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El economista
Yo no soñaba nunca. Pero el día que anunciaron que yo era el
candidato para reemplazar al actual Ministro, estaba cabeceando una
siesta en mi despacho y tuve una pesadilla fruto de la indigestión y el
stress. Allí, mi mujer estaba todavía embarazada y tenía
contracciones. Entonces, súbitamente, sin esfuerzo ni dolor, sin
exhibir señal alguna de cansancio, sin máculas de sangre ni de
líquido amniótico, emergía de entre sus piernas nuestro único hijo,
Tobías. En mi sueño, el pequeñín ya estaba vestido: lucía un
elegante traje gris, camisa almidonada, gemelos en los puños; corbata
con traba, medias azules, zapatos negros y Rolex de oro; estaba peinado
con gomina y, en vez de apestar a meconio, despedía la inconfundible
fragancia del Armani Manía. Me despertó mi secretaria, en el momento
en que yo le cantaba el arrorró a mi pequeño ejecutivo.
Llamé a casa, quería hablar con Tobías. Como esa tarde me esperaba
una cabalgata de compromisos importantes, le expliqué a mi chiquitín
en un léxico adecuado a sus tres semanas de edad lo ocupado que yo iba
a estar; le dije que, recién llegado de su gira por Europa, papi hoy
debería ser agradable con los funcionarios del FMI.
-¡Tengo que cortar, m'hijito! ¡Me llaman a reunión!
Yo podía considerarme un modelo de ejecutivo libre, ágil y dinámico,
que andaba sin portafolio ni agenda, con las manos libres. Enfrenté a
los jerarcas de la Banca Mundial. Temas: bono atado al crecimiento,
grupos de acreedores, bono a la par. Un economista no debía sonreír,
lo suyo era grave y substancial. Yo era partidario del minimalismo
ideológico, una visión del mundo que comenzaba y terminaba en mí
mismo. Por eso, para expresarme durante mis alocuciones, utilizaba una
mínima escala tritónica de propia invención, compuesta por tres notas
únicas en tresillo que excluían al resto del espectro melódico:
éstas eran las notas Do, Ba y Bu.
-"Do, Ba, Bu" -respondía yo a cualquier pregunta, en un tono
neutro.
Los del Fondo se emperraban en hablar de los bonos que compraron a 25
creyendo que valían 100, y que pretendemos pagarles con otro bono que
vale 10. Tres por siete, veintiuno, por cuatro, ochenticuatro, por mil
millones de dólares, más el 15 por ciento trazando una línea de pura
liquidación, canjeado el 99,6% menos el 72,5% de quita, redondeábamos
en 24.750 millones, no arriesgábamos nada y podíamos consolidar
nuestro ofrecimiento. Para mi sorpresa, vi a mi hijo con su traje gris,
grande como de tres años, entre los funcionarios extranjeros. ¿Una
alucinación? Yo estaba con retortijones de barriga, así que hice un
gesto a mis asesores para que pusieran en práctica nuestro plan: éste
consistía en esbozar unas fórmulas protocolares y dedicarnos a hacer
comentarios sobre fútbol, y así abordar una temática menos compleja.
-"Do, Ba, Bu" -susurré en registro de barítono, cuando
solicitaron mi opinión.
Aprovechando el estupor de los forasteros, nos despedimos en óptimos
términos y yo me retiré al baño, sin profundizar acerca del default,
la política impositiva, ni las exigencias de un mayor ajuste. Sentado
en el trono, recibí una llamada del gerente de mi empresa, por otro
asunto. No logró contagiarme sus nervios, su exagerado tono de alarma.
Le corté en forma abrupta y llamé enseguida a mi amiga invisible. Más
aliviado de los intestinos, bajé al parking y entré a mi coche. Los
minutos eran eternos, cuando uno estaba a la espera de una designación
desde las altas esferas. Mi amiga invisible llegó por la explanada.
Arranqué, una vez en la autopista puse la cuarta, la quinta, lo
levanté a ciento cuarenta. Con el aire acondicionado, el verano se
llamaba paraíso; y junto a mi amiga invisible, esto era el paraíso
elevado a la enésima potencia. Ella me hizo un trabajito a toda
velocidad, yo le di trescientos dólares para sus gastos chicos;
después hice un alto para que bajase del coche y seguí camino.
Algunos kilómetros más allá, mi esposa aguardaba en una limusina,
íbamos a cenar en zona norte. Cambié de coche en dos saltos, el chofer
conectó la videoconferencia con los negociadores del Mercosur. Yo no
sudaba. ¿Querían fortalecer las economías regionales por medio de una
alianza eficiente? "Do, Ba, Bu". ¿Querían hacer algo por los
pobres de la región? "Do, Ba, Bu". ¿Unificar la moneda?
