El efecto de un poema se prolonga en el eco del instante
revelador. Un poema es instante perpetuándose, entonces, en la intimidad de
la vigilia. Es: “luz en música dispuesta/arrastrando en la marca/el coral
del pensamiento”, escribe Diana Bellessi. Poeta, y traductora de poetas,
nació en Santa Fe en 1946 vive en el barrio de Palermo en Buenos Aires. Los
poemas de su libro reciente La rebelión del instante y de su anterior La
edad dorada (ambos editados por Adriana Hidalgo) se sostienen en esta idea
de sonoridades lingüísticas en rebelión constante.
Cuenta Bellessi que ha expuesto sus poemas en comedores
populares y en sitios de público variado y que aquellas experiencias,
siempre, potencian un saber que viene latiéndole desde su infancia en el
campo que la poesía llega a la gente de manera mucho más directa que la
narrativa.
La poesía es lo más lejano a la dictadura del significado
-asegura-. Alguien guiado por la dictadura del significado, nunca va a poder
leer poesía. Las mayorías no letradas saben mucho mejor cómo entrar a la
poesía que las mayorías letradas que están siempre agarradas a la dictadura
del significado y de la comunicabilidad, cuando en verdad la poesía pretende
comunión más que comunicabilidad. De hecho, a la gente no le parece tan
extraña la poesía que leo. A algunos les gusta y a otros no, como sucede
siempre. Pero he tenido experiencias en sitios donde circulaba mucha gente,
y era muy impresionante ver con qué inteligencia increíble eran escuchados
estos poemas aparentemente no tan fáciles. No es virtud de los poemas sino
que la virtud está en la escucha. La poesía es una valija portable. Muy a
menudo las clases ágrafas y humildes tienen una extremada sofisticación con
el lenguaje, cuando hablan, cuentan, cantan y escuchan. Una coplita como
ésta: ‘Cuando ven un árbol caído/ todos quieren hachar leña’, es de una
complejidad extraordinaria. Y cuando vos escuchás los tangos tradicionales,
incluyendo los del cuarenta, escritos por lo general por letristas muy
cultos, y ves la recepción popular que han tenido, te das cuenta de que la
gente iletrada no es estúpida. Estamos como anestesiados por una cultura que
te dice que lo único sofisticado pasa por ella misma”
“Yo escribo el poema de una vez y luego, por supuesto,
suelo trabajar largamente por dentro del poema.”
La extensa obra de Bellessi y, más marcadamente, sus tres
últimos libros (los ya citados y Mate cocido) arriesgan un sincretismo entre
el decir del lenguaje popular y construcciones lingüísticas rebeldes
-ciertas modulaciones de culto- donde el lenguaje se rompe y se recompone
apoyándose, fundamentalmente y con firmeza, en una musicalidad proveniente
desde dentro del poema. Pero también el sincretismo se concreta, más
explícito, en una peculiar mezcla entre lo bucólico y lo urbano.
Bellessi hace de su poesía no la letra sino la música de una canción. El
modo en el que las palabras se ubican e interactúan con el cuerpo del poema
tiene un efecto de cascada de sentidos encadenados que, hacia el final,
produce “desparramo”, expansión por el mundo, suspensión en el espacio.
Si bien cada poema surge de una situación pequeña marcada por la experiencia
del instante, a medida que avanza se va abriendo hacia rumbos inesperados,
estallidos de imágenes y emociones y sentidos que corroboran el efecto de
rebelión al que, de alguna manera, hace referencia la poeta cuando nombra su
último libro. Quizás, sin saberlo, La rebelión del instante nombra su
poética toda. “Cargo ese título desde el principio y luego traté de
cambiarlo muchas veces porque me parecía ostentoso, pero nunca logré
hacerlo, como si el libro rechazara otros nombres. Finalmente soporté que
ése sería su título, más allá de la belleza de la palabra rebelión y la
belleza de la palabra instante.
A propósito del titulo, hay en su poesía algo vinculado al instante y a la
vez sostenido en la duración. Incluso, en la antología que usted preparó y
tradujo, Desnuda y aguda la dulzura de la vida (Adriana Hidalgo] de la
magnífica poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen, un verso remite
con precisión y metáfora a esta idea: Todo se vuelve presente y se demora.
Sí, cierto. Me parece que el instante es la pura gracia que el poeta recibe
y me parece que la duración es el trabajo que el poeta hace. Y la poesía,
por su puesto, goza de ambas cosas. l el re galo esencial es el instante,
esa frase, esa imagen, esa música que viene de repente y que te pone a
escribir un poema. Por lo general, yo escribo el poema de una vez y luego,
por supuesto, suelo trabajar largamente por dentro del poema, ajustando,
precisando cosas. A veces el poema nace entero y en un estado de
miniaturismo y síntesis perfecta ya veces el poema parece reclamar una
extensión. Me parece que el pensamiento del poeta se acopla mucho más a lo
que podríamos llamar epifanía del instante.
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Así como la presencia de la naturaleza en sus versos remite
a su infancia en el campo, ¿la apelación a lo social también tiene que ver
con su biografía?
Sí, definitivamente. Porque yo no sólo vengo del campo sino que vengo de una
familia humilde. Fui la primera persona de toda mi familia que fue a la
escuela secundaria. En consecuencia, tengo un amor primero que es un amor
por la naturaleza y que se hace presente todo el santo tiempo; mis poemas
están llenos de yuyos y pajaritos, para decirlo de alguna forma, ¿verdad?
Eso es una marca infantil muy fuerte. Yo paso temporadas muy largas en una
isla en el Delta, desde los años setenta, y es un lugar donde escribo
bastante. Y también la naturaleza se hace presente, así como la gente del
lugar. Después, en el espacio urbano, también están los yuyitos del
empedrado y las torcacitas del patio, no.
Cómo conviven en usted estos primeros elementos de su infancia, que
parecieran tener una sonoridad propia en la memoria, y su póstuma elección:
estudios de filosofía y finalmente su ser poeta.
Quienes venimos de familias humildes iletradas, hacemos una tarea muy ardua
para apropiarnos de la cultura. Por supuesto que nos resulta muy cara esa
apropiación: aunque necesaria, se hace presente en nuestra escritura. A su
vez, llega un momento en la vida de un poeta en el que corre el riesgo de
ser devorado por esa apropiación. Ahí hay que recurrir a lo que yo llamo
“ablandar la lengua’; volver a oír aquello que se oculté en el proceso de la
apropiación de la cultura, volver a oír esas voces primeras en medio de las
cuales uno se ha criado. Si se les abre la puerta, retornan y entran. Y de
qué maravillosa manera, Es como un proceso de rememoración, de reapropiación
de lo que a uno le pertenece. Luego, ambas cosas se unen: lo apropiado y lo
recuperado. Se interceptan de maneras extrañas, entran en colisión y generan
ala vez un juego de gran riqueza. Se produce la dignificación de uno mismo
como sujeto lírico. Entonces, para mí, las pequeñas cosas de la vida
cotidiana o asistir lo que sucede en el vecindario o ver la resistencia
popular es casi como ver a mis parientes, yo no estoy viendo algo ni lejano
ni ajeno.
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