Página 12, Radar Libros, 19 de noviembre de 2002.

Mate cocido

Diana Bellessi
Grupo Editor Latinoamericano

por Ariel Schettini

"Así está hecha mi gente/ son de acero y son de ley" y "Segundo David Peralta, alias Mate Cosido (sic)/ Resistió fuera de ley, resistió fuera de ley" son las dos citas (respectivamente de la Mona Jiménez y de Gieco/Chumbita) que abren el último libro de Diana Bellessi y que describen de manera precisa los propósitos literarios de Mate cocido. Se trata de encontrar el lugar para hablar, o para cantar, que está al mismo tiempo fuera de la ley (como el bandido) y que al mismo tiempo es la ley (como la Mona).
Alguien podría decir que esa fórmula de la legitimidad de la voz es, justamente, lo que define a la literatura gauchesca y probablemente a toda la literatura argentina (incluidos Sarmiento, Gutiérrez y Payró). En todo caso, seguramente incluye a toda la literatura que se piensa desde lo rural y desde lo popular. Pero en todos estos ejemplos hay muy poca "literatura femenina". Si Mate cocido es un hito en la historia de la literatura es precisamente porque es el primer libro de literatura gauchesca escrito por una mujer. Y, sobre todo, por una mujer feminista.
Ése quizá sea uno de sus hallazgos más notables, aunque no el único.
Escrito en unos versos cortos, como si se tratara de coplas, los poemas de Bellessi retornan al siglo anterior de nuestra literatura para narrar el siglo que viene, pero siempre contando un relato marginal y siempre contando un relato "colectivo". Porque, como en la literatura gauchesca, se trata de discutir con dos leyes: la ley de los hombres (el ejército, la justicia, la policía, los indios) y las leyes de la naturaleza (la pampa, el ombú, la intemperie, el desierto).
Diana Bellessi ya había contado los debates con la naturaleza y la distante familiaridad con ella en su libro El jardín, donde trataba con ese espacio doméstico y limítrofe entre el instinto de la naturaleza y las leyes de la poda, el cantero y la institución. Mate cocido va un paso más allá, hasta los pobladores del límite y por eso está lleno de personajes, recuerdos, y "enseñanzas" como las del Viejo Vizcacha.
Diana Bellessi es conocida en el mundo literario por su voz de lectora. Una voz que busca la neutralidad del locutor de radio de los inicios de la radio o, quién sabe, el tono amanerado y extático de la maestra rural. Lo cierto es que su voz está tan ligada a los poemas como la escritura misma. Quizá sea por eso que su último libro está poblado de pájaros. Zorzales (los de la naturaleza y el del tango), mirlos, alondras y lechuzas vienen a decir que la poesía todavía no se despegó del canto, y es en la voz (en la memoria) donde todavía vive. En eso también recupera ese espíritu de los versos gauchescos que siempre trabajan el tema del canto y la poesía pensada siempre como diálogo y como socialidad: "como el ave solitaria/ con el cantar se consuela".
Por eso este libro es una marca fundante y, al mismo tiempo que discute con toda la tradición argentina, es tan moderno. La mirada de Bellessi es una mirada penetrante que trata de buscar cuáles son las fórmulas de nuestra cultura para desenmascararlas y exhibir sus mecanismos. Toda cultura, claro, se puede reducir a una serie de fórmulas productivas que la constituyen y que nos imponen un límite de acción. Mate cocido, alejado del vicio confesional de la "poesía femenina", tiene el poder de nombrar el límite. Para eso busca en los personajes-límite de nuestro presente: "el bolita", "los negros", "los militantes políticos", "las mujeres cómplices", el "drag queen"; pero también en los que le dio la literatura: Martín Edén, un personaje de Jack London (escritor inglés y socialista), Robin Hood, Romeo y Julieta... Todos marginales y al mismo tiempo todos en estado de lucha. Porque si algo define a este libro es su busca de los espacios donde se dan las luchas.
todo eso con humor. No se trata de un libro de lamento por las pérdidas, ni una fetichización de la autenticidad de la pobreza (tan de moda, por otra parte), sino todo lo contrario: casi un libro feliz en el que las verdaderas identidades se reconocen en el lugar en el que se discuten: unas mujeres inglesas se desnudan para hacer dinero, dos mujeres escapan de la ley y se encuentran con la aventura, o el rufián que esclaviza inmigrantes para la industria textil o para la prostitución hace de esa cárcel su reino de infamia.
Ése es el tono del libro: maleantes y policías reunidos en una especie de fiesta dionisíaca, trágica y excesiva, pero también con momentos de alegría frívola o sorpresa del detalle ínfimo y sin valor de cambio.
Ese mundo en movimiento que muestra Mate cocido es también uno de los temas que recorre la obra de la autora. El mundo como un lugar de oportunidades, como choque azaroso de cosas que no se convienen, que generan la posibilidad del activismo, de la conciencia, de la fascinación del mundo. Si hay un modo de definir la obra de Diana Bellessi es la de una lengua que busca su oportunidad, o su momento de descubrimiento, para expresarse. Por eso sus poemas parecen hablar siempre del conflicto del presente. En fin, como en la literatura gauchesca: imposible de desatar la eternidad de la lengua, si no es iluminada por lo más inmediato, por lo más urgente, es decir, la oportunidad pensada siempre como arma política.

