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Página 12, Radar Libros, 19 de noviembre de 2002. Mate cocidoDiana Bellessi por Ariel Schettini "Así está hecha mi gente/ son
de acero y son de ley" y "Segundo David Peralta,
alias Mate Cosido (sic)/ Resistió fuera de ley,
resistió fuera de ley" son las dos citas
(respectivamente de la Mona Jiménez y de Gieco/Chumbita)
que abren el último libro de Diana Bellessi y
que describen de manera precisa los propósitos
literarios de Mate cocido. Se trata de encontrar
el lugar para hablar, o para cantar, que está al
mismo tiempo fuera de la ley (como el bandido) y
que al mismo tiempo es la ley (como la Mona). |
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Vox Virtual Nº 14
Mate cocido / Diana Bellessi Nuevohacer - Grupo Editor Latinoamericano Buenos Aires, 2002
Por Beatriz Vignoli
Cuesta entrar en los poemas casi ideogramáticos de "Mate cocido", pero, una vez que se da con la clave (clave espiritual, anímica), el libro es como uno de esos refugios terrenales paradisíacos que luego de descubrirlos nos dejan preguntándonos: ¿cómo pude vivir tantos años sin esto? Terminar de leer y releer estos ochenta y siete poemas deja con la sensación de que "Mate cocido" es un título injustamente humilde, ya que la manera que tienen de nutrir el alma los asemeja más a un "Guiso carrero" (título de uno de los poemas). ¿Y qué escribir sobre ellos, cuando la sensibilidad y la emoción nos superan? Libro inasible para la mente éste, precisamente por la cercanía afectiva de su tono y de sus temas, y por la sincera claridad con que demuestra esto: que es posible hacer buena poesía con buenos sentimientos. Quienes crean que no, pertenecen a esa zona biófoba del Modernismo para la cual, como dice el tango, el mundo fue y será una porquería... entonces, si nada fuese amable, la buena literatura sólo podría brotar del desprecio... Contra semejante blasfemia se alza la voluntad política de Diana Bellessi. Con muy amables maneras nos demuestra la falsedad del dogma gnóstico que dice que el mundo es todo malo: esa (se reflexiona después de la lectura) no es otra que una verdad a medias inculcada por aterrorizadas madres urbanas, y Bellessi –al igual que su más noble antecedente, la poesía romana clásica–, no ha renegado nunca de su origen rural. El mundo de "Mate cocido", que retorna un poco al de sus primeros libros, es natural casi hasta lo bucólico, pero jamás aburre. Al contrario, es rico en toda una minucia de acontecimientos. Vinculados afectuosamente entre sí, los personajes se repiten de poema en poema, y van armando una especie de saga familiar: Talita Kumi y Zokol, los perros, sufren un destino que es compadecido por algunos de los humanos, entre ellos "el Tata" y la poeta misma. Además están los niños, las amigas, la hermana, y los antepasados, estos últimos presentándose en "nítidas" visitas (¿fantasmas?). Animales, plantas, hombres y mujeres de diversas razas: todo es elevado a la misma dignidad. El yo lírico es menos un centro que una atmósfera de emoción para estos seres, cantados con una voluntad de épica menor. La experimentada voz, segura y firme, que dibuja este mundo (y que se da el lujo de mostrarse vacilante sólo por amor) celebra la belleza de todo lo viviente: "En la mañana gris/ campanitas/ salpica entre las ramas/ esta magia" ("Ipomeas"); "no quiero irme, mundo/ tan hermoso" ("Don Eduardo"); "Tan justa me parece/ la oportunidad de vivir Dios nuestro" (Fantasy) y en esta plegaria de gratitud se incluye una mirada afectuosa sobre lo que otros espíritus religiosos, en su fanatismo, desecharían como productos artificiales: "Ah, estrellitas taiwanesas de mi lápiz/ glint stars..." (Fantasy). El concepto benjaminiano de "redención" viene a la mente en relación con esta actitud, que bendice la obra humana. ¿El poema puede cantarse a sí mismo, entonces? Claro, son poemas de amor de lo que se ama también a sí mismo, se ama y se restaura. El deseo activo de todo bien, sanador de todo daño, tal el poder eficaz de esta poesía, su magia blanca. El canto celebratorio de aquello cuya experiencia incluye al sujeto, abarca a la poeta como habitante de una felicidad siempre provisoria, y nunca del todo ajena al paso del tiempo. Con sagaz prudencia, esta voz lírica no sucumbe a la fascinación ideal de lo sublime: ni siquiera se deja obnubilar por el vértigo de la total insignificancia. "Qué manera de anhelar/ la insignificancia. Sólo/ ella brilla como gema/ y parece no banal", dice la primera estrofa del poema "Novecento", como si la mayor cantidad pensable de abyección o de nada cupiera en la medida de un: "¡Qué manera de llover!" Pese a rozar los límites de la rarefacción y el hermetismo, esta palabra busca y encuentra su mesura en el decir popular. Con todo su cotidianismo, esta es una poesía de alta condensación lírica, que cuando atiende al ritmo de la cumbia lo hace para enrarecerse, abreviarse. La tensión