error?
Lo separado. Que es a la vez nuestro regalo, la
existencia del edén. El canto a solas alzándose como tenorino desde el
rumor. Esa clase de acción que te hace perder lo que estás mencionando.
Y que es a su vez la gracia de la transmisión. Crear con lo creado, o
creándose siempre diría Eckhart, la pata afuera imprescindible para
mencionarlo y no la plenitud no individualizada de lo mencionado. Una
paradoja por supuesto. Ese sería el error del artista: serlo. Aunque
creo que acabo de confundir el poema al que te referís (¡regalos del
error!). No se trata de ¿Por qué el artista...? sino de Tomo y obligo.
Supongo que el error aquí sería no atreverse, tener miedo de decirle sí
a lo que llega al verso. En otros poemas con la palabra error se alude a
aquello que lastima a otro, búmerang que vuelve y a su vez lastima al
que lo lanzó. Lo que no sabemos hacer, lo que sabemos con el pensamiento
y no podemos obrar, lo que aprendemos día a día en los momentos en que
un agua lustral lava nuestras almas y borramos luego, lo sabido siempre
y siempre olvidado, es decir la condición humana en tránsito a otra
parte.
La emoción en tus libros no tiene
características sensibleras o confesionales, pero la cualidad de tus
afectos -su apasionamiento, su vehemencia- está presente en todas tus
páginas, en la cordialidad festiva de Crucero
ecuatorial, en la austera atención de
Tributo del Mudo, en la violencia de
Eroica... En
La edad dorada aparece una profusión de
gestos amorosos (abrazar, cobijar, desvelarse, amparar, alimentar,
acunar, adorar) en los que veo rasgos de la ternura maternal, ¿creés que
también serán considerados out of canon?
Probablemente, por algunos lectores. Pero también he
descubierto en los recitales, ese sitio en parte engañoso porque depende
de muchos factores el encuentro o desencuentro con el escucha, en parte
engañoso pero extraordinario por el cuerpo a cuerpo con gente que no lee
poesía a menudo pero que le gusta escuchar, he descubierto decía, una
peculiar bienvenida, y sobre todo entre los jóvenes, como si esas
palabras fueran necesarias, reparadoras, cuando se logra decirlas sin
afectación, inocentemente. De todas maneras, el lugar natural para la
poesía en la contemporaneidad de su escritura, me parece, es estar fuera
del canon, por rebelde, por humilde o por distraída. Voy a contarte
algo: en la cultura Navajo, donde se encuentran algunos de los cantos
más hermosos que he leído, cuando una pareja sabe que va a tener una
criatura, el padre inicia la construcción de la cuna, que debe ser
perfecta para que el niño sea sano; mientras el niño crece en el regazo
del vientre materno, el padre prepara con esmero otro regazo para
recibirlo, y luego ambos cuelgan en lo alto de la cunita un cazador de
sueños, una especie de móvil circular que lleva adentro tejida una
pequeña red de araña con piedritas de colores y un agujero al centro,
con una plumita. El cazador de sueños. Mientras el niño o la niña
duermen, el cazador los protege, deja pasar por el agujerito del centro
sólo los sueños buenos, y manda de vuelta los malos al país de los
sueños. ¿Qué te estoy contando? Algo de la poesía creo, y de la
construcción de los géneros masculino y femenino, y de mirar hacia atrás
para aprender lo olvidado, para que sea posible la noción de futuro, no
como repetición claro. La vanguardia nunca somos nosotros, pero a veces
sí lo que habla a través de nosotros, si lo dejamos hablar.
A menudo usás la palabra rumor ligada al
concepto de pasado ancestral. Decís, por ejemplo: “el peso / de la
individuación / no nos deja refugiarnos // en aquel rumor / de
pertenencia”. Y también: “vuelve, vocecilla mía / con el rocío de tu
rumor”. ¿Qué matices se expresan con la palabra rumor en relación con la
memoria, con lo inmemorial? ¿Qué retorna en el germen de esa
reminiscencia?
Retorna la unidad en la variedad que se despliega.
Eckhart lo llamaría lo desfondado. El enfatiza la metáfora de hijos en
el Hijo, yo enfatizo la de hermanos. Su concepción cristiana es más Zen,
su reclamo de desapego, de mors mystica, de retorno al vacío desfondado.
