Jorge Consiglio

Nació en Buenos Aires en 1962. Es Licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como docente de la cátedra de Semiología del CBC en la UBA, para la cual redactó y publicó varios artículos. Colaboró en el suplemento cultural del Cronista Comercial, en la revista independiente de poesía Maqrol y en la revista Noticias, para la cual escribió reseñas bibliográficas y cuentos cortos. Fue miembro del Consejo de Redacción de la revista de literatura La Giralda.

Participó en numerosos ciclos culturales, como Supernova (1999) organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, en donde se organizó una lectura de textos de ficción y posterior debate en una mesa redonda de escritores argentinos contemporáneos. En 2000, coordinó uno de los Lunes de Poesía en el ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana).

Ha recibido varias menciones y premios. En 1992, fue seleccionado para la Prebienal de Arte Joven organizada por la Subsecretaría de la Juventud de la MCBA; en 1993, su cuento “Ronda nocturna” ganó el primer premio del Primer Certamen de Cuentos organizado por el Instituto del Profesorado Santo Tomás de Aquino; y en 1996, su cuento “Algo pendiente” recibió una mención en el Certamen de Cuentos “Desde la Gente” organizado por el Instituto Movilizador de Fondos. En 1999, con su cuento "Deuda o desgracia" fue finalista en el concurso de cuentos policiales organizado por el diario La voz del Interior, uno de cuyos jurados fue el escritor Luis Guzmán.

En 1986 publicó Indicio de lo otro, su primer libro de poesía, en el sello independiente Halmargen, de cuya formación participó activamente. También tiene publicados Las frutas y los días (1992) en Ediciones Ultimo Reino y la plaqueta Las arrugas de la terraza (1994).

Tiene escritos dos libros de cuentos de los cuales Marrakech (Simurg, 1998) es el primero que se publicó. Sus cuentos se encuentran incluidos en diversas antologías locales. De ellos, se destacan "Al amparo de la galería" en la antología a cargo de Leopoldo Brizuela, Historia de un deseo que publicó Editorial Planeta en mayo de 2000; y “La noche anterior” y “Ronda nocturna” en antología publicadas por Editorial Alfaguara en 2001 y 2002. En 1999 y 2000 escribió La isla de Badir, una serie de cuentos infantiles inéditos para el portal www.chicos.net que, según el periodismo especializado, fue una de las mejores propuestas del portal. En 2002, su cuento “Sangre en la boca” fue seleccionado para la antología de de la editorial española Ópera Prima que llevó el título Lavapiés, un proyecto que reúne a numerosos escritores de todo el mundo hispanohablante. En 2001 su cuento Deuda o desgracia fue finalista del Premio Semana Negra de Gijón y su novela El bien recibió el Premio de Novela de la editorial española Ópera Prima, consistente en la publicación del texto. En julio 2002, presentó su novela El bien en el marco de la Semana Negra de Gijón, España. En junio de 2003, Editorial Norma publicó El bien en Argentina con muy buenas críticas por parte de la prensa. En 2004, su cuento “Excepto los trenes” salió en la antología de cuentos sobre trenes En la vía preparada por Christián Kupchiock para Editorial Norma.

 
 

El bien  de Jorge Consiglio, Editorial Norma, 2003

 (fragmento)

 

Capítulo 16

 

Aquella vez, Mejía se cruzó en un pasillo con un oficial canoso. Vargo era su apellido.

Mejía se detuvo. Se pasó la mano por la nuca, llenó de aire los pulmones y habló sobre alguna trivialidad. Mientras contaba, movía los hombros: era su forma de dar énfasis al relato.

Vargo permaneció callado. Su atención intimidaba; sin embargo, la zozobra no inundó la garganta de Mejía.

Sobre ambos, una claraboya dejaba ver la última oscuridad de la noche. Sobre ambos, un pedazo de yeso se deshacía en finísimas partículas que caían. Copiosas e inadvertidas.

Alguno de los dos dijo madrugada. Después alguien en un cuarto vecino estornudó. Dos, tres veces.

Vargo miró a Mejía y buscó con la espalda la pared. Recién entonces aclaró su voz y se entendió con él igual que lo hubiera hecho con un amigo.

Vargo era preciso, de una amabilidad austera. Con su cuerpo rígido buscaba incansablemente la autoridad.

Dijo que hacía dos semanas habían detenido a un boliviano. Era bajo, no tenía cuello, llevaba la cabeza clavada en el tronco. La melena, retinta y grasosa, le cubría la mitad de la cara.

Estaba vestido con un pantalón sucio color caqui; sobre los hombros llevaba, a modo de poncho, una bolsa de arpillera.

         Vargo confesó que cuando lo vio entrar creció en su voluntad un deseo de violencia. Entonces, ordenó a dos de sus hombres que lo sostuvieran y golpeó al boliviano hasta que le dolieron los nudillos.