"Do, Ba, Bu". Mi programa no hacía foco en el pasado sino en
el futuro; allí tenía sentido positivo un default para el crecimiento
industrial. La cara seria de mi hijo Tobías, ya un chico de nueve
años, apareció en pantalla con el ceño arrugado.
En el restaurante aguardaban los empresarios del frente interno.
Doscientos años de finanzas argentinas eran equivalentes a la
evolución de un bebé recién nacido, pura dependencia. Si no había
funcionado un Chupete para que dejara de llorar, ¿podría
encontrársele un ama de leche a nuestra economía republicana, al costo
de una relación umbilical que uniese los destinos del país a una madre
patria ficticia, ilusoria? Ahí tenía yo al cronista de Ambito
Financiero, colaborando para dar un panorama exacto de la marcha de mi
proyecto. Si algún día yo resultaba electo Presidente, recompensaría
la fidelidad de este diario. Imaginé la banda celeste y blanca
cruzándome el pecho, fotos en diccionarios y libros de lectura de las
próximas generaciones.
Aparte, el gerente de mi empresa insistía en llamare a cada rato,
decía que quienes financiaban mi carrera política habían lanzado una
amenaza. ¿Amenazas, a mí? Corté y desconecté el celular. Suspiré un
"Do, Ba, Bu" algo agitado. Me froté los ojos: había visto a
mi hijo, de traje pero algo despeinado y como de quince años de edad,
salir relamiéndose de abajo de la silla de mi mujer. Tuve un ligero
desmayo, a causa del surmenage. Me atendió un galeno idéntico a
Tobías, me sugirió cerrar los párpados y probó hipnotizarme con un
cuento sobre el fantasma del Patio Bullrich, que no era sino mi hijo de
traje blanco y cirugía estética en la nariz. Pronto me sentí mejor.
Despaché a mi mujer al country, y volví al Centro en helicóptero.
¿Una discoteca? ¿Quién podía ser el idiota que había concebido una
reunión de equipo en una discoteca? El volumen de la música era
demasiado alto, la iluminación poco apropiada. ¡Y a mí no me gustaba
bailar! ¡La indumentaria de los economistas estaba confeccionada como
para mínimos movimientos, limitados y gentiles! En cuanto uno levantaba
los brazos o las piernas, asomaban antiestéticos puños de camisa y
zoquetes fruncidos. De pronto, llegó el gerente de mi empresa a
informarme que, puesto que yo no contestaba sus llamadas, había
preparado sus valijas y se iba del país. "Do, Ba, Bu".
Personajes como él eran lo último que yo necesitaba en mi entorno.
Pedí un remise.
-¿Usted no es el futuro Ministro de Economía? -preguntó el remisero.
-¿Eh...? ¡Oh...! ¿Me veo parecido? -exageré yo el acento de nuestra
diferencia de clase-¡Qué cosa horrorosa, parecerse a un político!
-¡En serio, don! ¿No se lo dijeron antes?
Miré hacia el espejo retrovisor, eran los ojos de mi hijo Tobías.
-Y bueh... "Do, Ba, Bu".
Llegué a las tres a mi departamento de Recoleta, deambulé por el
living lleno de regalos de gente agradecida por mi hipotética gestión
en el porvenir: es decir, mi familia, mis amigos, mis vecinos y otros
interesados en obtener algún favor ministerial. ¿Me fui a dormir?
¡No! ¡Yo evitaría el despilfarro en horas de descanso! ¡Cómo
dormir, cuando en las bolsas de Tokio, Hong Kong y Singapur estaban a
full, y yo tenía un desayuno con inversionistas asiáticos a las ocho y
media! Un economista modelo debía mantener los ojos abiertos las
veinticuatro horas, su cama era de clavos, su colchón una nube
imaginaria rellena de dinero líquido, de flujos renovables de efectivo.