Vox Virtual Nº 14

 

Mate cocido / Diana Bellessi

Nuevohacer - Grupo Editor Latinoamericano

Buenos Aires, 2002

 

Por Beatriz Vignoli

 

Cuesta entrar en los poemas casi ideogramáticos de "Mate cocido", pero, una vez que se da con la clave (clave espiritual, anímica), el libro es como uno de esos refugios terrenales paradisíacos que luego de descubrirlos nos dejan preguntándonos: ¿cómo pude vivir tantos años sin esto? Terminar de leer y releer estos ochenta y siete poemas deja con la sensación de que "Mate cocido" es un título injustamente humilde, ya que la manera que tienen de nutrir el alma los asemeja más a un "Guiso carrero" (título de uno de los poemas). ¿Y qué escribir sobre ellos, cuando la sensibilidad y la emoción nos superan? Libro inasible para la mente éste, precisamente por la cercanía afectiva de su tono y de sus temas, y por la sincera claridad con que demuestra esto: que es posible hacer buena poesía con buenos sentimientos. Quienes crean que no, pertenecen a esa zona biófoba del Modernismo para la cual, como dice el tango, el mundo fue y será una porquería... entonces, si nada fuese amable, la buena literatura sólo podría brotar del desprecio... Contra semejante blasfemia se alza la voluntad política de Diana Bellessi. Con muy amables maneras nos demuestra la falsedad del dogma gnóstico que dice que el mundo es todo malo: esa (se reflexiona después de la lectura) no es otra que una verdad a medias inculcada por aterrorizadas madres urbanas, y Bellessi –al igual que su más noble antecedente, la poesía romana clásica–, no ha renegado nunca de su origen rural. El mundo de "Mate cocido", que retorna un poco al de sus primeros libros, es natural casi hasta lo bucólico, pero jamás aburre. Al contrario, es rico en toda una minucia de acontecimientos. Vinculados afectuosamente entre sí, los personajes se repiten de poema en poema, y van armando una especie de saga familiar: Talita Kumi y Zokol, los perros, sufren un destino que es compadecido por algunos de los humanos, entre ellos "el Tata" y la poeta misma. Además están los niños, las amigas, la hermana, y los antepasados, estos últimos presentándose en "nítidas" visitas (¿fantasmas?). Animales, plantas, hombres y mujeres de diversas razas: todo es elevado a la misma dignidad. El yo lírico es menos un centro que una atmósfera de emoción para estos seres, cantados con una voluntad de épica menor. La experimentada voz, segura y firme, que dibuja este mundo (y que se da el lujo de mostrarse vacilante sólo por amor) celebra la belleza de todo lo viviente: "En la mañana gris/ campanitas/ salpica entre las ramas/ esta magia" ("Ipomeas"); "no quiero irme, mundo/ tan hermoso" ("Don Eduardo"); "Tan justa me parece/ la oportunidad de vivir Dios nuestro" (Fantasy) y en esta plegaria de gratitud se incluye una mirada afectuosa sobre lo que otros espíritus religiosos, en su fanatismo, desecharían como productos artificiales: "Ah, estrellitas taiwanesas de mi lápiz/ glint stars..." (Fantasy). El concepto benjaminiano de "redención" viene a la mente en relación con esta actitud, que bendice la obra humana. ¿El poema puede cantarse a sí mismo, entonces? Claro, son