Ya satisfecho, preguntó las razones de la detención. Lo habían encontrado durmiendo en un banco de plaza. Cuando lo despertaron, repetía incoherencias: Mis manitos en La Paz, Bolivia, las moscas en las muelas, la casa del llano, mis manitos en La Paz, mis manitos, las moscas en Bolivia, dos ventanas en la casa del llano.

No tenía encima ningún documento. Eber, dijo que se llamaba. Y no volvió a hablar.

Lo tiraron solo de su alma en la penumbra de una celda. Con la cabeza entre dos piedras, cerró los ojos y pareció dormirse.

Vargo contó que a las dos horas se asomó para verificar que estuviera vivo. Lo encontró parado sobre el camastro de madera. Lamía una rajadura de la pared. Trabajaba con empeño, como si de aquella tarea dependiera el mundo.

Vargo lo increpó. Qué está haciendo, imbécil. Y otra vez el silbido de la mano que azota y el quejido que escapa.

Vargo, después, caminó hacia la oficina más próxima y se recostó en un sofá de cuerina gastada. Quería recobrar el ímpetu perdido con la violencia.

Tirado como estaba, escuchó el silencio y, casi enseguida, la voz del prisionero. Contaba la historia de su locura.

Andaba con otros dos en una camioneta de guardabarros despintados. Llevaban una caja grande de herramientas y seis bobinas de cables de distintas pulgadas. Enganchada en grampas, una escalera de aluminio.

Tenían tres cosas que hacer aquel día, el segundo de la primavera. Tres cosas y no más.

La primera era rutina pura y la resolvieron con una celeridad tal que al poco rato se olvidaron de que la habían hecho. Después, trabajaron en la altura. Ordenaron un caudal de tensión en un poste. Y por último, cerca de las cuatro, abrieron la puerta metálica de un transformador de calle en una esquina. Eber metió la mano y recibió una descarga. Una importante descarga eléctrica.

Eber dijo que al transformador lo llamaban Kinkón.

Me dejó enfermito, la corriente. Un golpe ácido que le calcinó la sangre. A la cabeza me entró la luz. Un transformador clavado en la calle. La luz como un alambre, igual a un insecto que picara el cerebro.

A Eber, que perdió todo, le quedó la locura, un brazo inmóvil y los dientes negros como escarabajos incrustados en la encía.

Esto no es un aguantadero de enfermos, contó Vargo que había dicho.

Detrás de las claraboyas, la mañana apartaba un resto de oscuridad. El frío giraba en todos los ámbitos como un animal. En el pasillo, el mosaico del suelo se hizo más visible.

Vargo, fiel a la realidad, reprodujo a Mejía las palabras con las que ordenó la liberación del boliviano. Que lo saquen a patadas. Y acto seguido, se dedicó a toser.

Mejía, que había seguido atentamente el relato de Vargo, sintió una ausencia en la bóveda del paladar. Pensó que era hora de tomar otro jarro de café caliente.


 

Capítulo 25

 

Cuando las gomas del Chevrolet empezaron a rodar dejando atrás la estación de servicio, un pedazo azul de infinito se dejó ver, por entre las nubes, en una esquina del cielo. Bodart fue el único que notó el detalle. Se dijo que, sin duda, el tiempo se iba a componer. Enseguida, hilvanó una serie de pensamientos acerca de lo que se oculta y recordó un episodio de su infancia.

 

Acababa de cumplir ocho años y su madre le había permitido pasar una temporada en el campo. Por esa época, tenía un tío que administraba un par de terrenos y vivía en una casa cubierta de glicinas. A su llegada, Bodart se dio cuenta de que una injustificada congoja marcaría su estadía. Pero aquella presunción no lo sumió en el desánimo sino que, por el contrario, despertó en él el mismo instinto que lo llevaba a hurgar en sus heridas.

Allí conoció a una niña de cara alargada por la languidez. Nina era su nombre. Hablaba poco y llevaba el pelo trenzado sobre la nuca. Pasaron poco tiempo juntos; sin embargo, Nina encontró en Bodart el recipiente adecuado para volcar su secreto.

Un atardecer destemplado, Bodart siguió a Nina a un tupido bosque de hayas. Ella lo indujo sobre todo con su silencio.

         Bodart no tenía una clara idea acerca de lo que iba a ver, pero, de todos modos, avanzaba, pendiente del rumbo que le ofrecía su guía.

La chica iba unos tres metros delante de él. Daba pasos cortos y llevaba puestos un par de zoquetes blancos. Él observaba, encandilado, la oscilación del pelo atado y la forma en que el sweater rojo se volcaba sobre los hombros.

Nina caminaba llena de energía por el medio de la tarde. El sol del otoño justificaba los pliegues de su pollera tableada. Iba movida por la certeza. En su rostro infantil, se modulaba un mentón grave que vaticinaba cinismo.

