Por GONZALO AGUILAR
de Sophia de Mello Breyner Andresen
Adriana Hidalgo. 263 páginas.
Desde las cantigas galaico-portuguesas de Martin Codax del siglo XIII a los poemas imperialistas de Fernando Pessoa, el mar domina la poesía portuguesa. Un verso emblemático de Sophia de Mello Breyner Andresen define su relación con el mar: "mar sonoro, mar sin fondo, mar sin fin". La forma marina, en la poesía de Breyner Andresen, no es épica sino serena, no legendaria sino material. Es pagana como la de Pessoa, pero no para invocar una megalomanía patriótica sino para rescatar una ausencia: la de Antínoo, el joven favorito del emperador Adriano que murió en el Nilo y a quien se le rindió —por mandato imperial— culto divino. En Desnuda y aguda la dulzura de la vida, Antínoo es "orden intacto" y "sombra", promesa de "nocturno mediodía" y fracaso de "vivir la condición divina". Por eso es el personaje dilecto de estos poemas: marca la posibilidad de una mirada pagana y aguda sobre el "capitalismo de las palabras". Por eso, pese a su apego a la naturaleza, Breyner no deja de ser actual. La devoción por la luz y la naturaleza no implican una supresión de la historia sino lo contrario: los pocos poemas que toman el tema del compromiso o de la crítica social, ponen a los otros poemas bajo una nueva perspectiva. La búsqueda del poema limpio y riguroso no es producto de una huida sino la actitud de una escritora sin concesiones. "Che Guevara" o "Tierra sin mal" ("En busca de la tierra sin mal / Como los revolucionarios de mi tiempo / No encontraron nada") remiten a la opresiva historia portuguesa y al exilio, pero también a la promesa de una reconciliación con la naturaleza.
La edición bilingüe que realizó Diana Bellessi es algo más que una
traducción: es un diálogo donde la poesía de Breyner Andresen encuentra, en
nuestra lengua, una dicción y un ritmo. Se tiene la sensación de que la
autora encontró la invención en las dos lenguas y que sus poemas siguen
habitando en la transparencia aun allí donde la amenaza es más aviesa; en el
pasaje de una lengua a otra.
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A través de esta antología conocemos la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen, gracias a la selección y traducción de Diana Bellessi. Entre el portugués y el castellano pareciera haber una larga serie de afinidades musicales que estas cuidadas versiones confirman. La escritura de Sophia de Mello posee una transparencia que cautiva en su idioma, y lo entendemos sin necesidad de estudio, como si fuera una lengua aprendida en sueños, o en esa forma onírica que es la etimología.
¿De qué nos habla esta poesía cuya grandeza apreciamos desde el primer instante? Del mar, de Portugal y Grecia, de Orfeo y Eurídice recuperados en un paseo por Lisboa. O mejor: de la vacía evidencia de la vida que sin embargo se afirma como absoluto, ese “país de la apariencia donde cada cosa es”, según dice Sophia de Mello en una descripción de cierta experiencia reveladora. Pero sucede que esa experiencia estaba en ella desde siempre, en una búsqueda de la abolición de la muerte por el poema que con obstinación rigurosa quiere captar la luz, el mar y el viento. Y la revelación habría sido apenas una prueba de la propia verdad, una prueba de la palabra atravesando el azar de un viaje o peregrinación. Así aparece cada vez con más frecuencia en la antología el origen griego de la poesía, en visitas a Epidauro, en la rememoración de inspirados oráculos, en la ruina que sin embargo da muestras de una misteriosa persistencia.
Pero no hay dioses, y de allí el paganismo materialista de Sophia de Mello, hecho con la materialidad de la belleza, la intensidad de los instantes vividos, la certeza del dolor. Decimos paganismo en el sentido de que no hay ningún más allá, y ésta es la única vida, sacralizada por la muerte que le otorga un límite y un sentido.
La figura recurrente de Eurídice en los poemas de Sophia de Mello quiere decirnos algo más. Los encuentros son azarosos, e imprevisibles los momentos intensos, pero hay un hilo de palabras que nos uniría al otro, al que se va de espaldas, y entonces el ritmo perfecto del poema lo hace darse vuelta, mirar atrás por última vez, y comprobar que no hay repetición posible. La poesía entonces intentaría al mismo tiempo mantener la memoria de una vida cantada y perdida, pero también afirmar su unicidad.
Sophia de Mello hace que bailen las ménades, si usamos una expresión
suya, para que esos ritmos dictados, aprendidos hace tanto tiempo que su
origen se pierde en lo inmemorial, vuelvan a unir lo que ha sido separado.
Por Jorge Monteleone
Sophia de Mello Breyner Andresen es una de
las grandes poetas portuguesas. Nació en Porto en 1919, en el seno de una
familia aristocrática. Su afición por el mar griego y la luz azul del
Mediterráneo, poblada de antiguos dioses, comenzó con la temprana lectura de
Homero, en una traducción de Leconte de Lisle. Acaso ese interés la animó a
seguir estudios de Filología Clásica, pero los abandonó, reservando toda su
atención a la poesía, donde aquel mundo cultural reaparece de un modo menos
erudito que material. De formación católica, reservó para el poema una
tensión pagana que en ciertos momentos es tributaria de la breve obra de
Ricardo Reis, heterónimo de Fernando Pessoa.