poemas de amor de lo que se ama también a sí mismo, se ama y se restaura. El deseo activo de todo bien, sanador de todo daño, tal el poder eficaz de esta poesía, su magia blanca. El canto celebratorio de aquello cuya experiencia incluye al sujeto, abarca a la poeta como habitante de una felicidad siempre provisoria, y nunca del todo ajena al paso del tiempo. Con sagaz prudencia, esta voz lírica no sucumbe a la fascinación ideal de lo sublime: ni siquiera se deja obnubilar por el vértigo de la total insignificancia. "Qué manera de anhelar/ la insignificancia. Sólo/ ella brilla como gema/ y parece no banal", dice la primera estrofa del poema "Novecento", como si la mayor cantidad pensable de abyección o de nada cupiera en la medida de un: "¡Qué manera de llover!" Pese a rozar los límites de la rarefacción y el hermetismo, esta palabra busca y encuentra su mesura en el decir popular. Con todo su cotidianismo, esta es una poesía de alta condensación lírica, que cuando atiende al ritmo de la cumbia lo hace para enrarecerse, abreviarse. La tensión resultante es un problema de quien lee y ve desafiadas a cada verso sus expectativas de hallar algún rasgo populista en las referencias a lo popular. Lo político, en esta poesía, es no violento: su lúcida y acrisolada conciencia se traduce en una desinteresada ternura. Esa ternura y ese respeto abren precariamente un paraíso en la tierra: precariedad que pide un poema siguiente, que demanda la repetición del gesto que volverá a abrir el cielo. Hay un lugar humano en cada uno de estos poemas, un lugar donde habitar, donde el alma puede hallarse en casa. No odiar, no temer, parece ser el mandato ético tras estos versos, cuya apariencia superficial de panteísmo franciscano es engañosa, ya que primero se elige con cuidado el objeto de amor: siempre entre los inocentes. La inocencia de los seres puros es defendida aquí, bien defendida contra el discurso perverso del poder. Amor y lucha son indisociables, en esta lírica en lucha por lo bello del mundo.

Una tierra sin mal

 

Po Jorge Monteleone

 

«Todo poeta –escribía Machado que afirmaba Juan de Mairena– supone una metafísica; acaso cada poema debiera tener la suya –implícita, claro está–, nunca explícita». Quizás esta profesión de fe no pueda generalizarse y no toda poesía supone un sistema para pensar el mundo y el más allá de las cosas: tal vez ciertos poemas se hallen en la cercanía, en el abierto despliegue sensorial de los objetos, y en su epifanía se recrean. Sin embargo, la poeta argentina Diana Bellessi (Zavalla, 1948), que con esta notable antología por fortuna comienza a conocerse mejor en España, produjo una perfecta síntesis entre una poesía sensitiva, afirmada en la inmediatez de la mirada y en el esplendor de las formas, y un verdadero pensamiento poético, de enorme coherencia conceptual. La feliz selección de Ana Becciu para esta antología está centrada en tres libros fundamentales de Diana Bellessi, pero su intención es hacer girar este bello y breve volumen en torno a varios ejes temáticos de su poesía, representados por tres de sus libros fundamentales: El jardín (1993), Eroica (1988) y Sur (1988), en ese orden.

