REVISTA GANDHI - LO PROPIO Y LO AJENO

LA EPIFANÍA POLIFÓNICA


Por Mercedes Roffé


“La tarea central de mi vida ha sido la escritura del poema” afirma Diana Bellessi en el prólogo a Diez poetas norteamericanas, sus traducciones de un sector significativo de la poesía norteamericana actual. Buena travesía, buena ventura pequeña Uli (1974). Crucero Ecuatorial (1982), Tributo del mudo (1982), Danzante de doble máscara (1985), Eroica (1988) y El jardín (1992) son hitos que confirman la centralidad de esa tarea. Y «como una  cronología paralela —explica Bellessi— estas escrituras originadas casi siempre en la exigencia de sostener una voz pública en congresos y presentaciones de diverso orden».

Así surge Lo propio y lo ajeno, como recopilación de ensayos, prólogos y reseñas escritos entre 1984 y 1996. Escritura reflexiva, una de las metástasis, según Bellessi, junto a la enseñanza y la traducción, de esa actividad central que es la concepción del poema: «Permanecer atenta a lo inútil, porque allí es donde se alza la epifanía». Los textos de Lo propio y lo ajeno parecen articularse a partir de una serie de preguntas inscriptas en el texto no más que como la estela que deja el intento, la voluntad de ensayar una respuesta: ¿cómo se inserta la escritura de las mujeres en una tradición que las entrampa en el lugar del producto: “El poema eres tú”? ¿No hay mujeres que escriben “como víctimas involuntarias... o cómplices voluntarias del poder”? ¿ Y cómo pensar a las otras, las que escriben desde el impulso y la espontaneidad; “arma.., del padre, en la pretensión de garantizar su propia hegemonía”? ¿Qué diferencias legitiman una escritura femenina? ¿Cuáles serían algunas de sus peculiaridades?

Lo importante no es cuán sutilmente alguien haya formulado la pregunta, desde qué ideología o con qué predisposición: el candor o la ignorancia dan tanto pie a la reflexión como la mala fe o el prejuicio. A veces, nombres como cuerdas bien pulsadas desencadenan la meditación: Pizarnik, Mistral... Otras veces, como en la sección «Misceláneas», el comentario surge a partir de las obras de un recorte muy específico de poetas contemporáneas: Tamara Kamenszain. Niní Bernardello, Soledad Fariña, Alicia Genovese, María del Carmen Colombo, Fina García Marruz y otras.

A veces la pregunta que se reconstruye se parece más a una queja, la protesta de una comunidad que le exige al modelo que no se mueva, que se quede congelado en una cara un momento de su historia, que por alguna tazón es la que más cómoda le resulta a esa comunidad. A veces la pregunta se hace explícita en el texto con el candor con que el discípulo alzaría los ojos hacia el maestro: «Nuestra época. ¿Sobre qué escribe?». Y otras veces aun es la autora la que historiza la aparición de las distintas voces en la fuga que componen sus interrogantes. «Paralela a la pregunta por el género —ser mujer y la revisión feminista otorgó un instrumento—, no cesó de resonar en mí otra pregunta: la del mestizaje o hibridación del espíritu... » 

Las preguntas se suceden, más o menos personales, más o menos específicas. ¿Qué autores traduce? ¿Qué libros leía en los sesenta? ¿Qué caracterizó su generación? ¿Qué significa ser argentina, mestiza, lesbiana, hija de campesinos, poeta, mujer de cierto orden, modelo de cierta edad? ¿Cómo entra el paisaje en el poema? Cuando la fisura se hace un hueco en el que se desvanece el sentido y sólo la nada avanza ¿cuál es el camino que conduce a la reparación?

En “Sobrevivir en la diferencia”, Bellessi confiesa que si pudiera elegir una comarca elegiría los versos de Madariaga. «Siempre he deseado su escritura -dice – como ninguna otra. » Comarca deseable su curiosidad, envidiable su asombro ante todo lo vivo, desde el musguito en la piedra a la mujer chamán que canta los cantos prohibidos en la cumbre de la cordillera; del ¿quién soy? al acercamiento amoroso del ¿quién eres?, ¿quiénes son ustedes?, partes de mí, hermanas y hermanas cuyas facciones no veo en mi retrato, pero sé que están ahí. ¿Quiénes somos? Qué responde Diana Bellessi a estas preguntas me interesa menos adelantar aquí que asomarme a algunos de los procedimientos por los cuales aborda la aventura de esbozar sus respuestas.

