Página 12, 26 de diciembre de 1993

Los 12 Elegidos

El Jardín figuró entre los doce títulos seleccionados por Página 12 como los libros más destacados del año.

 reorte del periódico

Reseña publicada por El Cronista Cultural en su edición del 7 de Junio de 1993

La Pasión en detalle

Por Delfina Muschietti

Dobleces y desdoblamientos, jardines oscuros y claros, paradigmas y espejos. El último libro de poemas de Diana Bellessi es una gran metáfora, llena de imágenes que convierten los significados de las palabras en excelsas sensaciones.
 
“Atesora lo que pierdes”, se dice en El jardín, el último libro de Diana Bellessi. Y esta sentencia paradójica parece condensar la compleja síntesis que despliegan los poemas que conjugan la brevedad instantánea del haiku con los textos de larga tirada de versos. Sin puntuación casi o con la puntuación puesta al servicio de la imprevisibilidad, el poema se sucede frente al lector explotando en un grado máximo las condiciones formales de la composición poética: condensación y expansión, estructura cerrada de un ritmo envolvente y a la vez independencia de los versos que saltan a la categoría de objetos preciosos que brillan por sí solos y se encadenan con otros más allá de su contexto contingente. Se cruzan así dos fuertes tradiciones de la poesía: la del despliegue espacial que inauguraba Mallarmé con Un golpe de dados y la de los esquemas melódico-rítmicos reconocidos como propios del clasicismo. Fusión que engarza en estos textos de Diana Bellessi la propiedad de mixto entre música y pintura, imagen y sonido, espacio y temporalidad desenvolviéndose y diferenciándose desde la página escrita que la poesía propone como posible.
Atesora lo que pierdes. Y los mixtos siguen la regla de la división infinita, de las duplicidades que se abren a ordenaciones que sobrepasan el dos, el pensamiento binario. Porque El jardín sólo se sostiene ante la diferencia: sólo la belleza de lo que cambia actúa como soporte ante la fragilidad implacable que el cambio mismo propone. Atesora lo que pierdes. Y Diana Bellessi parece condensar en estos poemas una teoría de la memoria y del tiempo cercana a la de a filosofía bergsoniana. La memoria (la subjetividad como memoria acumulada) parece ser experiencia anticipada de muerte, de aquellos devenires que se pierden. Así la solidificación de un yo significa desenvolvimiento hacia un fin al que sólo el cambio cualitativo hace frente: “Al tropismo de muerte/la diversidad se opone”. El jardín propone la figura de ese despliegue cualitativo donde la que mira se mira devenir en un movimiento implacable: “hay poda y hay momentos”. En ese desdobla miento se hace posible salirse de sí en el exceso de fuerza que el jardín significa. Y este exceso se fija en la atención al detalle (el “ciruelo rojo”, “las cuatro flores/rosadas del duraznero”) que posibilita la entrada al orden del sueño: extensión del pasado y a la vez estallido que arrasa al yo, raptado a la impersonalidad del color y de la sensación pura. De este modo, Bellessi conjuga en El jardín, los dos movimientos que Ungaretti trazó a lo largo de toda su obra: una poesía que logra el salto a la duración a partir de un efecto de percepción ampliada, una poesía que tematiza ese pasaje desde un yo solidificado en la acumulación de la memoria; así da lugar a una poesía de la reflexión: “Tener un jardín, es dejarse tener por él/ y su eterno movimiento de partida”. Retrocede frente al asalto de lo que percibe, gira y actualiza la mirada atenta de una subjetividad en el despliegue de la memoria, piensa el presente como caída y anula la tensión hacia el futuro en la imagen del vacío: “Dejarse ser/es hacer/ una acción que contempla/ido y porvenir”.
Pero El jardín no se detiene allí. Si el cambio es la única sustancia donde el yo se mira devenir, es posible también proponer una teoría de los órdenes y los géneros que siga las implicancias de la diferencia como soporte de una ética. De este modo, Diana Bellessi parece desarrollar y ampliar la propuesta de Eroica (1988), su libro anterior que se situaba en el centro del debate feminista sobre la construcción de una identidad de mujer. Si hay poda y hay momentos, si “todo orden/es aleatorio”, si “unas túnicas de seda” son equivalentes a “dos varas de nardo”y éstas parecen oponerse al olor de una colonia vulgar el poema se pregunta ahora “¿Cuál es la contradicción?”. Así la vieja figura de la negación cae frente a la propuesta de un lleno diferenciándose hacia el infinito. Naturaleza/cultura, orden/desorden, cuerpo/ mente, masculino/femenino caen en la cuenta de “un sistema binario” y abstracto en el que se pierde la materialidad del devenir. Nada puede pensarse como la negación de, todo es en su diferencia. El jardín, entonces, produce su propio orden voraz (“El jardín mata/y pide ser muerto para ser jardín”), su propio orden vital e implacable, donde el estereotipo no tiene lugar. La repetición de la especie parece ser ley de lo mismo, sin embargo el jardín sabe la fuerza de la diversidad; y en ella la “devoción de repetir” sólo el detalle ineficaz e inútil significa ampliar la trama de lo que se puede ver: “aura de hojas/no visibles/en la vara de mayo”. El jardín construye un orden de positividades donde lo único que permanece es la transformación. Así, mientras uno de los poemas comienza con la escena. cuasi-bucólica de la pareja de los padres, hombre y mujer, el poema siguiente, pone en primer plano una escena de amor entre mujeres. Las figuras (la “madonna”, la “don ella”) revierten modelos canonizados de la iconografía cristiana o del amor cortés: y fieles al orden del jardín, cada una arrastra a la otra como una nebulosa, violentas y pacíficas al mismo tiempo, aire y metal, deseantes. Del mismo modo se entrecruzan las figuras del viejo y del joven, de la maestra y la discípula, antes cerradas: “Un desierto/habla siempre de semillas/como un secreto/que no puede entregar”.
La poesía de Diana Bellessi se abre así, en los incipientes 90, como un haz de luz más allá del “fulgor del teorema”: desechando el orden de las probabilidades geométricas, nos propone la pasión del detalle. Y desde allí, el despliegue del tiempo en su propia esencia: el cambio. Olvidarse en el exceso del jardín.
 
