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Publicado por la revista Todavía en Abril de 2007REINVENCIONES DE LA VOZLa versatilidad de Diana Bellessi no pasa inadvertida en el conjunto heterogéneo de poetas de diferentes generaciones que forman parte de la poesía latinoamericana. Su registro de las pequeñas voces y su relato de lo cotidiano ofrecen una cosmovisión comprometida, que se vincula íntimamente con la realidad sin dejarse atrapar por los encasillamientos.
La actual poesía latinoamericana presenta un panorama difícil de abarcar; sus dimensiones, su variedad, la fuerte marca local de gran parte de sus producciones y la circulación casi “secreta” de muchos autores en el ámbito de las literaturas nacionales dificultan cualquier intento de establecer generalizaciones sin dejar afuera un número indefinido, pero seguramente significativo, de voces y obras. Por otro lado, desde los años ochenta hasta hoy, las distintas denominaciones que acuñaron los discursos críticos, para dar cuenta tanto de nuevos estilos como del ingreso de nuevos sujetos en la escena de la escritura, han producido con el tiempo “etiquetas” a las que los autores y sus obras rebasan ampliamente. Un caso paradigmático es quizás el de la denominada “poesía femenina”, que engloba la obra de autoras mujeres cuya producción dista mucho de presentarse como homogénea. Los años ochenta están marcados indudablemente por la visibilidad que adquiere, en toda América Latina, la obra de un gran número de poetas mujeres –muchas de las cuales comienzan a publicar en esa década– que no solo muestran la potencia de una voz propia, sino que se constituyen en referentes centrales de nuestra literatura. Sin embargo, la persistencia del eje de lectura que pone el acento en la cuestión del género produce un recorte que no siempre permite apreciar otros espacios de contacto en estas poéticas ni la diversidad de las aventuras particulares que ellas representan. Y esta diversidad no solo se relaciona con las diferencias de encuadre estético, que existen y son muy marcadas, sino también con los cruces generacionales que abarcan una franja de producción que se extiende desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Esto se hace particularmente sensible cuando pensamos en poetas que comienzan a ser leídas durante esos años aunque su producción se inicia mucho antes, como es el caso de la peruana Blanca Varela, la cubana Fina García Marruz, la uruguaya Marosa Di Giorgio y las argentinas Olga Orozco o Amelia Biagioni, por dar solo algunos nombres. En este sentido, se tiene la impresión de que la brecha entre lo que se da a conocer bajo una determinada etiqueta y lo que realmente existe se ensancha muchas veces hasta el punto de convertirse en un abismo. No obstante, ser conscientes de esa distancia puede permitirnos abrir una puerta de entrada a otras experiencias, al reconocer que la realidad siempre excede las categorías con que tratamos de fijarla, y demanda, como afirmaba el escritor cubano Lezama Lima, “una obligación casi de volver a vivir lo que ya no se puede precisar”. Volver a leerLos años ochenta y noventa provocan un quiebre con respecto a
los modelos de escritura y lectura constituidos por las experiencias
vanguardistas que marcaron fuertemente el despliegue del mapa poético
latinoamericano hasta los años setenta. La notoria diversificación de las
búsquedas estéticas y un claro desencanto ante los grandes discursos producen
cambios no solo en el lenguaje de los poetas, sino también en la forma en que
éstos vuelven a leer a los autores del pasado, y en los acercamientos y las
relaciones que asumen con respecto a la escritura de sus contemporáneos. Esta
circunstancia no puede desvincularse de los procesos sociales y políticos que
marcan la vida cotidiana en nuestros países y profundizan la sensación de que
algo se ha derrumbado definitivamente en la relación entre presente y pasado y
que es muy difícil imaginar lo que esto significará. En la actualidad, la idea
de ruptura va más allá de la voluntad de establecer una diferenciación estética,
o del ejercicio consciente que se nutre en fuentes ideológicas definidas, como
pudo ocurrir, por ejemplo, en los años sesenta. La ruptura se asocia más
precisamente con la percepción, tan potente como dolorosa, de que algo se ha
fracturado, desarticulado en el espacio de la vida diaria, de que se está
atravesando un trágico quiebre cuyo alcance y dimensiones apenas comienzan a
hacerse visibles. Nuestra realidad ha estallado en mil pedazos, pero de manera
extraña, casi milagrosa, esos pedazos están vivos y se muestran dispuestos,
además, a iniciar una lenta tarea de reconstrucción, muy ardua y por cierto sin
garantías, y también de reinvención. Todo hablaLa obra de la poeta Diana Bellessi tiene un fuerte punto de
inicio en la década del ochenta. A partir de ese momento, su producción se
amplía y se despliega creando una poética de referencias múltiples que se
consolida en los años noventa y que no ha cesado de enriquecerse y reinventarse
hasta hoy. Pero su reinvención está muy lejos de ser considerada un gesto de
autosuficiencia; por el contrario, da cuenta de una disposición a tomar y a
dejarse tomar por aquellas que la autora ha llamado “las pequeñas voces del
mundo”. Es también un claro ejemplo de que la poesía escrita por mujeres está
muy lejos de poder ser reducida a “poesía femenina”; y, al mismo tiempo,
evidencia el hecho de que la exploración del habla cotidiana y popular o la
tradición oral no deriva exclusivamente en “coloquialismo”. todaVÍA # 16 | Abril
de 2007 |