La voz del Interior, sección Cultura, Córdoba, sábado, 12 de Julio de 2003

 
Cuando todo se vuelve texto

 

Por Carlos Gazzera

Como bien lo afirma en el prólogo de este libro Jorge Monteleone, la poética de Diana Bellessi está profundamente vinculada a la percepción de la belleza por la totalidad de los sentidos. Sin embargo, es la mirada la que organiza al resto de los sentidos-sentimientos: “La primera mirada lo consagra, / mas volver sabiendo que de nuevo habla / es dicha menos hallada...”. O bien: “¿Has visto una rama de azahar? / Racimos, perfume encendido / invisible lo que quiero mostrar...”. O también: “¡Salpican! / como chispas / en el sol las gotas / y es fiesta / por fin la fuente / versallesca...”.

La voz, el olfato, el tacto, todos los sentidos, construyen en cada poema un erotismo extremo. Cada metáfora, cada referencia se conjuga en una sensibilidad especial. El lector se ve así inducido a pensar que esa poesía, el mundo de la poesía, funciona como un paraíso de lo posible. La edad dorada es esa referencia al mundo de la poesía, a ese estadio de la belleza: “Nieve por ejemplo, / sobre todo anhelo. / Como pájaros que cruzan / un cielo extraño te llevan // en su sonido, hálito / quizá de la imagen, / deuda de amor con quien hizo / el más fino trazo, pluma...”.

La poesía de Diana Bellessi adquiere así una complejidad inusitada, a pesar de edificarse con un natural coloquialismo. Sin embargo, es ese lenguaje coloquial el que le provee, justamente, a cada poema, un espesor significativo, casi único. Por eso, el libro se convierte en una caja de sorpresas donde la clave se cifra en el proceso de reversibilidad que tiene la palabra con la cosa.

Así, cuando su autora poetisa, la más tersa de las cosas se vuelve texto. Es como si se tratara de un proceso de materialización, casi mágico, donde las cosas del mundo se hacen palabras y las palabras se hacen cosas. Se trata de un proceso de reversibilidad casi inexplicable si no fuera porque detrás de cada poema reconocemos a Diana, la poeta, la hechicera, la alquimista.
Diana Bellessi nació en Zavalla, provincia de Santa Fe, en 1946. Estudió filosofía en la Universidad del Litoral. Entre 1969 y 1975 recorrió América latina a pie. Actualmente vive en Buenos Aires. Toda su vida está dedicada a la poesía. Ha obtenido innumerables premios, entre ellos, la Beca Guggenheim en 1993 y la Beca Trayectoria de la Fundación Antorchas en 1996. En su vasta obra encontramos, entre otros títulos y de distintos períodos: Destino y propagaciones (1970), Crucero ecuatorial (1981), El Jardín (1993), Colibrí, ¡lanza relámpagos! (1996) y Mate cocido (2002). Ha traducido a Ursula K. Le Guin (Días de seda, 1991) y a Sophia de Mello Breyner Andresen (Desnuda y aguda la dulzura de la vida, 2002).

Sin duda, Diana Bellessi es una de las más importantes poetas vivas de la literatura argentina. Su obra no sólo incomoda por la sencilla dificultad de su significación sino que, además, incomoda porque es capaz de remitirnos a ese espacio donde el poeta promete el placer de “ya-no-ser”, el placer “del-por-venir”: La edad dorada es, por tanto, la utopía de la lengua hecha poesía.

Página 12, Suplemento Radar Libros
Buenos Aires-Argentina, 13 Julio 2003


Poesía

Todas las voces, todas

Diana BellessiAparecido sólo unos meses después del ya legendario Mate cocido (2002) pero anterior a éste en escritura, La edad dorada (Adriana Hidalgo) confirma esa rara especie sinfónica que despliega la poesía de Diana Bellessi.

