A los veintitrés años, y sin terminar sus estudios
en filosofía, Bellessi dejó su Santa Fe natal para viajar, a pie y durante seis
años, por el continente americano. Fue en ese viaje en el que absorbió
experiencia, forjó una voz poética feminista y estableció un contacto con las
letras más cercano a la pasión que a la “alta cultura”,con la que siempre tuvo
una relación ambivalente. La rebelión del instante forma parte de sus trabajos
de poesía más contemplativa. Bellessi encuentra belleza en el mundo y la imprime
en sus poemas, no con un afán descriptivo, no usándola de escenario para otra
cosa, sino valorizando precisamente esa preciosa materialidad de lo real:
“¡Basta ya ridícula! / Deja ya tu zapa / y tu pala, el gruñido / del pensamiento/ no es necesario / nada más que nadar/ en el curso del aire / y agua irse / con la tormenta”.
El pensamiento y la lengua se rinden ante lo vivo
–en el furioso instante que indica el título– cuando el poema también se torna
parte de lo real.
Por Paula Jiménez
El libro comienza con “Realista”, poema que viene
a definir los límites, la sustancia de una realidad. Frente a las sombras del
pensamiento, de las “grescas”, dice, el campo de lo real es otra cosa,
existencia sensible y abarcadora que rechaza todo tipo de calificaciones, de
atajos conceptuales contra los que Bellessi ironiza. No pareciera haber para la
autora ninguna posibilidad de quedar por fuera de la imantación: “y todos los
mensajeros/ señalaron aquí nadie/ nomás de la trama sale/ vidita nuestra// la
inteligencia/ no radica en la cabeza”.
Las referencias al cristianismo o al budismo confluyen en un único punto de
fuga: el misterio, y trazan metonimias que, en este sentido, van, por ejemplo,
de “los rayos del Señor” al “mantra”. Tales referencias sitúan también al yo
lírico de Bellessi en una cultura pluralista, y probablemente refuercen las
peculiaridades de su voz. Ni tan occidental ni tan oriental, este yo resuelve en
fusión o parentesco, entre el sello de sus raíces y lo adquirido, lo que podría
ser entendido como contradictorio. Creo que, justamente, uno de los vértices de
este libro es la continuidad de todo lo noche, cada uno de los elementos
concentra y resigna sus particularidades para seguir siendo parte del
funcionamiento total: el instante, por ejemplo. Esta convivencia toca de cerca
la formalidad poética. Subsumidas a un sistema propio, el habla coloquial y la
lengua culta, renuncian a su enfrentamiento y se ensamblan en la elaboración de
un registro poético genuino, forma que en ningún momento pierde contacto con su
fondo: el canto, la profunda conmoción.
Con “Mantra de Primavera”, uno de los primeros poemas de “La rebelión del
instante”, Diana Bellessi se pronuncia en el doble y simultáneo deseo de la
reunión y la disolución. “como es tanto mejor nada”, repite conclusiva ante la
abundancia de la vida. La descripción minuciosa, a lo largo de todo el libro,
expresa un hondo afán por atravesar el límite del lenguaje e integrar la voz y
el habla al ordenamiento minimalista de la naturaleza. En la tensión de dos
polos opuestos y, por ende, dialécticos, se sostiene la regularidad de los
ciclos, apoyados en pequeñas partículas que construyen los grandes
acontecimientos; miradas que se prendan de un limón o del vuelo de una mosca
suscitan el conmovedor contacto con el misterio a través de la experiencia
sensitiva cotidiana. Pero esta experiencia no sería más que puro goce
observador, meditación vacía, sino estuviera sensiblemente articulada con otros
órdenes de acontecimientos: la constelación de lo político, lo social, lo
amoroso.