Silogismo: en «La construcción de la autora: una poeta lesbiana», Bellessi apunta: «La construcción de la autora es un largo esfuerzo de la voluntad en el texto y en los actos públicos...». Si los textos de Lo propio y lo ajeno responden, como se dijo antes, a la exigencia de sostener una voz en congresos, presentaciones y otros actos públicos, lo que se desprende es que estos textos son parte de ese esfuerzo de la voluntad que es la construcción de la autora. Esto es, cada pregunta, propia o ajena, daría pie, de algún modo, no sólo a una mera respuesta sino al cincelamiento de alguna de las múltiples facetas que en el devenir de una vida van construyendo esa obra monumental, por sabia mano gobernada —la mano que dibuja, en el dibujo de Escher—, que es la autora.

¿A través de qué imágenes paradigmáticas se construye en el texto esa figura, la autora —puesta pública de un modelo o arquetipo móvil, de base autobiográfica y, como tal, ficcional—, para sí misma y para su comunidad de lectoras? La más obvia, analizada en el ensayo mencionado, es sin duda la de «la amazona desafiante, acorazada por la certeza ontológica de su ser y su deseo». Pero, como Bellessi señala, «el yo del autor se despliega polifónicamente en una construcción múltiple». Una imagen, una voz, una cara no hacen a la autora. Es necesario que una diversidad de figuras, voces, máscaras, momentos se reemplacen, se sucedan, como esas cartas del Tarot que les servían a los personajes de Calvino para ir narrando ante otros y para sí mismos la historia de su vida, hasta el hechizo del hoy, la noche, la mudez, la entrada en el castillo.

Así, frente a otras escritoras congregadas en una mesa redonda, el yo —siempre ausente y ubicuo— es Cenicienta, que quisiera «venir con sus suntuosos harapos y bailar con sus amigas... divertirse y pensar en vivo —no en vitro—, contradecirse, avanzar, recular, descubrir algo nuevo». Ante el «recuerdo suntuoso de Pizarnik, el yo rechaza la mustia guirnalda de «conocida» o «amiga» y se corona «su heredera». Una línea más abajo «la primogénita abdica de su estado de tal” sólo para oírse llamar, en la próxima página, «el angelito”, deplorable condición de la que no puede sino volver a abdicar: «Ningún angelito. He rasgado corazones de niños. Soy mala, muy mala, la más mala...», otra figura. La galería se despliega: la aprendiz de hechicera, la loca del Tarot, la idiota de la familia... Entre las tres hijas de Zeus Atenea, Afrodita, Artemisa, «hija de su padre y madre de sus hijas”, la que une en la gracia de un salto Bosque y Cultura. ¿Es difícil adivinar tras qué perfil se esconde el perfil de la autora? Pero por tentadoras que sean las máscaras, si a algo la autora debe resistir es a la exigencia de hibernar bajo el rigor de ninguna de ellas. Ser es ser todas a la vez y sucesivamente: modelo móvil. Narración. No máscaras, mitos-módulos que ayuden a percibir el yo en su historia. Su generación, su comunidad, en los sueños de una edad que se fisura «como una leyenda levantada sobre el vacío del desierto...». La amazona se corre. Se saca la coraza. Mira a su alrededor. ¿Qué halla? En lo personal: la pasión madura, la capacidad de actualizar «una universalidad nunca alcanzada en el corazón», la capacidad de mirar a otros sin sentirse amenazada y sin fundirse. ¿Y la época, nuestra época, nuestro mundo? ¿Se estancará hasta la total extinción, por abuso, por descontrol y avaricia? «El retorno a lo arcaico es una acción... Se vuelve atrás para seguir.., »

Máscara y mito confluyen en la construcción de una voz, de una vida de autora. Pero ése no es más que un principio. Más cara y mito son los modos en que un yo y un mundo se hacen inteligibles: los modos en que una mirada «atenta al pulso de la historia» como la de Bellessi hace inteligible para sí misma y para su comunidad de lectoras y lectores su lúcida percepción del mundo.