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Los premiados en el Palais de Glace:
“La cultura genera trabajo y produce
conciencia”, dijo Jorge Coscia.

Imagen: Jorge Larrosa.
Un Estado inclusivo podría compararse con un
techo construido a partir de un puñado de vigas
extremadamente sólidas. Algunos de esos pilares,
casi siempre por desidia, se agrietan. El
abandono, además de injusto, posterga derechos.
Volver a poner en funcionamiento los Premios
Nacionales era una tarea pendiente. Medulares en
la configuración del canon en la literatura, la
dramaturgia y la investigación, legitimadores de
escritores y escrituras, de identidades
melódicas y de modos de explorar las tensiones
de clase, de género y las históricas, los PN
regresaron: Después de once años, la Secretaría
de Cultura de la Nación anunció ayer los
ganadores en las categorías Poesía, Texto
Dramático, Ensayo Político, Ensayo Psicológico y
Música (Tango y Folklore), con obras publicadas,
estrenadas, representadas o exhibidas en el
período 2007-2010. La poeta Diana Bellessi
obtuvo el primer Premio en Poesía con Tener lo
que se tiene (Adriana Hidalgo); el dramaturgo,
director y actor Rafael Spregelburd fue elegido
por la pieza La terquedad; el sociólogo Eduardo
Grüner ganó con su ensayo sobre Haití, La
oscuridad y las luces (Edhasa); Alejandro
Antonio Dagfal fue distinguido por su
investigación Entre París y Buenos Aires; y
Teresa Parodi por “Aún caminan conmigo”, canción
dedicada a los desaparecidos incluida en el CD
Autobiografía.
La bulliciosa muchachada de la comunidad
artística desbordó la tribuna del Palais de
Glace. Tom Lupo, con esa chispa de irreverencia
y locuacidad que es su bandera vital, ofició de
conductor de una ceremonia que alimentó las
expectativas. “Los Premios Nacionales vuelven a
jugar el papel medular de las intervenciones
culturales promovidas por el Estado: estimular y
reconocer la creación artística y el trabajo
intelectual, desmarcándose de las reglas de
juego que impone el mercado”, preludió el
locutor, antes de proponer un recreo musical a
cargo del Cuarteto Gran Tangó. Del primer
llamado que puso en la palestra de la agenda
cultural otra vez los PN participaron 282
autores de 15 provincias argentinas. Se
presentaron 35 obras musicales, 42 textos
dramáticos, 161 libros de poesía, 30 ensayos
políticos y 14 psicológicos. En cada categoría,
el ganador del primer PN se alzó con 50 mil
pesos y una pensión vitalicia al momento de
jubilarse, equivalente a cinco jubilaciones
mínimas; monto que hoy se traduce en 7170 pesos.
El segundo premio se llevó 30.000 mil pesos y el
tercero, 17.000.
Rodolfo Hamawi, director Nacional de Industrias
Culturales, recordó que la última producción
premiada fue en 2000 y que estos reconocimientos
son anteriores a toda forma institucional de
intervención del Estado nacional en el campo de
la cultura. Los PN arrancaron en el siglo
pasado, en 1913. “Durante demasiado tiempo la
acción del Estado hacia los productores de
cultura se redujo al té en la Recoleta y los
premios una vez al año. El estímulo a la
producción y el reconocimiento a nuestros
máximos creadores deben articularse con
políticas que impulsen la proliferación de
espacios de creación y faciliten el acceso a la
cultura. Buscamos que los buenos libros tengan
cada vez más lectores, que las películas, las
obras teatrales y musicales sean disfrutadas por
más compatriotas”, afirmó Hamawi. El director de
Industrias Culturales ponderó el hecho de que
los primeros premios incluyan una pensión a la
hora de la jubilación. “Aunque sea para pocos,
marca un camino que el país deberá recorrer en
el reconocimiento de nuestros creadores como
trabajadores de la cultura”, agregó Hamawi, y
luego anunció que el próximo año se premiarán
las categorías Literatura Infantil, Comedia
Musical y Teatro Infantil, Jazz y Melódico,
Ensayo filosófico y Ensayo pedagógico
correspondientes al período 2008-2011.
Después de las palabras del secretario de
Cultura, Jorge Coscia (ver recuadro), y de José
Luis Castiñeira de Dios, director Nacional de
Artes y jurado de Música, llegó el momento de
revelar las incógnitas. La categoría que estampó
el punto final a tanto suspenso fue la poesía.