 

 

 

por Delfina Muschietti


Si los títulos de los dos últimos libros de Diana Bellessi, Mate cocido y La edad dorada, no hacen sino referir a dos tonos diferentes, aparentemente contradictorios, la sabiduría de esta voz en realidad no hace sino multiplicar, proliferar y acoplar grados de esos dos tonos en despliegue de matices y modulaciones que se abren sinfónicamente mientras leemos sus páginas. Una tarea, por otra parte, que Bellessi comenzó en su cuasi-épico Crucerro ecuatorial (1981), que saludaba el fin de otra era, los años ‘70. En el cuasi está precisamente toda la cuestión: una lenta pasión por airecitos y personajes populares, un amoroso detenimiento en los sitios (nunca una palabra tan adecuada) y los pueblos de Latinoamérica, un oído atento a esas voces cotidianas y a esos rostros hallados en el camino. Y, al mismo tiempo, un aliento clásico y un volumen musical de afinada belleza formal.
Cada uno de los libros de la ya larga trayectoria de Bellessi parece detenerse en algún detalle, en alguna ramificación volátil de esa sinfonía (“sistema poético” lo llama Jorge Monteleone en el “Prólogo” a La edad dorada), para hacerla sonar en amplificación: volver visible un cuerpo de mujer amado por otra mujer en Tributo del mudo (1982) y Eroica (1988), tesoro natural que se labra deslumbrado en El jardín (1993), de regreso a una casa de la que nunca se partió en Sur (1999). Como constantes, siempre un puro ritmo cristalino frente a la voracidad del tiempo, el dolor de los que sufren, la imposible belleza de la luz, que regresa imperturbable cada nuevo día. Desde entonces, los poemas de Diana Bellessi surgen como la fiel y luminosa constatación de ese precario y efímero pero a la vez único lugar en el que vale la pena instalarse y dejarse crecer.
La aparición de estos dos últimos títulos demuestra que la obra de Bellessi parece haber alcanzado una sabia y madura incandescencia en el encuentro entre voz popular y voz culta, cruce de tradiciones y llegada de lo nuevo. Porque esta poesía es además siempre una generosa tarea de investigación: sobre las posibilidades rítmicas y sintácticas del verso castellano pero, al mismo tiempo, sobre las posibilidades de un “sujeto” (“Yo no estuve allí,/ solamente había/ esta nada que habla”), sobre el desarrollo de una vocación ética hacia la comprensión del otro. Cómo alcanzar un precario y siempre cambiante equilibrio entre el placer de la contemplación y la atenta mirada hacia lo que aflige brutalmente a los otros: “humildes”, “piqueteros”, “hermanita”, “negritos de extramuros”.
Una preocupación que angustiaba compasivamente al Pasolini de “La glicina” por los años ‘50 y que ya estaba en Juanele Ortiz, de cuya obra Bellessi es heredera y continuadora, mientras hace frente a los nuevos desafíos que la historia le depara. “Salimos/ a la Plaza sin los cuerpos.../ Memoria y justicia,/ no cadáveres..” pide, y rememora en el poema que precisamente concluye con el verso “se yergue la edad dorada”. Esta edad es tiempo de balance y maduración, de cruce de diferentes memorias. Pero la preocupación persiste, como un eje fiel de la balanza: hallar la lengua, hallar los modos para mantener una posición que no desmienta la mirada hacia lo bello ni aquella otra hacia “el dolor humano”. Se trata de una impostergable cuestión ética, que en este último libro aparece asida particularmente a la figura de una mujer: la de Simone Weil, misterio de filosofía, poesía y mística, y personalísima activista de la resistencia francesa, una de cuyas citas funciona como epígrafe de todo el libro. Contracara quizá de la otra también amada Simone de Beauvoir, la intelectual atea, que abriera ante Francia y el mundo en los ‘60 la problemática del género. Ésta ha de resonar siempre en la obra de Bellessi como uno de los constantes semitonos desplegados en su poesía con insistencia. Salvo que ahora ya no se trata del problema regional de minorías (feminismo, lucha gay), que era necesario poner en primer plano y hacer visible años atrás, sino de una vertiente más de la fina búsqueda de la “gracia”, la sabiduría que esta voz está resuelta a hallar sin pausa en el amor que quiere llegar hasta lo mínimo. “¿Nimiedad?” se pregunta ante la aparición del rojo del vuelo del carpintero, y allí parece abrevar todo el libro. No: amor del detalle que hace más grande y más sabio al que contempla, que profundiza su capacidad de amar, de excederse de su solo límite como individuo.
Rara esta experiencia de leer a Bellessi. Siempre ajena a cualquiera de las modas dictadas en los diferentes circuitos de la poesía argentina de las últimas décadas, su poesía recurre con insistencia en una serie de palabras que hoy podrían ser consideradas por esos circuitos como démodé: alma, divino, humano, hermana, retablo del edén. Con el mismo desparpajo Bellessi habla de calzones, zapatillas y patas en la fuente, y funde en una sola la imagen del Cristo-Cordero crucificado con la del padre que muere en el matadero de terapia. Del mismo modo, hace confluir mansamente, como las aguas de diferentes ríos, a antiguas y nuevas tradiciones poéticas: lírica española clásica, mística y barroca, copla popular, poesía indígena y poesía japonesa, la Biblia y Denise Levertov junto a la frase de la vecina del barrio, del tango, de la madre campesina.
Nada resulta disonante en esa paciencia de escuchar y reescribir, en esa voz que modula atenta mientras lee aquello nuevo que llega para ser escrito, para ser dictado. Y no se trata de obediencia o de pura celebración lírica, en estos versos: se habla también de resistir en soledad los embates de los contemporáneos en el campo literario, frente a la tarea en la que la poeta se instala: “No renunciaré, no,/ a nombrar esta belleza...”.
No es tarea ni decisión fácil porque significa buscar incansablemente esa “juntura/ de lo que cae y lo que nace”, que la edad dorada propicia, sí, pero que el paso del tiempo acorta en sus posibilidades. Y es también atravesar la tan denostada tensión lírica hacia la música de las palabras, la más antigua de las artes, y por eso mismo, una de las más difíciles: ¿cómo lograr, después de tantos siglos, un tono nuevo que atraiga la atención del que lee o escucha? ¿Cómo ser fiel al ritmo de “estos versos que llegan/ solitos” y al mismo tiempo no permanecer ajenos a los que sufren ahí afuera? Es un ejercicio de amor que La edad dorada emprende con valentía. Y allí nos sorprende con la cercanía de ese misterio dicho, allí se nos atrapa lentamente en la cadencia de cada poema que nos lleva a volver a empezarlo, como una melodía que queda sonando en los oídos y en el corazón (otra palabra “démodé”, cara a la poesía de Bellessi).
La edad dorada casi termina con ese puñado de semillas de araucarias que llegan hasta nosotros en plenitud de olores y sensaciones táctiles, y que el poema deja en el cementerio, “pegadito al ataúd” del padre, mientras desgrana una última frase, salvaje y sabia, en el círculo de las paradojas: “Todo empieza”. Ese mismo sabor nos deja La edad dorada, cuando terminamos de leer la última página y, casi sin darnos cuenta, nos disponemos a leerlo de nuevo, otra vez.


