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¿Qué decir ante el gran silencio? De qué habla la gente cuando todas
las palabras ya fueron dichas, acaso también oídas. Casi secretamente.
Secreto de una que no quiere hablar y calla ante el gran silencio.
Mi marido es un buen hombre. Al atardecer llega y se sienta en el sofá.
Esa horma que tiene por sofá, tanto tiempo dispone sentado en él. Aún cuando
le paso trapo y plumero, y hasta he probado con cáscaras de banana porque
así me lo recomendó doña Eulalia, una vecina, yo pruebo y pruebo pero nunca
le pude sacar la huella de su traste al sofá. Ese trono que ocupa al llegar
de la oficina cuando me lo cuenta todo. Él dice que me lo cuenta todo
mientras habla y habla. Yo escucho con atención cada palabra cada gesto,
pero no. Algo falta. Hay un secreto.
Quizás por eso, mejor tomo el lápiz. Mi diario no tiene tachaduras y está
lleno de interrogantes. Y al diario con el lápiz le pregunto, ¿Qué ocurre
cuando las bocas quedan vacías y una sigue intentando escuchar?
Su trono permanece yermo cuando él está en la oficina y sin embargo
resuenan en mí sus viejas palabras, pues no me ha dejado otras nuevas. Y yo
con el lápiz en la mano sueño. Sueño con tener un gato que me abrigue los
pies en el invierno y me mime cada tarde bajo el sol. Eso sueño, pero anoto,
¿Palabras viejas? Son siempre las mismas en nueva ronda y no hay salida,
sólo secretos.
Al fin abandono el lápiz para que no me entretenga, para considerar otro
asunto un poco más allá. Lejos, lo más lejos posible ahora que la mesa, que
todo resulta incómodo. Es la sensación de no tener un lugar o de haber sido
robada en mi lugar, momentos en que es mejor celebrarle un rito a la
distracción. Por eso tomo el plumero y hago lo que cualquier mujer haría,
paso trapo y plumero por toda la casa. Una casa vacía o llena sólo por mi
presencia y en mí hay un agujero. “Un agujero”, me repito en voz alta porque
ya nadie escucha aquí y le consulto al diario, ¿Es éste un agujero para
llenar con palabras? La verdad no aguarda, se resiste.
Debería limpiar la biblioteca, hace demasiado tiempo que no le paso un
trapo. Es una tentación que suelo resignar como otras renuncias que me ha
impuesto la vida y ahora el sofá está un poco viejo, estos libros un poco
sucios y mi marido en la oficina. Incluso el trapo tiene agujeros pero aún
sirve si se lo dobla con cuidado. Entonces tomo cada punta para plegarlo en
cuatro, o en seis si contamos los trozos que hacen de parche, de remiendo.
Hay un secreto.
“Sólo para limpiarlo”, me digo mientras con el trapo tomo un libro lo
abro y leo, no limpio, leo errando por una respuesta: 10 de Enero de 1610,
hoy ha sido abolido el cielo. El diario de Galileo me hace sentir tan cerca
de él. Me gustaría tener un telescopio, tal vez así podría seguir buscando a
dios porque si él no está en el cielo, ¿adónde lo encontraré?
O mejor no. Mejor no lo busco nada y sigo mi camino y cedo ante el
espacio, y así, me voy, en silencio me alejo por el borde mismo de una
vereda chata. Abro la puerta y salgo a comprar un pollo. Pollo al horno y
con papas para esta noche porque mi marido invitó a su jefe. ¿Le querrá
mostrar su reino? Un poco de crema para las papas y sigo, es sólo cosa de
ejercicio -¿son mías éstas piernas?- Es cuestión de rutina: un pie avanza,
el otro le sucede hasta no dar más pasos. No dan más pasos porque también
ellos ceden al espacio, al tiempo y mis ojos se alejan por la vista de una
rejilla o del agua escurriéndose a través de ella que son la distracción del
momento, son la vida.
El agua no es cristalina sino todo lo contrario y corre, corre veloz como
una loca que se lleva todo lo que arrastra, bichos bolita, soldados de
plomo... Sin quitar la atención de esa agua, tampoco quiero despedirme de
mis pequeños tesoros. Sin embargo había iniciado ese paseo por ceder ante el
espacio y, otra vez, sólo por consentir al tiempo me detengo a los pies de
una alcantarilla. Y ahora todo se va en ese peregrinaje sin sentido.
Despojada, hay acabar despojada para darse cuenta de que aún hay sonidos,
palabras huecas que no se dejan oír. Cuando una habla tantas cosas son
veladas por lo dicho. Siempre, lo sé. Es lo único que sé: siempre hay
secretos.
Si quiero acercarme y ver detenidamente lo que sucede, bajo un pie hacia
la calle y permito que el otro permanezca apoyado sobre la vereda. Cola
saliente tras mi espalda encorvada. Una mano aquí y la derecha contra la
rodilla haciendo de trípode, sosteniéndome ante el desfile y los ojos
cautivos que cuentan, un plumero, uno... dos guantes de goma y todo se va
por la alcantarilla, a través de las rejas de esa alcantarilla hacia otro
mundo inalcanzable. Y yo allí apenas contando ....tres escobas, cinco
aerosoles, sin poder asirme de ninguno. Así, fatalmente despidiéndome de
todo aquello ....una hoja de papel, un diario que llega a su fin.
Aquí, me repliego como en un moisés, me acuno. Quizás no tenga que ver con
el amor, no existan los milagros, quizás. Estoy sin aliento, sonidos no hay
pero el sentido viene acercándose ahora, llega tácito a invadirme y lo
invade todo, es decir nada. Nada hay, sólo yo sobre una vereda chata que es
tierra de mi exilio, un reino de miserias. Los días se suceden y se sucede
la rutina, móvil hacia ninguna parte, fija la vida en su rutina mientras los
días pasan silenciosos.
¡Mi vida!, grito: hoy nadie parece oír salvo yo misma y mi voz se une a
las otras, voces del olvido. Aquéllas tan evidentes y aún ocultas. Secretos,
rutina elemental de un trono yermo. |
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