*Nota publicada en Convicción el domingo 18 de julio de 1982

 

Tributo del Mudo

Por Noemí Ulla

En la mayoría de los poemas el lenguaje discurre a la búsqueda de una geografía —el Delta— transformada en espejos púrpuras, casuarinas, animales, pájaros que dominan el interior del canto. De Jade —la primera parte del libro— dedicada a convocar la memoria de la poesía china y atravesada también por la trama rumorosa del río, Mirando a Felicitas lavar la ropa o Como la momia de una niña de Paracas son textos donde la reflexión sobre el tiempo y la mirada sobre las cosas generan una suerte de arte poética. “Solito/ se muere el árbol. Navegando/ el insondable viaje de la tierra” dice en el último, con la extraña y bella conjunción del agua y la tierra en el viajero imposible.

Marcan el discurso de la autora —Alacrán (1973), Crucero ecuatorial (1980)— la brevedad o la concisión regidas por el frecuente estilo nominal o bien son construcciones regulares y no regulares que tienden a desplazar ciertos núcleos para proponer reformas del sentido: “Un rojo oscuro/ se abre entre los sauces y pasa el bote fantasma/ con corona de flores/ a su proa desatadas” (Invierno) y fundar una naturaleza cuyas estaciones han entrado en otro ritmo del que la autora se adueña dándole su propia existencia poética. El vivo acto de la contemplación no provoca naturalismos; la distancia y las relaciones poéticas con esa distancia, la despersonalización del sujeto por momentos, son los efectos con que consigue crear sus mitos, su invención.

El poeta Hugo Gola habló de cómo en la poesía de Juan L. Ortiz se advertía el nacimiento de un silencio anterior a las palabras. Esto también ocurre en los de Diana Bellessi. Persecución del sueño (tercera parte) reúne poemas en los que el paisaje se desprende junto con el sueño en el lenguaje y la autora parece intervenir con subjetividad: “Cada noche persigo un sueño/ como a un ciervo en la pradera. Como a él, apenas lo imagino” produce ciertos sintagmas donde la luz penetra en la ruptura de las pausas del verso, hasta llegar a la última parte Nadie entra aquí con las palabras. Aquí, la tradición literaria parece llegar con voz directa cediendo más a la comunicación, en medio de enumeraciones que prodigan la presencia y el triunfo del cuerpo.

El libro de poemas de Diana Bellessi puede ser leído en un marco de reencuentro con una naturaleza no idílica, pero que, lírica, afirma los planteos de una búsqueda de lenguaje que en este texto es más una concreción que una búsqueda. 

La Gaceta, domingo 8 de Agosto de 1982

Poesía a la justa medida

para ser paladeada como vino viejo

Por Rodolfo Alonso

 

Nacida en el campo santafesino, cuya capital constituyó hacia la década del 50, una de las “zonas” fecundas de la poesía y la literatura argentinas contemporáneas, Diana Bellessi estuvo durante no poco tiempo en los Estados Unidos y desde allí nos hizo conocer, en atinadas traducciones, algunas de las más importantes poetas norteamericanas de nuestro tiempo, entre las cuales descolla la impar Denise Levertov. De ellas percibió y expuso una sensual y apasionada presencia de la mujer en el mundo, lo que produce una no menos apasionada y sensual visión original del mundo. De tanto fervor y tanto viaje, supo venir a radicarse en una isla del Tigre, donde está sabia y felizmente integrada con la naturaleza, esa vieja y seductora diosa que los demonios urbanos nos impiden adorar como es debido.

Y ahora nos regala este libro que es, de algún modo, el testimonio y el fruto de todas esas líneas entrecruzadas, pero que en el fondo no constituyen como en tantos otros casos, más que un lineal viaje de iniciación. Este “Tributo de mudo” (que es tanto el titulo general como el de una de las secciones más significativas del libro) se abre con un homenaje -manifiesto a una real o supuesta Yü Hsüan-Chi, poeta de la antigua China a quien los hombres no dejaron ejercer. Que a las pocas páginas se convierte para el lector avisado (tanto por el uso de nuestro clásico voseo como por ese magnífico pato sirirí, tan lindamente criollo, que pasa volando aquí en los cielos de China) en un propuesto alter ego de la autora. Pronto los árboles y los paisajes y hasta los animales se hacen más familiares y en el mismo río —el río de la belleza, del tiempo y de la vida— alcanzamos percibir la imponente presencia - de lo más mínimo (“Planea una hojita de álamo”) y el deslumbrante advenimiento — a partir de ello, a raíz de ello— de la mismísima poesía (“Alumbra / el ramerío del invierno / su luz inmóvil”).