La confluencia de una contemplación afín a la mística, la poesía como tesoro del lenguaje, se reúnen desde el principio en Bellessi con un profunda impronta social, de un modo completamente novedoso. No es la ilusión referencial ni documental lo que la anima, sino la capacidad lírica de ver el mundo en el arrebato de una gracia del lenguaje. La poesía de Diana Bellessi inicia su tarea de puntillosa demora en lo imperceptible, lo efímero, lo diminuto, lo latente, lo delicado que arrebata la mirada hacia la naturaleza. Halla su campo de visión privilegiada en el jardín, para magnificarse luego hacia el sur, el vasto espacio de la piedra y el cielo y las frondas americanas donde la visión sacraliza el paisaje. Pero allí, nuevamente, retorna la minucia del detalle: como si el jazmín y el ave fueran una ancha geografía para explorar. Allí, un rumor de voces soterradas habla en el oído de la poeta, que canta con ellas: las voces anónimas que se hallan en los dichos y los cantos de los pueblos americanos.

Eroica, por su parte, representó el momento crítico de la poesía de Bellessi. La forma tiende a estallar en una ocupación del espacio de la página que no acierta con su centro, el sujeto se vuelve inestable y móvil. Los poemas de Eroica reiteran el vínculo inexorable entre cuerpo, texto e imagen, así como el lazo entre mirada y deseo. Es un libro que vindica la trama universal del amor, una épica del eros feminizado, como sugiere su título. La función unitiva de la energía erótica, que sostiene la alteridad en la semejanza, desde la belleza incandescente del amor lésbico hasta la belleza aurática del mundo, que halla su cauce en el poema. Este libro tuvo una importancia decisiva para las nuevas generaciones de poetas argentinas que le siguieron./p> En la poesía de Diana Bellessi, toda contemplación, toda voz lírica, todo vínculo amoroso se vuelven actos de una comunión, formas solidarias de lo humano, cifras de la gracia que en el poema repiten o anuncian aquella antigua utopía americana: una «tierra sin mal».

La palabra como casa y familia

A propósito de su último libro, Mate cocido, Diana Bellessi, una de las poetas más importantes de la Argentina, habla en esta entrevista de su niñez de campesina, de sus viajes y de su vocación de "oyente". Además, se publican dos de sus poemas inéditos

 

Por Jorge Monteleone

Para LA NACION - Buenos Aires, 2003

 

Cuando Diana Bellessi abrió la puerta, vi una rápida claridad verde en el fondo de su casa. Estábamos en la ciudad de Buenos Aires, en Palermo. Al dejar atrás la calle ruidosa, al atravesar el largo corredor que lleva hasta el último departamento, nada hacía sospechar ese lugar: un patio amplio y sereno y luminoso rodeado de plantas y flores, de sombras entrelazadas, de pétalos nítidos, una espesura de hojas que desviaban el ojo hacia un secreto de plenitud. "Ese es mi jardín", me dijo Diana Bellessi. No puedo evitarlo: ese jardín fue de inmediato para mí el jardín de sus libros.

 

