Nota publicada en Diario de Poesía Nº 10, septiembre de 1988.

Epopeya de ella

Por Mirta Rosemberg

Escribir una épica erótica, proponer que el cuerpo ingrese al texto del poema, a la tiniebla y esplendor de la imagen, que las palabras sean cada latido, músculo, pulsación, jadeo de ese cuerpo apresado en la representación corno presa favorita del deseo —poético y carnal— de la poeta, implica la intención de alterar un orden —el de cuerpo y mente fragmentados en cabeza, tronco, extremidades, espíritu inasible— para acceder a la creación, dentro de la imagen y fuera de la semejanza, de una identidad basada en el reconocimiento de la diferencia. El verso final de Eroica, que le da origen y funciona como consigna de todo el libro (“Altera el orden: la creación empieza”), responde a la pregunta con la que termina el primer poema ( “¿Qué hay detrás?/ ¿Cuando deje acaso/ de elegir a salvo/ la rosa ingenua del día?”), estableciendo de algún modo el propósito de la propuesta y también sus alcances: plantear, con las señas de las letras, la identidad como cuerpo propio —de mujer— que en la imagen de otra—madre, amiga, amante, objetora de conciencia— halla la sustancia de contraste necesaria para ponerse un límite a si misma, es decir, para ser lo que es (“Una mujer madura/ que ya/ no será/ si no lo que es:/ tarea”, puntualiza Bellessi);entrar en lo mismo para revelar la diferencia de la verdad personal que, al no con formarse con el verosímil, acepte correr el riesgo de no salir airosa de la confrontación con la verdad de los “universales”.iEroica nos dice del proceso, no del fin (como señalamos, termina donde empieza) y es, además, un proceso: el de forzamiento de su propia retórica para posibilitar, en el acceso a la imagen, la delimitación de una identidad en la que yo poético, cuerpo y yo a secas coincidan por obra y gracia del poema. De allí, en el recurso, la tabulación de las estrofas que, encolumnadas verticalmente, funcionan a veces como eco y otras como réplica, con enunciaciones que se objetan a sí mismas, se corrigen o desbordan, creando en la página blancos y silencios que invocan significados. Otros significados. De allí el uso de mayúsculas no precedidas de puntuación, destinado a sugerir una jerarquía extra-ortográfica, otra jerarquía. De allí la utilización de diálogos dentro del poema, en un engaste narrativo o teatral que no tiende tanto a confundir los géneros como a trascender- los. De allí la elección de términos y construcciones que, sin ser poéticos o apoéticos en sí mismos, resultan revulsivos para la poesía, ya sea por proceder de registros muy distantes entre sí (“la yugular henchida/ bajo el chupón”), o por su calidad de invención que confía, exclusivamente, en el poder evocativo del sonido y la contigüidad semántica (“Vídeme”, “Mí de mí”), Esa alteración del orden, o de varios órdenes, recorre sin naufragios las 123 páginas de Eroica y todos los puertos e islas de su travesía: Acceso a la Imagen, Imagen del texto vivo, Vaga stella dell’orsa, Intempesta nocte, Dual, Nocturno, Amar a una mujer. Vale la pena citar a Bellessi cuando nos previene: “…/ el instinto/ impera aquí/ Su voz no tiene traducción/ Verbal moneda de intercambio/ no/ Sólo el audaz abrazo, amiga mía/ responde aquí”. Libro justo, que exige ser leído casi con tantos elementos como aquéllos con los que fue escrito, Eroica demanda una visión estética capaz de traspasar los íconos y armar, con el deseo, un mural, un fresco o, mejor, un cuadro vivo: el de la epopeya de un Yo en pugna por ser Ella.

El Ciudadano Nº 7, 6 de diciembre de 1988

Heroica o Erótica

Por Daniel Freidemberg

¿Heróica o erótica?Desde Crucero ecuatorial, aquél diario de viaje beat publicado en 1981, lo épico y lo erótico son dos constantes en la poesía de Diana Bellessi. Ese libro anunciaba un discurso que pondría sus ejes en la vitalidad, la libertad, la indocilidad y sobre todo, la apertura hacia los otros, entendida como superación de las diferencias y horizonte de comunión; como un amor al prójimo que no es caridad cristiana, sino sed de reconocimiento, búsqueda de contacto y, en síntesis, erotismo. Todos esos rasgos se han acentuado luego de las fugaces visiones impresionistas de Tributo del Mudo (1982), Danzante de doble máscara (1985) y, por último, en Eroica, recientemente coeditado por Ultimo Reino y Ediciones de Tierra Firme.
Ni Heroica, ni Erótica. O ambas a la vez: Eros es el héroe tácito de esta epopeya que no es narrada sino que aparece ante los ojos del lector: conquistar lo inconquistable ( el espejismo, el “oscuro objeto del deseo”), una búsqueda —una empresa de conquista— que es en sí misma un logro. Aquí, como Lope de Aguirre errando por un río amazónico, la fiebre es lo que importa. “La utopía —decía una cita de Nelly Schnaith que Diana Bellessi utilizó en otro libro— no es un lugar a alcanzar, es un motor a utilizar”. O como los marineros citados por Fernando Pessoa: “navegar es necesario, vivir no es necesario”.
La poesía de Diana Bellessi, y en especial la de Eroica, se caracteriza por la ausencia de referentes. Está claro que no habla de lo que parece hablar: figuras, metáforas y alusiones, llenan un discurso sin “asunto”. No hay, en rigor, tema, sino “una voz en acto”que se mueve en torno a los objetos, los seres, los hechos, para rozarlos y, como quien toma impulso, volver a lo que es la verdadera materia de los poemas: el movimiento de la voz. Eso —una voz ávida, vagabunda, amorosa en sus roces con la realidad que bordea— es, podría decirse, Eroica. Como si desde siempre la autora se hubiera venido preparando para escribir este libro. Movimiento puro, ritmo, fluidez (la lectura oral resulta especialmente placentera) para un ir y venir que no habla del erotismo: contradictorio, dialéctico, tembloroso, lo pone en escena. No se trata, por eso, de una poesía seductora, agradable o “reveladora”: el objeto del poema es su propia existencia, un perpetuo presente, un diálogo hecho de impulsos y límites. Pero en esa deriva se involucra también —o de algún modo se lo simboliza— al mundo. El drama de dos que ocurre en el poema tiene espesor y granulosidad porque no ocurre en el vacío: su propia sustancia se conforma del todo cuando lo atraviesan —lo acosan en buena medida, lo vigilan—, como sombras en el fondo de la caverna de Platón: la sociedad, la historia, la cultura: los terceros.
Consecuentemente esta erótica y esta épica, son también una poética, una teoría —explícita a veces— de la textualidad. Algo se escribe —parece advertir— cuando ocurren las cosas, y decirlas es preguntarse a la vez qué se dice. Escribir el erotismo —sugiere— es hablar de literatura, y la incierta relación amorosa no se da solo entre la voz y su objeto, sino también —y, acaso, sobre todo— entre el texto y el lector.