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Anna Kazumi Stahl nació el 23 de
septiembre de 1963 en el norte de Louisiana, EEUU.
Se crió en Nueva Orleáns; vivió en Boston y Berkeley en EEUU; en
Tuebingen, Alemania; e hizo varios viajes a Japón.
Obtuvo el doctorado en Literatura Comparada en la University of
California, Berkeley.
En 1988 vino por primera vez a la Argentina y aprendió castellano. Desde
1995 reside en Buenos Aires, donde se dedica a escribir narrativas en
castellano, su segundo idioma.
Además, enseña letras en Lincoln University College y realiza
traducciones. Ha publicado 2 libros en castellano: Catástrofes naturales
(una colección de cuentos, Sudamericana 1997) y Flores de un solo día
(una novela, Seix Barral 2001). La novela también salió en España y
saldrá próximamente en Francia, Italia, y los EE.UU.
Anna Kazumi Stahl describe la
experiencia de escribir en otro idioma como la de acceder a una óptica
nueva o renovada. La compara con conocer muy bien una película en color,
pero verla de pronto en blanco y negro. Ciertos elementos se resaltan;
otros desaparecen o obtienen matices diferentes. Dice que le permite
ceñir el discurso, despejarse de cuestiones de estilo como para
concentrarse en lo más concreto de un relato, una escena o un personaje.
De FLORES DE UN SOLO DIA (Seix Barral, 2002)
La novela se trata de dos personas – madre e hija – que fueron
trasladados a la Argentina repentinamente, por una emergencia puntual.
Pero luego perdieron todo contacto con los del lugar de origen
(Louisiana, EEUU). Esto ocurrió cuando la hija tenía 10 años. 25 años
después a ella le surge la oportunidad de volver y de descubrir,
entonces, muchas cosas sobre lo que pasó.
HANAKO – retrato [de Cap. 11]
Antes de salir [… Aimee] echa un vistazo al cuarto de trabajo donde está
Hanako. Allí, ahora, la luz ya no tiene la intensidad irreal que tenía a
la madrugada; el ambiente ha vuelto a mostrar sus formas y colores
normalmente. Ve a Hanako que, tranquila, contempla las ramas extensas y
retorcidas del piracanta.
Es su costumbre hacerlo así, quedarse primero un tiempo mirando el
elemento que va a servir de base [para el ikebana]. Parece un momento de
imaginación o de planeamiento previo a la composición. Sin embargo, y ya
hace mucho, los médicos le explicaron [a Aimee] que el caso no admitía
el tipo de razonamiento que [ella] creía notar en su madre cuando
trabajaba con las flores. Una y otra vez le dijeron: "No, Señorita, a
usted le parece, pero no es así. La afectación neurológica en este caso,
desde la infancia, excluye ese tipo de maniobra mental: la paciente no
comprende un orden lineal en el tiempo, no conecta los efectos con sus
causas, no puede comprender ni componer una sintaxis. No puede. Lo
lamento."
No obstante aquella determinación experta, […] Aimee encuentra imposible
no concluir que Hanako piensa. No pensará cómo lo definen los médicos
("comprendiendo o componiendo una sintaxis"), pero hay un proceso que sí
lleva a cabo y el efecto es palpable. Se concentra en un solo elemento
que será central – dos calas gemelas, una rama de naranjo, flores de
cerezo – y lo contempla desde una quietud alerta, como si buscara algo,
casi como en una comunicación que prescindiera de lenguaje y de señas,
que escapara a la percepción de los individuos comunes (como son, por
ejemplo, los médicos). Luego, en algún momento, empieza el movimiento, y
es un intercambio: Hanako da a las flores forma, altura y aire,
definición; y recibe de ellas color y calidez o frialdad, la curva o el
ángulo severo, y de esa sociedad a la larga lo que emerge es: una
expresión, la sugerencia (casi más completa de lo que podría hacerse por
medio de las palabras) de un sentimiento […].
