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La voz del Interior, sección Cultura, Córdoba, sábado, 12 de Julio de 2003
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Página 12, Suplemento Radar Libros Todas las voces, todas
por Delfina Muschietti
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La Capital, Rosario, domingo 27 de Julio de 2003El instante mágico de la duraciónPor Gilda Di Crosta
La edad dorada, el último libro de poemas de Diana Bellessi, constituye un intento por capturar, paradójicamente, “las filigranas del detalle” de un “dulce torbellino”. El mundo de Bellessi, es una “larga cadena de devoraciones”, a la vez abierta y cerrada, un fluido sin forma cuya belleza está únicamente en su efímera exposición a la mirada, o mejor, que sólo puede fijarse como tal en el instante de su expresión poética. Esta belleza efímera suscita no sólo regocijo sino aflicción en quien la contempla. Alegría por la existencia de lo bello, dolor por la inexistencia del sujeto de la contemplación, anonadada por la presencia del objeto. De allí que la belleza sea amarga para Bellessi, como “una helada noche de agosto”. Pero para ver en la noche, para ver la noche, hay que “afinar la mirada”, hay que ejercitarse en mirar. Sin embargo la mirada poética, la mirada dispuesta y disponible a la belleza del mundo, no es un atributo de la vista en general ni de algunos ojos en particular, sino un don, una gracia de la mirada o del ejercicio de mirar que vuelto hacia el detalle recibe lo “único” que es “el eco de lo múltiple”, la singularidad en la que se afirma todo. La belleza está en lo trivial que la mirada cotidianamente pasa por alto, en lo obvio que según la premura de cada día sólo se puede obviar. Bellessi enseña cómo hay que mirar al mundo para disponerse a su belleza, o mejor, en qué consiste la mirada de la belleza. Hay que mirar sin poder: “Quedaría volvernos/ vigías sin poder.// salvo el de tener/ una visión más grande/ que nosotros…”, es decir sin apropiarse del mundo, sin imponerse al mundo, pero también sin juzgar. “Dame solo el saber / de la tonta, deja / para otros lucidez / que afirma o niega”, es decir sin aceptar ni rechazar, sin evaluar. Por eso la mirada poética recuerda al espejo, es propiamente el espejo, que recibe pero no conserva, deja en libertada a lo que a él se asoma, deja al mundo ser lo que es, y él mismo no se ve en los otros y como otro, es el verse de los otros. De allí la consigna expuesta por Bellessi: “que importe, más que la gota / de interminable presencia,? aquél cristal donde podemos/ ver el rostro del otro y ver/ el propio, colmado de igual humanidad…”.Es lo que Jorge Monteleone denomina, en el prólogo, una “ética de la mirada”, ética que guía todos los poemas del libro y al libro todo desde el epígrafe perteneciente a Simone Weil: "Sólo se tienen deberes. Nuestro derecho es el deber del otro”. Mirar de este modo es hacer visible lo invisible, es decir abrir “la puerta mágica” de la edad dorada. La puerta es el “Érase una vez…” de la infancia. No se trata de un lamento nostálgico ni de un regreso y una recuperación de lo que fue sino, estrictamente, de un reconocimiento, es decir de un conocer de nuevo en su novedad siempre inmediata “… el delicado diseño / de la vida que llega y de la vida / que va, en la mano de su gemela, / la muerte…” Para Bellessi la niñez no es una edad del hombre a la que sería posible o imposible volver sino el origen mismo de la mirada, la mirada originaria o, mejor, la mirada en su origen, el asombro del origen, que borra con su sola presencia la falacia de la “edad de la razón”y abre la puerta de la edad dorada como posibilidad poética, posibilidad de refractar en imágenes el roce breve, mínimo, “de lo que cae y lo que nace”, la muerte y el renacimiento de la materia, la caída y la redención del hombre. Si el cristianismo constituye una presencia constante a lo largo de todo el libro, es sobre todo debido a que para Bellessi la mirada poética es la gracia de la belleza, el don de la belleza se hace a los que miran, y la poesía es el “signo encarnado” de la belleza misma. Pero para ello no sólo es preciso afinar la mirada disponiéndola a la belleza del mundo sino asimismo “afinar la voz”, disponerla a la audición de ese movimiento melódico que es el fluir del mundo, de manera tal que “los versos lleguen solitos”, que la voz no sea la voz personal del autor sino el eso de la edad dorada, precisamente. Esa “…belleza / que se define / porque se pierde…” , es decir, no tanto que se pierde en cuanto se define sino que sólo se define en su pérdida, se salva en su caída, se suspende en su giro, se aquieta en su fluir. Esa belleza, pues, encuentra en el encabalgamiento el