Manos de
manteca
(cuento)
Oscarcito
tiene cinco años, rulos, cara de travieso y mucha mala suerte.
Una combinación fatal.
A esa edad
hay cosas que no tienen explicación posible: Si en las fotos de bebé
tiene el pelo liso ¿por qué ahora le sale tan retorcido? ¿se le habrá
enroscado algo adentro de la cabeza y se le armaron los tirabuzones? La
cuestión es que sus rulos y su cara parecen los de alguien que va a
hacer lío y en este mundo eso es un problema porque la gente (sobre todo
madres y señoritas) se guían mucho por las caras ¿quién le pone a uno la
cara que le toca? ¿cómo sería la vida si tuviera los dientes más juntos?
¿por qué se le sale la vena de la frente cuando se pone nervioso? Cuando
uno pierde la calma los pies se enroscan ¿pero porqué algunos tienen
suerte y no se tropiezan? ¿porqué algunos nacen normales y otros con
manos de manteca?
Oscarcito
se hace estas preguntas y muchas más. El siempre intenta reflexionar sin
tocar nada pero, no sabe cómo, qué cosa lleva a qué otra, termina
invariablemente con un objeto estropeado en las manos. Roto, quebrado,
cachado, partido o como mínimo en peligro. En estos casos él intenta
salvarlo pero, como ya está dicho, la suerte no lo acompaña;
trastabilla, tambalea, se resbala o, lo que es más común, se le cae. Lo
tenga agarrado con firmeza o suavecito, hay una fuerza ajena, un destino
inmanejable que le quita las cosas de las manos.
Oscarcito tiene una hermana de diez años, se llama Celeste y es
artesana. En la pieza que comparten hay una repisa colmada de preciosos
trabajos hechos en materiales como papel glasé, telgopor, crealina,
tela, miga de pan, lana... incluso los prestigiosos madera, alambre y
cerámica.
El sabe
perfectamente que tiene prohibidísimo arrimarse al rinconcito de
Celeste. Pero con tan rotunda negativa lo único que han logrado es
despertar una intriga mortal: Que sea el motivo de las tardes, mientras
la hermana está en la escuela, acercarse y contemplar las pequeñas
hermosuras sin que la madre lo descubra. Sobre todo ahora que Celeste
empezó a trabajar en mazapán. Esos podrían comerse y tienen esa
consistencia grasosa tan atractiva...
Hay uno,
sobre todo. Un viejito sentado en un banco con boina y bastón, ése lo
tiene loco. Celeste estaba tan orgullosa cuando terminó de hacerlo que
no pudo resistirse y se lo mostró de lejos, pero después no dejó que lo
mirara mejor. Se lo dijo clarísimo: “Ni con las manos atadas” y sin
conmoverse por puchero alguno acomodó al viejo en la repisa.
Está en un
estante demasiado alto como para que él lo vea y es lo más importante de
su vida, desde hace unos días, encontrar la manera de llegar a las
alturas y tenerlo frente a frente. Probó con las sillitas que tienen en
la pieza, pero son pero son tan bajas que solo le alcanzan para ver la
frente arrugada y medio anteojo del viejito, muy poco para calmar un
espíritu tan inquieto. Desde ese día todos sus enrulados pensamientos
giran alrededor de lo mismo, la manera de alcanzarlo. Le viene dando
varias vueltas al asunto y hoy se le ocurrió un plan que puede ser
perfecto: “El puf del comedor”.
No es para
nada fácil traerlo sin ser visto por la madre, ella tiene ojos en la
nuca y son muy breves los ratos en que no lo está vigilando.
Hace así: espera que la abuela llame por teléfono, como todas las
tardes, y entonces empieza a reproducir el sonido de un avión volando en
una batalla, porque si está muy silencioso puede generar sospecha. En
puntitas de pie empuja un poco el puf, el avión entra en una zona
peligrosa, avanza otro poco el puf, ahora el avión entra en una selva,
empuja más rápido, el avión es bombardeado por los enemigos, se comunica
con emergencias, cada vez más velocidad, peligro, bombas, tiros...
sorteando terribles, fabulosos, descomunales obstáculos se produce el
agitadísimo aterrizaje en la pieza.