Todas y cada una de las cosas, “de las diez mil cosas”, diría el Tao, buscan
encontrar su ambiguo lugar en el lenguaje, y este cuerpo contenedor no sólo puja
por otorgárselo sino que, fiel reflejo del universo del cuál es producto, les
provee una continuidad y una pluralidad de sentidos. Acaso suceda lo mismo con
una palabra que con una hoja, el piar de un pajarito dentro de la gran sinfonía,
un sólo instante en la infinita duración del tiempo, y quizás la rebelión se
asiente en el elemento mínimo para expandirse, trayendo así una reflexión
finísima sobre el problema ideológico de la medida: “aprovechá, rubia, te queda
poco alpiste – dice - / salvo dilatar el instante, esa // tu eternidad”. Se
trata, tal vez, de la rebelión de lo imperfecto, terrorismo del límite o
desobediencia civil cuestionadora de la impecable certeza delirante que, de
fondo, rige el movimiento de un sistema puritano, imitativo de lo natural. Gran
parte del trabajo bellessiano radica, a mi entender, en exaltar lo que fue
arrojado del margen, reestablecer su lugar a aquello que la mirada de un sujeto
o de un régimen expulsan en pos de ideales, de grandes objetivos, por procaces o
innobles que estos sean. Lo arrojado, el deshecho, no encarna necesariamente en
ningún reino sino en todos y puede tener o no estatuto físico, es el acontecer,
tanto el paso de las horas en longitud como la profundidad de un instante: “así
fue, así pasó la hora, soplo/ alejándose, instante como una ofrenda”.
El reconocimiento de lo mínimo y lo particular, toca, como antes mencioné, todos
los aspectos de la realidad. Contra el vacío de las estadísticas de muerte por
hambre, frío, o cualquier calamidad producida por “los chupa sangre”, la única
salida es la rebelión de lo que vale y es en sí mismo, pero no en mero
aislamiento sino en constante relación. Con los versos de “La metáfora” - de
Notas del presente, tercera parte del libro-, Bellessi poetiza sobre un hecho
real: un grupo de trabajadores se clava a los palos de luz de una ruta en la
Quiaca, reviviendo con este acto a cada Cristo “crucificado en hilera” por obra
de la histórica devastación capitalista. Pero la devastación no es anónima, ya
que en este poema como en “La ley Raggio”, por ejemplo, Bellessi se dirige de
modo directo al responsable de la masacre económica. Con la individualización
del enemigo se personifica también la resistencia, y aunque el número de los
oprimidos es incontable, la primera persona del plural lo delimita: “y no
moriremos porque somos más”. Es decir, que la lógica que guía “La rebelión del
instante”, es, a mi entender, coherente e inalterable, ya que proviene en todos
los poemas de un mismo sitio: el sufrimiento humano y su cara opuesta
complementaria, lo gozoso de la vida. Dice Bellessi: “Todo canta che, todo y no
se sabe/ de qué diablos nos alegramos tanto”. Este núcleo emocional impulsor de
la rebelión, de la poesía, a medida que avanzamos en la lectura va tomando
diversas formas, templanza, furia, ternura o celebración, entre tantas, según
cuál sea el objeto al que se avoque.
La liberación del lenguaje en imágenes y asociaciones, el desarrollo de un
complejo sistema rítmico, piden al lector un grado de intensidad tan alto como
aquel con el que este libro fue escrito. La riqueza sonora y de contenido no
descansan, el verso cede sólo en su corte, el poema en su pausa. Tal
aprovechamiento del espacio poético busca recrear, como diría Lezama Lima, la
“cantidad hechizada” de pequeños detalles, vitales y mortíferos, que componen
nuestra existencia y construyen la escena, el gran espectáculo “para el ojo
divino- dice la autora - // que probablemente no mira/ porque sueña”.
Por momentos se advierte de la palabra su aspecto desesperado: la facultad de
nombrar no es eterna, es una de las tantas posesiones incluidas dentro de la
posesión de la vida. Charlar en un almacén, caminar por la isla o mirar desde el
ventanal, son otras variaciones expresivas del breve tránsito, de la incierta y
radiante plenitud situada en el borde del silencio, en la cima de la pendiente,
aguardada por su propia sombra. El tema de los dobles sustenta este universo de
rebelión, se venga, le restituye la justicia, la equidad a Luzbelito o a David.
Y tan ligados estamos a este movimiento oscilante, que no hay cosa en relación a
nosotros que no nos posea, nada que a partir de la mirada no se convierta en
aquello que lo mira. Por tal motivo, abundan los artículos posesivos, las
expresiones de fusión, de identidad compartida, que este yo utiliza para
incorporar y ser incorporado a lo que ama: un ciruelo, la noche, lo que sea.