DELFINA MUSCHIETTI es poeta, profesora en la Facultad de Letras y crítica literaria.


Clarín, suplemento Cultura y Nación, jueves 23 de diciembre de 1993

Poemas desde el jardín

Por Daniel Freidemberg

Un jardín, si se lo mira bien, puede ser un espectáculo asombroso, un territorio donde la vida y la muerte llevan adelante un juego infinito. Pero además el jardín es el lugar creado por el civilizado animal humano para incorporar a su vida doméstica algo de naturaleza, que no por eso deja de ser radicalmente ajena. De ese estupor, de esa admiración y ese dolor está hecho El Jardín, probablemente el libro de Diana Bellessi que más abiertamente asume la atención hacia “lo otro” propia de toda la obra de esta poeta argentina.

Por eso mismo, en El Jardín la búsqueda de Bellessi se pregunta por si misma y choca con sus límites y sus inseguridades. De ahí también, en gran medida, el desafío que supone leer estos poemas, hechos de contradicciones no resueltas, de alusiones inciertas y, sobre todo, de una preferencia por lo fragmentario y lo inacabado para no traicionar la fuerza original y el movimiento propio de un pensamiento muy atento a los movimientos más sutiles de la imaginación y la sensibilidad. A eso parece responder el aspecto de apuntes tomados como quien aferra en el papel la ocurrencia o la sensación antes que se deshagan. Son, se diría, anotaciones de una conciencia reflexiva y acosada por su necesidad del amor del mundo, pero también el balbuceo y el hermetismo dan la impresión de responder a otros dos motivos: uno, que se podría denominar “ideológico”, estaría en la decisión de impedir que cualquier idea “cierre” y se complete, y el otro, estético, tendría que ver con los cortes, los desfasajes y los desvíos que se producen en cualquier discurso cuando lo domina una poderosa necesidad de resolverse en música, ya que precisamente a su manejo de la respiración rítmica y las sonoridades debe esta poesía la capacidad de seducción que la caracteriza.

Más sincopada que nunca pero también más argumentativa y “filosófica” la escritura de Bellessi se ve ahora ganada por el desasosiego. Por el carácter contrastante y trunco de los planteos, por la nerviosidad del fraseo y por su alternancia de líneas plácidas con un avance a tropezones. O esa otra alternancia entre el simple registro amoroso de lo existente y la irrupción de un “yo que observa” y comenta lo que ve: Caminé en la primavera temprana / por los senderillos de las islas / viendo a cada árbol encender su gracia / definitiva. Detenerse en el detalle / precioso de la forma. Yo su, hermana / ¿con mi corona de zarcillos propios?

Más allá de los acostumbrados debates sobre si habría o no una mirada “femenina” en tal o cual libro o película, toda la obra de Diana Bellessi puede verse como una empresa de construcción de una mirada diferente, ya desde su primer libro, Crucero ecuatorial (1981) y sobre todo desde Tributo del mudo (1982). Se trataría —y en El jardín esto es explicito— de negarse a formar parte de cualquier orden que pueda considerarse “patriarcal”, de excluirse deliberadamente de la Historia y de toda proposición que tienda a lo preciso pulido e inapelable y, sobre todo, de cantar a la “belleza de la diferencia”. Las cosas tienen que, contradecirse, sugiere la poeta, para sostenerse mutuamente, y a su manera todas tienen su propia belleza y su propio saber.

Un tema de El jardín es, precisamente, la utopía perseguida: El ojo sufriente pide tregua: reposar / en el hombro del hermano. Y la encuentra. / Halla una poesía exenta / de fascinación y odio / proclamados. Pero con igual fuerza esta presente la realidad que se le opone: la injusticia, la crueldad, la violencia. Parecería que no se puede, a pesar de las mejores intenciones, dejar de odiar, ni quedar al margen de las pugnas del mundo.