Después de
ubicarlo en el lugar exacto, comprueba que el teléfono tiene entretenida
a la madre, tira una última granada por las dudas y por fin puede
dedicarse a lo importante; se sube al puf.
Visto
desde arriba, el mundo de Celeste es mucho más imponente. Justo quedó a
una altura que coincide con el estante sobre el que está armada la
plaza. Tiene de todo, es hermoso, los colores, los detalles, el brillo.
Parece de en serio, si hasta hay un arenero con arena de verdad... ¡y la
estatua de un prócer! Pero, ¿dónde está el viejito? ¿será en otro estan...?
No, ahí está, en un costadito, observándolo todo. La cara es triste y
pareciera que le duele la espalda. Le quedan grandes los pantalones y
tiene arremangado el saco.
Debe haber
un momento justo en que se empiezan a achicar los grandes... El abuelo,
dice papá, era más alto que él... o por ahí quieren encontrar cosas en
el suelo.. siempre están medio agachados... pierden algo y de buscarlo
quedan así, petisos y fruncidos ... ¿Qué son esas rayitas que tienen
arriba de la boca y al lado de los ojos? ¿porque qué los viejos no saben
jugar? ¿Cuándo van al cielo, tampoco juegan?¿Cómo hacen para llegar al
cielo? Y así, sin darse cuenta, pregunta tras pregunta, en un momento
nota que tiene el viejito en la mano. ¡Otra vez lo mismo! ¿Cómo no vió
que lo agarraba?
Se le
mezclan los nervios con la bronca y se apura para apoyarlo dónde estaba
¡Pero cómo puede ser! ¿Será que se hipnotiza sin querer? ¿Será que las
manos se las maneja otra persona? ¿quién es el desgraciado? Y con esta
última posibilidad se pone furioso y en un pestañeo ya está el viejito
estampado en el suelo.
Solo por
un instante se queda en blanco, no reflexiona. No puede ni preguntarse
por qué todo lo malo le pasa a él. Ahora está seguro, hay cosas en su
vida que no tienen explicación. Y sin perder tiempo en secarse los ojos,
ni hacer el menor sonido sollozante, baja del puf y se dispone a
reconstruir el brazo derecho del anciano. Es lo que peor se le ve,
aunque seguramente se le debe haber fracturado la cadera como al abuelo
Oscar. ¿Es obligatorio tener el nombre del abuelo para los varones? Ah
no, el primo Claudio se llama como el tío...
Un
bocinazo de micro escolar muy fuerte logra sacarlo de su pequeño momento
de calma. Oscarcito se asusta, sabe lo que eso significa: ¡¡Llegó
Celeste!!
La voz
gritona de la madre desde afuera empeora la situación:
-
Oscarcito, llegó tu hermana. Vení a tomar la leche, no me hagás
decírtelo dos veces...
Oscarcito
en un brote de desesperación comienza a pegar con saliva, como puede, el
bracito sobre el cuerpo aplastado del anciano. Una vez que quedó más o
menos agarrado, lo apoya en la palma de una mano. Con la otra tiene que
subirse al puf y devolver el viejo a la plaza. Es una situación
arriesgadísima pero debe lograrlo antes de que entre Celeste a dejar la
mochila.
Oscarcito
consigue subir al puf. Pero ¿Qué pasó? Si recién llegaba justo...¡Será
posible! Quedó demasiado abajo de la repisa y para acomodar al viejo
tendría que inclinarse hacia atrás, poniendo en riesgo su estabilidad.
Siente por adentro que algo le quema en la panza o en la garganta, más o
menos por ahí. El sabe lo que eso quiere decir: debe bajarse y correr el
puf porque si no se puede caer. Primero un pie, despacio, con cuidado,
pero una vez que la zapatilla toca el suelo el otro pie se le viene
solo, en el envión no sabe cómo apoyarlo y se va de boca. Queda
acostado, panza abajo, sobre el viejito de mazapán.