principio constante de su exposición poética. Pero si el encabalgamiento puede definir por sí sólo a la poesía, el fraseo de Bellessi se torna singular en el uso de los signos de puntuación, es decir, brevemente, en la delicada, instantánea pausa que señala la completa ausencia de punto final en los finales de verso, subrayada por la mayúscula que abre el verso siguiente y la continuidad sin solución aparente que significa el encabalgamiento. Éste es el principio poético del libro de Bellessi: “…Espacio, /coma, punto y / seguido, nunca / punto final”, el principio en el que se recoge la belleza –instante y duración- del mundo: “…creer / que instante y duración / no se separan y alguien canta / eternamente esta belleza / Déjame creer que yo lo hago”. |
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El ciudadano, sección cultura, Rosario, 13 de Agosto de 2003La rama dorada de la poesíaPor Pablo Makovsky “Los hombres libres tenemos obligaciones, sólo los esclavos presumen de derechos”. La frase, escrita por Claudio Magris en su novelita Otro mar, remeda no sólo a un pensador griego citado en el texto, sino que atrae aquél otro concepto de Simone Weil, la judía que no concluyó su conversión al catolicismo en la Francia de mediados del siglo XX: “Sólo se tienen deberes. Nuestro derecho es el deber del otro”. Este es el epígrafe que Diana Bellessi (Zavalla, 1946) escogió para introducirnos en el enorme rito de su último libro de poemas La edad dorada (Adriana Hidalgo, 2002). El sólo nombre de Bellessi no debería requerir introducción. Su poesía es de las más contundentes y resplandecientes del idioma y comparte con unos pocos autores las cimas de la poesía argentina. El deber y el deberse, la deuda transmitida, eso que en última instancia alude a la tradición, a un legado en el que no se descansa sin desvelo, es acaso uno de los surcos que atraviesan este libro, intensamente descifrado en la introducción de Jorge Monteleone. Simone Weil, la filósofa judía que hasta el momento de su agonía mantuvo sus dudas, sus interrogantes y sus deudas frente al sacerdote con el que conversó durante años su conversión al catolicismo es, claro, una guía en estos poemas de Bellessi que comienzan con la lejana criptografía de “El ungido” y terminan casi, en “El cordero nuevo”, donde se lee (no sin consecuencias): “Mis brazos fueron su madero / en la camilla de hospital / donde la sangre derramaba / Sometido a las leyes del blanco / carnicero, herr doktor, fräulein caba, / aparatos y enfermeras / y el sol de marzo cayendo dulce / tras las ventanas. Un hombre // viejo a quien se trata / como a un niño que molesta / Desobedecer su derecho / en la hora última, no dejarlo / partir desnudo y digno / bajo la sombra de su casa / Te pido perdón, mi cordero”. “Como en el pensamiento de Weil –escribe Monteleone en “Formas de la Gracia”, el estudio inicial–, la poesía de Bellessi concibe la mirada como gracia y a la vez como deber, de resonancia social y política”. El concepto (teológico, si se quiere) de la Gracia, como se sabe, instala en la vieja ley bíblica la libertad y es también en esa libertad en la que Bellessi escribe como si orara y une su voz a un coro que encuentra su principal polifonía en su vasta y exquisita obra. Desde Sur (1998) hasta la recopilación de poetas norteamericanas que hiciera en 1984, de regreso de Estados Unidos. Así, se lee en “En memoria de Denise Levertov”: “Cincelado en mí, / te llevo, la ríspida / turbulencia de la vida / puede menos, la palabra / más, nieve o anhelo, y haberme enseñado / a dejar casa segura / para sostener el rostro / del otro, y así el propio”. Hay, si se quiere, hasta una dimensión norteamericana en estos poemas, que recuerdan al popular Robert Frost de “Nada dorado permanece”, o canta el canto de Walt Whitman, una poesía que navega sobre la poesía de un pueblo dejando tras de sí una estela dorada. “Getsemaní”, “Sábado Pascual”, como otros poemas de La edad dorada, también dialogan, recogen palabras escritas para hacer eso que siempre hizo la poesía y sólo la poesía: vivificar la letra con el espíritu. Como en las líneas más intensas de Graham Greene, Bellessi recuerda que en el rito cristiano los muertos reencarnan, los muertos tienen un cuerpo al que amar (“Amaba las cicatrices de ese cuerpo”, dice la Sarah de El fin de la aventura, la novela de Greene) y con el que habrá que ganarse la vida y la libertad: “Belleza del hueso –escribe Bellessi en «Una cuestión de amor»– / en la oblonga y pequeña / calavera que ahora / en mi mesa descansa”.
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La Nación, suplemento Cultura, Buenos Aires, domingo 24 de agosto de 2003
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