¡Nada de holgazanería! Me conecté a la banda ancha utilizando el
seudónimo de "Fígaro", y un ramillete de tentáculos brotó
de mi columna vertebral para enchufarse a las cuentas bancarias de los
clientes del Estado. Cuando terminé de hackearlas, envié un spam
reclutando interesados en una de mis ideas dantescas: blanqueo y
licitación del negocio de cartoneo en gran escala, facilitando los
detalles del pliego a los socios de nuestro holding. Leí escuetamente
las noticias, algunas voces se oponían a mi designación en la cartera
de Economía. Do, Ba, Bu. Las principales declaraciones en mi contra
eran atribuidas por la prensa a mi hijo Tobías: una foto lo mostraba
con bigotito y aspecto universitario. Hice click, click, click para
deshacerme de esa imagen perturbadora. Luego me colgué con un videogame
para economistas: el objetivo del juego era eliminar a la competencia,
trepar en el escalafón y, al mismo tiempo, conseguir créditos por
millones de dólares, elucubrando pretextos para dilatar los plazos de
vencimiento, ambaucar a nuevos ahorristas y evadir la acción de la
justicia. A las seis menos cuarto hice una fila de frasquitos encima el
escritorio y chequeé la receta del clínico. Ingerí los remedios en la
secuencia indicada. Después me bañé, me vestí, me peiné y encaré
el nuevo día.
A eso de las siete y media, saludé al sereno del edificio y salí. El
punto de reunión quedaba cerca, preferí ir caminando para despejarme.
Tiré el teléfono celular al medio de la calle para que lo aplastara un
colectivo, porque no quería recibir ninguna mala noticia durante el
meeting. Ahí nuestro equipo expuso los argumentos que habíamos
discutido la noche anterior. ¿Para qué abastecer al mercado con
seiscientos billones de limpiaparabrisas, cuando no existía en el mundo
un número semejante de parabrisas? En vez de la cantidad, era más
conveniente un descuartizamiento productivo. Teníamos una chance de
presentar ochenta mil proyectos y que fuesen los ochenta mil igualmente
descartables, si el parámetro de evaluación se obtenía en función
del desperdicio. Nuestros interlocutores quedaron asombrados.
Conseguí que me prestaran un teléfono, y llamé a mi mujer. Me
atendió la mucama.
-¡La señora y el niño no están!
-A, bueh... No importa.
-¡Pero, señor! ¡Llamaron unos hombres, dijeron que...!
-Ahora "Do, Ba, Bu", Ramona -le corté.
Mi secretaria se había ausentado sin aviso, en vez de ella se presentó
mi hijo Tobías maquillado: su atuendo se componía de una falda chanel
y camisa con puntillas: aflautando la voz, insistió sobre la
importancia de la siguiente entrevista en mi despacho, a la que
asistirían los diplomáticos de Centroamérica Unida, destinados a las
búsqueda de conciliaciones comerciales con el MERCOSUR: me calcé los
anteojos, leí los enunciados básicos. Panamá, El Salvador, Nicaragua,
Guatemala, Costa Rica, Puerto Rico, Honduras y Belice necesitaban una
ratificación de nuestra solidaridad en la formación de un parámetro
identificatorio propio de la región, envarada entre discursos
enrevesados y confusos. "Do, Ba, Bu". Yo hacía como que
tomaba notas, mientras rellenaba otro crucigrama.
-Siga, doctor. Siga.
No quise continuar, les pedí que por favor se retirasen y me encerré
bajo llave, a tomar mis pastillas: en cinco minutos terminé el cuarto
capítulo de mi libro Candidez y Capital, tolerancia religiosa en el
trato cambiario. La presión y los golpes en la puerta me obligaron a
abrir el recinto, los periodistas se abalanzaron como lava volcánica.
Un poco más de "Do, Ba, Bu" en conferencia de prensa: todos
estos corresponsales se asemejaban a mi hijo Tobías. Yo no perdí el
control. Manejarse con información de primera era insuficiente, se
necesitaba creatividad para fraguar la noticia de manera verosímil. Si
las reservas del Central habían bajado, éste era un efecto transitorio
del pago de la última cuota; si sumábamos a favor un dólar estable,
un índice de acciones líderes en suba, y el hecho de que nos
reembolsarían, a través de derechos especiales de giro, el monto
cancelado una vez que el directorio del Fondo aprobase la segunda
revisión del acuerdo, no había por qué preocuparse. La Bolsa volvió
a subir en cuanto terminé de decir "Do, Ba, Bu". Mis asesores
me felicitaron, yo insistí con otro "Do, Ba, Bu" más
enfático; la clave de mi éxito consistía en la entonación de estas
tres notas mágicas. Nuestros triunfos se sucedían a un ritmo
vertiginoso. Clap, clap, clap. Nada falló. Clap, clap, clap, seguían
aplaudiéndome. Paradojas de la lealtad entre el expositor y su
público, sólo importaba que uno dijese lo que tenían ganas de
escuchar; pero, como la mayoría no sabía exactamente qué quería
escuchar, entonces lo que yo decía daba lo mismo. Me quedé en
silencio, pues, con los anteojos empañados de emoción, mientras
destellaba una salva de flashes de los reporteros gráficos.