Mitos personales

Diana Bellessi (1946) proviene de una familia que se instaló en Zavalla, provincia de Santa Fe. Sus padres vivieron primero en una casa familiar con todos sus parientes campesinos, luego en un ranchito alquilado en el linde del pueblo. Allí, cuando tenía siete años, su madre llamó su atención al encender por primera vez la luz eléctrica como un acto cargado de magia y extrañeza para esa niña que sólo conocía la luz de los faroles. Desde entonces, la luz amarillenta encendida en los ranchitos resumió para ella una especie de felicidad. Finalmente, vivió en una de esas casas que los planes de vivienda del peronismo facilitaron a las clases populares. Sus padres nunca descuidaron la educación de sus hijas y Diana, que reverencia su origen, estudió Filosofía en la UNL. "Ellos quisieron ponerme al alcance el vasto mundo -declaró alguna vez-, no para perderme, sino para volver a casa." Ese es su primer mito personal, cuyos comienzos reaparecen en su último libro, Mate cocido . Su gran viaje latinoamericano es el segundo, y se recupera en su segundo libro publicado: Crucero ecuatorial , de 1980, escrito en una semana, durante la dictadura, como en un rapto del recuerdo.
Entonces no fue el acotado jardín, sino el vasto territorio americano de selvas y de torrentes, de ciudades coloniales y de pueblitos terrosos, el primer escenario de sus poemas. Nacieron de una experiencia única. Entre 1969 y 1975 Diana Bellessi recorrió toda América latina por sus propios medios. Fue una verdadera iniciación. Estuvo en Estados Unidos, conoció París, pero su viaje latinoamericano la marcó para siempre. En su poesía regresó de muchos modos a ese rasgo nómade, vinculado a cierto animismo del paisaje que sólo se da mediante el ejercicio de las sensaciones: tocar, ver, gustar. Y además mediante la restauración poética del hecho vivido. Los poemas de Bellessi siempre recuperan una circunstancia, por ínfima que fuese.
Otro de los acontecimientos decisivos de su vida fue encontrarse con los textos de Alejandra Pizarnik. Un día tocó el timbre de su casa. "Con el gesto omnipotente de aquellos días, la obligué a conocerme", escribió en su ensayo "Un recuerdo suntuoso". Y además: "Me había encontrado con ella en estado de inocencia, y todo pasó por el cuerpo del texto. Me enseñó como nadie hasta entonces, sin instaurarse en maestra, juegos de verano que se muestran las niñas entre sí". En el año 1972, antes de llegar a Puerto Angel, Oaxaca, durante su gran viaje, Diana pernoctó tres días en una cabaña de la sierra para tomar hongos santos. Vio a Alejandra cruzar una hondonada vestida de celeste. Al día siguiente alguien le preguntó por ella en la ciudad: "¿Sufría mucho, no?". "Pregúnteselo a ella", respondió la escritora, a lo cual el otro replicó: "No puedo. Está muerta".

 

La mudez del horror

Diana regresó a la Argentina en 1975. Vivió en hoteles pobres y luego en el actual Fuerte Apache. Luego del golpe que impuso la dictadura militar de 1976 varios allegados a la poeta fueron desaparecidos. Se refugió en una casita del Delta y al comienzo su poesía enmudeció en medio del horror. Luego tuvo una forma de respuesta: comenzó a escribir lentamente, durante cinco años, su libro Tributo del mudo , publicado en 1982. Allí comenzó verdaderamente uno de los rasgos más eficaces de su poesía: hallar en el poema las formas de la belleza y de la gracia del mundo natural. Era su modo de salvar el lenguaje para una sociedad ganada por el discurso oficial del exterminio, donde la palabra estaba despojada de su valor.
En la década del ochenta, ya comenzada la democracia, publicó dos nuevos libros de poesía: Danzante de doble máscara (1985), donde se recrean mitos latinoamericanos, el mundo de la conquista y, por primera vez, el mundo de los antepasados inmigrantes. Y otro que sería fundamental para las nuevas generaciones de poetas argentinas: Eroica (1988). Ese libro no sólo fue una celebración del amor lésbico y la confirmación poética de una militancia cultural feminista que Bellessi llevó con gran inteligencia y tenacidad. Fue también un gesto de rescate político y humanista de lo subalterno en cuanto se halla fuera de la ley -de la ley del padre, de la ley dominante, de la ley consuetudinaria-, un rescate de la mujer, del outsider , del oprimido. No es casual que durante dos años la poeta coordinara talleres literarios en las cárceles argentinas. Reunió los textos de esa tarea en la antología Paloma de contrabando (1988).
Diana Bellesi obtuvo un reconocimiento internacional en la década del noventa, que fue de un enorme crecimiento en su producción cultural y en la que publicó dos libros de poesía fundamentales, El jardín (1992) y Sur (1998); otro que había escrito hacía muchos años, Buena ventura, buena travesía pequeña Uli (1991); un libro de ensayos, Lo propio y lo ajeno (1996); una antología de su obra poética, titulada Colibrí, °lanza relámpagos! (1996); la traducción de poemas de la gran escritora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin, Días de seda (1991) y un libro escrito entre ambas, en el cual se traducen mutuamente, The Twins, the Dream (1996, conocido en español como Gemelas del sueño ). Bellessi retoma asiduamente su afición por traducir poesía. Publicó, por ejemplo, una valiosa antología de poetas norteamericanas contemporáneas, Contéstame, baila mi danza (1984) y recientemente tradujo a la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen: Desnuda y aguda dulzura de la vida (2002). Hasta la publicación de su último libro, Mate cocido , que es el motivo de esta entrevista.