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La Capital, Rosario, domingo 27 de Julio de 2003

El instante mágico de la duración

Por Gilda Di Crosta

 

La edad dorada, el último libro de poemas de Diana Bellessi, constituye un intento por capturar, paradójicamente, “las filigranas del detalle” de un “dulce torbellino”. El mundo de Bellessi, es una “larga cadena de devoraciones”, a la vez abierta y cerrada, un fluido sin forma cuya belleza está únicamente en su efímera exposición a la mirada, o mejor, que sólo puede fijarse como tal en el instante de su expresión poética.

Esta belleza efímera suscita no sólo regocijo sino aflicción en quien la contempla. Alegría por la existencia de lo bello, dolor por la inexistencia del sujeto de la contemplación, anonadada por la presencia del objeto. De allí que la belleza sea amarga para Bellessi, como “una helada noche de agosto”. Pero para ver en la noche, para ver la noche, hay que “afinar la mirada”, hay que ejercitarse en mirar. Sin embargo la mirada poética, la mirada dispuesta y disponible a la belleza del mundo, no es un atributo de la vista en general ni de algunos ojos en particular, sino un don, una gracia de la mirada o del ejercicio de mirar que vuelto hacia el detalle recibe lo “único” que es “el eco de lo múltiple”, la singularidad en la que se afirma todo.