resultante es un problema de quien lee y ve desafiadas a cada verso sus expectativas de hallar algún rasgo populista en las referencias a lo popular. Lo político, en esta poesía, es no violento: su lúcida y acrisolada conciencia se traduce en una desinteresada ternura. Esa ternura y ese respeto abren precariamente un paraíso en la tierra: precariedad que pide un poema siguiente, que demanda la repetición del gesto que volverá a abrir el cielo. Hay un lugar humano en cada uno de estos poemas, un lugar donde habitar, donde el alma puede hallarse en casa. No odiar, no temer, parece ser el mandato ético tras estos versos, cuya apariencia superficial de panteísmo franciscano es engañosa, ya que primero se elige con cuidado el objeto de amor: siempre entre los inocentes. La inocencia de los seres puros es defendida aquí, bien defendida contra el discurso perverso del poder. Amor y lucha son indisociables, en esta lírica en lucha por lo bello del mundo. |
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Una tierra sin mal
Po Jorge Monteleone
«Todo poeta –escribía Machado que afirmaba Juan de Mairena– supone una metafísica; acaso cada poema debiera tener la suya –implícita, claro está–, nunca explícita». Quizás esta profesión de fe no pueda generalizarse y no toda poesía supone un sistema para pensar el mundo y el más allá de las cosas: tal vez ciertos poemas se hallen en la cercanía, en el abierto despliegue sensorial de los objetos, y en su epifanía se recrean. Sin embargo, la poeta argentina Diana Bellessi (Zavalla, 1948), que con esta notable antología por fortuna comienza a conocerse mejor en España, produjo una perfecta síntesis entre una poesía sensitiva, afirmada en la inmediatez de la mirada y en el esplendor de las formas, y un verdadero pensamiento poético, de enorme coherencia conceptual. La feliz selección de Ana Becciu para esta antología está centrada en tres libros fundamentales de Diana Bellessi, pero su intención es hacer girar este bello y breve volumen en torno a varios ejes temáticos de su poesía, representados por tres de sus libros fundamentales: El jardín (1993), Eroica (1988) y Sur (1988), en ese orden. La confluencia de una contemplación afín a la mística, la poesía como tesoro del lenguaje, se reúnen desde el principio en Bellessi con un profunda impronta social, de un modo completamente novedoso. No es la ilusión referencial ni documental lo que la anima, sino la capacidad lírica de ver el mundo en el arrebato de una gracia del lenguaje. La poesía de Diana Bellessi inicia su tarea de puntillosa demora en lo imperceptible, lo efímero, lo diminuto, lo latente, lo delicado que arrebata la mirada hacia la naturaleza. Halla su campo de visión privilegiada en el jardín, para magnificarse luego hacia el sur, el vasto espacio de la piedra y el cielo y las frondas americanas donde la visión sacraliza el paisaje. Pero allí, nuevamente, retorna la minucia del detalle: como si el jazmín y el ave fueran una ancha geografía para explorar. Allí, un rumor de voces soterradas habla en el oído de la poeta, que canta con ellas: las voces anónimas que se hallan en los dichos y los cantos de los pueblos americanos. Eroica, por su parte, representó el momento crítico de la poesía de Bellessi. La forma tiende a estallar en una ocupación del espacio de la página que no acierta con su centro, el sujeto se vuelve inestable y móvil. Los poemas de Eroica reiteran el vínculo inexorable entre cuerpo, texto e imagen, así como el lazo entre mirada y deseo. Es un libro que vindica la trama universal del amor, una épica del eros feminizado, como sugiere su título. La función unitiva de la energía erótica, que sostiene la alteridad en la semejanza, desde la belleza incandescente del amor lésbico hasta la belleza aurática del mundo, que halla su cauce en el poema. Este libro tuvo una importancia decisiva para las nuevas generaciones de poetas argentinas que le siguieron./p> En la poesía de Diana Bellessi, toda contemplación, toda voz lírica, todo vínculo amoroso se vuelven actos de una comunión, formas solidarias de lo humano, cifras de la gracia que en el poema repiten o anuncian aquella antigua utopía americana: una «tierra sin mal». |
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La palabra como casa y familia
Por Jorge Monteleone Para LA NACION - Buenos Aires, 2003
Cuando Diana Bellessi abrió la puerta, vi una rápida claridad verde en el fondo de su casa. Estábamos en la ciudad de Buenos Aires, en Palermo. Al dejar atrás la calle ruidosa, al atravesar el largo corredor que lleva hasta el último departamento, nada hacía sospechar ese lugar: un patio amplio y sereno y luminoso rodeado de plantas y flores, de sombras entrelazadas, de pétalos nítidos, una espesura de hojas que desviaban el ojo hacia un secreto de plenitud. "Ese es mi jardín", me dijo Diana Bellessi. No puedo evitarlo: ese jardín fue de inmediato para mí el jardín de sus libros.
