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ATRÁSClarín , Suplemento Cultura y Nación, Buenos Aires, Domingo 21 de febrero de 1999

Enseñanzas íntimas

MONICA SIFRIM

 

Primero, Diana Bellessi se fue de Zaballa, un pueblo en la provincia de Santa Fe donde había nacido en 1946, para estudiar filosofía en la Universidad Nacional del Litoral. En el 69, cuando estaban los hippies, quiso ver las cosas con sus propios ojos y se fue del Litoral para recorrer el continente a pie de sur a norte a lo largo de seis años y terminar en California. Al regreso, el cansancio del viaje no le impidió coordinar talleres de escritura en las cárceles de Buenos Aires, una experiencia que recoge en uno de sus libros. Desde Destino y propagaciones (1970) y Crucero ecuatorial (1982) en adelante, las aventuras de Bellessi no han dejado de generar belleza, sabiduría y alimento para sus coetáneos de todas las edades. Con un particular sentido turístico, pasó los años de la dictadura exiliada en el Tigre. "Callada", dice ella. La contemplación silenciosa del agua le hizo entender mejor a los poetas chinos, escuchar mejor a sus contemporáneas y traducir del inglés a algunas poetas del norte como Muriel Rukeyser, Adrienne Rich y Denise Levertov, que a comienzos del ochenta no eran tan conocidas aquí, aunque según parece "habían incorporado a su poesía los últimos años de historia norteamericana: la guerra de Vietnam y sus resistentes, el movimiento pacifista, la lucha de las minorías étnicas, el movimiento de liberación femenina, las luchas estudiantiles de Berkeley y Columbia. Los hechos y el proceso de ampliación de la conciencia individual que posibilitaron".

Estabilizada por fin en Buenos Aires, Diana Bellessi continuó atravesando el continente y las generaciones para conectar todos los eslabones de su propia identidad y, mientras tanto, como al pasar y sin mucho protocolo, conectó a los ancianos con los niños, a los consagrados con los desconocidos y a los mapuches con los marginales neoyorquinos, a las poetas chicanas con los poetas argentinos del campo injustamente ignorados. Es cierto que en su cruzada recibió el mecenazgo de poderosas empresas editoriales como Libros de Tierra Firme, Ultimo Reino, Nusud, Feminaria y Bajo la Luna Nueva, incluso a veces en franco contubernio, como en el caso de Eroica (Ultimo Reino-Libros de Tierra Firme, 1988). Sin embargo el poder no la mareó. Y cuando en 1993 le otorgaron la beca Guggenheim en poesía, dijo que en realidad quería escribir un libro titulado Sur para que lo publicara un enigmático capitalista sudamericano llamado José Luis Mangieri. "¿Tanto lío para eso?", le dijeron los pequeños egresados de sus talleres carcelarios. "Si ese señor vive en Floresta." Precisamente, contestó Bellessi con un aire de maestra zen, todo el mundo pasa por Floresta. Los bucólicos estudiantes de Filosofía y Letras que ahora se desplazan por la calle Puán, César Aira de José Bonifacio, y los intelectuales de ambos sexos que levantan fierros en los gimnasios de la calle Directorio para reponerse del estrés de la década salieron a aplaudirla. "Así se habla, doña." Ante la desconfianza de quienes pensaban que el Sur era otra embestida psicobolche para desconcertarlos, Diana Bellessi tenía hinchada propia: chicas de Haedo que habían zafado de las clases de corte y confección, chicas de Liniers que viajaban horas para llegar a la Manzana de las Luces, chicas de Córdoba que vinieron a Buenos Aires para leer a Hegel, chicas de Monte Grande que superaron las exigencias de Pitman, chicas de Barrio Norte que dejaban a sus novios y maridos en los bares para charlar con ella, y muchachas de Flores de Girondo que todavía seguían teniendo los ojos como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino. "Y ahora que se vayan los cretinos a plantar espinacas a los barrios privados. Que nos dejen a nosotras el centro, las librerías, los cafés y los cines, los centros culturales y los teatros. Que viajamos mucho para llegar aquí." Bellessi las miró desconcertada y les dijo: "Bueno, pero a mí me encantan los jardines. Es más: me hice uno para mí en una planta baja del barrio Pacífico para estar sentada más a gusto. Y me compré un gatito para acariciar". Como le pareció que esos argumentos no bastaban para hacerse entender, en 1993 publicó El jardín, uno de los libros de poesía más intensos que se publicaron en la Argentina en la última década. No era lo que se esperaba de una agitadora como ella pero, la verdad, sonaba bien. Bueno. Tiene derecho.

Ahí no terminó. Todavía no estaba decidido por unanimidad qué era exactamente lo que tenía que representar Bellessi para la poesía, para las mujeres, para su generación, para los marginales y para Latinoamérica, cuando se le ocurrió por cuenta propia publicar The twins, the dreams nada menos que a dos voces con una narradora norteamericana de ciencia ficción llamada Ursula K. Le Guin, de excelente nivel, es cierto, pero un poco demasiado famosa para los oídos modulados por los ruidos del margen. No era lo que se esperaba de una chica sobria como ella. Después de todo quién la conocía. "¿A la Bellessi?" "No. A la Le Guin." La publicación de Sur (libro que la autora mencionaba pero no mostraba mucho) dividió las aguas. Los indecisos podían optar por una de las dos categorías: "Es lo mejor que escribió" o en su defecto "No es lo mejor que escribió". Los anales recuerdan que hace varios años, cuando leyó por primera vez algunos de esos textos en un antro under irreprochable de lo que antes era el Abasto, un borracho -desconocido- de la concurrencia dijo, bamboleando la copa de plástico: "Y esa rubia con pinta de rusita qué nos viene a leer poemas del altiplano". Esta temporada la autora se tomó unos días de vacaciones en el Litoral. Pobre. Trabajó tanto. Se lo merece. La verdad es que Sur tiene lo suyo. Habla de unas almitas en cadena que van en caravana y escuchan un rumor.

Sur comienza con una cita agradecida a las voces anónimas "que suenan y siembran en la oreja impropia de la hija perdida". La sintaxis incómoda de Anne Chapman dramatiza el uso de un polizón de la lengua: "Así que, ningún lugar, no tengo (ríe)". El entuerto sintáctico marca el esfuerzo por hacerse entender desde la "voz impropia" de la mujer indígena a quien la poeta va a ofrendar una escritura capaz de contener esas preguntas. Sin embargo, las preguntas no son regionales. Si hay albedrío en la muerte, si el tiempo del corazón puede medirse, si los lugares dicen cosas al corazón. Verdades que el poeta popular rara vez desatiende.

En todo caso, cabe preguntarse si el amor por lo otro y el extrañamiento pueden encontrar en el poema el modo justo de decirse sin subestimar, sin traducir ni reeducar al otro. La poeta no se priva de la enseñanza pero es una enseñanza íntima que acepta sus propios límites. En "Un mundo sin nombre para lo propio y tatuado por los nombres de lo ajeno" es difícil no predicar. Bellessi, sin embargo, no renuncia a hacer algo coral: una compleja música de individualidades trabadas, para que la poesía recupere su origen como ceremonia colectiva y la ceremonia recupere la forma de constatar la existencia de un prójimo consternado por los mismos enigmas. Con la serenidad y el sentido común de la voz enigmática que aconseja en el Eclesiastés, la poesía responde "no buscar la infinitud donde podemos hallarla, sino en el cuidado". En el sur del sur, en los pechos oscuros de las mujeres selkman, en los turbales y entre los mestizos, con Sur Diana Bellessi inicia otra época de su poesía, todavía más sabia.