La belleza está en lo trivial que la mirada cotidianamente pasa por alto, en lo obvio que según la premura de cada día sólo se puede obviar. Bellessi enseña cómo hay que mirar al mundo para disponerse a su belleza, o mejor, en qué consiste la mirada de la belleza. Hay que mirar sin poder: “Quedaría volvernos/ vigías sin poder.// salvo el de tener/ una visión más grande/ que nosotros…”, es decir sin apropiarse del mundo, sin imponerse al mundo, pero también sin juzgar. “Dame solo el saber / de la tonta, deja / para otros lucidez / que afirma o niega”, es decir sin aceptar ni rechazar, sin evaluar.

Por eso la mirada poética recuerda al espejo, es propiamente el espejo, que recibe pero no conserva, deja en libertada a lo que a él se asoma, deja al mundo ser lo que es, y él mismo no se ve en los otros y como otro, es el verse de los otros. De allí la consigna expuesta por Bellessi: “que importe, más que la gota / de interminable presencia,? aquél cristal donde podemos/ ver el rostro del otro y ver/ el propio, colmado de igual humanidad…”.Es lo que Jorge Monteleone denomina, en el prólogo, una “ética de la mirada”, ética que guía todos los poemas del libro y al libro todo desde el epígrafe perteneciente a Simone Weil: "Sólo se tienen deberes. Nuestro derecho es el deber del otro”.

Mirar de este modo es hacer visible lo invisible, es decir abrir “la puerta mágica” de la edad dorada. La puerta es el “Érase una vez…” de la infancia. No se trata de un lamento nostálgico ni de un regreso y una recuperación de lo que fue sino, estrictamente, de un reconocimiento, es decir de un conocer de nuevo en su novedad siempre inmediata “… el delicado diseño / de la vida que llega y de la vida / que va, en la mano de su gemela, / la muerte…” Para Bellessi la niñez no es una edad del hombre a la que sería posible o imposible volver sino el origen mismo de la mirada, la mirada originaria o, mejor, la mirada en su origen, el asombro del origen, que borra con su sola presencia la falacia de la “edad de la razón”y abre la puerta de la edad dorada como posibilidad poética, posibilidad de refractar en imágenes el roce breve, mínimo, “de lo que cae y lo que nace”, la muerte y el renacimiento de la materia, la caída y la redención del hombre.

Si el cristianismo constituye una presencia constante a lo largo de todo el libro, es sobre todo debido a que para Bellessi la mirada poética es la gracia de la belleza, el don de la belleza se hace a los que miran, y la poesía es el “signo encarnado” de la belleza misma. Pero para ello no sólo es preciso afinar la mirada disponiéndola a la belleza del mundo sino asimismo “afinar la voz”, disponerla a la audición de ese movimiento melódico que es el fluir del mundo, de manera tal que “los versos lleguen solitos”, que la voz no sea la voz personal del autor sino el eso de la edad dorada, precisamente.

Esa “…belleza / que se define / porque se pierde…” , es decir, no tanto que se pierde en cuanto se define sino que sólo se define en su pérdida, se salva en su caída, se suspende en su giro, se aquieta en su fluir. Esa belleza, pues, encuentra en el encabalgamiento el principio constante de su exposición poética. Pero si el encabalgamiento puede definir por sí sólo a la poesía, el fraseo de Bellessi se torna singular en el uso de los signos de puntuación, es decir, brevemente, en la delicada, instantánea pausa que señala la completa ausencia de punto final en los finales de verso, subrayada por la mayúscula que abre el verso siguiente y la continuidad sin solución aparente que significa el encabalgamiento. Éste es el principio poético del libro de Bellessi: “…Espacio, /coma, punto y / seguido, nunca / punto final”, el principio en el que se recoge la belleza –instante y duración- del mundo: “…creer / que instante y duración / no se separan y alguien canta / eternamente esta belleza / Déjame creer que yo lo hago”.

