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Este
cuarto poemario de Diana Bellessi es un
libro difícil que propone un registro tan vasto
como el que supone la superposición de epígrafes
de Lezama Lima y Eva Perón. En este sentido
‘Danzante de doble máscara es un trabajo
desprejuiciado sincero:
Desprejuiciado en tanto
rompe con los registros poéticos tradicionales y
“de moda”, para intentar uno propio que, en
lugar de proponerse como lugar cerrado, se abre
a diferentes formas y discurso.
Se permite hablar de la historia (en realidad,
el libro es una historia). Por supuesto, no se
trata de una “historia de la totalidad”, sino de
fulgores, fragmentos, datos, que posibilitan
también, una voz reflexiva (“No tengo saga que
contar / ni epopeya / sostenida por la espada /
en el anca briosa de una yegua. / Pero sí / un
puñado / de historias que rescatar / donde se
cuentan./ Para memoria de la Aldea.”). Una
especie de saber consuetudinario, de historia
oral que conserva en la tierra que se pisa, que
se ha escuchado de labios de los padres. (“La
tía Asunta contaba cuentos / llenos de viejas
maldiciones y milagros / ligados al sudor, la
justicia, el trabajo. / Polvo enhebrado a las
voces / de las cocinas y establos de Italia /
Polvo, palabras,/recogidas por los niños/de su
familia como herencia / de clase y sangre
fragmentadas.”). Una historia que se sostiene en
la voz del mito y la tradición.
Poema de la materia de lo creado, de lo que se
crea (“En la irreconocible marea de la materia
que cae.”); un poema descentrado, que se
construye en la asimetría y en la confusión de
imágenes. Una poesía “vieja” que apela al
epíteto para nombrar y describe el Génesis como
la danza de fusión y separación de sujetos y
objetos (“Lo que dormía, despierta. Todas las
formas se confunden, todas desean el abrazo y el
tajo que desune, El muchacho-niño se deleita en
adquirir la forma del deseo; Piel y pluma, pico
y zarpa, olor llamada fuego liquido y nube el
cuerpo el gesto.”)
Poesía de cuerpos, de cuerpos mezclados, que
cobran vida a través de una particular dimensión
rítmica (que pasa también por los
nombres)(Manchón de lirios,/ Azulejo y tucán /
Ciervo de los pantanos / Ultimo paso de la danza
/ Ivimarae’i / Halcón de ópalo dorado/
sobrevuela su cabeza./ Baila.”). Cuerpos
cubiertos, vestidos, que convocan cierto regodeo
en las texturas de tradición dariana (‘Pieles de
sedoso tacto / y cuero endurecido / en el humo
otoñal / de las hogueras. / Pectoral de
fuego...”).
Las ilustraciones de Graciela Fernández León que
acompañan al texto son particularmente
adecuadas, refuerzan esa significación doble, de
la totalidad y del fragmento, propios del mito,
que sostienen los versos.
Una inscripción doble es también el pasado:, los
primeros habitantes de la América y la
inmigración, un doble espacio que reúne y sutura
el texto dramático-poético que se ubica en el
centro del libro, (“Ulrico”,—textos para una
ópera de cámara—), Una historia de hibridación
que tiene sus dos momentos centrales en el de la
creación (“Las rebeliones sepultas envenenando
el marasmo de los ríos, y una mano asida en la
oscuridad, nudosa, viva, estertor traducido al
lenguaje del cuerpo y el tacto. Balo: historia
secreta, danzante de espantosa máscara, único
territorio no colonizado.”) y el de la mezcla.
“(Todos se vinieron / menos aquel corazón / de
música apretada /y silencio denso.) Rosarios /
sostenidos /frente a la jeta del patrón / la
vaca / la cuna y el osario / Rosarios sostenidos
/ en negra procesión / enaguas y pañuelos / los
rostros de la Virgen / enmarcan la violenta /
cesura de la imagen”).
Danzante de doble máscara es un excelente libro
que opta por negar la poesía como discurso
absoluto, como depositario de un tiempo absoluto
(“El tiempo ha cesado/de ser circular y
eterno”), para concebirla como a un espacio
abierto a otros discursos, a otras a formas, a
la historia simplemente de eso se trata, como
necesidad y materia.
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