 

El poeta como oidor 

 La utopía literaria de Diana Bellessi reside en que las cosas y las mujeres y los hombres literalmente hablen a través del poema, aun cuando el yo lírico esté borrado o ausente. El poeta es el que se esfuerza en escuchar la pequeña voz del mundo y las múltiples voces de la calle y las voces que todavía le hablan en la memoria individual. El poeta es un privilegiado oidor aun cuando sea, fatalmente, duro de oído.
"No hubiera pasado el año que pasó ni aquellos días de diciembre de 2001 si una multitud de gestos y de voces no hubiesen estado hablando allí desde hacía mucho tiempo -dice Diana-. Resonaba fuerte, aunque los artistas seamos medio sordos. Porque se tarda en escuchar a los otros, se tarda en escucharse a uno mismo, en escuchar nuestro pasado y a la gente que nos hizo. Lo poco que hacemos ocurre en ese proceso de ser duros de oído. Y lo somos porque nuestra sensibilidad está formada y atrapada al mismo tiempo por la cultura letrada, de la cual nos apropiamos, pero pertenece al poder que oprime: es una paradoja escandalosa y terrible vivida por el artista. Porque es un privilegiado respecto del verdadero desamparado social: no podríamos escribir pensando en cómo darle de comer mañana a nuestra familia cuando no hay nada para comer.
Por ello Mate cocido es a la vez un testimonio, una celebración y un balbuceo de lo que comenzó a ocurrir en la calle de estos años desolados de la Argentina y que aparece en el habla del prójimo. Y a la vez es el redescubrimiento y la añoranza de las voces de los ancestros, aquellos inmigrantes que se afincaron en Santa Fe y retornan en la dicción abierta de la poesía más autobiográfica de Bellessi. Todo aquello cifrado en ese emblema: el mate cocido.
"Así está hecha mi gente / son de acero y son de ley", reza el epígrafe tomado del tema "Mate cocido", de la Mona Jiménez, que abre el libro. Lo que Bellessi llama "mi gente" o los "nuestros", conforma un vasto circuito familiar, que va de aquellos que la rodeaban en la infancia a los otros que se unen en la manifestación pública, los excluidos que luchan en las ciudades y los humillados que resistieron en la pampa gringa: un espacio comunional de la cultura popular argentina en sus voces e historias.
"Escuchar la canción de la Mona Jiménez me evocó de inmediato el mate cocido de mi infancia y una escena particular", cuenta Bellessi. "Mis abuelos, que eran campesinos, contadini sin tierra que llegaron de Le Marche, arrendaron un campito en Santa Fe para trabajarlo y allí vivieron, en una de esas típicas casas chorizo, con sus hermanos, sus hijos, sus nueras, sus sobrinos, sus nietos y aquella población golondrina que llegaba para levantar la cosecha. Siguieron siendo contadini toda su vida. La gente que trabajaba en el campo, a media mañana y a media tarde, recibía de las mujeres y los niños, en un alto de su tarea, el mate cocido. Yo, la gringuita, iba con las mujeres cuando se lo llevaban a los hombres en unos tarritos de aluminio, con pan, queso y mortadela, eso mismo que los muchachos beben y comen en la canción de la Mona Jiménez. Me crié en medio de esa gente, escuchando el italiano, el español del litoral, el quechua, el guaraní. Todo el mundo venía a tomar el mate cocido, era el momento del descanso, de la conversación, del aprendizaje y yo escuchaba, escuchaba... Y entre las historias maravillosas que se contaban, se incluían algunas de aquel otro Mate Cosido, con "s", el bandolero rural que había atravesado esa zona del Chaco y de Santa Fe. Por eso también incluí en el comienzo del libro el epígrafe de Gieco y Chumbita: "Segundo David Peralta, alias Mate Cosido/ resistió fuera de ley, resistió fuera de ley". Era alguien del cual se hablaba con mucho cariño entre la paisanada y se lo veía como un vengador. Mate Cosido fue mi Robin Hood infantil.