Poesía para paladear como un vino viejo en tiempos destemplados y al fulgor, leños encendidos, pánica poesía enamorada del bello mundo natural y todos sus candorosos y feroces habitantes, (“Zarpa, huida veloz de los ciervos / a tu lado), la palabra de Diana Bellessi va sin duda encontrando su tono, madurando, sin apuro y con pausa, a la justa medida de su justa relación con el mundo y la vida.

ROSARIO – CULTURA – DOMINGO 15/8/1982

NADIE ENTRA AQUÍ CON LAS PALABRAS

Mirta Rosemberg

Desde el título, este libro es testimonio de que entre las posibilidades de la letra se encuentra aquélla de decir lo indecible. El mudo, replegado en su incapacidad de habla, y por ella también preservado de la violencia de un mundo que no alcanza a ser toda la realidad, se escuda en la palabra escrita, buscando alivio en la antigüedad de las metáforas, en la presencia cíclica y constante y mutable del medio natural.

Esta actitud, nunca ajena por completo de cualquier obra poética, ha servido de sostén para que se dijera en más de una forma que el poeta es de algún modo mentiroso —que miente en todo caso— para cambiar el mundo. Le quedan, entonces, pocas alternativas: afirmar la mentira, reconociéndola en el mismo texto y dándole dignidad de genuina cosa de belleza, confiando en que la persistencia en el ejercicio vaya transmutándolo junto con la realidad o aludir en lo vivo a todo aquello que puebla el mundo lado a lado con el hombre y que carece de conciencia moral: la Naturaleza con sus propias leyes y frecuencias. Este último es el camino elegido por Diana Bellessi para hacer que el mudo hable, siguiendo, de este modo, el trazo de todos esos poetas —en especial los chinos— que han procurado que el paisaje sea, más que un fondo un espejo de imágenes— no lineales, sino concéntricas, para desbordar así las precarias y casi siempre impuestas fronteras del yo. Ser la hoja que cae, el estremecimiento de la rama, el viento que reflota las palabras, es voluntad de unificación y de ser al mismo tiempo más que uno. En el caso de Bellessi esa voluntad la lleva a participar, por una parte de un discurso no urbano que la identifica con toda una poética adscripta al litoral de nuestro país —la mención de Juan L. Ortíz parece inevitable— y que su lugar de origen, la provincia de Santa Fe, no desmiente; y por otra el uso de lo mítico como elemento que, al reconocerse y aceptarse, ofrece base para lo universal Así, en sus distintas partes, el libro transcurre desde la activación del paisaje como trascendencia hasta la segunda mitad donde por medio de la incorporación de lo onírico y de la memoria mítica, la poeta se materializa a través de su propio cuerpo tangible en toda su carnalidad Las partes sin embargo, no se contraponen sino más bien se completan Es la misma voluntad de humanidad total sin retaceos que habla de y desde un fresno (Reconcentrado en sí mismo./ El sol lo baña/ con un agua de oro/e ilumina vastos paisajes/de pájaros y ojos. /Entra en meditación), en integración con la que describe un deseo que su propia palabra no abarca (Muslos y oro/ senos y garganta de animal en la pelea. / Agua de miel bebida/ en un lago donde queman/ y enceguecen los ojos y los labios. / Nadie entra aquí con las palabras). Pero es el propio reconocimiento de los límites el que da utilidad a la palabra e insta a la poeta al igual que al 1ector a aceptarse, desafiando la imposibilidad y el desaliento Basta comprender que la vida es el solo tributo que se paga por la vida, y su homenaje.