La mía es más pariente de la magia americana, una alabanza de la
variedad viviente que vuelve a reencontrarse por las vías de la
comprensión, el amor, la memoria, la conciencia. Tomar sin exterminar,
cuidar, agradecer. Aceptar una mutualidad que significa alimento
recíproco, aprendizaje recíproco, y nadie que pueda arrogarse un lugar
en el vértice de la pirámide, salvo el del deber, que se convierte en
gracia si es aceptado, y que es también un trabajo, un logro en la
extraordinaria creación. Vocecillas que vuelven al rumor y lo modifican.
Un orden replegado diría el fisico David Bohn, al que sólo se accede por
intuición -o por un amor contemplativo, o sólo por amor- , mientras en
el orden desplegado la razón abre las puertas. Música y pensamiento,
acción y sentarse en el silencio, relectura constante de la historia
-nuestra labor significativa, nuestro hacer la historia- e inmersión
bautismal que nos recuerda somos chispas de un solo fuego.
Otro rasgo fundamental de La edad dorada es tu
visión del rostro del prójimo, la “única joya verdadera sobre todo en el
desamparo y el dolor. La mirada a ese rostro remite a la esencia misma
del cristianismo. ¿Una belleza cristiana, sufriente, que reúne la máxima
oscuridad y la máxima luz en el misterio de la muerte y resurrección de
Cristo?
Mi relación con el cristianismo es conflictiva, sobre
todo vivida desde el pensamiento. En una perspectiva más ecuménica
preguntaría a cuál cristianismo nos referimos, atado a qué otras
vertientes de la experiencia mística como menciono en respuestas
anteriores. El concepto del otro y del rostro vienen a mí a través de la
escritura de dos filósofos judíos centroeuropeos: Simone Weil y Emanuel
Levinas. Viene también de una tradición anarquista de pensamiento y el
anhelo, que aún me sostiene, por la posible construcción de un mundo
social más justo. La hermandad con lo viviente -“la magia está viva,
Dios viene caminando”-, la percibo como herencia indígena y campesina,
específicamente americana. El puente, el conflictivo puente es un
cristianismo popular del cual he abrevado y que se conserva o retorna
con fortaleza. Siempre he tenido una buena relación con la Natividad, el
resurgimiento de la luz pequeña, la luz del Niño en nuestras
conciencias. Mucho me costó arribar a la metáfora de la cruz y de la
muerte. Coloco la resurrección en el porvenir, en la continuidad del
mundo viviente volviéndose más amoroso, más sutil y compasivo. Es para
mí la enseñanza de Jesús, el pastor, pero también el hermano y el amigo.
Cuando me preguntan sin embargo digo sí, soy creyente, soy cristiana...,
y lo digo como lo diría una niña inocente. Creo que así, a veces, se
dice en los versos.
Hay una mutua desconfianza entre literatura y
religión: en el campo literario existen prejuicios en relación con la
literatura de contenido religioso, y, recíprocamente, la religión
desconfía de la heterodoxia literaria. En ese sentido, La edad dorada
constituye sin duda un desafío, ya que no rehuye las dificultades de la
Integración. ¿Una apuesta al carácter abierto de la experiencia
cristiana hecho desde dentro, o un reto desde afuera?
Nada más alejado del reto. Todo parece ser
heterodoxia, o lo acaba de ser o lo será dentro de un momento. La
experiencia cristiana ha acontecido en la historia humana porque fue,
seguramente, imprescindible y necesaria. Y si aún habla debe estar viva
y abierta. Algo parecido podría decir de otras gnosis o vastas
experiencias místicas comunitarias. Puedo hablar de lo que me toca, me
roza, me construye. El corazón también piensa, pero no sólo piensa. Mi
visión del Cordero es gentil, es femenino y viril al mismo tiempo, es
ejemplarizadora. Desearía dejarla fluir en mí y no pretender apresarla.
La religión desconfía demasiado y la literatura también. Pretenden
religar con cuerdas de metal y yo prefiero el mimbre dorado, que dura y
cede y se pudre y se convierte en otra cosa y lo contenido se
descontiene o aprende a estar unido o encuentra -acontece- otra imagen
que vuelva a contenerlo. Eso lo sabe el verso, la pequeña voz del mundo.
∞
|