 

La inquietud del presente

Antes de Mate cocido Diana Bellessi escribió otro libro de poemas, que pronto será publicado por Adriana Hidalgo editora: La edad dorada . Un libro complejo y armoniosamente rítmico, donde reaparece la gracia de las formas del mundo en un contexto de pura religiosidad popular cristiana, no institucional, propia de comunidades rurales. Como afirma la poeta, "se inicia con la fe de la gringuita pobre que, después de muchos circuitos, se reencuentra con la magia del pesebre primero, y con la Pasión después". Pero en varios poemas de La edad dorada , como la serie "Piqueteros", ya se anunciaba el tono de Mate cocido . En este libro hay cuatro espacios temáticos: el de la epifanía de las formas naturales; el de los poemas familiares; el del espacio de la interioridad cotidiana; el del conflicto social en el contexto histórico de los finales del menemismo y la aguda crisis que desemboca en diciembre de 2001".
"En los poemas donde aparece la naturaleza y la intimidad de la vida cotidiana rasgados por la memoria, bailo mi baile de nutrias nupciales: todo llega muy dulcemente", dice Bellessi. "Pero reclamada por la presencia del otro, por la vida en el presente de la historia que vivimos, se originan poemas atravesados por campos de fuerza mucho más conflictivos, donde un jadeo rítmico azota el discurso y lo convierte en algo inquietante. Corresponden a esa turbulencia del presente y me hallo en un sitio más incómodo, que me perturba y me emociona en su inestabilidad. Esos poemas le deben mucho a mis lecturas de los poetas jóvenes argentinos que comenzaron a publicar en la segunda mitad de los años noventa. La furia de esos poetas, junto con todo lo que ocurría en el país, produjeron una suerte de abdicación de las delicias del oficio que tiende a controlarse con el tiempo, un malestar conmigo misma que me hizo sentir la alegría de no tener tregua, no tener descanso ni nada aprendido para siempre en la vida del poeta. Pero a la vez se unió, en mi escritura, a cierta blandura de la voz propia que trajeron los años, la voz que se suaviza, es hablada por el otro, por la gente, y resigna toda pretendida sabiduría.

 

Casitas iluminadas

 

En ningún otro libro de Diana Bellessi hay, como en Mate cocido , un sentido de la morada, del espacio propio que a la vez se extiende al espacio público como un lugar de pertenencia. "Salvo que ese yo de los poemas, pasados los años, ya es en sí misma una casa", agrega la escritora. Sus moradas suelen escribirse en diminutivos, donde se hacen más entrañables: son siempre "casitas" o "ranchitos". Ella misma conserva su casita en el Tigre, en uno de los lodosos ríos interiores del Delta, al que llaman Arroyo Seco, donde se refugia a menudo a escribir y donde al caer la tarde sale a caminar lentamente por los alrededores, atisbando la vida familiar de los vecinos. Su poesía nace de experiencias como ésa.
"Ellos, los míos, que me lanzaron a esta aventura, y esta otra gente que me los vuelve a traer y son los míos también, son los nuestros", concluye Bellessi. "Yo quisiera escribir allí: un libro donde los nuestros estuvieran en cada gesto, en cada cosa. Y ojalá pudiese un día cantarlo, con la voz blandita como si una misma no hablara casi, y fuera sólo una de las muchas voces del coro."