Para Aimee es obvio que hay pensamiento, distinto al de todo el mundo
pero claro, consistente, y comunicativo. Hay muchos floristas que
trabajan muy bien, con originalidad, pero aún después de tantos años en
la profesión, nunca vio a nadie presentar composiciones con las flores
que lograran el nivel expresivo de las de Hanako. Engañosamente
sencillas, tienen un impacto singular, como una intimación en gestos
delicados que parece compartir sólo con el que mira en el momento justo.
Entonces la composición logra ofrecer una experiencia, una pequeña
complicidad.
De FLORES DE UN SOLO DIA (Seix Barral, 2002)
HANAKO – retrato [de Cap. 2]
[…]Hanako […] Está compenetrada con su trabajo: levanta una docena de
crisantemos envueltos en papel madera. Las flores son blancas, frondosas
como espuma, y cabecean todas juntas sobre los tallos largos, atados con
un hilo. Cuando las separa se individualizan, como cuerpos durmientes al
despertar. Hay un florero enfrente, uno de los más grandes, y le siguen
en la mesa de hoy otros cinco más, todos iguales, grandes, cada uno
acompañado por un bulto de flores que duerme delante, envueltas en papel
madera como en sus mantas.
Hanako hace sus cosas sin tomar en cuenta el florero, parece no notarlo,
pero de pronto lo toca, sigue la forma con la mano abierta sobre la
superficie, de la base a la apertura, asomando apenas los dedos por el
borde. Averigua el perímetro así, como si fuera ciega y midiera sin otro
recurso el volumen que ahora hay que llenar de flores. Parece saber que
ese es el espacio del acuerdo, la pauta o la promesa a respetar. […]
La ventana del cuarto da a una vista sobre la ciudad: techos naranja y
negros, cúpulas verdes, paredones revestidos de ladrillo. Ya no es tan
temprano, y el sol cristalino de invierno ilumina el ambiente con luz
blanca. Hanako trabaja rodeada de colores. Contra las paredes y sobre la
larga mesada, se resaltan los rojos y amarillos de las flores. Además el
piso, en declive hacia la rejilla en el centro, es un mosaico de
pequeñas cerámicas en tintes suaves […].
[…] Es el espacio de las promesas que se cumplen. Y […] ése es el mundo
que parece darle aire, que mantiene en alto el cielo, que le da sostén
bajo los pies y luz a los ojos; allí respira y trabaja, percibe y sueña.
Allí espera.
De FLORES DE UN SOLO DIA (Seix Barral, 2002)
HANAKO – retrato [de Cap. 5]
En su casa Hanako tiene aquel don, o suerte, de poder eclipsar [el]
mundo exterior. […] Dentro está la felicidad que le sirve […]. Y vive
sin duda alguna. Mucho más consistente que un edificio, su felicidad
tiene la cualidad de un continente, de un planeta.
Aimee se siente afortunada que se haya dado ese factor en […] su madre
[que, por una meningitis en la infancia, no puede hablar]. Quizás en
otro nivel lo admire también, pues sería maravilloso poder hacerlo,
conquistar de modo tan fácil y completo la felicidad.
[…]Ahora en la cocina, Aimee observa a Hanako y sonríe. Le busca los
ojos – rasgados como sus propios ojos, pero negros. La hija percibe la
emoción en su madre, pero no puede interpretar el hilo de su
pensamiento. Sólo si es positivo o negativo, feliz o infeliz. Sin
embargo está convencida de que el gesto que Hanako repite – el de
enmarcar la cara y quedarse quieta un tiempo así – es más que un efecto
genérico de la agorafobia o del daño al centro lingüístico del cerebro.
