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Entrevista
publicada por Revista 23, el 6 de Mayo de 2009
La
Cadencia de la tribu
POR DIEGO
ROJAS
Los poetas son como los brujos de la tribu. A
través de ellos la comunidad logra cristalizar
lo sagrado. ¿Pero qué conforma lo sagrado en
estos tiempos desacralizadores? Aquello
esencial: el espíritu de la época, el estado de
ánimo individual y colectivo, la evolución de
las formas artísticas. Diana Bellesi es,
entonces, la bruja de nuestra tribu. Es también
la referencia obligada entre las nuevas
generaciones de poetas. En los ciclos de lectura
que pueblan la ciudad de Buenos Aires es posible
reconocer su impronta, incluso en la cadencia
con que ella lee sus propios textos, tonos que
luego se reproducen al infinito. Acaba de
editarse su obra reunida en el libro Tener lo
que se tiene (Adriana Hidalgo), un volumen de
1.200 páginas que permite recorrer la evolución
de una escritura en la que se trasluce una
emotividad formada a través de la potencia de la
realidad. Veintitrés conversé con ella acerca de
una vida que también construye su poética.
─Muy joven se embarcó
en un viaje por Latinoamérica.
—Sí, en el ‘69, a los
veintitrés años comencé un viaje que
recién culminó en el ‘75. Llegué a Chile y pude
vivir el proceso previo al triunfo de Salvador
Allende y la Unidad Popular Después seguí hacia
arriba. Fue una decisión aventurera guiada por
las ganas de conocer el mundo. Imaginate: una
niñita criada en el campo pobre que agarraba una
mochila, se mandaba a mudar y podía recorrer el
mundo, me parecía un premio mayor. Antes había
estado por Bolivia, que fue la puerta de acceso
hacia Latinoamérica.
─Pero
no fue un viaje sólo lúdico, ¿no? La política
forma parte de su vida.
─Sí, de un modo un tanto
romántico, quizás. Es
como si todo el tiempo regresara esta frase:
“Acá me hago presente con mis parientes” En la
cuestión política mi extracción de clase no me
lleva a un lugar de vanguardias políticas, sino
que me reúne con mi gente.Mis padres eran
chacareros sin tierra, protegidos por un decreto
peronista que no permitía que los echaran o les
subieran los alquileres. Eran chacritas muy
pequeñas que se armaban en collares. Durante el
onganiato se derogó ese decreto de Perón y toda
esa gente quedó en la calle. En esa época yo
trabajaba y estudiaba en la facultad. Viví esa
angustia de mi viejo y de los vecinos. Papá
había hecho hasta tercer grado y mamá terminó
séptimo grado cuando yo tenía cuatro años.
Siempre lo recuerdo como uno de los momentos más
esplendorosos de mi infancia, por la alegría que
tenían los dos cuando mi mamá fue a buscar el
certificado. Ni mis abuelos ni mis tíos sabían
leer.
─Recuerda cómo comenzó
su relación con las palabras?
—Había voces con las que me
relacionaba. Estaba la radio y esa voz
misteriosa que circundaba el ambiente. Y, como
vivíamos en el campo, siempre llegaban familias
de trabajadores golondrinas. Venían del noroeste
y traían sus coplas, sus cuentos, sus guitarras,
sus acentos. Así que me crié entre el cocoliche
italiano y el acento de los cabecitas nómades.
En esa turbulencia comenzó mi goce con las
palabras. A los siete años empecé a saquear la
pequeña biblioteca del pueblo. Recuerdo cuando
llevé a mi casa un ejemplar de La Divina
Comedia, no entendía nada. Lo que pasa es que la
biblioteca se terminaba rápido y me llevaba todo
lo que encontraba.
—Cómo se relacionó con
la cultura del rock?
–En Zavalla, mi pueblo
santafesino, no había escuela secundaria,
entonces me mandaron a una ciudad vecina,
pequeña. Yo levanté por primera vez el tubo de
un teléfono cuando tenía dieciséis años. Al
principio no daba pie con bola, todavía usaba
guardapolvo y moño. Y después empecé a salir con
las malas y los malos del colegio. Me convertí
en mala, mala, mala. Con amonestaciones,
expulsiones, problemas de todo tipo y color. Me
salvó la vida volverme mala. Recorríamos los
bajos mundos de la época y ahí llegó el rock,
claro. Después fui a la facultad a estudiar
filosofía. En realidad estudiaba en los bares y
después rendía libre. Todo pasaba por la
política. Milité en el Malena, el grupo de los
hermanos Viñas y Rozitchner, entre otros.
