Por Alicia Genovese
Los libros de un autor, autora en este caso, se transforman en una obra poética personal cuando trazan un camino como una marca de agua observable al trasluz de cada poema o en una mirada al sesgo sobre toda la producción. Lo que reaparece como singularidad en la escritura de Diana Bellessi es el cuidado del detalle formal y una riesgosa apertura de sentido sobre la materia viva que elige, algo que quizá no haya sido tan evidente en el momento de aparición de los primeros libros. La reedición de Crucero ecuatorial (1981) y Tributo del mudo (1982), llega después de El jardín (1993) su sexto libro de poemas, que fue considerado en su género uno de los mejores de los últimos años, después de Eroica (1988), un libro desafiante en muchos sentidos, después de Paloma de contrabando (1988) que reúne textos escritos en las cárceles, después de sus traducciones de poetas norteamericanas.
Los dos poemarios ahora reeditados devuelven al lector al Inicio del trayecto. Con el breve trazo que la poesía admite como relato, Crucero ecuatorial es un libro de viajes que descarta la inmediatez episódica del presente y elige su pasado, el presente del recuerdo o aquella distancia de la que hablaba Wordsworth: “la emoción revivida en tranquilidad”. “Algo de aquel fuego quema todavía”, dice Bellessi y abre su crucero textual en un segundo momento de la emoción cuando ésta reaparece identificada con la originaria pero distinta. Emoción transformada por el rumor de olvido, por la melancólica melodía que “se hace humo, en el aire lento del mañana”. Emoción que prescinde de exactitud temporal o espacial: “Fue en Honduras, en El Salvador en Guatemala?” Simpleza del relato que encubre una cuidada elección de perspectiva y, también de acontecimientos. Libro fragmentario, hecho de momentos de encuentro, de suspensión, de pequeños grandes saltos sobre el recorrido lineal de la carretera: una ciudad que habla, los peces que tiemblan en las manos, las mujeres que formarán una galería de retratos como aquella que no depone su manta guajira. Libro impregnado del romanticismo de los viajes sin precisión de rumbo, libro que habla de un tiempo en que “los jóvenes se preparaban/ para el amor y la guerra” y carga las ráfagas violentas del después.
La diversidad que aparece en Crucero ecuatorial se posa, se fija en un lugar, el propio, en Tributo del mudo estableciendo un cambio de orden. El orden de la mirada que va de un sitio a otro da paso al de la contemplación, extasiada, sobre la profundidad del detalle: “cae una hoja/ y es infinito su caer”. Mirada que se sostiene oblicuamente sobre el paisaje feroz de los años de dictadura: “Cruza un aguilucho/ con un lento vuelo preciso. Lleva el coro demente de la madre, y un pichón,/ o dos en el pico”. Mirada que enmudece hacia el adentro: “nadie entra aquí con las palabras”, mirada sobre el deseo amoroso fundido con un dios tanático: “Agua de miel bebida/ en un lago donde queman/ y enceguecen los ojos y los labios”. La contemplación gana espesura, silencio, mudez, y en su detenimiento la mirada se vuelve táctil, los ojos se inmovilizan, enceguecen o se hielan enfrentados al afuera y al adentro. Tributo del mudo construye un artificio, una poeta china, una máscara de jade que poco a poco se irá deponiendo. Los nombres exóticos (Yü Hsüan-Chi, Ch’ien Tao, Wan Wei). se irán transformando en los más cercanos de Felicitas o de Ramón; un río de la China central se descubre un río del Delta. Impostación y fundido del artificio al paisaje natural, familiar; impostación y fundido también del yo poético. Paisaje visible y geográfico que se interioriza cruzado por un paisaje onírico que lo completa, que construye o sueña “la mitad secreta del mundo”.
En la relectura de estos dos libros se pueden marcar núcleos semánticos de la poesía de Bellessi: naturaleza y artificio, oposición que se arma y desarma recurrentemente en las extrañas flores y en los injertos de El jardín; el erotismo indagado en las relaciones homosexuales que atravesará Eroica como un filoso enunciado; un discurso de mujer tentado desde la tachadura de una voz, tributo de quien no la posee. Hay también un estilo caracterizado por la concentración y la brevedad, un acabado miniaturesco que no se ha perdido luego cuando los poemas ganaron extensión. Releer estos libros de Diana Bellessi significa desandar el camino que ha ido imprimiendo en su escritura esa leve marca de agua.


