Nota publicada por Clarín, suplemento Cultura y Nación, el jueves 5 de diciembre de 1996.


TRAVESÍAS DE LA PALABRA

Por Mónica Sifrim

La utopía “no como lugar a alcanzar sino como motor a utilizar” define Diana Bellessi, en uno de los pocos espacios de su libro donde se permite ser declarativa. Esa energía utópica enlaza estos poemas en una antología que bien puede leerse no como recorrido fechado de etapas poéticas, sino como dibujo de los aprendizajes consumados en la voz. Por eso, aunque Bellessi siga produciendo todavía sus mejores poemas, es atinado el acto artificial de “cierre” que involucra toda antología, no solo para ver la evolución de su escritura a lo largo de sus etapas vitales, sino para espiar de qué manera conversan estas edades con la literatura. Colibrí, ¡lanza relámpagos! muestra en su discurrir cómo se alternan las elecciones estéticas, el tono de voz y la mirada sobre la propia vida. Si este movimiento de mareas fluye hacia los textos es porque la autora da un permiso piadoso a sus propias sorpresas, a todos los rincones de la experiencia súbita, y a los sedimentos, ásperos o tenues, de esa misma experiencia.

La obra de Bellessi habla consigo misma delante del lector, como si los lectores existieran, pero sin perturbarla. Puede uno abandonar el libro cuando quiera. Y al volverlo recibe, hospitalario. Resultaría simple recorrer la escritura de Bellessi a la luz de su predilección por personajes y espacios marginales. Sin embargo ese margen se traza en movimiento, en tensión con un centro que no siempre es el mismo y donde el ademán del deseo y la imposibilidad superpone humillaciones de distinta naturaleza: de género, de raza, de clase. Bellessi no se propone hablar por los marginados, sino captar los rasgos más pequeños de su alteridad, escuchar su energía y su modo de estar sobre la tierra. Por otra parte, la humillación abarca los gestos del deseante y del abandonado, y los afanes de la pasajera que solo puede echar raíces frágiles. Esa tensión entre la poeta nómada y los personajes que saben la manen de quedarse en su sitio es uno de los principios que construyen estos textos. Otro es el habla, como bien señala Jorge Monteleone en su excelente estudio preliminar “La poesía de Diana Bellessi no es una poesía coloquial, pero sí respirada”. A través del habla Bellessi alienta una búsqueda cultural.

La voz de Uli en Buena Travesía, Buena Ventura Pequeña Uli canta la travesía y la amputación: El mundo de la droga y el vahído reúnen en su dolor la violencia de la dictadura en la Argentina y el aullido de los marginales de Nueva York. Esa prosa poética escrita como a borbotones tiene la tristeza de un blues y la intensidad del viaje alucinógeno. En Crucero ecuatorial los verbos en pasado conocí, dormí, comí recuperan, como si todavía pudiera tocarlas, las zonas peligrosas que la poeta ha visitado y perdido con ternura, cada vez más ligera de pesos, en su doble sentido de carga y de dinero. “Atesora lo que pierdes”, dirá más tarde en El jardín. En Tributo del mudo acecha la amenaza, aunque el texto señale todo aquello que dura y espera en el tiempo. Su parentesco con la poesía oriental es otra vía para hablar, indirectamente, de lo que no podía decirse en años de censura, pero también un modo de asumir festivamente el lenguaje de la convención y el artificio en los signos del arte, una posición que desembocará en la estética de Eroica.
Eroica tiene algo teatral, una función con bastidores y aplausos al cierre. Aquí conviven la experimentación formal de corte vanguardista con el desorden desfachatado de la murga y el erotismo más intenso. La sensualidad del amor entre mujeres insinúa otra posibilidad leer el texto como si se tratara de una versión heterodoxa del bíblico Cantar de los cantares.