Dice: “declarada ajena. Estoy/ en vos amada noche soy”. Este apego que entraña,
al mismo tiempo, una profunda conciencia de separación, es quizás el motivo
principal por el cuál se pinta la fijeza de un atardecer y, a causa de la
sensación de infinitud que acompaña, contradiciendo, lo fugaz del acontecer, la
rebelión se asienta en su escondite y protesta callada, alerta ante la voracidad
del yo y del tiempo. Y escribir tal vez es darle voz a esta rebelión, a la
desobediencia que a todos los mortales nos suscita nuestra fragilidad frente al
misterio. Consciente de lo que va y viene, el poema que no avanza ni
termina“busca restaurar / la voz en el jardín”.
Rosario- Domingo, 15 de Enero de 2006
Gabriela De Cicco
"En la poesía la historia se emocionaliza, y en la imagen del otro que recibe y da, se alza la ilusión del yo", ha dicho Bellessi. Su más reciente libro, "La rebelión del instante", parece por momentos el registro de una novela personal, pero ampliada: caja de resonancia de las pequeñas voces del mundo, las que instan a la revolución, a la búsqueda interior, al cincelado de una cartografía isleña.
El nuevo libro de Bellessi confirma dónde están sus raíces, cómo lo personal se torna político, cómo vuelve la poeta al registro de su historia, de la de sus ancestros, para desde allí construir versiones de la realidad, de la historia más reciente.
La naturaleza no es telón de fondo, y brilla y se opaca y lagrimea ante el humo de las gomas quemadas de los piquetes, los primeros, aquellas que daban un aire nuevo a la rebelión. La poeta reconoce que "podría sin cansarme/ ser cronista de estas cosas día a día".
Estos nuevos poemas, suman a los ya publicados en "Danzante de doble máscara" (1985), "Tributo del mudo" (1982), "Buena travesía, buena ventura pequeña Uli" (1991): el rock y Perón, la Joplin y el fado, asambleas populares y el ciclo de las estaciones; fechas explícitas como la de "Argentina 2003" o en el poema "Ley Raggio", un ministro de Onganía que en 1967 plasmó la ley que desbarataba el arrendamiento de los chacareros. Bellessi es una poeta, como todas y todos, necesitada de palabras: "Necesito nombres/ dije: andá a aprender, y me miró/ como se hace con una loca o una/ extranjera que es lo mismo o quizás/ como a su madre", pero quien le da los nombres necesarios la trata "como a una niña o a una anciana extranjera".
El libro está dividido en cinco secciones, que hubieran podido ser cuatro, o que al menos se han presentado así en esta lectura. "Desobediencia civil" parece un mundo aparte, un grupo de poemas que hubiera sido posible incluir en las otras secciones o que reenvían a otro libro ¿futuro, anterior? "El instante de la rebelión" comienza a hacerse presente en la segunda sección, "Ni un minuto fuera de casa" y va in crescendo en las tres restantes: "Notas del presente", "Desde el ventanal" y "Cuando canta el gallo".
Diana Bellessi nació en Zavalla en 1946, publicó su primer libro de poemas en 1970, "Destino y propagaciones", y en 1981 editó "Crucero ecuatorial". Ya estos libros fundacionales nos dicen que la suya es una poesía insular, que remeda los meandros del Delta, el sacudón de las inundaciones, la devastación de las dictaduras. Su poesía viene desobedeciendo poéticamente los cánones. Con las de Mirta Rosenberg, María del Carmen Colombo e Irene Gruss, entre otras, su obra quebró las búsquedas poéticas de la poesía escrita por mujeres, dando aires nuevos a una retórica que parecía haberse estancado en la repetición seudopizarnikiana de otras autoras. Todo esto resuena en "La rebelión del instante" como registro histórico y como "culminación" y posible tercer tomo de un libro más amplio, que puede comenzar a leerse en "La edad dorada" (2003), siguiendo con "Mate cocido" (2002).