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Su breve carrera política estuvo vinculada, antes que a una orientación
partidaria, a una concreta acción cívica. Luchó por la llegada de la
democracia a Portugal, fue diputada por el partido socialista para la
Asamblea Constituyente de 1975 y ese mismo año fundó la Comisión Nacional de
Apoyo a los Presos Políticos. Fue un ejercicio de libertad, que para Sophia
nunca estuvo demasiado alejado de un acto estrictamente poético y, a la vez,
espiritual. "La poesía -declaró- es una de las raras actividades humanas
que, en el tiempo actual, intentan salvar cierta espiritualidad. La poesía
no es una religión, pero no hay poeta, sea o no creyente, que no escriba
para la salvación de su alma -comoquiera que dicha alma se llame: amor,
libertad, dignidad, o belleza." Hace ya mucho tiempo es la poeta más
reconocida de su país, ganadora, entre otras distinciones, del premio Cam›es
en 1999 (el más importante de la literatura en lengua portuguesa) y una gran
candidata al premio Nobel de literatura. Por fortuna para los lectores de
lengua española, la poeta Diana Bellessi seleccionó y tradujo esta rica
antología bilingüe de la poesía de Sophia de Mello Breyner Andresen, que
recorre buena parte de su Obra Poética (la que fue reunida en tres volúmenes
hacia 1991 por la Editorial Caminho, de Lisboa).
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En esta poesía la exterioridad del mundo es el sendero propicio para hallar
la más plena manifestación del ser. En las cosas, en la luminosidad que se
abre en todos los contornos, en las mareas y los follajes y las sombras de
las piedras, en aquello brindado a la atención, el poeta alcanza una
aspiración máxima: la participación en lo real. La poesía es un arte del
ser, dice Sophia de Mello. No habla de una vida ideal, sino de una vida
concreta. Su realidad radica no sólo en la manifestación de lo bello, sino
también de lo monstruoso, y en ese equilibrio el mundo se sostiene: "Mas por
más bella que sea cada cosa/ tiene en sí un monstruo suspendido." En ese
orden participa lo divino. O acaso la divinidad misma se manifiesta como un
orden, y no como un caos indiscernible, dado que la realidad obedece a esa
proyección genesíaca del ser alentando en las cosas: "Como en un caracol el
rumor del mar/ Lo divino susurra en el universo/ Algo emerge: primordial
proyecto." Por ello la presencia de los dioses griegos, como nostalgia de
una materialidad penetrada por lo sagrado, es un rasgo esencial de esta
poesía. Sin embargo, el universo cultural de Sophia de Mello es
voluntariamente cristiano, aunque obliterando el sentido intrínseco de la
culpa y del sacrificio. "No soy pagana aunque he aprendido mucho del
paganismo griego -declaró-. Por ejemplo, a amar la tierra y a considerarla
sagrada. Soy una católica que no cree que la tierra es un valle de lágrimas.
En el mundo hay cosas horribles, pero también está, en primer lugar, la
alegría de la existencia."
Así, la concepción del poema es afirmativa y celebratoria. Anima en el
lenguaje ese mundo de plenitud. De hecho, cuando el poema se ajusta al
sentido implícito del mundo, que es trascendente, las palabras son únicas,
necesarias, indispensables: "se alzan las cosas nombradas/ por la desnudez
de las palabras deslumbradas." En la medida en que coincide con el mundo, el
yo del poema coincide consigo mismo y cumple su unión verdadera con lo real.
La libertad humana consistiría en esta búsqueda: mantenerse alerta en esta
permanencia, sin desvíos, sin que los crímenes de la historia, las
desmesuras de los imperios, las traiciones y los fraudes, la enajenación de
la guerra y sus desastres, Treblinka o Hiroshima, disloquen definitivamente
la coincidencia en el ser. Una poesía como ética humanista, que no acepta la
fatalidad del mal: "Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con
pasión, también frente al sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión",
escribió. La frase no es ingenua: ocurre que la época se volvió demasiado
cínica y brutal.
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Además de escribir narrativa, ensayo y cuentos para niños, Sophia de Mello
Breyner Andresen publicó los siguientes libros de poemas: Poesia
(1944), Dia do Mar (1947), Coral (1950), Tempo Dividido
(1954), Mar Novo (1958), Cristo Cigano (1961), Livro
Sexto (1962), Geografia (1967), Grades - Antologia de
Poemas de Resistência (1970), 11 Poemas (1971), Dual
(1972), O Nome das Coisas (1977), Navegaçoes , (1983); No
Tempo e Mar Novo (1985), Ilhas (1989), Obra Poética
(1991), Musa (1994) y O Búzio de Cós e Outros Poemas (1997).