En ese
instante, Celeste abre la puerta, con el uniforme limpito y una maqueta
hecha adentro de una caja de zapatos. Oscarcito se siente locamente
atraído por el nuevo trabajo de su hermana y está a punto de pararse a
ver lo que hay adentro, pero se frena porque Celeste lo hace acordar de
todo con una pregunta:
- ¿Qué
pasó, Osqui?
¿Cómo le
explica? No hay una sola cosa que pueda decir y no lo reten, entonces se
pone a llorar exageradamente, como un descosido. A Celeste le da risa,
porque los rulos se le mueven como resortes. Oscarcito se enfurece y
deja abruptamente de fingir el llanto para gritarle
- Andate,
tarada, dejame solo.
-
Perdoname, ¿te lastimaste?
Celeste no
se ríe más. Se acerca, apoya cuidadosamente la caja en el suelo e
intenta darle la mano para que pueda levantarse. Oscarcito se desespera,
esta ayuda podría arruinarlo. Para salvarse le tira un golpe con la mano
abierta y del envión le pega un cachetazo a la maqueta. Celeste,
aterrada, abre grande la boca pero con singular destreza llega a detener
la catástrofe justo a tiempo.
- ¡Te dije
que te vayas! - grita Oscarcito con la vena de la frente a punto de
reventar -¡La llamo a mamá y le digo que me tiraste vos!
- ¡Qué
hambre, tarado! - dice Celeste con sonrisa irónica, mientras acomoda
meticulosamente un bordecito de la maqueta- Arreglate, salamín.
Y se dispone a retirarse. Pero antes de salir dice con provocadora
calma, como si de pronto hablara en cámara lenta:
- ¡Boorroomeeo
rommpeetuuti!
No hay
cosa que le dé más furia. Su hermana hablando suavecito lo pone tan
nervioso que lo hace olvidar de todo. Se para hecho una fiera, dispuesto
a reventarla a patadas. Ella lo siente venir y se da vuelta con miedo.
Él, cuando le ve la cara, se acuerda y se tapa el muñeco que tiene
estampado en la remera.
Celeste no
es ninguna tonta, deja la maqueta en el piso con mucho cuidado y
pregunta:
- ¿Qué
escondés?
- Nada –
intenta disimular Oscarcito mientras camina hacia atrás, terminando de
aplastar lo que queda del viejito contra su panza. Se le ocurre una cosa
para retrasar el momento de la verdad.
- Tengo
que hacer caca.
- Osqui,
decime que escondés.
- Caca.
- Decí la
verdad....
Celeste
empieza a caminar rápido para adelante y Oscarcito para atrás. Él,
disimuladamente, despega el mazapán de la remera y lo esconde en su
mano. Ella lo sigue sin quitarle ni por un segundo la mirada. La
velocidad de la persecución crece hasta dejarlos corriendo alrededor de
la mesita de juguete. Pan comido para Celeste, campeona de la sortija,
que en un movimiento magistral estira el brazo por encima de la mesa y
atrapa a su hermano. Quedan enfrentados. Se miran fijamente, buscando
que aparezca la debilidad en los ojos del otro.
Oscarcito
sabe que no tiene muchas posibilidades, Celeste empieza a acercarlo
hacia ella con un tironeo firme y seguro. Él resiste lo más que puede,
que es bastante poco, porque las zapatillas de porquería que tiene
puestas resbalan hasta en la alfombra. Si lo tira al suelo y se le
sienta encima, está perdido. La maldita tiene ese poder. Podría meterse
el mazapán en la boca, o revolearlo, o pedir refuerzos maternales... el
sabe que con un poquito de teatro, si quiere, desvía todo para otro
tema. Es preferible que lo reten porque el puf está en la pieza, por
ejemplo.