Dice Bellessi en el poema que abre "Mate
cocido": "El destino común/ es aquello que vuelve,/ a veces es la fe/ quien va
adelante o es/ filo de la razón/ que hiere...". Ese destino común se continúa
desplegando en "La rebelión...", y la fe se dibuja reconcentrada en el trabajo
de iluminación que realiza la poeta con la naturaleza, en el tallado de las
palabras necesarias, en la escucha atenta con la oreja sobre la tierra para
saber cuándo y cómo llegan esas palabras. "¿Qué detesto más?", ha dicho la poeta
en un ensayo, "que me digan que en algún momento que estoy rescatando algo,
giros del habla de la gente con la que me crié, o cantos de las culturas
condenadas, como las de los pueblos indígenas, por ejemplo. Como si me picara
una víbora salto y digo: ellos, me rescatan a mí. En realidad me han construido,
no habría si no identificación emocional posible y la lengua del poema sería
lengua muerta".
Rosario - Lunes, 30 de Enero de 2006
El ciudadano & La Región
Por Diego Colomba
La rebelión del instante es el nombre que
Diana Bellessi, una de las voces más intensas de la poesía argentina
contemporánea, dio a su último libro. Como ha declarado en recientes
entrevistas, a pesar de incomodarle lo pomposo –que su poesía sabe evitar– del
título, finalmente éste se le impuso, pertinaz, inevitable. Si el instante
constituye la dimensión temporal del poema, a diferencia de la narración –que se
despliega en el terreno de la duración–, La rebelión del instante podría
entenderse como la insurrección de la imagen poética frente al tiempo como
progreso o acumulación –leído por izquierdas ortodoxas y derechas como fatalidad
de la historia–, la injusticia del amo y la finitud humana.
El libro se divide en cinco partes que, compartiendo rasgos de escritura,
congregan poemas con relaciones temáticas más estrechas. Más precisamente,
configuran un recorrido de la voz poética, que atraviesa diferentes espacios
desde donde enuncia ese sujeto que no antecede sino que construye la misma
escritura. Esa “vieja loca de cincuenta y pico”, “la que mira” con la ingenuidad
de un niño y a la que se le “caen las plumas pero no las mañas”, pone de
manifiesto uno de los rasgos novelescos de la poesía: la morosa construcción de
un personaje.
“Desobediencia civil”, título de la primera parte, amplía el uso habitual de la
expresión aludiendo al accionar de las masas, la insurgencia de la subjetividad,
el instinto animal, el orden divino (no puritano) de la creación, el repliegue
en la intimidad.
Prescindiendo de las etiquetas literarias (“lírico o pasatista o barroco”), el
primer poema del libro enuncia un nuevo concepto de realismo: un espacio sutil,
dramático e intenso donde la vida y el sueño gozan de los mismos privilegios, a
excepción de “las paradojas del pensamiento” que desatienden la experiencia
emotiva del mundo. En esta visión enriquecida de realidad, confluyen estaciones,
meses, momentos del día y horas precisas, con árboles, frutos, flores, perros,
gatos, pájaros e insectos, para señalar, en su constante fluir, la exuberancia y
la incesante transformación de lo vivo. Animales y plantas son convocados por la
emoción del que oye, mira, huele, toca y saborea, quien logra hacer de lo
aparecido objeto de su deseo: “prendada de un limón o de una mosca”. Cuando
acontece la poesía, sujeto y objeto confluyen como partes de un mismo todo: “los
pájaros callados/ como el deseo mío”, “Como marzo a la vida/ nos atamos con
tanto/ deseo de ser/ y anhelo también/ de caer en la hierba”.
Frente al pensamiento discursivo, cuyas “grescas”, “tino puritano” o “temor del
pecado” son anteojeras que impiden ver más allá del orden impuesto al mundo, la
imagen poética acontece utópicamente en un no tiempo y lugar, en un estado de
gracia que lo revelan con emotiva lucidez. La poesía es un rapto libertario,
inalienable, “un pase mágico/ que el mundo nos regala/ si estamos al acecho”, y
que volvemos a dejar atrás, poco después, concientes de su belleza, a la espera
de un nuevo acontecimiento.