El jurado integrado por María del Carmen
Colombo, Américo Cristófalo, Daniel Freidemberg,
Jorge Monteleone y Jorge Panesi eligió tres
menciones especiales: Delfina Muschietti,
primera mención por Amnesia; el sanjuanino Jorge
Leónidas Escudero por Aún ir a unir –segunda
mención que recibió uno de sus editores, Javier
Cófreces, de Ediciones en Danza–; y el cordobés
Silvio Mattoni por su antología El descuido,
tercera mención, ausente con aviso que por esas
paradojas del destino estaba presentando, a
pocas cuadras, un libro suyo sobre Bataille. El
desfile de poetas hacia el escenario fue de lo
más nutrido. Claudia, la hija de Hugo Gola,
recibió el tercer premio que ganó su padre por
Retomas. El segundo premio y “la primera dama”
de la poesía argentina suscitaron prolongados
aplausos y ovaciones. Arturo Carrera fue
distinguido por Las cuatro estaciones; Diana
Bellessi, emocionada ante tantos mimos, por
Tener lo que se tiene.
El rubro Texto Dramático fue el más austero: no
hubo menciones especiales. Ricardo Bartís, Raúl
Brambilla, Mauricio Kartun, Ricardo Monti y
Alejandro Tantanian, los miembros del jurado, le
concedieron el tercer premio a Rafael Bruza por
Tango turco, estrenada en 2009, bajo la
dirección de Lorenzo Quinteros; el segundo a
Jorge Accame por Segovia (o de la poesía),
dirigida por Villanueva Cosse en 2007; y el
primero a Rafael Spregelburd por La terquedad.
Otra categoría prolífica resultó el Ensayo
Político. El jurado integrado por Oscar del
Barco, Horacio González y Diego Tatián
distinguió con la primera mención a Ricardo
Forster por La anomalía argentina; la segunda
fue para Claudia Hilb por Silencio, Cuba; y la
tercera a José Fernández Vega, por Lo contrario
de la infelicidad. La escalera hacia el podio de
los PN en este rubro se completó con el tercer
premio al politólogo y sociólogo Vicente Palermo
por Sal en las heridas. Las Malvinas en la
cultura argentina contemporánea; el segundo a
Horacio Verbitsky, columnista de Página/12, por
Historia política de la iglesia argentina; y el
primero a Eduardo Grüner, por La oscuridad y las
luces.
Cuesta creer aún que hace dos días murió el
Chango Farías Gómez, miembro del jurado en la
categoría Música, junto a Juan “Tata” Cedrón,
Manolo Juárez y Castiñeira de Dios. Diego
Schissi recibió la primera mención por el disco
Tongos, tangos improbables; Leopoldo “Polo”
Martí, la segunda, por “Cueca de lejos”; y el
violinista Ramiro Gallo, la tercera, por “Arte
popular”. El tercer premio fue para el pianista
y compositor Carlos Enrique Aguirre por “Casa
nueva”; el segundo para Mario Herrerías, también
pianista y compositor, por “Boomerang”; y el
primero para Teresa Parodi, por “Aún caminan
conmigo”. A esta altura de la noche, el dream
team de los premiados estaba prácticamente en
marcha. Sólo restaba la categoría Ensayo
Psicológico. Las menciones especiales asignadas
por Jorge Alemán, Alicia Azubel, Ana María
Fernández, Germán García y Alicia Stolkiner, los
integrantes del jurado, reconocieron a Ana María
Sarrat por Una escuela para todos (la primera),
Diana Cohen Agrest por su texto Por mano propia
(la segunda) y Julio Alberto Granel, por Teoría
psicoanalítica del accidentarse. Los tres
punteros de la categoría cerraron esta edición.
El tercer premio lo obtuvo Emilio Alfredo
Vaschetto por Los descarriados. Clínica del
extravío mental: entre la errancia y el yerro;
el segundo quedó en manos de Juan Eduardo
Tessone, por En las huellas del nombre propio; y
el primero fue para Alejandro Antonio Dagfal,
por Entre París y Buenos Aires.
“Esta noche, como Riquelme, me siento feliz”,
proclamaba Bellessi, resfriadísima pero dichosa,
a quien se cruzara en su camino, con el diploma
en papel calco apergaminado, con el escudo
nacional impreso a cuatro colores, que recibió.
“Muchos me habrán escuchado ejercer un fuerte
sentido crítico, porque a los artistas se les
suele otorgar más honores que apoyo material,
que es casi inexistente”, recapituló la poeta.