Cuando el tramado de la vegetación se fue haciendo más complejo, los caminantes se hicieron cautos. Los dos pares de pies demoraban un instante en cada huella, como puesta en acto de la prevención. El aliento fue más pesado; quizás, también, más íntimo.

Una vez que los árboles dispusieron cierta solemnidad, los niños caminaron uno junto al otro. Advertían el temor que iba creciendo en el pecho del compañero, pero preferían ignorarlo como la forma más rápida de cortarlo de raíz.

Los brazos se rozaban con cada paso. Alrededor, los pájaros y unos pocos roedores cumplían, sin distracción, con sus menesteres.

Se detuvieron en un sitio que Nina llamó el centro del bosque. Allí, la chica señaló en dirección a una gran rama caída. Dijo:

—La cubrí para que nadie la vea.

Bodart se encogió de hombros. Razonó que era poco probable que alguien llegara hasta el lugar en el que ahora se encontraba.

—Llegué sin que nadie me orientara. Como yo, puede llegar cualquiera —dijo Nina.

Bodart no supo darle forma a su asombro.

Se quedaron parados uno junto al otro, sin hacer más que mirar la rama que funcionaba como puente al misterio.

La humedad lamía los zapatos de los niños. Dentro, falsamente abrigados por las medias, los dedos se alejaban de la temperatura que les era habitual y entraban en un territorio de rigor y pobreza. Nina y Bodart sentían los dedos agarrotados y sabían de su color: amarillos de tan pálidos.

El movimiento sacudió, enseguida, aquel instante de contemplación. Antes, Bodart levantó los ojos hacia la copa de un árbol. Sobre un nudo del tronco distinguió un pájaro negro y picudo. Lo vio erguirse y sacudir las alas. Lo oyó graznar. Dos, tres veces. Le pareció que mezclado con el chillido se escuchaba un lamento humano. Se aterrorizó. Sintió algo parecido a una descarga de electricidad en los brazos. Fue una experiencia breve, duró pocos segundos.

Cuando se repuso, quiso traducir lo que consideró un vaticinio. Pero no dispuso del tiempo para hacerlo: Nina lo llamó con unos golpecitos en el hombro.

—Voy a descubrirte mi tesoro —le dijo en voz baja.

El esfuerzo lo hicieron entre los dos. Agarraron la rama del extremo sin hojas y tiraron. Las manos se superpusieron sobre el delgado tronco.

Bodart se sintió muy cerca de Nina. Advirtió un temblor súbito, como un parpadeo, en una vena gruesa que le atravesaba el cuello. Se le erizó la piel al sentir el perfume íntimo que se filtró desde el cuerpo de la chica.

Bodart tuvo un repentino sobresalto. Fue extranjero en su propio cuerpo. El aire que escapó de su boca no fue otra cosa que el asombro.

         Nina, que notó la ausencia del compañero, llamó su atención y señaló con el dedo índice lo que hasta hacía un momento permanecía oculto. Era una fuente de agua clara que manaba en abundancia.

—¿Qué es? —preguntó él.

—Mi secreto más grande.

—Pero es agua… El agua no puede ser secreto —dijo el chico.

—¿Por qué?

—Es sabido: el agua es algo bueno... Y lo bueno no es secreto.

Nina, por unos instantes, dudó. Abrió su pequeña boca. Detrás de sus labios, el organismo se defendía con la oscuridad. Solo los incisivos se exponían al golpe de la luz.

En sus ojos se fijó el desencanto. Parpadeó tres veces y reaccionó. El modo que encontró para defenderse fue descalificar a su compañero.

—Lo que dijiste es una estupidez.

Insatisfecho, Bodart insistió.

—Decime la razón por la que algo bueno tenga que ser secreto.

Nina no respondió. Volvió a cubrir la vertiente de agua con la rama. Acabó la tarea y emprendió el regreso. Las piernas se movieron más rápido que de ida: las empujaba la frustración.

Con la sombra de la noche, llegaron a una construcción blanqueada por cal. Nina se detuvo a subirse las medias: en el viento se agitaba el invierno.

—¿Por qué no hablás? —preguntó Bodart.

—Porque no entendiste lo que te mostré.

—Entonces, explicame.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no sé explicarte —dijo la niña, y siguió la marcha.

Bodart quedó unos instantes parado en el camino. Vio cómo las piernas flacas de Nina entraban en la noche. Se supo solo.

         Ahora, casi treinta años más tarde, antes de que Bodart pudiera definir la última escena de ese recuerdo, el episodio completo regresaba al olvido. Inmediatamente, su mente saltó a otro pensamiento tan trivial que ni siquiera pudo registrarlo en su conciencia.

Luego, buscando una posición más cómoda en el asiento, repasó con la yema de los dedos los billetes que tenía en el bolsillo. La sola confirmación de su existencia lo tranquilizó. Aspiró profundo. El oxígeno fue apuntalando la imagen equívoca que tenía de sí mismo; también, subrepticiamente, mitigó su terror de ser infiel a esa imagen.