“El jardín es un resumen de la civilización”, escribía Pessoa. En el libro de Bellessi este orden aleatorio de lo cultivado es, en tanto belleza disciplinada, lo opuesto al bosque pasional. Ese estar y cuidar apegado a los ritmos de la tierra juega a los ecos con el nomadismo de Crucero ecuatorial y parece responderle. “Tener un jardín es dejarse tener por él y su eterno movimiento de partida”, insinúa uno de los textos más emotivos del libro. Los poemas de Sur; aún inédito, se conectan, en su problemática, con Danzante de doble máscara, una obra muy anterior. Ambos exploran la memoria cultural de América a través del mito encamado en el habla de los personajes. Sobre el final, un reportaje inteligente y sensible a cargo de las poetas Alicia Genovese y María del Carmen Colombo permite que Bellessi despliegue frente a los lectores algunas de las claves privadas de una obra que ha logrado, como pocas otras, construir una erótica del arte.

 

Por Viviana Da Re

A través de dos décadas de producción sostenida y refinada, la escritura de Diana Bellessi ha dado cuerpo a una de las obras más personales y valiosas de la poesía argentina contemporánea.

El colibrí es el pequeño mensajero de los dioses; desde el principio de los tiempos sopla profecías y rescata almas. Por su ayuda llegaron los toltecas a la ciudad sagrada y los aztecas obtuvieron el calor del sol. Día y noche trabaja y, al volar, lanza relámpagos Este mito americano da título a la antología de la obra de Diana Bellessi (Libros de Tierra Firme Colección Poetas de Hoy). Como señala la autora “Un mito es una imagen participada y una imagen es un mito que comienza su aventura”. Aunque sus libros se hallan poblados de imágenes de pájaros y aves (desde aguiluchos hasta lechuzas; desde el martin pescador hasta el pato sirirí), la elección del colibrí para nominar y definir su poesía implica una opción ideológica: son las voces silenciadas de América las que habitan muchos de sus poemas; disonantes, oprimidas e interdictas constituyen el habla, el aliento del poema.

Tal como señala Jorge Monteleone en el estudio preliminar que abre la edición, esta “poesía respirada” también se reconoce en los inmigrantes europeos que vinieron a “hacerse la América”. El tópico del viaje funciona como principio constructivo de los primeros libros de Bellessi. Con Buena travesía buena ventura pequeña Uli (Editado en 1991, pero escrito en 1974) se inicia esta poesía itinerante donde los: elementos autobiográficos conviven con la crítica social y con un singular uso de las formas pronominales que dificulta la identificación del sujeto.

En Crucero Ecuatorial (1980), los poemas construyen una suerte de diario de viaje, escrito desde la memoria de una travesía por Latinoamérica. La imposibilidad de hablar que se establece durante la d dictadura conduce a Tributo del mudo (1982), libro en el que el silenciamiento, la tachadura de seres y cosas obliga a decir de otro modo. Como en Juan L Ortiz, la experiencia unitiva del paisaje sumada a la lectura de los poemas chinos acerca algunos poemas a una búsqueda metafísica manifiesta en la proliferación de preguntas.
Danzante de doble máscara (1985) incorpora un mito americano: ya no es Orfeo quien canta, sino Waganagaedzi el gran andante de la cultura toba, cuya sola presencia transforma mágicamente la realidad. La dualidad del texto encarna en dos tradiciones (la americana y la europea) que no llegan a unirse.

Con Eroica (1988), Bellessi llega al máximo grado de experimentación formal. El juego con los blancos; el desequilibrio vertiginoso de los poemas se une una lección temática poco explorada y de clara intención política: el amor entre mujeres. La problemática del cuerpo y del deseo femenino encuentra aquí su voz El jardín (1992), inaugura una etapa de reflexión. No ya el recuerdo sino la construcción de un lugar dentro de cuyo orden se instala la posibilidad cierta de la muerte. En continuidad con ese lineamiento, Sur (inédito) particulariza la elección de un topos simbólico (de larga tradición en la literatura nacional) al mismo tiempo que profundiza la integración con el paisaje con templado.
La acertada inclusión de una entrevista realizada por las poetas Alicia Genovese y María del Carmen Colombo permite el acercamiento a estas voces femeninas que dialogan intensamente sobre la poesía de Diana Bellessi. La misma, corno el colibrí, continua la búsqueda del Ivimarae’i, la “Tierra sin Mal” esa aldea utópica a la que se persigue aún con la certeza de no encontrarla
jamás.