Después comenzó mi viaje, que duró seis años.
–Regresó en el ’75.
–Volví y todo ardía. Me queda
un agujero negro por no haber estado durante
todo ese tiempo en el país que impide comprender
del todo, porque no fuiste a Ezeiza, no viviste
tantas cosas. Por eso decidí quedarme cuando
llegó la dictadura, no quería moverme más. Es
una cuestión de estar. La poesía también es una
cuestión de estar. No concibo la poesía si no
hay algo que huelo, veo, toco.
–Su poesía no tiene
esa impronta que se le reclama a cierta “poesía
comprometida”...
–No entiendo esas categorías. Para mí
es tan comprometido un poema que habla de un
zorzal en una rama como aquel que describe a una
columna piquetera en Plaza de Mayo. Siempre
estuve cerca de lo que se llama campo popular.
Son “mis parientes”. Son mi tío, mi abuelo, mis
vecinos de la infancia que se vuelven a
representar una y otra vez en todas las
situaciones críticas y en todos los días de la
vida. Puedo hablar de una bandera roja, pero
siempre desde ese lugar.
–¿Por qué se quedó durante la
dictadura?
–Vivía en una ocupación en
Fuerte Apache, que en ese tiempo se llamaba La
Alborada. Pero la cosa se puso tan fea que los
propios vecinos, después de varias visitas de la
policía, me dijeron que me fuera. Me mudé a una
pensión en Constitución. Luego conocí las
islitas del Tigre. Buenos Aires se había vuelto
muy peligrosa para vivir. Las islas parecían un
lugar para estar aunque mucha gente murió allí,
pero a mi arroyito nunca entraron. En las
crecidas a veces se veían cadáveres.
–Se quedó en el Delta
varios años, ¿fue volver un poco a sus orígenes?
–Fue como volver a casa. Ese
peso continúa, por eso sigo volviendo. Ahora hay
un turismo que antes no existía. Cuando yo
colonicé la isla iba alguna gente de clase media
baja los fines de semana a cuidar su casita,
pero en general estaban sólo los isleños, no
había luz eléctrica, no había ruido.
—Con la democracia
regresó a la ciudad.
–Era un momento de esperanza,
una primaverita que duró hasta el ’84. Los
poetas empezamos en montonera a reconocernos los
unos a los otros. Había muchos espacios de
lectura, ciclos, todo terminaba con un bailongo.
Escuchabas poesía, te peleabas, bailabas y
terminabas sudado, borracho, magnífico. Fue un
momento de felicidad enorme.
─Su poesía marca a la
producción de la nueva generación, en especial
la femenina.
─Las chicas
simpatizan conmigo porque saqué un libro que se
llama Eroica, porque había un sujeto femenino
que astillaba la página, que pronunciaba cosas
que no habían sido demasiado pronunciadas, como
el amor de una mujer por otra mujer.
–¿Cómo vivió la
rebelión del 2001?
–Fue el acontecimiento
político más grande de mi vida. Tuvo una gran
presencia de las bases. Una base caída que
intentaba renacer tomando la calle, diciendo lo
suyo. De cualquier manera, fue un momento de
alegría agridulce. Tanto dolor, tanta miseria no
podía ser invisibilizada. En el 2000 la consigna
era “merecemos comer, no morir”. En los setenta
se veía que la revolución socialista podía
suceder pasado mañana.
–Incorporó a los
piqueteros como sujetos de su poesía en el mismo
momento que se los acusaba de ser un rebaño que
se movilizaba sólo por los planes Trabajar...
─A nadie se
le puede ocurrir que aquel estallido tenga que
ver sólo con los planes. En realidad, me chupa
un huevo lo que digan. Ellos siempre se apropian
de todo, por eso durante el lockout agrario se
apropiaron de las cacerolas. Pero creo que las
semillas no se mueren, duermen un rato bajo la
tierra y después renacen. Y lo que viene nunca
es igual a lo anterior. ¿Y sabés qué?
Volveremos.
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