Diana Bellessi nació en Zavalla, provincia de Santa Fe, en 1946: “Yo me crié / en la pampa húmeda. / Verde farallón de sueños / y de chacras. / Peones y campesinos / fueron mi ascendencia. / Palabras italianas, guaraníes / quechuas / se mezclaron desde niña / en mi alfabeto.”, leemos en “Danzante de doble máscara” (1985). Alfabeto aprendido en la diferencia, en la pluralidad de sentido; un alfabeto abierto para configurar una nueva poesía, una aproximación poética al latido de la tierra.
En sus dos primeros libros “Crucero Ecuatorial” (1980) y “Tributo del Mudo” (1982), reeditado recientemente por Libros de Tierra Firme, podemos leer una especie de diario de viaje y también las anotaciones acerca del retorno: “Corriendo en un tren hacia Río Bamba, / mientras el toque de queda / paralizaba Guayaquil, vi sembrar las laderas de las montañas. / Maíz, porotos, papas. / Hombres y mujeres en los campos, / con el palo de escarbar / y la cara rosadita vuelta / hacia el tren que pasaba / Eran Salasacas. / Una semana después, invitada por la vida en Pelileo, / acompañé en su cena a los muertos / del cementerio de Ambato”.
En “Tributo del Mudo” se realiza el retorno, años en una isla del Delta descifrando noches y días en el trabajo de la palabra, en el brillo de las visiones; desciframiento de lo cotidiano en una época oscura: “Alumbra / el ramerío del invierno / su luz inmóvil. / Tiempo de hacha / y de cuchillo: / Toda la savia huye / del desollador / y del bufón / de la tortura y del granizo / de los golpes / la violación / de las heladas / y el pajarito. / El pajarito / destrozado a las pedradas”.
Con este bagaje de experiencias y con este decir poético entra Diana Bellessi al escenario de la poesía argentina de los años ochenta. Colabora en revistas de literatura que realmente se presentaban como revistas de resistencia, hablo de “Ultimo Reino” y de “La Danza del Ratón”. También publica en la legendaria “El Péndulo”; allí aparecen un amoroso e inteligente reportaje a Ursula K. Le Guin y otro a la narradora rosarina Angélica Gorodischer, realizado junto a la poeta Mirta Rosemberg.
La experiencia poética de Diana tiene como símbolo el levantamiento de la tierra, en el sentido de lo revolucionario.
Tanto “Crucero ‘Ecuatorial” como “Tributo del Mudo” honran la vida desde una perspectiva poética que posibilita el cambio. La palabra casi tiene el poder de los gestos ceremoniales chamánicos, un poder que convoca a los dioses y diosas de los cambios, en este caso la gente de América latina; su pueblo, alzándose en un recuerdo que borra fronteras: “Nombres, / para citar algunos, / me acuerdo de Pimentel, / como un oscuro gladiador peruano / convencido, violento, triunfal / comiendo conmigo un platito de mondongo / en los altos de un restaurant barato. / Después a la chica / de aquella tarde de domingo / que me paró en la esquina y dijo / quería regalarme: plata. / Su abrazo me calienta todavía / y en realidad no necesito / memoriarle nombre a su cara. / También me acuerdo de Rosendo, el zapatero, / que perdí en un tren / de Cuzco a Arequipa, y creía en las cosas simples / como yo creí mañana. / Por último, / al Negrito Varástegui, / con un cordero entre los brazos. / Mano a mano,/ el poeta”.
Desde siempre, Diana ha trabajado con lo mitológico y lo legendario (sobre todo en su’ libro “Danzante de doble máscara”), resemantizando una lengua que por mal uso ha ido perdiendo su verdadero significado; ha intentado contar la otra historia, por eso la reedición de estas obras; a más de diez años de las originales, tiene algo de extraordinario, ya que no es muy común en nuestro país reeditar material poético y menos de una autora contemporánea, que danza en el borde mismo que divide lo prohibido de lo permitido.
Gabriela De Cicco