Mitos personales Diana Bellessi (1946) proviene de una familia que se
instaló en Zavalla, provincia de Santa Fe. Sus padres vivieron primero en
una casa familiar con todos sus parientes campesinos, luego en un ranchito
alquilado en el linde del pueblo. Allí, cuando tenía siete años, su madre
llamó su atención al encender por primera vez la luz eléctrica como un acto
cargado de magia y extrañeza para esa niña que sólo conocía la luz de los
faroles. Desde entonces, la luz amarillenta encendida en los ranchitos
resumió para ella una especie de felicidad. Finalmente, vivió en una de esas
casas que los planes de vivienda del peronismo facilitaron a las clases
populares. Sus padres nunca descuidaron la educación de sus hijas y Diana,
que reverencia su origen, estudió Filosofía en la UNL. "Ellos quisieron
ponerme al alcance el vasto mundo -declaró alguna vez-, no para perderme,
sino para volver a casa." Ese es su primer mito personal, cuyos comienzos
reaparecen en su último libro, Mate cocido . Su gran viaje latinoamericano
es el segundo, y se recupera en su segundo libro publicado: Crucero
ecuatorial , de 1980, escrito en una semana, durante la dictadura, como en
un rapto del recuerdo.
La mudez del horrorDiana regresó a la Argentina en 1975. Vivió en hoteles
pobres y luego en el actual Fuerte Apache. Luego del golpe que impuso la
dictadura militar de 1976 varios allegados a la poeta fueron desaparecidos.
Se refugió en una casita del Delta y al comienzo su poesía enmudeció en
medio del horror. Luego tuvo una forma de respuesta: comenzó a escribir
lentamente, durante cinco años, su libro Tributo del mudo , publicado en
1982. Allí comenzó verdaderamente uno de los rasgos más eficaces de su
poesía: hallar en el poema las formas de la belleza y de la gracia del mundo
natural. Era su modo de salvar el lenguaje para una sociedad ganada por el
discurso oficial del exterminio, donde la palabra estaba despojada de su
valor.
El poeta como oidor La utopía literaria de Diana
Bellessi reside en que las cosas y las mujeres y
los hombres literalmente hablen a través del
poema, aun cuando el yo lírico esté borrado o
ausente. El poeta es el que se esfuerza en
escuchar la pequeña voz del mundo y las
múltiples voces de la calle y las voces que
todavía le hablan en la memoria individual. El
poeta es un privilegiado oidor aun cuando sea,
fatalmente, duro de oído.
La inquietud del presente Antes de Mate cocido Diana Bellessi escribió otro libro
de poemas, que pronto será publicado por Adriana Hidalgo editora: La edad
dorada . Un libro complejo y armoniosamente rítmico, donde reaparece la
gracia de las formas del mundo en un contexto de pura religiosidad popular
cristiana, no institucional, propia de comunidades rurales. Como afirma la
poeta, "se inicia con la fe de la gringuita pobre que, después de muchos
circuitos, se reencuentra con la magia del pesebre primero, y con la Pasión
después". Pero en varios poemas de La edad dorada , como la serie
"Piqueteros", ya se anunciaba el tono de Mate cocido . En este libro hay
cuatro espacios temáticos: el de la epifanía de las formas naturales; el de
los poemas familiares; el del espacio de la interioridad cotidiana; el del
conflicto social en el contexto histórico de los finales del menemismo y la
aguda crisis que desemboca en diciembre de 2001".
Casitas iluminadas
En ningún otro libro de Diana Bellessi hay, como en Mate
cocido , un sentido de la morada, del espacio propio que a la vez se
extiende al espacio público como un lugar de pertenencia. "Salvo que ese yo
de los poemas, pasados los años, ya es en sí misma una casa", agrega la
escritora. Sus moradas suelen escribirse en diminutivos, donde se hacen más
entrañables: son siempre "casitas" o "ranchitos". Ella misma conserva su
casita en el Tigre, en uno de los lodosos ríos interiores del Delta, al que
llaman Arroyo Seco, donde se refugia a menudo a escribir y donde al caer la
tarde sale a caminar lentamente por los alrededores, atisbando la vida
familiar de los vecinos. Su poesía nace de experiencias como ésa. |