El ciudadano, sección cultura, Rosario, 13 de Agosto de 2003

La rama dorada de la poesía

Por Pablo Makovsky

“Los hombres libres tenemos obligaciones, sólo los esclavos presumen de derechos”. La frase, escrita por Claudio Magris en su novelita Otro mar, remeda no sólo a un pensador griego citado en el texto, sino que atrae aquél otro concepto de Simone Weil, la judía que no concluyó su conversión al catolicismo en la Francia de mediados del siglo XX: “Sólo se tienen deberes. Nuestro derecho es el deber del otro”. Este es el epígrafe que Diana Bellessi (Zavalla, 1946) escogió para introducirnos en el enorme rito de su último libro de poemas La edad dorada (Adriana Hidalgo, 2002). El sólo nombre de Bellessi no debería requerir introducción. Su poesía es de las más contundentes y resplandecientes del idioma y comparte con unos pocos autores las cimas de la poesía argentina. El deber y el deberse, la deuda transmitida, eso que en última instancia alude a la tradición, a un legado en el que no se descansa sin desvelo, es acaso uno de los surcos que atraviesan este libro, intensamente descifrado en la introducción de Jorge Monteleone. Simone Weil, la filósofa judía que hasta el momento de su agonía mantuvo sus dudas, sus interrogantes y sus deudas frente al sacerdote con el que conversó durante años su conversión al catolicismo es, claro, una guía en estos poemas de Bellessi que comienzan con la lejana criptografía de “El ungido” y terminan casi, en “El cordero nuevo”, donde se lee (no sin consecuencias): “Mis brazos fueron su madero / en la camilla de hospital / donde la sangre derramaba / Sometido a las leyes del blanco / carnicero, herr doktor, fräulein caba, / aparatos y enfermeras / y el sol de marzo cayendo dulce / tras las ventanas. Un hombre // viejo a quien se trata / como a un niño que molesta / Desobedecer su derecho / en la hora última, no dejarlo / partir desnudo y digno / bajo la sombra de su casa / Te pido perdón, mi cordero”. “Como en el pensamiento de Weil –escribe Monteleone en “Formas de la Gracia”, el estudio inicial–, la poesía de Bellessi concibe la mirada como gracia y a la vez como deber, de resonancia social y política”. El concepto (teológico, si se quiere) de la Gracia, como se sabe, instala en la vieja ley bíblica la libertad y es también en esa libertad en la que Bellessi escribe como si orara y une su voz a un coro que encuentra su principal polifonía en su vasta y exquisita obra. Desde Sur (1998) hasta la recopilación de poetas norteamericanas que hiciera en 1984, de regreso de Estados Unidos. Así, se lee en “En memoria de Denise Levertov”: “Cincelado en mí, / te llevo, la ríspida / turbulencia de la vida / puede menos, la palabra / más, nieve o anhelo, y haberme enseñado / a dejar casa segura / para sostener el rostro / del otro, y así el propio”. Hay, si se quiere, hasta una dimensión norteamericana en estos poemas, que recuerdan al popular Robert Frost de “Nada dorado permanece”, o canta el canto de Walt Whitman, una poesía que navega sobre la poesía de un pueblo dejando tras de sí una estela dorada. “Getsemaní”, “Sábado Pascual”, como otros poemas de La edad dorada, también dialogan, recogen palabras escritas para hacer eso que siempre hizo la poesía y sólo la poesía: vivificar la letra con el espíritu. Como en las líneas más intensas de Graham Greene, Bellessi recuerda que en el rito cristiano los muertos reencarnan, los muertos tienen un cuerpo al que amar (“Amaba las cicatrices de ese cuerpo”, dice la Sarah de El fin de la aventura, la novela de Greene) y con el que habrá que ganarse la vida y la libertad: “Belleza del hueso –escribe Bellessi en «Una cuestión de amor»– / en la oblonga y pequeña / calavera que ahora / en mi mesa descansa”.

