|
Países bajos
Estoy sin trabajo, te dije, además de solo y completamente
perdido y afligido y apenado y angustiado y extrañando y con ganas de
tomar mate que es una infusión tradicional del país de donde vengo. Una
bebida, por lo demás, bastante modesta y verde que nunca me gustó
demasiado.
Lo del tango no te lo dije porque me pareció un exceso. Aunque te amara
desesperadamente, vos seguías siendo casi una perfecta desconocida para
mí. A decir verdad, no hacía más de seis minutos que te habías acercado
empuñando un vaso larguísimo de cerveza, me habías jurado solemnemente
que mi nombre estaba escrito en ese vaso y en todos los vasos de ese bar
y de esa noche y, ante mi más completa perplejidad provinciana, me
habías preguntado por qué motivo llevaba yo esa cara tan triste si mi
nombre aparecía escrito en cada uno de los infinitos y larguísimos vasos
de cerveza que poblaban el nocturno aburrimiento de La Haya y zonas
aledañas.
Entonces.
Se armó, justo ahí, en el centro mismo de la escena, un confuso silencio
que me apuré a querer cancelar para siempre contándote también aquello
que no había querido contarte antes sobre el tango. Pero vos me pediste
que no, que por favor no, que había hecho muy bien en no excederme
anteriormente con eso del tango y que lo único que en realidad
pretendías saber era de dónde había sacado yo una lengua tan universal
aunque, y esto lo agregaste dibujando una sonrisa absolutamente
universal en tu boca absoluta, un poco difícil de desentrañar para las
desdichadas personas que se acercaban inocentemente hasta mí empuñando
larguísimos vasos de cerveza.
Eso se llevaría toda la noche en explicaciones, te expliqué a modo de
disculpa retórica pero con unas ganas bárbaras de comenzar cuanto antes
a contarte con lujo de detalles el origen de esa tan extraña, para vos,
lengua personal o universal. Pero creo que no entendiste del todo bien
mi disculpa retórica o la entendiste en forma muy literal porque,
inmediatamente, te fuiste con una amiga justo al otro extremo del pub
que compartíamos con alguna otra gente que, por lo menos en lo que a mí
respecta, no me importaba en lo más mínimo.
Me quedé solo.
Otra vez.
Solo y completamente perdido y afligido y apenado y angustiado y
extrañando.
Encima, y como si fuera poco todo lo que de por sí ya extrañaba, en ese
preciso momento me di cuenta de que también empezaba a extrañarte a vos.
Con mi cara de tristeza y mi perplejidad. Y con un vaso larguísimo de
cerveza en el que no pude, por más que lo intenté repetidamente, lo
juro, encontrar escrito nada que se pareciera a mi nombre.
Pasó un siglo o dos hasta que volviste y me informaste que creías haber
hallado la solución a todos mis conflictos. Salvo, me aclaraste, la
solución a aquella región de mis conflictos que tenía que ver con un
patriótico brebaje verdoso para vos desconocido y con una singular
música melancólica a la que yo, inteligentemente, no había querido hacer
alusión durante nuestro primer encuentro.
Deduje de tus palabras, erróneamente lo reconozco, que considerabas que
éste constituía ya un segundo encuentro y entonces me animé a confesarte
que te amaba desesperadamente desde nuestra primera aproximación de vaso
larguísimo de cerveza. Pero vos me contestaste de una manera bastante
salvaje que, a tu criterio, criterio que por supuesto yo no tenía por
qué compartir, siete minutos más tres minutos y medio no hacían dos
encuentros sino sólo, y con exactitud, apenas unos precarios seiscientos
treinta segundos; que no me conocías y que considerabas que dentro del
posible contrato de solución que venías a proponerme, a todos mis
conflictos menos dos, volviste a aclarar con alguna redundancia, entraba
de suyo y como contrapartida que durante el exceso de tiempo libre del
que iba a disponer a partir de tu solución, me resultaría
definitivamente sencillo responder, en extenso y por escrito, a la
ingenua pregunta que me habías formulado en el séptimo minuto de nuestra
vida en común, o, lo que era casi lo mismo, a la estúpida pregunta que
me habías hecho casi al final de lo que fuera, según mi bárbaro
entender, nuestro primer encuentro.
Te contesté que sí.
Aunque no sabía muy bien a qué cosa te estaba contestando tan
entusiastamente que sí.
Entonces te acercaste, me aplastaste contra la barra del pub de un beso
gigante y me pediste por favor al oído que no perdiera más el tiempo
buscando mi nombre en los larguísimos vasos de cerveza, que solamente se
trataba de un viejísimo truco holandés para conseguir que un hermoso
muchacho con la cara tremendamente triste se enamorara hasta la
desesperación de una muchacha rubia de origen, aunque en los últimos
tiempos teñida de pelirrojo y por lo demás bastante tonta, en menos de
un cuarto de hora.
Enseguida me pasaste un papelito medio arrugado, me ordenaste desde tu
sonrisa absoluta que te llamara al otro día por la mañana y te fuiste.
Doeg.
Chau.
Así nomás, te fuiste.
Y a mí, y eso es lo que no me dejaste contarte después de aquel confuso
silencio que se armó justo en el centro de los siete minutos que duró
nuestra primera eternidad, me pareció escuchar que sonaba el mismo tango
cantado por el polaco Goyeneche en los parlantes del bar. Todo el
tiempo. Exactamente desde el momento en que vi que te acercabas a mí con
aquel vaso larguísimo de cerveza en una de tus manos, creo que era la
derecha, hasta el preciso instante en que dijiste Doeg, te diste la
vuelta y te fuiste.
Pero lo del tango no debe haber sido verdad.
Seguramente lo imaginé, Roja.
|
|