“Hoy debo decir que este Premio apunta a
modificar ese estado de cosas y que, en lo
personal, me da tranquilidad y reaseguro
económico, algo tan importante para un artista
como para cualquier otra persona.” La primera
dama de la poesía argentina admitió que fue “un
honor” estar en la terna de los premiados junto
a Gola y Carrera, dos poetas que admira. “Espero
que a partir de ahora, con un Estado al que le
importan los ciudadanos, al que le importa la
gente, el Premio recupere su continuidad para
beneficio de muchos y excelentes poetas
argentinos que lo merecen tanto como yo. Si
bien, como dice el poeta catamarqueño Luis
Franco, ‘toda pompa es fúnebre’, no soslayo el
honor que este Premio significa para mí y para
la poesía como género. Por eso lo agradezco
profundamente, en mi nombre y en el de todos los
poetas que lo recibirán a partir de ahora.”
“Pasó una cosa graciosa”, comentó Grüner, primer
PN en Ensayo Político, a Página/12. A cada paso
que daba después de la ceremonia, recibía un
abrazo, una felicitación. Podía ostentar el
record del hombro izquierdo más palmoteado de la
jornada. “Un amigo, enterado de mi posición más
bien crítica hacia el Gobierno y de mi afecto
intelectual por Sartre, me acaba de provocar
diciéndome: ‘¡Qué buena ocasión para
rechazarlo!’. Como hizo Sartre con el Nobel, se
supone. Nunca fue esa mi intención, por
supuesto”, subrayó el sociólogo, que en las
Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias
apoyó la candidatura presidencial de Jorge
Altamira por el Frente de Izquierda de los
Trabajadores (FIT).
–¿Seguro que no se le cruzó la idea de emular a
Sartre?
–Seguro (risas). Para empezar, jamás se me
pasaría por la cabeza compararme con Sartre;
mucho menos comparar al Estado argentino con la
Academia Sueca. La Academia es patética, tuvo la
soberbia y la hipocresía inauditas de negarle el
premio a Borges. Quiero subrayar lo del Estado
porque este no es un premio otorgado por un
gobierno. Es cierto que este gobierno revivió
algo que estaba discontinuado desde hace más de
una década, y hay que reconocérselo. Pero
justamente eso significa que antes fue entregado
por otros gobiernos, ejerciendo mal o bien una
política de Estado. Claro, uno siempre puede
cuestionar que el Estado se meta con la cultura,
aunque sea para premiarla. Y uno puede
cuestionar que se premie a los intelectuales
como si tuvieran algún privilegio especial. A
riesgo de parecer populistas, digamos que a
nadie se le ocurre premiar a los obreros, los
campesinos, los vendedores ambulantes o las amas
de casa. Y uno puede cuestionar que la
premiación de libros u obras de arte es un
evidente síntoma de la mercantilización de la
cultura, en conflicto irresoluble con un
bienvenido reconocimiento simbólico. Uno puede
incluso cuestionar que exista el Estado, o que
tenga la forma que tiene. Pero, hay que ser
honestos: los premiados nos presentamos para ser
premiados, no nos cayó el premio como rayo en
día sereno (risas).
Lo que caía como un rayo, en esta noche festiva,
era la imposibilidad de hablar en continuado con
los ganadores. El desvío de la conversación
parecía una fija en el Palais de Glace. “Si los
premiados nos presentamos, aceptamos un estado
de cosas. Nos complicamos con él, al menos hasta
que seamos capaces de cambiarlo”, advirtió
Grüner. “A veces estas debilidades nos
fortalecen, a veces no. Depende de cada uno; la
historia sigue con o sin nosotros. No hay que
darle excesiva importancia. Corresponde, sí,
agradecerle al jurado de lujo, riguroso y
escrupulosamente pluralista que tuvimos. Y
aclaro, por si hace falta, que pensaría lo mismo
aunque no me hubieran premiado.” El autor de La
oscuridad y las luces mencionó especialmente a
León Rozitchner, internado desde febrero. “Si
bien no pudo estar en el jurado, es el principal
responsable de que el libro premiado haya sido
escrito”, reconoció uno de sus discípulos. “Y
corresponde que le agradezca al Estado
argentino, sin mella de las críticas que le
continuaré haciendo. Lo cortés no quita lo
valiente, nobleza obliga. Confieso no sentir la
más mínima culpa –ni psicológica, ni política,
ni metafísica– por haber recibido este premio,
aunque tal vez otros lo merecieran más que yo.
Ya sé que nadie me preguntó esto explícitamente,
pero a veces contestar lo que no se pregunta
puede ser una forma de hacer política con las
palabras. De eso se trata la escritura, ¿no?”
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