Los poemas de “Un minuto fuera de casa” siguen evocando, como los anteriores,
las formas fijas de la métrica castellana –aunque sin cumplir con ellas a
rajatabla, mucho menos con sus preceptivas rítmicas o de rima–, a través de la
disposición estrófica y del abundante uso del hipérbaton. Sobre esa base
musical, las elipsis, la recurrente omisión de los signos de puntuación y el uso
del encabalgamiento provocan un exuberante juego de asociaciones entre las
palabras, obligando a constantes marchas y contramarchas en la lectura,
propiciando de este modo la proliferación del sentido. El poema se vuelve, como
la naturaleza, espacio donde la diversidad semántica convive a pesar de sus
constantes “holocaustos”.
Casi todos los poemas de la segunda parte rescatan experiencias de viajes; en
casi todos, la ausencia o la muerte son generadores de la vida de la imagen. El
exotismo, la joyería, la realeza, las referencias a Asia y África, las palabras
foráneas de rica musicalidad, les dan a muchos de estos poemas un aire
modernista que los distingue un poco del conjunto.
La naturaleza aparece frecuentemente como memoria de la tierra, de su pasado
subterráneo: “guarda en el desierto de hoy aquella/ arcadia que los fósiles
cuentan rehaciéndose/ en la cruenta geografía una magia// imposible de enunciar,
tanta fe la vida/ tiene cavada”. Singular visión que descubre en la naturaleza
una promesa de felicidad humana, volviéndose por ello mirada política:
“desciendo hacia un mundo que dice la vida/ aún puede más y me junto con otros/
en las cuevas cretáceas para encender/ el fuego, diez, cien, mil piquetes
humean”.
“Notas del presente”, tercera parte del libro, promete cierto prosaísmo que,
como toda la obra, no concreta. “Notas”, “crónicas”, “frases” (en lugar de
“versos”), son términos que junto a los giros coloquiales que suelen aparecer en
los poemas, edifican una ética lingüística: la de nombrar con humildad el mundo,
aspirando utópicamente a un habla plural (“ahora somos todos negros”). En ese
sentido, mientras los frecuentes diminutivos estrechan emotivamente al sujeto de
la contemplación con el mundo observado, refuerzan al mismo tiempo el sentido de
pequeñez, de sutileza, de sencillez que connota la ética de la mirada a la que
nos referimos.
El poema “La metáfora” explicita con mayor justeza poética la conexión entre
poesía –como vivencia del instante– y emancipación humana, relación que se venía
estableciendo desde los primeros poemas de la obra: “les pese hoy// o mañana/ a
través de humo y fuego/ no hay manera// de borrar/ ese algo inalienable:/
nuestra vida// así nomás/ cretinos la metáfora/ cierra y abre// como un párpado/
donde brilla el relámpago/ de los justos”.
“Desde el ventanal”, cuarta parte del texto, profundiza la idea de naturaleza en
Bellessi: si alguna vez la naturaleza fue imagen de conservación, de nostalgia
aristocrática, desdén, resentimiento o temor por la irrupción de las masas
urbanas, aquí es metáfora de transformación constante y, con ella, de una
particular idea de belleza, no absoluta sino contingente: “la creación entera
transformando su hervidero/ que visto desde aquí, con miopía humana parece/ la
perspectiva pertinaz de la belleza”. Esa naturaleza no es la idílica alucinación
de un mundo incontaminado, alejado de la ciudad; en general, aparece como un
espacio inserto en el tejido urbano (la réplica hogareña del bosque, el jardín).
Las palabras “disco”, “rocanrol”, “flash” –propias de la cultura urbana– son
utilizadas para hablar de la naturaleza, que deviene lugar donde conviven
diferentes especies animales y lingüísticas.
Finalmente, “Cuando canta el gallo” recorre una galería de personajes familiares
a la voz poética, sumergidos en la miseria y el dolor. Por ello se ha criticado
a Bellessi de practicar una estetización de la pobreza. Sin embargo, es en ese
lugar de mayor auto-interpelación moral a la actividad literaria –entendida como
gasto, lujo o regodeo del espíritu frente a la carencia material de los más–
desde donde se enuncia éticamente “la labor del poema”: “remarcar” lo errante
del sentido y de los destinos humanos, la belleza que habita lo real, la certera
promesa de justicia y felicidad que alberga hoy, ahora, ya.
