Revista Debate - Buenos Aires, 26 de enero de 2006

Revista Debate

Por María Malusardi

 El efecto de un poema se prolonga en el eco del instante revelador. Un poema es instante perpetuándose, entonces, en la intimidad de la vigilia. Es: “luz en música dispuesta/arrastrando en la marca/el coral del pensamiento”, escribe Diana Bellessi. Poeta, y traductora de poetas, nació en Santa Fe en 1946 vive en el barrio de Palermo en Buenos Aires. Los poemas de su libro reciente La rebelión del instante y de su anterior La edad dorada (ambos editados por Adriana Hidalgo) se sostienen en esta idea de sonoridades lingüísticas en rebelión constante.

Cuenta Bellessi que ha expuesto sus poemas en comedores populares y en sitios de público variado y que aquellas experiencias, siempre, potencian un saber que viene latiéndole desde su infancia en el campo que la poesía llega a la gente de manera mucho más directa que la narrativa.

La poesía es lo más lejano a la dictadura del significado -asegura-. Alguien guiado por la dictadura del significado, nunca va a poder leer poesía. Las mayorías no letradas saben mucho mejor cómo entrar a la poesía que las mayorías letradas que están siempre agarradas a la dictadura del significado y de la comunicabilidad, cuando en verdad la poesía pretende comunión más que comunicabilidad. De hecho, a la gente no le parece tan extraña la poesía que leo. A algunos les gusta y a otros no, como sucede siempre. Pero he tenido experiencias en sitios donde circulaba mucha gente, y era muy impresionante ver con qué inteligencia increíble eran escuchados estos poemas aparentemente no tan fáciles. No es virtud de los poemas sino que la virtud está en la escucha. La poesía es una valija portable. Muy a menudo las clases ágrafas y humildes tienen una extremada sofisticación con el lenguaje, cuando hablan, cuentan, cantan y escuchan. Una coplita como ésta: ‘Cuando ven un árbol caído/ todos quieren hachar leña’, es de una complejidad extraordinaria. Y cuando vos escuchás los tangos tradicionales, incluyendo los del cuarenta, escritos por lo general por letristas muy cultos, y ves la recepción popular que han tenido, te das cuenta de que la gente iletrada no es estúpida. Estamos como anestesiados por una cultura que te dice que lo único sofisticado pasa por ella misma”

“Yo escribo el poema de una vez y luego, por supuesto, suelo trabajar largamente por dentro del poema.”

La extensa obra de Bellessi y, más marcadamente, sus tres últimos libros (los ya citados y Mate cocido) arriesgan un sincretismo entre el decir del lenguaje popular y construcciones lingüísticas rebeldes -ciertas modulaciones de culto- donde el lenguaje se rompe y se recompone apoyándose, fundamentalmente y con firmeza, en una musicalidad proveniente desde dentro del poema. Pero también el sincretismo se concreta, más explícito, en una peculiar mezcla entre lo bucólico y lo urbano.
Bellessi hace de su poesía no la letra sino la música de una canción. El modo en el que las palabras se ubican e interactúan con el cuerpo del poema tiene un efecto de cascada de sentidos encadenados que, hacia el final, produce “desparramo”, expansión por el mundo, suspensión en el espacio.
Si bien cada poema surge de una situación pequeña marcada por la experiencia del instante, a medida que avanza se va abriendo hacia rumbos inesperados, estallidos de imágenes y emociones y sentidos que corroboran el efecto de rebelión al que, de alguna manera, hace referencia la poeta cuando nombra su último libro. Quizás, sin saberlo, La rebelión del instante nombra su poética toda. “Cargo ese título desde el principio y luego traté de cambiarlo muchas veces porque me parecía ostentoso, pero nunca logré hacerlo, como si el libro rechazara otros nombres. Finalmente soporté que ése sería su título, más allá de la belleza de la palabra rebelión y la belleza de la palabra instante.

A propósito del titulo, hay en su poesía algo vinculado al instante y a la vez sostenido en la duración. Incluso, en la antología que usted preparó y tradujo, Desnuda y aguda la dulzura de la vida (Adriana Hidalgo] de la magnífica poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen, un verso remite con precisión y metáfora a esta idea: Todo se vuelve presente y se demora.

Sí, cierto. Me parece que el instante es la pura gracia que el poeta recibe y me parece que la duración es el trabajo que el poeta hace. Y la poesía, por su puesto, goza de ambas cosas. l el re galo esencial es el instante, esa frase, esa imagen, esa música que viene de repente y que te pone a escribir un poema. Por lo general, yo escribo el poema de una vez y luego, por supuesto, suelo trabajar largamente por dentro del poema, ajustando, precisando cosas. A veces el poema nace entero y en un estado de miniaturismo y síntesis perfecta ya veces el poema parece reclamar una extensión. Me parece que el pensamiento del poeta se acopla mucho más a lo que podríamos llamar epifanía del instante.

“Yo no sólo vengo del campo sino que vengo de una familia humilde. Fui la primera persona de toda mi familia que fue a la escuela secundaria. En consecuencia, tengo un amor primero que es un amor por la naturaleza y que se hace presente todo el santo tiempo.”

Así como la presencia de la naturaleza en sus versos remite a su infancia en el campo, ¿la apelación a lo social también tiene que ver con su biografía?

Sí, definitivamente. Porque yo no sólo vengo del campo sino que vengo de una familia humilde. Fui la primera persona de toda mi familia que fue a la escuela secundaria. En consecuencia, tengo un amor primero que es un amor por la naturaleza y que se hace presente todo el santo tiempo; mis poemas están llenos de yuyos y pajaritos, para decirlo de alguna forma, ¿verdad? Eso es una marca infantil muy fuerte. Yo paso temporadas muy largas en una isla en el Delta, desde los años setenta, y es un lugar donde escribo bastante. Y también la naturaleza se hace presente, así como la gente del lugar. Después, en el espacio urbano, también están los yuyitos del empedrado y las torcacitas del patio, no.

Cómo conviven en usted estos primeros elementos de su infancia, que parecieran tener una sonoridad propia en la memoria, y su póstuma elección: estudios de filosofía y finalmente su ser poeta.

Quienes venimos de familias humildes iletradas, hacemos una tarea muy ardua para apropiarnos de la cultura. Por supuesto que nos resulta muy cara esa apropiación: aunque necesaria, se hace presente en nuestra escritura. A su vez, llega un momento en la vida de un poeta en el que corre el riesgo de ser devorado por esa apropiación. Ahí hay que recurrir a lo que yo llamo “ablandar la lengua’; volver a oír aquello que se oculté en el proceso de la apropiación de la cultura, volver a oír esas voces primeras en medio de las cuales uno se ha criado. Si se les abre la puerta, retornan y entran. Y de qué maravillosa manera, Es como un proceso de rememoración, de reapropiación de lo que a uno le pertenece. Luego, ambas cosas se unen: lo apropiado y lo recuperado. Se interceptan de maneras extrañas, entran en colisión y generan ala vez un juego de gran riqueza. Se produce la dignificación de uno mismo como sujeto lírico. Entonces, para mí, las pequeñas cosas de la vida cotidiana o asistir lo que sucede en el vecindario o ver la resistencia popular es casi como ver a mis parientes, yo no estoy viendo algo ni lejano ni ajeno.