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Diario El Litoral Sábado 06 de junio de 2009 Entrevista a Diana Bellessi La puerta al otro poemaDiana Bellessi (1946, Zavalla, provincia de Santa Fe) supo, como ninguna otra poeta de su generación, entrelazar su experiencia vivida con la poesía, en una sostenida exploración meticulosa del habla; todos y cada uno de sus textos son disímiles tanto en forma como contenido; una voz cuyo rasgo distintivo resulta el justo medio entre el paisaje y lo vivido, lo social y lo íntimo. Desde su primer libro publicado, “Buena travesía, buena ventura pequeña Uli”, hasta el presente, prevalece en su poética el equilibrio armónico puesto en tensión entre voz popular y voz culta. Una riesgosa respiración que ha legado poemarios emblemáticos como “Eroica”, “Sur”, “Jardín” o “La edad dorada”. Obras que, a su vez, ofician de summa estética, puesto que proponen un modo diferente de leer. Una apuesta a un lenguaje que se aparta de la convención lineal y alineada, sin ser por ello ilegible. “Tener lo que se tiene” (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2009) incluye una decena de libros anteriores y adelanta parte de su futura producción. El volumen, que supera las mil páginas, pone al descubierto el deslumbrante mundo bellessiano. Un largo camino polifónico que alcanzó a consolidarse a través de la impersonalidad poética. Una voz múltiple y profética, rica en matices y modulaciones, que supo erigirse escurridizamente desde los márgenes, con el afán de atravesar el límite del lenguaje, allí donde ningún poema resulta disonante, ni tampoco está contaminado de ideología, moral o teología alguna. Cada uno de sus versos fueron escritos por una mujer en estado de gracia poética. Por Augusto Munaro —“Tener lo que se tiene”, que reúne a toda su poesía, marca indudablemente un reconocimiento de la crítica y del público. ¿Siente que todos los poemas son el resultado de lo que usted halló y supo asimilar en el camino de su experiencia? —Vida y oficio, dicen. Se asimila la interminable enseñanza de los otros, y se acepta lo que se puede lograr, tanto como el pequeño fracaso continuo que te abre la puerta de otro poema, y de otro más. —Uno de sus poemarios más queridos, además de “Sur”, es “Danzante de doble máscara”. ¿Podría referirse a él? ¿Qué indagó en aquel libro? —Ambos libros muestran un intento y un fracaso, y abren la puerta a libros posteriores. “La edad dorada” es mi más preciado, y quizás “Mate cocido” mi más querido. La lengua se vuelve blanda y dulce; no importa tanto qué enuncia, sino cómo lo enuncia, allí radica el misterio, el sentido. Y el hallazgo de ese tono tiene algo de volver a casa, cuando ya no importa la voz solista, sino el coro, el concierto, porque al final decimos siempre las mismas y pequeñas y pocas cosas. Quizás el cenit de ese hallazgo, de esa práctica, se encuentre en el último libro de esta obra reunida, que le da título al conjunto. —¿Por qué cree que en su poética no existe, como indicó en cierta ocasión, una barrera entre lo social y lo íntimo? —No puedo hablar de mi poética, puedo hablar de mi subjetividad, y el sentido de la justicia y de la belleza, tal como la subjetividad la siente y tal como ingresa al poema, es siempre un acontecimiento íntimo. Hablamos de los parientes, sea un compadre desocupado o un pajarito que canta al frente; se pronuncia lo más íntimo, siempre, no importa cuál es el tema. —¿Cuáles fueron las circunstancias que a 23 años la lanzaron a recorrer Latinoamérica de mochilera, de qué modo cree que aquella temprana experiencia aventurera ayudó a construir y definir su ulterior experiencia con la palabra? —La voracidad por el mundo, por la diversidad, y el sentimiento por la Patria Grande, nuestra casa, y vivir en las múltiples colonias del idioma castellano amplió y ablandó mi lengua personal. También suturó la herida de una migración de clase, desde el campo iletrado a la ciudad letrada, y abrió las puertas de retorno a casa. —En recientes reportajes, usted ha citado a la filósofa y ensayista española María Zambrano. ¿Qué semejanzas siente usted con su pensamiento de gran compromiso ético? —Amo en Zambrano esa manera de mirar los misterios insondables de la vida desde su propio oficio, la filosofía, mientras saluda a sus primos, los poetas, esos inmorales a quienes parece no importarles la verdad detrás de las cosas, sino las cosas mismas, como ella lo dice; y lo hace en una prosa delicada y a veces trastocada, como los grandes filósofos, como los grandes poetas. —¿Podría referirse a sus libros inéditos de juventud?, ¿fueron anteriores a “Buena travesía, buena ventura pequeña Uli”?; ¿por qué decidió no incluirlos en su obra completa? —Anteriores y posteriores; quizás porque quedaron atrás en el camino, porque no los publiqué en su momento no era fácil publicar en los setenta, primero porque no habían llegado las nuevas tecnologías de producción, y luego por la dictadura. —Pocos poemas suyos sintetizan de modo tan acabado la preocupación por una búsqueda formal permanente, como los catorce sonetos entrelazados de “La corona”. ¿Cuál es la historia de este texto, uno de los últimos que ha escrito y que usted incluye como cierre del libro? —Vino así nomás; lo empecé a escribir una noche y lo terminé por la mañana. Antes de irme a dormir me di cuenta de que se aproximaba a una corona, y quizás por eso lo rematé así, en el verso 196, quebrado en heptasílabo, en el vórtice que interrumpe el endecasílabo y descansa en los suspensivos que a su vez indican el no final, o el incontable tiempo en la rueda del samsara, en la belleza de la materia repitiéndose y transformándose sin fin. Sin duda, la lectura de Garcilaso, de Juancito de la Cruz y de Góngora se hizo presente en la rebeldía de la sintaxis amerindia para tejer la tela en el silencio de Gautama, en el silencio de las islas del Paraná. —Qué es lo que más aprecia de la vida, aquello que aún la estimula a escribir poesía? —La vida misma, y la confianza en el ángel de la
historia, como diría Benjamin |