Por Roberto Daniel Malatesta
La poesía, aquello que nadie puede explicar pero que todo el mundo entiende, esa rebelión del instante, en palabras de Diana Bellessi, quien nos da a conocer que por sobre todo miedo y dolor la vida es el tema, y la poesía puede encarnar aún, sentir aún. Desde su retiro de islas nos dice con reminiscencias de Li Po: "dándome la borrachera de su luz// flotando en pétalos sobre el pasto y ciruelas/ a quién le importa...". Li Po o el goce de la luz de Juan L. Ortiz, Beatriz Vallejos en los aires de aquí, pero ¿a quién le importa? El aire entramado en las palabras, el aire de las islas y el gozo no tienen nombres ni propietarios: "toma/ nota: no rinde el tiempo a plazo fijo/ y es sin retorno el brillo de su diamante". Carpe diem, podría ser el título de este "Alpiste" y de otros poemas, sobre todo de la primera sección del libro que se titula "Desobediencia Civil".
"El cielo azul oscuro/ se refleja en la nieve,/ la nieve lo ilumina/ y limpio queda el mundo". Los ojos son los que limpian a un mundo sucio; D.B. lo sabe, y se apoya en su mirar que hace el poema, las palabras son a propósito del poema y nada más. Esto resalta más en la segunda sección, "Ni un minuto fuera de casa", una casa ancha como el mundo, la casa del vagabundo, viajero entonces, nunca turista, el turista siempre está pensando en su casa, en sacar fotos para mostrar a los amigos adónde estuvo, y sonríe como un tonto para que los amigos vean qué bien lo pasó; el viajero se siente en su casa, ya sea en las colinas de York o en el Valle de la Luna; puede prescindir de la foto; puede, inclusive, prescindir de pasarla bien.
El miedo argentino, la zozobra de un país que "de un plumazo echando a mis parientes/ no tembló su mano como lo hace/ la mía si recuerdo esa sombra", aparece en la tercera parte, "Notas del Presente", y aflora una tristeza, suavemente recortada en el poema, "como las hojitas de fresno/ una tras otra cayendo igual/ a las lágrimas, a los sueños", tema que se profundiza en "Desde el ventanal", la cuarta parte, en donde aparece, dentro de la densidad de un lenguaje que es propio de todo el poemario, el interrogante mayor, "la muerte, marea mayor atada/ desde el inicio a la pata/ de lo que nace, materia o sueño".
"Cuando canta el Gallo", la última parte, donde D.B. se pasea en su familiar paisaje de patio de islas, donde su palabra se hermana a pájaros y árboles que sin ningún orden ni prisión aparecen junto a la gente del lugar con la que comparte los días. Todo hace que este apartarse del mundo produzca un efecto opuesto, lejos de transformar al yo del poema en una "isla", fluye una voz que vibra en armonía con el otro, hombre o naturaleza, participa del misterio de esos "otros" y, como decíamos al principio, no trata de explicar sino que nos ayuda a conocer cuanto ya sabíamos, como suele suceder con los buenos libros, que no nos enseñan nada nuevo y reavivan el tizón, nos dicen, de pronto "Nada tan hermoso como ramas en invierno", y sabemos que siempre fue así, que nunca debimos, ni por un instante, olvidarlo en la breve y, animémonos a decirlo, bella vida que tenemos.
Por Jorge Monteleone
La tradición poética que alude al tiempo discontinuo, epifánico, en el cual se alza la paradójica "eternidad del instante" se vincula, desde Baudelaire, con la modernidad. Lo moderno es aquel tiempo donde lo transitorio, lo fugaz, se cruza con lo eterno, lo permanente. Para usar una imagen de Diana Bellessi, el instante equivale a la aparición de un colibrí suspendido en el aire, suspendido en el tiempo, que "lanza relámpagos".
El término rebelión, en cambio, parece una idea que se corresponde casi exclusivamente con el tiempo histórico, unida a los hechos de la vida concreta, al alzamiento, al conflicto, a la airosa rebeldía de actores sociales que impugnan normas, valores y poderes establecidos.
Hablar de una "rebelión del instante" equivale a hallar en la epifanía poética un modo de sostener todavía la revuelta social, acaso con esa impronta de la que hablaba Julia Kristeva: mantener las potencialidades de revuelta que lo imaginario resucita en nuestra intimidad. "La rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos", reza un gran poema de Pizarnik. O, para decirlo con Bellessi, el acto poético puede ser vivido como desobediencia civil.