Aimee está segura de que tiene un significado, por más que no pueda
saber cuál, ni siquiera de dónde surgió, o a qué se refiere. Con su
marido, Fernando, han discutido sobre esto. Como médico él lo reduce a
un síntoma, sin dar importancia al estilo o las características
específicas que tenga. Es una manifestación neurológica, nada más. Y en
la medida que demuestre atributos que podrían parecer formar una
sintaxis, el significado en definitiva sería igual al del color de ojos
en un ciego.
Aimee no está de acuerdo. Abandona el tema por otra razón – por más que
entendiera el lenguaje escondido en las acciones de Hanako, eso no
cambiaría en nada sus vidas a esta altura. Al final termina en la misma
posición que Fernando: es indiferente saber cómo interpretar ese gesto o
cualquier otro. Lo importante es compartir con ella lo que sí es
accesible, lo que ella sí ofrece. En definitiva, hay que hacer como
Hanako: construir a partir de lo que se da, sólo eso, y será más que
suficiente para convivir con lo otro, lo que se eche de menos y lo que
falte.
Mira a Hanako: el cabello negro que sigue sedoso y con pocas canas,
sujetado en un complejo rodete atrás, la piel luminosa, la mirada
emotiva y dulce pero enigmática. Tiene movimientos que corresponden a
una edad mucho más joven que la de una mujer de 56. Prepara la comida
con sensualidad y cierta expectativa, como si estuviera esperando a un
amante, a alguien que quisiera seducir. Amasa una mezcla de harina
leudante, huevo batido y manteca. Luego forma bollos y los marca con un
tenedor o los aprieta con la yema del pulgar, les mete unas semillas de
sésamo u hojas de romero, de eneldo, de salvia. Cada bocado es como una
sílaba: la pizca de pimienta, el gajo de mandarina, la nuez partida,
todo se transforma bajo sus manos en lo equivalente a un fraseo. Pasaría
entonces a ese espacio estrecho e íntimo, el del diálogo con otros
sentidos entre los dos (ella y él, al que ella espera). Pero Aimee no lo
entiende. Sólo ve que Hanako disfruta de modo particular tocar las
cosas, hacer con ellas y comer.
De FLORES DE UN SOLO DIA (Seix Barral, 2002)
En el viaje al lugar de origen (Louisiana, EEUU), Aimee encuentra un
lugar – ahora abandonado – donde estuvo Hanako alguna vez…
HANAKO – retrato [de Cap. 27] En […] la casa, Aimee
encuentra cosas de la vida cotidiana. Son comunes y resultan
reconfortantes en cierto nivel, porque dan la sensación de poder conocer
a la persona y de poder identificar una vida como la que uno mismo tiene
también. Hay ropa de él [el dueño de la casa], bastante, y una botella
muy vieja de aspirinas, dos brújulas, y un termómetro para el exterior
que mide en centígrados y fahrenheit. Hay alguna ropa de Hanako, un
pulóver livianito color crema con un bordado en amarillo y azul francia,
un guante solitario, dos camisetas de seda, todas prendas factibles de
ser olvidadas después de una visita.
[Después…] empieza a notar que hay flores por todos lados, ya secas por
supuesto. Cuando las examina mejor, ve que no quedaron secas por
abandono, sino que alguien se tomó el trabajo de […] conservarlas. Es
algo que Hanako jamás hizo ni tampoco lo haría nunca, porque para ella
sólo existen las que usa en el día. […] No hay flores de un ‘segundo
día’ porque hay otras flores, nuevas, frescas, las hay y las va a haber
siempre, y entonces no se guarda ninguna porque no hace falta. Cada día
descubre otra abundancia […]. Por eso, en la casa de Hanako, no se ven
flores de ayer.
Sin embargo hay flores secas en cada estante de la pequeña despensa, las
hay también en la cocina, sobre la pileta, en el marco de la ventana,
sobre el respaldo de la cama, en el baño y sobre la heladera. Parecería
que hubo alguien para quien sí, las flores de un día se pueden guardar
para volver a verlas después. Y las guardó todas, o por lo menos hizo un
intento más que genuino.
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