 

La Nación, suplemento Cultura, Buenos Aires, domingo 24 de agosto de 2003

 
La pasión de nombrar


Por Guillermo Saavedra

 
Uno de los innumerables intentos de definir la poesía afirma que ésta se consagra a la pasión de nombrar. Pero, si la poesía puede consumarse a través de esa consagración, no lo hace a la manera de un afán taxonómico que designa y clasifica para apropiarse de cada ser u objeto nombrado sino con la resignada certeza de que aquello que se nombra es, al mismo tiempo, confirmado en su ausencia: la poesía, podría decirse, es el rastro hecho de palabras que dejan los seres y las cosas al retirarse desde su plenitud hacia la disolución o el olvido.
La excelencia de Diana Bellessi (Zavalla, Santa Fe, 1946) puede insinuarse modestamente en una imagen de esa clase: alguien que se dedica, con extremada cautela y una intensidad rigurosa, a colorear las huellas que, en la arena del mundo, va imprimiendo lo que existe. La estela o aura de lo que es y va dejando de ser, de lo que ha sido y se empeña en persistir en la espuma de un recuerdo es, en su obra, altamente significante sólo porque la pasión de nombrar cobra en Bellessi la estatura de la poesía.
Esa calidad poética vuelve a manifestarse en un nuevo capítulo de un único y hermoso libro que esta autora viene escribiendo desde, por lo menos, Crucero ecuatorial (1981) y que ahora da en llamarse nada menos que La edad dorada.
Es necesario decir, ante todo, que Bellessi vuelve a prestar su voz a lo que ha sido acallado no sólo por el fluir del tiempo sino también por los más diversos caminos de la injusticia. Lo que no está, en los poemas de este libro, se ha ausentado o bien porque ha cedido a la carcoma sorda de los días o bien porque fue objeto de alguna forma de marginación: víctimas de la desgracia del devenir o de la acción aviesa de un poder inicuo pueden ser un afecto perdido, la brisa nocturna sobre el río, el hombre de Neandertal, una mujer discriminada o los chicos de la calle.
Si, para algunos poetas, ese acto de nombrar esconde la melancólica o airada constatación de lo irreparable, para Bellessi, esa invocación no es un mero recuento de bajas; esta poesía nombra aquello que no está señalando su ausencia como un despojo, como un bien que ha sido sustraído a la armonía del mundo y que la voz poética debe ser capaz de redimir. La poesía de Bellessi intenta siempre tender un puente a través del cual lo que ha sido desgraciado pueda reencontrarse con la gracia que le es debida.
Por eso es que el modo en que esta necesidad se realiza es una rara síntesis de una actitud política y otra religiosa, como bien ilustra Jorge Monteleone en su inspirado prólogo a este libro, al rescatar esta cita de Pier Paolo Pasolini: "el mundo de la historia que, en su exceso de presencia y urgencia, tiende a huir hacia el misterio, hacia lo abstracto, hacia la pura imaginación, y el mundo de lo divino, que en su religiosa inmaterialidad, por el contrario, desciende entre los hombres, se hace concreto y operante".
El modo singular en que Bellessi logra nombrar -a veces en un mismo poema e, incluso, en un mismo verso- lo inefable de los hechos históricos y la palpable pero imprecisa acción de lo que se sospecha tocado por la divinidad adopta la forma del canto. Tal vez porque, como decía W. H. Auden, el ser humano recurre al canto cuando el mero decir resulta insuficiente, la voz poética de Bellessi es una voz decidida y desgarradamente lírica.
Este canto religioso y a la vez profano, atento a los misterios del Cielo y de la Tierra, se ubica en un lugar equidistante de la poesía mística y de la poesía social, de la cultura y de la Naturaleza. Se prescribe una y otra vez epifanías posibles en el vuelo de un mirlo y en el saludo casual de una vecina; en la muerte del padre convertido en cordero pascual y en la lucha de los piqueteros; en "los detalles de la fe" que encuentra lo divino en cada cosa y en el ejercicio de un cristianismo sincrético, de raíz inequívocamente popular y amerindia.
Este canto se canta con el cuerpo, un cuerpo presente, que a veces desespera de ser alma y siempre o casi siempre se encabalga: porque el presente de las cosas es demasiado fugaz como para pensarlo verso a verso y sólo el viboreo de una respiración continua puede intentar nombrarlo antes de que se haga desgracia.
Agujereada por esta voz potente y generosa, la terca opacidad de la ausencia deja pasar, de tanto en tanto, un rayo de luz; o, para decirlo mejor, con las palabras de Bellessi: "la mueca del detalle mutilado que halla en el silencio su rumor".