Muchos poemas de este libro miran y nombran lo real: los follajes nacientes, las plumas de los pájaros entrevistas en las frondas, el mantillo de las hojas en la aurora, los celajes de las formas naturales. Todo lo que vibra, ceja, tiembla, ondula, irisa, lo que sostiene el mundo en la belleza de las estaciones sucesivas y que alguien mira interminablemente para que retorne en el poema como un incremento del ser. Pero la gran pregunta de la poeta que acumula esas minúsculas joyas del sentido -para quien siempre existirá un correlación ética y solidaria entre toda poesía y su audiencia en el seno de una cultura común, que aquí reside en la sociedad argentina actual- es también ésta: ¿qué se posee verdaderamente en el poema? ¿Es posible decir, donar lo real en un poema enunciado en el contexto social de su propio tiempo, cuando la propiedad está de hecho vedada a miles de semejantes, donde otros miles mendigan y nada podrán obtener de la realidad como no sea mediante las argucias del sobreviviente? En ese contexto de desposesión ¿con qué puede contar el poema, qué puede ser dicho sin tornarse una frivolidad, una "minucia enjoyada"? En un arrebato solidario, la poeta prefiere no tener nada: nada, salvo la "orlada sombra que confía del instante". Y dice: "Ante la verde/ naturaleza digo/ no tengo nada// ni una frase/ y tanta mendicidad/ me acompaña". Allí, en su renuncia, comienza a elaborar la paradoja de su íntima revuelta.
El orden del mercado, la lógica de la ganancia irrestricta y la exclusión social, es sustituido por el orden de lo obtenido en la gratuidad inmediata del mundo, lo ofrendado, lo regalado, lo dado en el instante de su aparición. Desde el sol, "el ponchito de los pobres", hasta las ramas finas de los ciruelos, la belleza de las cosas comparece. Toda rebelión, toda redención social cuenta con lo sagrado del mundo, y una misma pureza radica en la contemplación de lo real, lo que se honra en el detalle, tal como en las asambleas encendidas, "tan bella/ la multitud como la naturaleza/ organizada en paisaje las columnas/ de Aníbal, de Teresa". El poema recompone el murmullo de las vastas reuniones sociales y la mudez del hambre con su propia voz menuda. Una voz que atestigua un tiempo terrible, pero nunca corresponde a un "alma bella": se reconoce ajena, medrosamente culpable incluso en su propio trabajo poético al mirar cara a cara al despojado: "le hablo yo si fuera/ persona pero es/ un pedazo nomás/ de maniquí en la calle/ del desamparo/ vestida en harapos / se me hace un nudo/ de lo no hablado".
Toda la poesía de Bellessi se tensa en su propia donación, y se autocuestiona, y nombra la rabia y la alegría en la rabia. Y asimismo es pacientemente dulce, poblada de diminutivos, de resabios de habla, apócopes de la intimidad popular en el seno de versos frágiles que esplenden, rítmicos, cantados, donde otra riqueza -plata y oro- ya no está vedada: "estar atenta / a los detalles que no cesan de cambiar,/ ninguno igual plateadito mío/ que te despojas temprano de tus hojas,/ como joyas en la brisa, álamo pequeño/ y fresno ya vestido en seda de oro".
El poema nombra el acaecer en toda su dimensión temporal: el instante consagrado en la mirada poética del mundo y los excluidos del mundo, que sólo cuentan con su propia rebelión para subsistir. Al unir estos campos de sentido mediante una subjetividad pertinaz en sus elecciones personales y a la vez abierta a la conciencia y el temblor de los otros, el poema de Diana Bellessi renueva los caminos de la poesía social en lengua española, donde el lirismo puede ser leído políticamente, sin abandonar lo indescifrable de la palabra en el tiempo, el origen y la finitud: "el lustral misterio de aquello/ que empieza o acaba,/ por el umbral del silencio y la distancia". Su extraordinaria obra poética, de una completa coherencia, resuena en este libro ineludible y se sutiliza, se expande, se multiplica hasta alcanzar un raro logro: asumir una cabal ética de la poesía.
Jorge Monteleone
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