Para
cuando logra decidirse, Celeste ya lo arrinconó contra la cajonera y le
tapó la boca. Las zapatillas estas no se las pone más, las va a tirar
por la ventana así se las llevan...
- ¡Confesá!-
dice Celeste mientras intenta abrir a lo bestia el puño dónde él esconde
los restos del viejito.- ¿Qué tenés?
- ¡mmmhhh!
¡mmummja! . dice Oscarcito a través de la mano que le tapa la boca.
Celeste no
entiende, deja a su hermano que conteste :
- ¡Nunca!
Oscarcito
mantiene tan apretado el puño que, por más fuerza que ella hace, los
dedos no se despegan. Ahora tiene el poder, porque el campeón del
empecinamiento es él, el más porfiado, capaz de dormir parado con tal de
no acostarse cuando le dicen.
Celeste
pierde la paciencia, taclea a su hermano con habilidad, y una vez que lo
tiene en el suelo se le sienta encima. Ahora sí, Oscarcito está
derrotado. Abre la mano y cierra los ojos.
Los
pedacitos de mazapán no dicen nada.
- ¿Qué es
esto? – pregunta Celeste sin entender porqué tanto problema.
Oscarcito tartamudea dos veces y de pronto se le ocurre la genialidad
más genial.
- Es mío.
Me lo dio mamá para jugar, nena. – pero de tantos nervios aparece un
puchero que en cuestión de segundos explota en verdadero llanto.
Celeste se
para y le deja el camino libre, cuando su hermano llora con sentimiento
ella se ablanda inmediatamente.
- Pero
salamín, me hubieras dicho de entrada... Vamos a tomar la leche – dice
Celeste despreocupada, le da un beso en el cachete y se va.
Oscarcito no puede creer que su hermana haya caído por primera vez en
una trampa suya.
- Ahora
voy – dice anonadado, se limpia el beso y mete el mazapán debajo de la
almohada para solucionarlo después.
Pero
cuando Oscarcito está a punto de salir de la pieza, vuelve Celeste
seria, seria.
- A ver
una cosa... – dice mientras camina directamente hacia la repisa.
Oscarcito se congela por un segundo, pero enseguida se empieza a
descongelar para rajar en cuanto sea necesario. Ella se para frente a
sus miniaturas, afina la mirada y apoya un dedo sobre su pera para
pensar. No tarda en descubrir el espacio vacío entre sus artesanías.
- El
abuelo Antonio... – dice Celeste con la voz quebrada.
Aprovechando el dolor de su hermana, Oscarcito enfila hacia la puerta
para salir del cuarto corriendo y en el apuro logra esquivar la maqueta
que había quedado en el suelo con una maniobra sin precedentes.
Celeste
queda por un instante con los brazos colgando, abatida, enfrentándose a
la pérdida del abuelo. Pero enseguida piensa que ésta es la excusa
perfecta para quitarle el quiosquito que él le ganó ayer en la ruleta y
transforma el sufrimiento en furia de venganza. Empieza a salir de entre
sus dientes un susurro:
- Con esto
te mato, Borromeo, te mato....
Lo que
empezó como un susurro es ahora una declaración de guerra.
- ¡Preparate, Borromeo , las vas a pagar!
Se
arremanga, se sube las medias y sale disparada tras él. El muy ruliento
ya debe estar haciéndole algún invento a la madre y, como es chiquito,
seguro la convence que no tiene la culpa. Pero no. Hay cosas que no se
perdonan, hay que ser más cuidadoso. Le va a quitar todos los caramelos
de frutilla...
Celeste se
detiene abruptamente. Algo hizo ruido debajo de su pie, lo que ve la
paraliza. Acaba de pisar su propia maqueta.
- Celeste,
dejate de jorobar a tu hermano y vení a tomar la leche ...
No lo
puede creer. Desconcertada por el sin sentido del destino, va a la
cocina con su maqueta hacha un estropicio. La espera Oscarcito con
bigotes de chocolate, dulce de leche en el pelo y un pan con manteca y
azúcar para ella.
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