-¡"Do, Ba, Bu"! -golpeé enérgicamente con el puño la
superficie del estrado .
Concluí la exposición. Clap, clap, clap. Cuando todavía resonaban los
ecos de mi último "Do, Ba, Bu", los noticieros ya ardían en
rumores de destitución del actual Ministro.
-Estoy ganando -pensé.
Para salir del edificio, me caractericé de mendigo, con un sobretodo
viejo y un paraguas roto. Dentro de la limusina, me despojé de estos
atavíos indignos y los tiré por la ventanilla. Mi hijo-secretaria
encendió la tele, puso un DVD, y en dos minutos me empapé del asunto
agendado para la clase de esta noche en la UADE: "¿Cuánto sabía
un mánager argentino de la cara oscura del gasto energético?"
Llegamos a otro restaurant, el mâitre y el mozo tenían edades
diferentes, pero la misma cara de mi hijo Tobías. Allí afrontaríamos
un banquete con los empresarios australianos, recién aterrizados desde
Santiago de Chile, que hacían una visita relámpago a Buenos Aires y
seguían viaje. Para mí, ratificar un vínculo firme con Oceanía era
otra pieza básica del rompecabezas global. Tracé mentalmente las
líneas del paquete que abarcaría Australia, Nueva Zelandia y Nueva
Guinea, como parte de un paraíso transoceánico. Sobre nuestra mesa
reservada, ví que había una cantidad de papeles para firmar. Alguien
susurró algo en mi oído, esta vez presté un poco de atención.
-¿Qué tiempo tenemos para este almuerzo?
-Veintidós minutos, veintidós segundos, veintidós centésimos.
-No voy a firmar nada en estas condiciones.
-¿Qué? -los asistentes al ágape no podían creer lo que oían.
-Que voy a decir solamente tres palabras, para terminar: "Do, Ba,
Bu".
Yo daba la vuelta ciento ochenta grados, con toda tranquilidad, y
observaba el paisaje a mis espaldas: ¿concurso, quiebra de mi empresa
particular y convocatoria de acreedores, bancarrota y divorcio,
secuestro del niño y pedido de rescate? Dobabuberías. Me puse de pie y
avancé hacia la puerta, con ánimo de retirarme.
-¡Vamos a la ambulancia!
-¿Do? ¿Ba? ¿Bu? -pregunté aturdido.
Dos fornidos Tobías me agarraron de los brazos. Dentro del blanco
vehículo, me quité la ropa y vestí con un camisón a rayas, que otro
Tobías disfrazado de enfermera había dispuesto para mí. Los dos
Tobías gorilas me ataron a la camilla, y me inyectaron algo. Me
concentré en un plan a corto plazo. Yo tenía a favor, mínimo, un
99,9%; nuestro eje táctico sería flexible, se embarcaría en la
dinámica del movimiento fluctuante del capital, y lo puntual no
consistiría en un simple punto, ni los planos serían simplemente
planos. ¡A mí me respaldaba el Congreso! Yo escuchaba la ovación
dentro de mi cráneo, clap, clap, clap, los berridos de mi crío de tres
semanas al intentar ajustarle el nudo de la corbata; el "Do, Ba,
Bu" de mi discurso de la semana próxima, cuando expondría el
punto nodal de mi teoría y verían con sus propios ojos el fundamento
tangible de mis predicciones: que los paralelos del mundo dejarían de
ser paralelos, que al estar en movimiento orbitarían en el espacio
interestelar. Otro Tobías, treintañero y de lentes oscuros, me
rellenó la boca de estopa y precintó con papel engomado. Si tenía que
hablar por las orejas, yo lo haría. Economía igual clap, clap, clap
igual "Do, Ba, Bu" igual solvencia automática del patrimonio
invertido, con reversión del interés a cuatrocientos años. Yo
analizaba mis probabilidades en la Bolsa de Canadá. Yo promovería a mi
hijo para jefe de marketing de la SIDE. ¿Por quién sonaban las
sirenas? ¿Por qué abrían la puerta de la ambulancia y empujaban la
camilla por un camino de tierra, en aquella pampa calma y argentina?
Escuché unos sonidos: "¡pam, pam, pam!"
Caí de rodillas, gimiendo un postrer "Do, Ba, Bu".
Y, después, ya no escuché más nada.
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